miércoles, 27 de enero de 2016

M.A.T.E.O (que te veo): Hombre rico, hombre pobre.

Desde finales de los setenta y, si me apuran hasta casi la actualidad, su nombre ha sido utilizado por los más viejunos del lugar como sinónimo de maldad absoluta, como compendio de todo lo cruel, inhumano y miserable que un cuerpo de carne y hueso es capaz de albergar.

Yo recuerdo haber acudido de la mano de mi padre al Estadio Santiago Bernabéu con mis lustrosos nueve o diez años y haberme quedado atónito mientras la grada al completo mentaba la madre al arbitro y no contenta con eso, colgaba (figuradamente, por supuesto) del cuello del colegiado la deshonrosa tablilla que contenía su nombre, diez letras que descargaban sobre el aludido todo el peso de un odio rabioso, constreñido e insalubre y que seguramente dejarían al pobre arbitro al borde del suicidio en el vestuario: FALCONETTI.

¿Que quién era Falconetti y cual era la razón de que medio mundo deseara su muerte y de que la otra mitad no tuviera en mente mover un dedo para oponerse? Pues, resumidamente, Falconetti, Anthony Falconetti, fue el primer gran villano que nos presentó la televisión, un tipejo rastrero y miserable que con sus argucias y bajezas se empeñaba, capítulo tras capítulo, en amargar la existencia de los protagonistas de la mítica serie de los setenta "Hombre Rico, Hombre Pobre".

Con su mítico parche, el actor que lo interpretó, William Smith, creo un icono cultural que a día de hoy sigue siendo reconocible y que en la época causó auténtico furor. Los espectadores por supuesto, acudíamos puntuales a la cita con el capítulo semanal para ver cómo le iba la vida al triunfador Rudy Jordache (el caracartón de Peter Strauss) y qué nueva desgracia le caía encima a su hermano Tom (Nick Nolte, en su papel habitual de bruto con sentimientos), un hombre que siempre se clavaba la aguja cuando iba al pajar. Por allí también pululaban viejas glorias del calibre de Ed Asner o el muy marveliano Bill Bixby que daban lustre a una serie bastante transgresora para la época y a la que el tiempo ha respetado bastante.

Pero por encima de todos ellos, Falconetti brillaba con luz propia. Las fascinación por el mal tuvo en sus sucias maniobras una de las sus primeras muestras televisivas y tras aparecer en un papel muy secundario, se convirtió en el emblema de la serie y en todo un fenómeno social que alcanzó su cénit en uno de los últimos capítulos de la serie en el que el muy ladino llegaba a asesinar a su odiado Tom Jordache en una mítica secuencia en la que con su ojo bueno y sin inmutarse lo más mínimo, Falconetti presenciaba la muerte de su enemigo a manos de una panda de sicarios que le ajustaban las cuentas hasta el céntimo. Inenarrable.

Pero aún quedaba más y este candidato a M.A.T.E.O (para más datos acerca del concepto, pueden visitar aquí la entrada que inaguró la sección y en la que se aclara el acrónimo) se veía superado a los pocos capítulos en la secuencia final de la serie y que, consiguió desencajar más mandíbulas aún que la imagen de Tom Jordache agonizando en el muelle. No se pierdan este genuino M.A.T.E.O. y luego me cuentan.

martes, 5 de enero de 2016

Un mundo para ser leído

Si por algo pasará a la historia el año pasado en lo que a libros se refiere será por la consolidación en su pedestal de Emmanuel Carrère, a cuya obra (sólo me falta "El Reino" que aguarda turno)  he dedicado no pocas horas del finado ejercicio 2015 y que se atrinchera en el puesto número uno en mi lista de escritores favoritos.Pero no solo de autores dolientes y geniales vive el hombre de la chistera. En este recién clausurado año han pasado por mis ojos un buen número de comics (si me animo haré la lista en unos días. Si no, que quede claro que a la vista de lo leído este año, el puesto de Carrère en lo que a comics se refiere lo tiene en nuda propiedad en irlandés Garth Ennis, que con "The Boys", "Battlefields" y "Equipo Rojo" deja claro que lo de "Predicador" no fue casualidad) y un respetable puñado de libros de todo pelaje (ventajas de usar el transporte público, que alguna debía de tener) de entre los que les destaco, en riguroso orden de caída, los diez siguientes.

