miércoles, 22 de marzo de 2017

Cinco razones para ver "La La Land"

1.- No es la mejor película del año: Y eso que lo fue. Al menos unos minutos. Hasta que en un desquiciado giro de guión, el tío Oscar cambió de manos y terminó en la mesilla de los responsables de "Moonlight", como todo el mundo, desde Alaska a Tomelloso, conoce perfectamente. Solo por ese mal trago del destino, habría que hacer por acudir a las salas y poder decir "yo he visto la que casi fue la mejor pelicula de 2016". Aunque, dicho esto, no estaría de más, la verdad, que alguien le diera unas lecciones de historia al energúmeno que arrancó al más puro estilo patibulario el sobre de marras de las trémulas manos de Warren Beatty y le indicara que a las personas con más de cincuenta años de trayectoria en el cine hay que tratarlas con respeto y más cuando en su haber, además de un Oscar (por cierto, que ya es uno más del que tiene el descarado caballero) hay obras como "Esplendor en la hierba", "El cielo puede esperar", "Bonnie and Clyde" o "Rojos", entre otras. La clase, como el movimiento, señor Horowitz, se demuestra andando.

2.- Es un musical: Ya hablé de mi debilidad por los musicales aquí hace unos años. "Cantando bajo la lluvia", "West Side Story" o "Cabaret" entrarían, sin la menor duda, en cualquier clasificación de mis peliculas favoritas de todos los tiempos. Será mi percepción de la realidad como un mundo que merece la pena ser vivida, pero no me puedo resisitir a los que me cuentan historias mientras bailan o cantan. Si además, como es el caso, me cuentan una fábula acerca del precio de los sueños (una versión musical del último Allen, "Cafe Society" he leido acertadamente hace unos días) y de lo que el amor entre una aspirante a actriz (la bella, deslumbrante y maravillosa Emma Stone) y un músico frustrado (el cara cartón de Ryan Gosling. Ya hablaré luego de él) puede suponer a la hora de conseguirlos o no, los responsables solo tienen que darme una música que me guste para tenerme a sus pies. Y "La La Land" la tiene.


3.- La banda sonora es esplendida: Tengan ciudado. La partitura de Justin Hurwitz es de las que se te pegan en los orejas y no salen ni a pedradas (mejor nos les digo las veces que he escuchado "A lovely night", que me entra la risa. Pregunten a mis vecinos). En realidad son apenas cuatro temas en infinitas variaciones con aroma de jazz y swing, pero están todas sumamente logradas. Me quedo con la ya mencionada "A lovely night", la chispeante "Another day of sun" y la coda final de "Epilogue", pero no descarten ningún corte. Uno de los Oscar más merecidos de la pasada gala y que, tal vez no brillara como lo hace si las imágenes que acompaña las notas no estuvieran a la altura, ahí tienen "Moulin Rouge", magnífica, pero con los numeros musicales peor rodados de la historia del cine, por ponerles un ejemplo claro de lo que les quiero decir. No es el caso de "La La Land", ya les aviso. Aquí, detrás de las cámaras está Damien Chazelle.

4.- La dirige Damien Chazelle: Sin duda el hombre más adecuado para llevar a imágenes esta historia. Chazelle adora la música y ha visto mucho cine. Y ambas cosas se detectan a la primera en los fotogramas de "La La Land". Como ya anunciara en su obra previa, "Whiplash" (una obra maestra, por cierto. Se habló de ella aquí hace unos muchos meses), el realizador de Providence es un virtuoso de la cámara (atención al numero incial en la autopista, un plano secuencia magistral) a la que guia por su historia (también escribe el muchacho, un multitarea en toda regla) a golpe de pentagrama dotando a sus obras de un ritmo perfecto y acelerando o reduciendo marcha según lo exige la música. Saca además petroleo de sus actores y les regala Oscars (el año pasado fue J.K. Simmons, este ha sido Emma Stone la que se ha llevado la dorada estatuilla a su casa), consiguiendo además que hasta los botijos den el do de pecho en sus fotogramas. ¿No se lo creen? Pues miren la quinta razón para acercarse a "La La Land" y luego me cuentan.
 

