miércoles, 4 de abril de 2018

Clonando lombrices (IV)

Buenas noches a todos menos a los que gustan de esas críticas cinematográficas largas, farragosas, llenas de exhibicionismo cultural e interminables subordinadas y al término de las cuales (si llegas vivo, claro), es imposible saber si merece la pena gastarse el dinero o no en la entrada. A esos, a los que miran por encima del hombro a los que nos gusta que las reseñas contengan opiniones y no un tratado sobre el oxímoron del pleonasmo vinculado al uso de la elípsis en el cine afgano, a esos, como decía, a esos ni agua.

Esta noche vengo a hablarles brevemente de algunas de las últimas películas que he visto, en ese formato anélido- estrellado que se ha hecho célebre en mi casa y que con la presente, alcanza ya las cuatro entregas. Si pinchan en el tag al final de la entrada, podrán acceder a las previas y a las razones que me llevaron a dar tan peculiar nombre a la sección. Vamos allá:

- "Wind River": A pesar de la microscópica y minimalista campaña publicitaria, el debut en la dirección del extraordinario guionista Teylor Sheridan, autor de los libretos de, ahí es nada, "Sicario" y "Hell or high water", es, sin duda alguna, la mejor película del año. Un thiller inhóspito, gélido, seco y que, a pesar de brillantes momentos de acción, se basa sobre todo en las miradas, los diálogos y, por encima de todo, los silencios. Les recomiendo que después de la conmovedora escena final, no se vayán de inmediato a hacer pis o a bajar la basura. Se perderían el tema "Feather", de William Wild y sería una pena muy grande (*****).

- "Perfectos desconocidos": A pesar del insoportable Ernesto Alterio (Qué le habrá visto la Diosa Juana Acosta a este hombre. Misterio...) la última película de Alex de la Iglesia aguanta bien el tipo hasta su decepcionante, facilón y trilladisimo final que, sinceramente es un gatillazo en toda regla. Habrá que ver el original italiano para ver si el error viene de serie (**).

- "Baby Driver": No ha perdido el pulso y el estilazo EdgarWright. El arranque al ritmo del "Bellbottoms" de Jon Spencer es demoledor y la vuelta de tuerca a la tradicional cinta de robos imposibles funciona francamente bien. Pero creo que dar el peso de la película a un tipo tan soso como Ansel Elgort es un error de casting imperdonable. Magníficos secundarios, exceso de metraje y una banda sonora maravillosa que atrona en mi casa un día sí y otra también (***).

Lo lamento, mi religión me impide cambiar de gesto.

- "Wonder": Actores en el declive de su carrera (Owen Wilson, Julia Roberts...), base argumental de telefilm barato modalidad "niño diferente"... Todavía me pregunto cómo la bella Señora Winot me engatusó para entrar en la sala. Sin embargo... Sin embargo, se lo agradeceré durante mucho tiempo, porque la adaptación al cine de la novela de R.J. Palacio es modélica. Con todas las papeletas para que le tocará una tunda por blandengue, lacrimógena y maniquea, "Wonder" se lleva cuatro merecidas estrellitas de un servidor (****).

- "El autor": Infumable engendro tan vacio de contenido como lleno de pretensiones y cuyo único aliciente es ver un par de desnudos integrales de Javier Gutierrez. Imagínense el resto a la vista del cuerpo escombro que atesora el muchacho. No pierdan un segundo (•).

"Brimstone": Una auténtica y genuina recomendación gusana. Demasiado metraje para tan corto viaje argumental. Dakota Fanning (espléndida, como siempre) las pasa canutas en el (sangriento y machista) Oeste por un quítame allá ese Guy Pearce sobreactuado. Estructurada en cuatro partes bien diferenciadas, la película del holandés Martin Koolhoven podría tener un número de estrellas muy variable según de que sección del metraje hablemos. Así, la primera podría llevarse dos, la segunda cuatro (ojito a la secuencia de la violación, la pistola y la niña... De lo mejor del año), la tercera, dos y la última iría bien servida con una, de modo que... (**1/2)

Acércate, cielo que creo que tienes algo en el ojo...