Espero que alguno les interese. Si alguno lo logra, acuda a su librería más cercana y cómprelo, por favor, deje el e-book para los hipsters y pélese los dedos pasando páginas de papel, aunque sea reciclado y no olvide que el mejor e-book es el que no se compra.


- Las leyes de la frontera, de Javier Cercas: También ha caído "El impostor", del mismo autor, pero me decanto por esta apabullante muestra de genio de este hombre cuya habilidad para crear personajes "que respiran" no tiene parangón ni dentro ni fuera de nuestras fronteras. Tere, El Gafitas y el Zarco conforman uno de los triángulos amoroso- amistoso- criminal más perfectos de nuestra literatura.

- Una breve historia de casi todo, de Bill Bryson: Más de 600 páginas que despiertan el amor a la ciencia hasta en la mente más cerrada para el tema como puede ser la de un servidor. Desde la formación del universo hasta los orígenes del hombre contado con todo el humor, la prolijidad y el gusto por el detalle del mejor divulgador científico que hay sobre la faz de la tierra. Un libro para tener siempre a mano si uno ve factible ser riguroso sin aburrir a las ovejas. 

- Postales desde la tumba, de Emir Suljavic: Preparen cuerpo y mente para una experiencia literaria tan brutal como desasosegante. La masacre de Sbrenica contada desde dentro, sin esquinamientos ni maniqueos prejuicios. Atención al penúltimo capitulo "La caída", que no lo van a olvidar. Hechos puros y duros que conforman un libro maravilloso de muy lenta digestión y que acecha en la mente muchos meses después de leído.

- Bajo el signo de Marte, de Fritz Zorn: Reflexiones de un enfermo de cáncer criado en una familia alemana sin carencia material alguna y que nada en un absoluto vacío de sentimientos. Un canto a la vida y  a luchar por lo que uno desea aunque se sepa perdedor desde el primer momento. La radiografía furiosa de una sociedad de consumo que se viste con las telas de la vanidad para no ver lo que le rodea. La gran frase del año pone colofón a esta obra tan brillante como demoledora: "Me declaro en estado de guerra total". 

- Flashman y el gran juego, de George McDonald Fraser: Los más veteranos ya conocen mi predilección por el gran Harry Flashman, a quien ya dedique hace años una entrada en el ladrillo ("El ogro verde del ejercito británico"). Este año ha sido el turno del noveno volumen de sus aventuras, ambientado en el motín de los cipayos de 1857. Como siempre, aventuras, fornicio, bajezas morales y magistrales de historia de la mano del malandrín más encantador de la literatura inglesa. No se lo pierdan.

- Sumisión, de Michelle Houllebecq: Nueva entrega del franchute más desquiciado del firmamento literario. En esta ocasión es el Islam el que cae bajo el microscopio de partículas elementales del amigo Houllebecq en un ejercicio de política ficción magistral en el que aquí y allá aparecen las habituales- y geniales- reflexiones sociológicas del autor. Ha causado bastante controversia su final extrañamente poético pero quien vea aquí un canto a favor del Islam creo que debería graduarse la vista. 

- El olvido que seremos, de Hector Abad Faciolince: Palabras mayores, amigos. El retrato que el escritor colombiano realiza de su padre, Abad Gómez que fue asesinado en 1987 por sus continuos desafíos a las autoridades (políticas, militares y universitarias) y por su implacable labor social (gracias a su labor, el agua corriente llegó a Medellín) es desgarrador. Literalmente, te cambia la vida, te plantea dudas acerca de tu forma de actuar y te demuestra que en esta vida lo difícil es permanecer, porque pasar, pasamos todos.