- "Lady Bird": Relato de iniciación y entrada en la madurez con un tufillo a cartón piedra y a reciclado barato que asusta desde el primer fotograma. Buenas interpretaciones (especialmente Saoirse Ronan) y poco más. El cine independiente (signifique esa categria lo que quera que signifique) necesita un actualización de software y hardware muy urgente (*).

- "Wonder Wheel": El mejor Allen de los últimos años. Intenso, solvente y, como es habitual, sacando petroleo de sus intérpretes aunque se trate de actores tan de derribo como James Belushi, que está espléndido. De Kate Winslet no habló porque incluso haciendo de momia de la Hammer seguiría siendo inconmensurable. Añoro un poco de humor que ayude a tragar tanta desgracia, pero las penas con genio son menos (***).

¿Será malo ser tan buena actriz?

 - "La batalla de los sexos": A principios de los setenta, un tenista retirado y acabado (Bobby Riggs) apostó una ingente cantidad de dinero a que ninguna tenista profesional era capaz de ganarle. La número uno del mundo por aquel entonces, Billie Jean King, aceptó la apuesta. ¿Prometedor, verdad? Podría haber dado mucho juego, nunca mejor dicho, pero sus responsables, Jonathan Dayton y Valerie Faris, rascan tan poco en un material tan jugoso que la cinta se queda muy coja y apenas se sostiene sobre las magníficas interpretaciones de Emma Stone y, especialmente, Steve Carell (**).

- "Killing Ground": Hay que tener el día para entrar en esta espeluznante película australiana. Sobre el papel no parece nada excitante (las violentas relaciones entre urbanitas en el campo y campesinos testarudos) pero en la pantalla... En la pantalla la cosa cambia mucho y las decisiones de planificación del debutante Damien Power pervierten los tópicos del género de forma sumamente satisfactoria y perturbadora. Michael Haeneke hasta las trancas de Foster podría haber rodado algo parecido (***).

miércoles, 14 de marzo de 2018

El hombre que bajó de la colina

Buenas noches a todos menos a los que confunden cantidad con calidad. A esos,a los que ignoran o hacen el vacío a los sabios consejos de nuestro refranero y no asumen que lo bueno si breve, es dos veces bueno o que la esencia más pura va siempre en frasco pequeño, a esos, como decía, a esos ni agua.

Esta noche vengo a hablarles brevemente del escritor norteamericano, Joe Hill o, más concretamente, de "Fuego", su último libro publicado en España y que una de las decepciones más grandes de lo que llevamos de año.

No es la primera vez que hablo aquí de Joe Hill. Hace ya algunos años (casi siete, para ser exactos. Pueden comprobarlo pinchando en el enlace) le dediqué una paradójicamente extensa jaculatoria, alabando, de primeras, el detalle de no comenzar su carrera ostentando papá, que diría Silvio Rodriguez. Sin duda, ser hijo del célebre Stephen King es un par de esplendidos tacones a los que subirse para sacar la cabeza en el mundillo, pero el amigo Joe prefirió no sacar el tema a relucir hasta que sus libros empezaron a encabezar las listas de ventas y a recibir excelentes criticas. Punto para él. También dedique varias lineas a celebrar sus muy destacados dotes como escritor, focalizando especialmente en su habilidad para crear atmósferas terroríficas, el manejo de la tensión argumental, espléndidamente dosificada y su arte para confeccionar un armazón narrativo contundente y, sobre todo, contenido. 

Todo estas virtudes, tan fácilmente localizables en sus obras precedentes (comics, novelas, cuentos, prospectos médicos, etc) se ha venido abajo con "Fuego", un suplicio inacabable. afectado, plano y aburrido que es indigno de un escritor con su bagaje. Como lo oyen, amigos, como lo oyen.

¿Por qué me viene a la mente José Luís Moreno al ver esta foto?
Ochocientas páginas, ni más ni menos, utiliza el amigo Hill para plagiar/homenajear "Apocalipsis", una de las obras cumbres de su padre. Si en ésta, es una epidemia de gripe la que asola el planeta y deja a los supervivientes a merced de si mismos, en "Fuego", es una misteriosa espora (la escama de dragón) la que no deja títere con cabeza y carboniza casi sin remisión a quien la alberga, creando un obvio conflicto entre infectados y candidatos a infectarse. El planteamiento no deja de ser interesante y daría incluso para entrar en terreno éticos y morales. El problema es que durante las primeras doscientas páginas, básicamente, no pasa nada. Cuando el (irritante) personaje principal (la muy embarazada Harper Greyson, cansinamente obsesionada con Mary Poppins) conoce a un grupo de devotos infectados, la obra parece levantar el vuelo, pero es un espejismo y de nuevo, el tedio te coge de las solapas y no te suelta hasta las últimas ciento y pico páginas en las que, ahí sí, Hill deja abierta la puerta a la esperanza con un tramo final francamente logrado. En resumen, que al libro le sobran más de cuatrocientas páginas que, no sé que pensarán ustedes, pero a mi se me antojan muchas. 

Es una pena que el hombre que me fascinó con obras tan contraidas como "El traje del muerto" o "Cuernos" haya entrado en esa fase de innecesario consumo de celulosa en la que su padre hace años que está instalado cuando aún le queda tanto por decir. Me duele espantosamente que el creador de personajes tan difíciles de calificar como Ig Perrish o Victoria McQueen se haya sacado de la chistera, tuercebotas del calibre del propio bombero que da título al libro o ese villano de pacotilla que es el Hombre Marlboro (palabrita. Un tipo con ese nombre se pasea por la obra). Y, por último, me escuece el alma por la decepción que me supone entrever al padre detrás del hijo. Después de unas pocas novelas excelentes, a Joe Hill se le saltan las costuras y a través de ellas vemos al King más pardo, el de las novelas en cadena, el de las frases hechas, el repantigado en la ley del mínimo esfuerzo. La escama de dragón ha carbonizado al hijo y de sus cenizas surgirá el padre en una suerte de eterno retorno, una monarquía oscura de linaje heredado y que podría no tener fin si los hijos de Joe Hill aprenden a teclear pronto. Que Charlie Manx nos proteja.

miércoles, 21 de febrero de 2018

El arte de la síntesis

Buenas noches a todos menos a los que, viéndote inquieto por no estar ya sentado en la sala de cine a dos minutos de la hora marcada en la entrada, te dicen eso de "no te agobies, hombre, que vamos bien de tiempo. Antes de la película siempre ponen un par de trailers". A esos, a los que no entienden que mis nervios derivan precisamente de poder perderme ese "par de trailers", a los que no saben valorar es su justa medida esas pequeñas joyas de la concisión artística, a esos, como decía, a esos ni agua.

Esta noche vengo a hablarles brevemente de "Máximo Riesgo", la cinta que dirigiera hace nada menos que veinticinco años el finlandés Renny Harlin a mayor gloria del insípido Sylvester Stallone y que es uno de mis "guilty pleasures" más preciados. Y es que se pueden contar con los dedos de una mano las películas que he visto más de una vez en el cine. "Sin perdón", "La huella", "Depredador" y un par de ellas más que ahora no recuerdo. Pero es que se pueden contar con los dedos de una mano y sobrarían cuatro las películas que he visto en el cine más de una vez... seguida. Se imaginan a cual me refiero, ¿verdad?

Los más veteranos recordarán los cines de sesión continua, salas emblemáticas dedicadas al noble arte de enriquecer el patrimonio cinematográfico de la juventud española mediante la repetición indiscriminada de la película o películas programadas para la semana en cuestión. Acababan los títulos de crédito de la primera sesión y la cinta volvía a ponerse a cero. Y así hasta cuatro veces por día. Huelga decir que nadie, en su sano juicio, yo el primero, se quedaba a volver a ver la obra programada, pero, con "Máximo Riesgo"... ¡Ay, con "Máximo Riesgo", la impresión fue tan demoledora que no me quedó más remedio que permanecer en mi butaca con los ojos al más puro estilo Marty Feldman durante otra sesión y media.