- Así empieza lo malo, de Javier Marías: Le han caído las críticas más severas de su carrera pero debo reconocer que no ha sido mi caso. Me interesa la historia de ese director tuerto y su esposa, me atrapa el triángulo que forman junto al narrador y me asombra el giro final marca de la casa. Las mismas filias y fobias que siempre, el gusto por las perífrasis inabarcables que recorre la obra del autor y la sombre inmensa de "Tu rostro mañana" que todo lo cubre y que hace imposible usar correctamente la vara de medir.

- La suerte de Jim, de Kingsley Amis: El padre de Martin Amis era, al parecer, escritor y, antes de morir en 1995 había dejado un legado literario más que respetable en el que se incluía esta divertida sátira universitaria con regustillo amargo que invita más a la sonrisa cómplice que a la carcajada y que gana con el tiempo, como las grandes obras.

- Hombres buenos, de Arturo Pérez Reverte: Los libros de este hombre no me entran. Prefiero la inmediatez de sus artículos a las buenas ideas mal desarrolladas de sus novelas. Sin embargo, en esta ocasión, tengo que quitarme el sombrero e incluir entre los mejor del año este relato aventurero con La Enciclopedia ilustrada como Mcguffin y que entremezcla pasado y presente con incuestionable buen gusto y base histórica. Carne de celuloide, se lo digo yo.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Las hojas del rábano

Dos cosas han quedado claras tras la madre de todos los debates habidos y por haber en éste y otros universos, multiversos y realidades alternativas varias de este pasado lunes. La primera es que a la hora de vender un producto, no hay nadie como los muchachos de Antena 3. Ya sea un partido de fútbol de quinta regional, el campeonato de comedores de chipirones en su tinta o un debate político, los mil tentáculos del grupo A3 Media, llevan a cabo tal despliegue de artillería comercial que es casi imposible ponerse a cubierto del continuo bombardeo de anuncios, especiales, preludios y epílogos con el que asedian al desarmado televidente. Puede uno no verlo, pero también es inevitable pensar que al día siguiente ira cojo a las tertulias matinales. 

La segunda y no menos indiscutible es que el pasado lunes fue difícil determinar quién fue el ganador del debate, pero no hay duda alguna de quien terminó de poner el último clavo a su ataúd político y ese no es otro que el actual presidente del gobierno, Don Mariano Rajoy Brey, que con su ausencia ha demostrado que como todos los mediocres, hay que rodearse de iguales para poder destacar.

Con el marrón que le soltó a su voluntariosa vicepresidenta, Soraya Saez de Santamaría (que bastante hizo la pobre con los dos mihuras que le esperaban en el escenario) el presidente se salvó de una muerte segura a manos de Alber Rivera y de Pablo Iglesias y eso que ninguno estuvo en su versión más brillante. Pero, al mismo tiempo, ciñó la cuerda a su mortaja política en un ejercicio de escapismo que haría palidecer al mismo Houdini y que me recordaba horrores a otro suicidio público perpetrado por Zapatero cuando tomó la decisión de mandar a otra mujer voluntariosa, Elena Salgado, a defender los Presupuestos Generales más indefendibles de la democracia (Hable de ello largo y tendido en esta su escombrera, si les apetece pueden recordarlo aquí). Si aquello le costó la mayor parte de su escaso crédito al ex presidente- y Don Mariano se lo echó merecidamente en cara entonces- es de cajón de pino pensar que lo mismo va a pasarle ahora y que ni aquéllas ni estas excusas van a valerle ahora para evitar la sangría de votos que va a suponerle su acobardada actitud y el definitivo desplome de su posición como líder de un partido y de un país que, lo que menos se puede esperar es que le truquen la vara de medir cuando se la dan tan de vez en cuando.