Y eso que la película, vaya por delante, es mala a rabiar. Conviene no verla resfriado, no vaya a ser que una tos inoportuna derrumbe los andamios de su guión. Los WTF!! son la norma general y algunas escenas de acción convierten "Star Wars" en un capítulo de "Callejeros". Las interpretaciones no les van a la zaga y salvo Michael Rooker y su Santidad John Lithgow (al que le podrían dar el papel de mojón en carretera secundaria y merecería un Oscar), el resto, empezando por el propio Stallone, parecen salir en pantalla con sus caras de vacas mirando un tren únicamente para ser acuchillados, empalados, golpeados, despeñados o tiroteados sin el menor miramiento. A pesar de todo lo anterior, "Máximo Riesgo" es irresistible y no hay ocasión en la que la emitan por televisión que no la vea completita y aplaudiendo más que lo padres de Anna Gabriel viendo lo bien que le ha sentado Suiza a su hija. Y las razones son fundamentalmente dos: Renny Harlin y, por supuesto, su trailer.

Perdona, ¿que los trailers no interesan a nadie? Acércate un momentito
Desde el impresionante arranque (no me canso de verlo, oiga) hasta la inverosímil traca final, la mano del realizador finlandés no tiembla ni una sola vez en las casi dos horas de metraje vertiginoso. Como si de un videojuego se tratara, cada pelea, cada persecución y cada muerte está más lograda que la anterior. Nunca lo he contado, pero dudo que haya más de veinte minutos de diálogo en la película. El resto es una magistral de planos imposibles sobre riscos nevados, furiosos travellings aéreos y un gusto por lo truculento (nunca he vuelto a mirar impasible una estalactita desde que la vi) que sorprende, convence y, en mi caso, enamora. Un magnífico director del que, por desgracia, nada se sabe desde hace, sin duda, demasiado tiempo.

La segunda razón es, por supuesto, su trailer, una maravilla de montaje, con el "Dies Irae" de Mozart a todo trapo y que sin una sola palabra nos pone en antecedentes de lo que se nos viene encima. Lo había visto unas semanas antes en otro cine y logró lo que todo buen trailer debe lograr, pellizcarnos el interés lo justo para convencernos que hay algo nuevo y brillante a la vuelta de la esquina y que hay que rascarse el bolsillo y encajar las agendas para estar allí cuando corresponde estar. Siempre he dicho que deberia haber una categoría al mejor trailer en la Ceremonia de los Oscar. En 1993, "Máximo Riesgo" se lo hubiera llevado. Háganme caso, si van al cine con gente que no valora los trailers, es mejor ir solo o podrían perderse cosas como ésta. Avisados quedan.

miércoles, 31 de enero de 2018

Mi nombre es Johnson

Buenas noches a todos menos a los que no asumen el paso del tiempo y se parapetan tras el pasado para no asumir los peligros del presente. A esos, a los que no son capaces de ver que es mejor cumplir años que no hacerlo y que debe uno envejecer con dignidad y aplomo, a esos, a esos ni agua.

Esta noche vengo a hablarles brevemente de Jean Claude Van Damme, un tipo que en eso de no retrasar el reloj para engañar al tiempo ha demostrado ser todo un modelo a seguir. La serie que protagoniza, "Jean Claude Van Johnson", cortesía de Amazon Prime es buena prueba de ello.

En mi lista de "action heroes" ochenteros, el amigo Van Damme ha luchado ferozmente desde siempre por eludir el descenso. Como actor, el belga deja (muy) mucho que desear y los productos en los que participó no gozan ni de mi respeto ni de mi cariño. Se pueden imaginar que enterarme de que protagonizaba una serie y que además era buena me sumió holgadamente en el estupor. Comprobar que los comentarios no erraban y que "Jean Claude Van Johnson" es, a día de hoy, una de las marcianadas nás refrescantes del panorama televisivo, ha sido una caida de escamas oculares al más puro estilo Saulo de Tarso. 