Sabedor como es de que al pobre Pedro Sánchez, le quedan menos vidas que a mí en el Candy Crush, Don Mariano se ha citado con el líder socialista el próximo lunes para quitarle los pocos empastes que le quedaban intactos tras los vapuleos de hace 48 horas. Se escuda en que con el único con el que está obligado a debatir un presidente del gobierno es con el líder de la oposición y no le quito la razón. Pero a un hombre que se ufana de haber sacado al país de la crisis con su firmeza y su habilidad para escalar promontorios de heces socialistas, lo menos que se le puede pedir es que arriesgue, que no se esconda, que no coja el rábano por las hojas y que haga como la mujer del César, que sea, de verdad, un hombre convencido de su legado y que no tenga miedo de discutirlo con quien sea. O al menos que no lo parezca.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Volando voy: Dublin

Yo estaba destinado a visitar Dublin. Lo mucho o poco que sé de inglés se lo debo a la Ashford School of English, una modesta academia de idiomas a la que fui de adolescente y cuyo director, jefe de estudios, secretario y vaciador de ceniceros era un blanquecino irlandés, inagotable y peleón que año tras año se dejaba la vida intentando convencer a nuestros padres de que ir un verano a aprender inglés a su Dublin natal no era, como decían algunos, tan inútil como llevar a los niños a las montañas gallegas para aprender castellano de meseta. Los padres de algunos de mis compañeros dieron su brazo a torcer, pero Mister Winot Sr era, es y será por muchos años un hueso duro de roer y no hubo forma de sacar de su cabeza de apóstol que aquellos viajes eran una pérdida de tiempo y de dinero. No diré que ha sido un tema recurrente en mi cabeza ni que he hablado con mi terapeuta acerca de la base irlandesa de muchas de mis patologías, pero lo cierto es que cuando surgió la oportunidad de visitar Dublin no tarde ni un segundo en lanzarme de cabeza al asunto. Como ya saben, cuando el río suena....

La cosa ya prometía desde el aire...

Hay ciudades que enamoran a primera vista y otras que te ganan con el tiempo, con el contacto, pateándola e introduciéndose poco a poco en su atmósfera y estilo de vida. Dublin, sin la menor duda, pertenece al primer grupo, porque fue bajar del avión y ya me entraron ganas de nacionalizarme irlandés. El frío era polar (tuvimos la suerte de llegar a la ciudad en el día más gélido del año en aquellas tierras) pero el calor de todos aquellos con los que nos cruzamos desde entonces hasta nuestro envase- apenas cuarenta y ocho horas después-  en el vuelo de vuelta (si quieren empatizar con las sardinas en lata, no lo duden, Ryanair es su compañía)  hizo que los dedos se entumecieran menos y que la superposición de prendas se hiciera menos molesta. La tradicional amabilidad irlandesa no es un tópico inmerecido sino, probablemente, la seña de identidad más evidente que he detectado y que más me ha gustado en Dublin. Y no me refiero solo a la zona turística donde podría ser más compresible (aunque les invito a pasarse por la Plaza Mayor de Madrid para demostrarles que la amabilidad va en la sangre) sino que, perdidos como hemos estado en alguna ocasión por zonas poco recomendables, todo han sido amables indicaciones y buenas palabras. Elevo mi chistera con admiración ante el despliegue logístico de apoyo al turista del que hacen gala los dublineses y que tanto añoro en mi ciudad.

Me van a negar que no les está entrando ganas de tomarse una...

Hay muchas cosas recomendables que ver y hacer en Dublin. Personalmente, creo que no deben volver a España sin darse un largo paseo por la arrebatadora O'Conell Street, la zona del Trinity College (por cierto, uno de los mejores y más económicos banquetes del viaje nos lo dimos en esa zona, en un espectacular local llamado The Bank on College Green. No lo dejen pasar) y, por supuesto, uno no puede despedirse de la ciudad sin dedicar unas pocas horas (o muchas, eso depende de los que les guste la cerveza y el cachondeo) a vagabundear por las laberínticas callejuelas de la zona de Temple Bar, un eterno vía crucis tachonado de pubs y bares donde no terminar con una Guinness en la mano es misión imposible. Para amantes de lo friki, que alguno hay por aquí, aprovechen una pausa entre bar y bar para visitar Forbidden Planet y Sub City, dos magníficas tiendas de comics y merchandaising en los límites de esta zona tan etílica como arrebatadora.