¿Y que cuenta "Jean Claude Van Johnson" en sus a todas luces insuficientes seis capítulos? Pues básicamente, la historia de un actor acabado llamado Jean Claude Van Damme, que vive de sus recuerdos y que, por amor, retoma su carrera para rodar una versión de "Las aventuras de Huckleberry Finn" que más parece una secuela de  "El Señor de los anillos" que una fiel traslación de la novela de Mark Twain. ¿Y vuelve sólo por amor? No, no solo por amor. Van Damme es, en realidad, el agente Van Johnson, un espía que ha aprovechado todos los rodajes de las películas que ha protagonizado en sus muchos años de carrera para cumplir las misiones que una oscura agencia gubernamental le ha encargado aprovechando sus innatos dones para el mamporro y la patada voladora. Y este rodaje no será una excepción. Pero el tiempo... ¡Ay, el tiempo es cruel, las piruetas de ayer son los trastazos de hoy y los villanos no respetan ni las canas, ni la artrosis!

Damas y caballeros, Tom Van Sawyer

 Es un placer ver al señor Van Damme aprovechar cualquier resquicio para apalizar a la que da sombra al botijo y contar las virtudes de sus trabajos en "Blanco Humano" o "Time Cop" (tronchantes sus eternos guiños a "Looper"), mostrarse a pecho descubierto como un tipo con pocas luces, un poco sonado, abarquillado por lo años, incapaz de las hazañas de entonces pero encantado de poder intentarlo de nuevo, de no reverdecer sus laureles pero de llevarlos con dignidad. Los secundarios son sicotrónicos (ese director Timburtoniano), el humor, negro como el ánimo de Puigdemont y las  secuencias de acción (que las hay, por supuesto, el que tuvo, retuvo), brillantes, hechas a su medida (la pelea multitudinaria del primer capítulo es sobresaliente).

Me reconcilio con este hombre, su disparatada serie me ha ganado para la causa y admiro enormemente su capacidad para parodiarse sin perder la dignidad. Ojala todos sus coetáneos tomaran nota y no sepultaran en rubor sus logros pasados. No se pierdan "Jean Claude Van Johnson". Es una propuesta honesta, sincera, irreverente, divertida y emocionante. Para durar solo tres horas, creo que ya es meritorio.

miércoles, 17 de enero de 2018

De herejías y sus virtudes

Buenas noches a todos menos a los que mueven la cabeza negativamente ante cualquier intento de expandir el campo de batalla de la música clásica. Mientras gente como James Rhodes, Camerata Musicalis o Ara Malikian realizan esfuerzos para barrer el polvo, abrir las ventanas y ventilar así la cárcel en la que Mozart, Haydn, Grieg o Bach han estado encerrados durante siglos para no llegar a todos los públicos, los que allí les encerraron, siguen chistando a uno si tose en un concierto o sufren una embolia si alguien empieza a aplaudir cuando no lo indican sus Sagradas Escrituras, las que solo ellos conocen y endogámicamente se transmiten. A esos, a los que son incapaces de asumir que todo tiene un objeto y que al mismo se puede llegar de muchas formas, a esos, ni agua.