Aquí la gente no se tira por la ventana, como pueden imaginar
Visita obligada es también darse un buen paseo por el descomunal Phoenix Park (el parque urbano más grande de Europa y uno de los más grandes del mundo) y, por supuesto, hay que pasar una mañana en el Vaticano Irlandes, el punto de convergencia de las almas de los poco más de 500.000 habitantes de Dublin, allí de donde nace el verdadero río de agua viva de la ciudad, el Guinness StoreHouse, un parque temático cervecero de la popular marca irlandesa (es difil mirar a cualquier punto en Dublin y no ver su celebérrimo emblema) que los herederos de Arthur Guinness tienen montado en la zona de Liberties y que si bien no deja de ser un sacacuartos para turistas, es un verdadero emblema ciudadano y además permite tomarse una buena pinta en su Gravity Bar, uno de los puntos más altos de esta ciudad sin rascacielos y desde el que, en consecuencia, tiene uno las mejores vistas de Dublin.

Kilmainham Gaol, la asignatura pendiente de este viaje
Tampoco deberían perderse, como hizo servidor, la Kilmainham Gaol, la cárcel donde se rodó "En el nombre del Padre" y en la que, realmente, vivieron su calvario muchos independendentistas irlandeses hasta que se cerró en la decada de 1920. A día de hoy es uno de los museos más populares de Dublin y es sumamente fácil quedarse fuera de los interesantísimos recorridos guiados que se suceden desde las 9 de la mañana. Lo sé de buena tinta, porque fui uno de los que se quedó con cara de portero goleado cuando mi petición de entradas a unos minutos del antepenúltimo pase del día, fue sancionada con una estruendosa carcajada y un muy español, "vuelva usted mañana".

Pues hombre, mañana, desgraciadamente, no voy a poder, pero esto es una excusa tan buena como cualquier otra para volver a cruzar el continente a saborear una cremosa Guinness o una no menos deliciosa Smithwicks roja (el gran descubrimiento del viaje, sin la menor duda) mientras me entran ganas, ahí es nada, de retomar el "Ulises", volver a ver "Michael Collins" o escuchar el "Jailbreak" de Thin Lizzy. Les dejo con "City full of ghosts"un magnífico tema de Mike Scott que siempre me ha animado la existencia y que es el mejor retrato musical de esta asombrosa e irresistible ciudad que, ya les aviso, volveré a visitar más pronto que tarde. Les animo a que sigan el ejemplo del Clan y se lancen a enmendar la plana a Mister Winot Sr y a demostrarle que a Dublin hay que ir aunque sea en Ryanair.


miércoles, 18 de noviembre de 2015

Cinco razones para ver "Charlie's farm"



1.- Es un slasher:Y esto, más que una razón es un advertencia. Si no tiene usted el menor interés por películas como "Halloween", "Viernes 13" o "Scream", no se acerque por "Charlie´s farm" o, si lo hace, no me venga luego con quejas. Desde que el mundo es mundo, en un slasher debe haber una única localización (por grande que sea), un número variable de personas reunidas en dicha ubicación y un misterioso asesino de expeditivos métodos empeñado en firmar el certificado de defunción de todos los anteriores en una sola noche. "Charlie's farm" no es una excepción en ninguno de esos aspectos y por eso mismo, cada uno de esos clichés supone una razón para verla para los que como un servidor, disfrutamos con este rudimentario, anquilosado pero irresistible tipo de películas. Además, hay que tener en cuenta que... 

2.- Tiene el mejor arranque del genero en los últimos años: En general, los slashers tienen dos tipos de secuencias iniciales: el primero tiene por objeto presentar en entorno en el que se desarrollará la acción (un barrio residencial, un camping junto al lago, etc, etc). El segundo sirve para darnos una pincelada de lo desquiciado que está el matarife de turno y el tipo de violencia que nos vamos a encontrar en la siguiente hora y media. "Charlie's farm" pertenece a este segundo estilo y hay que reconocer al australiano Chris Sun su habilidad para clavarnos a la butaca con una secuencia tensa, crudisima (atentos al uso del sonido. Brillantísimo) en la que apenas intuimos a Charlie pero sí nos permite determinar su arma favorita (luego hablaré de ella, pero no tiene desperdicio) y la característica más evidente de su aspecto (de nuevo el sonido, magistralmente utilizado). El ritmo luego decae sensiblemente, pero su último tercio nada tiene que envidiar a este meritorio arranque.

3.- Charlie vive en Australia: Como decía, la ubicación en este tipo de obras es fundamental. Por muy grande y luminoso que sea debe resultar inquietante, amenazador y lleno de peligros, pero haciendo bueno, en definitiva, aquéllo que decía Mylo Tindell de que algo puede estar a la vista y no por ello verse fácilmente. En el caso que nos ocupa, los incautos protagonistas de "Charlie´s Farm" deciden visitar una granja abandonada en mitad del desierto australiano donde, por lo que cuentan, habitó en su momento una familia de desquiciados con tendencia a merendar costillar de mochilero. El uso del espacio por parte de Chris Sun es brillante y aunque gran parte de la trama acontece a plena luz del día (amantes de la oscuridad y de las cuevas serpenteantes, no se preocupen, también tendrán oportunidad de pasarlo en grande) localizaciones como el río que atraviesa la propiedad o los herrumbosos silos y graneros que crecen como setas en el periplo de los futuros fiambres resultan sumamente inquietantes y uno se sorprende con las uñas clavadas en la palma de la mano en más de una ocasión.

Tranquilos, que Charlie tiene dulces para todos...

4.- Empatizas con Charlie: Es algo tradicional en este tipo de películas. Las victimas del carnicero de turno son tan estúpidas, generan tan poca simpatía en la platea, parecen tan empeñados en que les conviertan en carne picada que, casi siempre, hay aplausos cuando la rubia recachutada o el universitario musculoso reciben su ración de acero. En "Charlie's farm" esta principio general no solo se respeta sino que, podríamos decir, se eleva a su máximo esplendor. Y es que el nivel de dentera que producen los corderitos de Charlie es de matrícula de honor: toman, por supuesto decisiones inexplicables (atentos al encuentro de nuestro hombre con dos de los excursionistas en el río. Desternillante de puro inverosímil), se empeñan en asustar a sus compañeros ocultándose entre las sombras y siempre huyen en la dirección equivocada. Vamos, carne de cañon con el título ganado a pulso. Un último aviso para los amantes del género: no esperen encontrar hermosos efebos ni amazonas hormonadas en "Charlie's farm". El presupuesto daba lo que daba y nos tenemos que conformar con gente como Tara Reid o Sam Coward que tienen el mismo atractivo que un plato de nabos hervidos.

5.- Charlie mola: En los últimos tiempos, la tierra de los canguros parece empeñada en robarle a Corea del Sur el título de pais con mayor densidad de lunáticos por metro cuadrado del globo terraqueo. Hasta hoy, mi chiflado favorito de aquellas tierras era el encantador Mick Taylor de la saga de "Wolf Creeck", pero tras ver "Charlie´s farm", no puedo por menos que entregarme al innegable encanto de esta versión transgénica de Rob Zombie al que da vida (iba a decir interpretar, pero se me antoja excesivo) el mastodóntico Nathan Jones que con sus más de dos metros de altura y casi 160 kilos de peso compone una bestia parda cuya sola presencia ya aterra. Tiene además un extraño sentido del humor, le gusta saltar sobre los coches que aplastan a las personas, dispone de una especie de cuchillo-hacha- lanza- ballesta- mondadientes sumamente útil y a pesar de que habla poco, es imposible resistirse a su eterna mueca de niño juguetón. A mí, desde luego, me ha ganado y, teniendo en cuenta el final abierto de la obra y que la cinta ha sido un éxito respetable en Australia, no creo que tardemos mucho en volver a ver a Charlie en acción. Allí estaré para verlo, pero lejos, siempre lejos, que nunca se sabe. 