Esta noche vengo a hablarles brevemente de mis inicios en este mundo inabarcable de la música clásica. Podría dármelas de lo que no soy y decirles que mamé desde pequeños las sinfonías de Mahler y las nocturnos de Chopin, que mi padre leía partituras mientras desayunaba y que mi despertador no era otro que los melodiosos trinos que mi madre emitía mientras hacía las camas. Pero no es así, no les quiero engañar. En mi casa se oía a Marisol, Radio Nacional de España y, de cuando en cuando, a Serrat, a Perales o a Demis Roussos. No, por ahí no fue por donde empecé el camino a Bayreuth, se lo puedo asegurar. Mi entrada en el universo de los clásicos musicales tuvo como barquero a un caballero de nombre Louis Clark que a los mandos de la Royal Philharmonic Orchestra, a principios de los ochenta publicó "Hooked on Classics" un disco que, a través de un tuttifrutti de melodías clásicas, enlazadas de una manera magistral, creaba temas de entre cuartro y siete minutos con un machacón ritmo discotequero que para quien esto confiesa, era, como diría Robert Palmer, simplemente irresistible. Cuando acaben de leer, vean el video que les he dejado al final de la entrada y así se hacen una idea más exacta de las habilidades del señor Clark. Verán que no son pocas.

Un fragmento de la Novena de Beethoveen, se fundía casi sin darse uno cuenta con el Guillermo Tell de Rossini el cual, a su vez se unía suavemente a Las Bodas de Figaro y desembocaba en una sinfonía de Tchaikovsky creando un único momento de no más de un minuto. Tela. El primero de esos discos incluía fragmentos de más de cien obras en algo menos de cincuenta minutos. Imagínense el campo de batalla que se abre a las mentes inquietas, el descomunal yacimiento musical que se despliega ante los oídos hambientos de quien mientras cimbrea la cadera en la discoteca de moda y, sin remedio, se prenda de unas notas que se le adhieren a la cabeza y que lo llaman a profundizar, a descubrir más secretos, a saber más de ese Haendel, de ese Elgar o de ese Wagner del que se habla en el librito de temas que incluye el disco de marras.

Los puristas más casposos, los que siempre andan con las vestiduras remendadas pusieron el grito en el cielo y abominaron publica y privadamente contra la obra por vejar su santoral y parir un engendro que faltaba el respeto a las Sagradas Formas Clásicas. Hoy, en Twitter, el productor de disco hubiera tendio que salir a pedir perdón o, en el mejor de los casos, cerrar su cuenta. Al amigo Clark, por su parte, debieron importarle estas arengas tan poco como a mi, por que se tiró casi toda la década publicando nuevas entregas de similares características (la segunda fue memorable, mi favorita sin la menor duda), vendiendo discos como churros y adecentando su orto con las diatribas que seguía recibiendo desde las más rancias esquinas del reino. Por lo que a mi respecta, Louis Clark ha hecho por la música clásica en diez años más que Deutsche Grammophon en toda su historia. Quitar los velos, se ponga quien quiera ponerse como se quiera poner, siempre es más complicado que rasgarlos. Por eso, unos hacen una cosa y otros otra. Por eso, unos suman y otros restan.


miércoles, 10 de enero de 2018

Nuevos aires

Buenas noches a todos menos a los que van de Machos Alfa y gustan de rebuznar que la lágrima o el nudo en la garganta ante una melodía hermosa o un texto desgarrado no es cosa de hombres. A esos, a los que se construyen muros de testosterona para intentar defender su vacío interior y se dan codazos cómplices en las almenas de su burbuja, a esos, ni agua.

Esta noche vengo a hablarles muy brevemente de la decimoprimera temporada del ladrillo. Como puede ver hay cambios importantes en el diseño y mi intención es que también los haya en los contenidos. Me he aventurado por otras redes sociales en estos últimos meses y he llegado a la conclusión de que la actualidad anda a tal velocidad que cuando uno termina de escribir, nadie sabe ya de qué le están hablando. La influencia de Twitter es, por tanto, muy evidente. Es muy posible que esto me lleve a espaciar mis interminables y clásicas peroratas en favor de una mayor cercanía, pero lo que pierda la calidad (que tampoco ha sido mucha nunca, para qué engañarnos) lo va a ganar la cantidad y, sobre todo, la variedad, ya que, se lo garantizo, la aleatoriedad de los contenidos va a dejar pocos colores de la paleta sin usar.