sábado, 14 de noviembre de 2015

Punto y final: Andrew Anthony (2ª parte)

Hace ya algunos años y por motivos bien distintos hablé aquí de "El desencanto" el libro del periodista británico Andrew Anthony. Con el subtítulo "El despertar de un izquierdista de toda la vida", Anthony narraba su evolución moral, política y ética desde los escombros del 11-S hasta la actualidad y cómo, desde ese momento, muchas, por no decir todas sus ideas habían sufrido un vuelco radical desde la progresía más escorada a la izquierda en la que siempre militó, hasta un pragmatismo liberal que le hizo revisar todos y cada uno de los pilares de un pensamiento que, según sus propias palabras, siempre llevó consigo "como la cartera o las llaves". 

Es un gran libro, implacable con lo que combate, crítico con lo que defiende y de una coherencia inverosímil en estos tiempos de paños tibios y solemnes discursos de indeterminable oquedad. Es una obra que consulto con notoria periodicidad y que me gusta recomendar habitualmente. En sus páginas siempre hay algún argumento poderoso para combatir el veneno de lo políticamente correcto, tan leve y tan sutil, pero tan letal que uno no se da cuenta de que lo han tumbado hasta que se revienta la cabeza contra el suelo. En este sentido, "El desencanto" es un bienvenido hachazo en el espinazo de los grandes mensajes de concordia mundial, un frenazo seco en todas las carreras hacia nuestra propia perdición.

Como en tantas ocasiones, hoy he vuelto a repasarlo tras la matanza que tuvo lugar ayer en Paris y, por supuesto, he hallado una base argumental sólida que exponer frente a los que, como siempre, trasladarán la culpa de esta carnicería inexplicable a los bombardeos en Siria, la opresión de Oriente, el capitalismo, las multinacionales y que se empeñan en no ver que agua y aceite no combinan, que dos no hablan cuando uno no quiere y que no son los cuerpos los que golpean las balas ni las gargantas las que se estrellan deliberadamente contra los cuchillos que las cortan hasta la traquea.


"No tienen derecho a llamarse luchadores por la libertad del tercer Mundo. (...) En el mejor de los casos son inadaptados, descarriados, manipulados por ideólogos astutos. Esa gente se jacta de que ama la muerte, lo cual es otra forma de decir que los asustan la vida, la libertad, la elección, la responsabilidad, la modernidad, la realidad. La muerte significa acabar con todos estos desafíos. Es la aniquilación que todo lo iguala. Hace falta un cierto coraje demente para matarse, el tipo de coraje que viene de la intoxicación química o espiritual. Pero hace falta mucho más coraje para vivir, para luchar, para lograr una meta. El islamismo en su apelación a la sumisión moral y al sacrificio del intelecto, no solo representa un medio para aquellos que carecen de esa determinación, sino que positivamente incita a abandonar la voluntad de tenerla. Para este fin ha encontrado fácil acomodo en Occidente. Las sociedades liberales, culpabilizadoras y complacientes, les piden poco(...) y como era de esperar también les ofrecen muy poco. Afganistán e Iraq, cualesquiera que sean los respectivos méritos de las campañas militares sólo son excusas, seudoagravios para ocultar el vacío moral de un culto a la muerte. No hay razón para no decirlo claramente, incluso si uno desea que las tropas se retiran de Afganistán y de Irak mañana y abandona los demócratas a su maldita suerte".

miércoles, 4 de noviembre de 2015

El regalo perfecto

"New light through old windows" el disco de nuevas versiones de sus propios temas publicado en 1988 por Chris Rea fue el primer CD que compré en mi vida. Apenas conocía un par de temas del cantante británico, pero me llamaba mucho la atención ese planteamiento de remodelar tu propio trabajo previo hasta convertirlo en algo nuevo. En ese sentido la imagen conceptual de que la nueva luz atravesara viejas ventanas me resultaba fascinante y, desde entonces, se ha convertido en lo que a expresiones artísticas se reifere, en una de mis varas de medir predilectas , si no en la que más: innovar, por supuesto, retorcer las estructuras y renovar el armario, por descontado. Pero sin que se pierda en ningun momento de vista todo aquello que, historicamente, ha servido de base a lo que uno presenta ante su público.