Sin ir más lejos, hoy, para inagurar esta etapa un poco anárquica que me propongo llevar a cabo y creo que por primera vez en estos once años de historia , les voy a reproducir un poema que he leído hoy mismo citado en un libro maravilloso ("Noches azules", de Joan Didion. Una obra maestra. Terrible, pero una obra maestra. No se la pierdan) y que me ha hecho secar dos lágrimas como dos perlas mallorquinas mientras lo leía esta tarde. Lo escribió hace más de 70 años un caballero de nombre Wystan Hugh Auden, se llama "Funeral Blues" y dice así:

Parad todos los relojes, cortad el teléfono,
Prevenid el ladrido del perro con un jugoso hueso.
Silenciad los pianos y, con apagados timbales,
Traed el ataud, dejad pasar a los dolientes.
Que los aviones nos sobrevuelen en círculos luctuosos
Escribiendo en el cielo las palabras: Él ha Muerto.
Poned crespones negros a las palomas públicas
Que los guardias de tráfico lleven oscuros guantes de algodón.
Él era mi Norte, mi Sur, mi Este y mi Oeste,
Mi semana de trabajo y mi descanso dominical.
Mi mediodía, mi medianoche, mi paseo, mi canción.
Pensé que el amor duraría para siempre: cometí un error.
No quiero estrellas, apagadlas todas.
Empaquetad la luna y desmantelad el sol.
Vaciad los océanos y talad los bosques
Porque ya nada puede volver a ser como antes.

Les dejo también el original en inglés porque la traducción que le acabo de enseñar es muy hermosa, pero también muy libre.

"Stop all the clocks, cut off the telephone,
Prevent the dog from barking with a juicy bone,
Silence the pianos and with muffled drum
Bring out the coffin, let the mourners come.

Let aeroplanes circle moaning overhead
Scribbling on the sky the message 'He is Dead'.
Put crepe bows round the white necks of the public doves,
Let the traffic policemen wear black cotton gloves.

He was my North, my South, my East and West,
My working week and my Sunday rest,
My noon, my midnight, my talk, my song;
I thought that love would last forever: I was wrong.

The stars are not wanted now; put out every one,
Pack up the moon and dismantle the sun,
Pour away the ocean and sweep up the wood;
For nothing now can ever come to any good."

viernes, 8 de diciembre de 2017

Clonando lombrices (III)

Y como en cualquier secuela que se precie, en esta tercera entrega de las reseñas cinematográficas más breves, pétreas y agusanadas de la blogosfera, sus admiradores encontrarán todo lo que aman del concepto elevado una octava y los que abominan del mismo, pasarán nuevamente de largo por este refinada selección de la producción cinéfila que más ha impactado (positiva y negativamente, por supuesto), al Clan en general y a servidor en particular en los últimos meses. No me alargo más que hay mucho turrón que repartir.

- La gran enfermedad del amor (The big sick): Peliculón. La mejor comedia romántica de los últimos años es, también, la gran película del desamor que necesitábamos. Magnífico guión, actores al borde de la epifanía interpretativa (sale Holly Hunter, no les digo más) y sin (apenas) espacio para el error. Lo que el genero necesitaba desde hace una década (*****).

- Headshot: Saqueo asiático a la saga Bourne que se alarga unas innecesarias dos horas pero que, no obstante lo anterior, nos regala las mejores secuencias de acción del año, cortesía de esa inexpresiva pero demoledora máquina de repartir estopa que es el ¿actor? indonesio Iko Uwais. Atención a la larga secuencia en la comisaría. No se la cree nadie, pero tampoco hay quien pueda olvidarla (*).

- Una historia de fantasmas: Un tostón mayúsculo. Tan entretenida como ver hervir el agua, la última película de Casey Affleck es el mayor despilfarro de celuloide de este ejercicio. Cómo ha podido David Lowery, su director, convencer a un tipo como Affleck de participar en este despropósito supuestamente poético sobre la soledad y el amor es un misterio difícil de resolver. Tal vez Affleck viera la maravillosa "Pedro y el dragón" que Lowery rodó apenas doce meses antes. Otra explicación, la verdad, no encuentro (•).

- El amante doble: El guión es un colador. Algo poco más potente que la flatulencia de una pulga sería capaz de tumbar todo el entramado argumental de la última cinta de Francois Ozon pero es innegable que el hombre sabe rodar y que tiene una habilidad innata para crear música con un simple plano. Además, no vamos a negarlo, es irresistiblemente erótica, recupera a Jacqueline Bisset para la causa y cuenta en su reparto con una belleza  tan deslumbrante y perturbadora como la de Marine Vatch. No me digan que, al menos, no he picado su curiosidad (**).

La primera teta del ladrillo solo podía ser la de Marine Vatch

- Thor: Ragnarok: Marvel no falla a su cita y, como es habitual, lo hace con nota. El Dios del Trueno siempre ha sido un poco oscuro y un poco pesado. Sus entregas previas se cuentan entre lo más discreto de Marvel Studios, pero con este tercera oportunidad, sus responsables han cambiado el bote de la trascendencia por el de la sátira y les ha salido casi una sitcom de lo más entretenida. Al principio se hace bola tanto humor, pero la digestión es de lo más placentera (***).

- Feliz día de tu muerte: Irresistible batiburrillo entre "Scream" y "Atrapado en el tiempo". la protagoniza una extraordinaria actriz de la que nada sabía (Jessica Rothe) y logra que no puedas despegar el culo de la silla en los apenas 90 minutos que dura. Mucho mérito para una cinta modesta, imaginativa y, creanme, perfecta para aquellos que no se identifican con el genero terrorífico. Como la bella señora Winot a la que por cierto, las peripecias de la odiosa protagonista atraparon desde el primer momento (****).

Tengo la impresión de que ya he pasado por esto...

- El Bar: Pobre cosecha de la este año para el cine español (tambien es cierto que aún no he visto "Oro" ni "Verónica"), pero con "El bar", Alex de la Iglesia abandona un poco el despanzurramiento mental de sus últimas obras para recuperar plantemientos algo más modestos sin renunciar, por supuesto a su natural tendencia al exhibicionismo. Como es habitual, brillante idea inicial que no termina de cuajar pero, en esta ocasión, con un desarrollo interesante, barroco y coherente. Es cierto que al final, la propuesta da en hueso, pero no quita méritos a todo lo previo (**).

- It: Me duele decirlo. La obra de Stephen King es una de mis obras de cabecera dese hace más de 30 años. El reparto es extraordinario y Bill Skarsgård borda al aterrador Pennywise. Reconozco que veré sin atisbo de duda la segunada parte y que hay momento de gran cine en los excesivos 135 minutos de la cinta de Andres Muschietti, pero.... Pero algo chirria en alguna parte, tal vez hayan sido las expectativas (la campaña de marketing ha sido de lo más brillante que se recuerda) o el agotador climax, pero creo que con dos estrellitas, todos flotan (**).

Segundas partes, ¿serán mejores?
- Barry Seal: La mejor interpertación de Tom Cruise en años. La sintonía con Doug Liman es evidente y ambos nos entregan una de las mejores películas de la temporada. Me quedo con los encuentros con Escobar y su banda y la fase más "Godfellas"a mitad de metraje con los armarios llenos hasta los topes de dinero,  los trayectos inverosímiles en cualquier medio de transporte y el primo imbécil que no puede faltar en este tipo de obras. Mención especial para la banda sonora que es, así, a las bravas, la mejor del año (***).

- Llega de noche: El director y guionista de esta propuesta, Trey Edward Shults, no duraría un dia en el teléfono de la esperanza. Más vale que vean esta sombría propuesta sobre el futuro que nos espera con los depósitos de optimismos a rebosar porque, Shults pone todo su empeño en dejarnos la moral y la fe en el ser humano por los suelos. Interesantísima propuesta de (casi) política ficción con un Joel Edgerton que borda un papel desagradable, complicado y lleno de matices. No es la mejor película del año pero sí la más desasosegante. Decidan ustedes (****).