En este sentido, "The gift", la película que hoy les recomiendo, sigue está máxima al pie de la letra y logra que una base argumental más sobada que la chepa de Doña Rogelia se convierta con mucha diferencia en la clara favorita a mejor thriller del año en el ranking personal del que esto escribe.

No les cuento mucho del argumento para que saboreen con parsimonia lo que la película les ofrece. Quédense con la idea básica de que en "The gift", encontramos a una pareja formada por Robyn (la bella Rebeca Hall) y Simon (Jason Bateman) que acaban de aterrizar en una nueva ciudad, con una nueva y espectacular vivienda y con la vista puesta en un nuevo y jugoso puesto de trabajo. Una tarde, coinciden con Gordon (Joel Edgerton, que además produce, escribe y dirige la película), un antiguo compañero de instituto de Simon que poco a poco y a través de unos inocentes regalos comienza a infiltrarse en sus vidas, perturbándola profundamente.

Gordon, amigo, tenemos que hablar...
 ¿Y con estos mimbres tan mustios, han construido su thriller favorito de 2015? AmigoWinot, usted chochea, pensarán algunos. Yo he visto, el trailer, dirán otros, y me basta con verlo para saber todo lo que va a pasar. No se fien, les respondería a todos ellos: si el magnífico libreto de Joel Edgerton tiene una virtud- tiene más, muchas en realidad- es que superpone las sorpresas y maneja el timón del relato de tal manera que, como he leido en Filmmafinity, el espectador es como un montón de arcilla, adoptando en cada momento, la perspectiva que el autor desea y, encantados de ser dirigidos a todas partes y a ninguna al mismo tiempo. En cada ocasión- y hay unas pocas, se lo aseguro- que la idea de "esto ya me lo sé" asalta al confiado espectador de "The Gift", Edgerton retoma un hilo que había quedado pendiente, una frase lanzada al aire un par de escenas atrás o una imagen previa aparentemente insignificante para cambiar el ritmo y colocar a la platea en una perspectiva completamente distinta. En este sentido, la dirección de "The Gift" es, sencillamente perfecta y no hay que olvidar que estamos ante el debut en el largometraje del fornido actor australiano.

Y en el plano interpretativo, el plato es igual de apetecible. Jason Bateman - poco santo de mi devoción, generalmente- está inmenso y su química con Rebecca Hall es manifiesta y evoluciona de forma muy brillante durante el metraje. Pero la estrella de la función es, sin duda el ubícuo Joel Edgerton (merecidísmo premio al mejor actor en el pasado Festival de Sitges por este trabajo) y que ya me deslumbró en la magnífica "Warrior" hace unos años (hablé de ella aquí, por si alguien quiere más información). En "The gift" Edgerton está simplemente perfecto en un papel sencillo sobre el idem pero que a golpe de sorpresa se convierte en una creación de las que permanecen (atención a la escena de la primera cena en casa de Robyn y Simon y, sobre todo la prodigiosa secuencia en el garaje con Jason Bateman, de lo mejorcito del año).

Hay unos pasajes bíblicos que quisera leerte...
 Antes mencionaba el trailer de "The Gift" y quiero insistirles en que lo vean. Es magnífico (se lo pongo un poco más abajo) y, a diferencia de lo que ocurre ultimamente, no solo no destripa la trama hasta sus más nimios detalles sino que incide en esta concepción demiurgica del espectador como masilla maelable de la que hablaba antes y crea una imágen de pelicula de sabado al mediodía que no le encaja ni con calzador a una cinta como de "The gift". Costó algo más de cinco millones de dolares y ya lleva recuadados más de 42 millones con la misma publicidad que la marca de  bragas de la Bruja Lola. Parece que, finalmente va a ser verdad eso de que hay vida inteligente al otro lado de la pantalla y leer entre lineas ya no es solo cosa de abogados.