5.- Ryan Gosling no estropea la película: Y eso es decir mucho para alguien a quien la bovina expresión de este ¿actor? le mueve a no acudir a las películas en las que particpa. Será todo lo guapo que ustedes quieran, pero no me negarán que su petra expresividad rivaliza con la Buster Keaton. No soporto en general los personajes que suele abordar, de esos con mucho mundo interior y escasa repercusión externa. Tipos cóncavos, como los define con mucho ojo un buen amigo, profundos, pero vacíos en los que el protagonista de "Drive" intenta inútilmente sacar jugo. En esta ocasión, sin embargo, el brillo de su compañera de reparto, la maravillos Emma Stone, reverbera en su enladrillada mueca habitual y llega hasta a caer simpático a pesar de todo. En cualquier caso, ¿se imaginan a Tom Hardy, en este papel? Mejor no lo hagan, que las comparaciones son odiosas y mas en algunos casos.

miércoles, 22 de febrero de 2017

Sangre, polvo y música

Hace unos años leí que había actores por quienes merecía la pena pagar la entrada a una sala de cine aunque sólo fuera para verles recitar las Páginas Amarillas. Jeff Bridges es, para quien esto escribe, uno de esos actores mayúsculos. En sus casi cincuenta años de carrera, el amigo Bridges ha rodado más de sesenta películas bordando papeles de villano y de héroe , aguantando el tipo en escenas a pésimos y extraordinarios intérpretes ya sea vestido de smoking o con harapos, calvo y con melena. Incluso con  un albornoz y bebiendo rusitos, Bridges es garantía de calidad y, en la mayor parte de los casos, la estructura que aguanta todo el edificio cinematográfico en el que participa. La película que tiene la suerte de contar con sus participación en el reparto tiene ya mucho ganado para un servidor y su último trabajo, "Hell or high water" no es una excepción y con sus cuatro nominaciones a los Oscars de este año, incluyendo mejor película y guión, la cinta de David McKenzie es una de las propuestas más interesantes del año y no solo por la participación de nuestro héroe. 

"Hell or high water" o "Comanchería" como la han rebautizado en nuestra piel de toro es una muy  estimable semblanza de la América que ha elevado a los altares a un ser como Donald Trump. Parajes desérticos y polvorientos del sur, tachonados de carteles que anuncian inmensas parcelas a la venta o fábricas a punto de ser embargadas, minúsculos pueblecitos donde la llegada de un forastero es un acontecimiento y donde no hay ciudadano que no cargue una potente arma de fuego. Miles de pequeños bancos a los que las hipotecas subprime les han dado poderes sobre la vida y la muerte de cientos de personas. Un país, en suma empobrecido, estafado, aburrido y con muchas ganas de romper el puente que conecta la ley con la justicia y reconstruirlo por completo. En esos parajes desolados, dos hermanos (Chris Pine y Ben Foster) deciden dar un paso adelante y ajustar cuentas aunque eso suponga tener que robar algún que otro banco y descerrajar un par de escopetazos. El ranger, Marcus Hamilton (Jeff Bridges) y su compañero Alberto Parker (Gil Birmingham) intentarán que la cosa no pase a mayores.


El guión de Taylor Sheridan (justo nominado al Oscar) se acogota en poco más de cien minutos, por lo que hay poco tiempo para desarrollar la historia y ningún espacio para irse por las ramas. Desde el primer fotograma queda claro qué buscan los hermanos y las motivaciones de un Ranger a punto de jubilarse para ir a buscarlos. La película se convierte así en un corre que te pillo a ritmo cochinero entre un cojo y dos desorientados donde uno no sabe si decantarse por éste o por aquéllos. Se entienden las motivaciones de ambos y es evidente que uno de las dos partes va a perder la carrera y es precisamente ese balanceo a la hora de saber quién de los dos está más con el agua al cuello lo que logra atrapar al espectador y no soltarlo.

Bridges está, como siempre espléndido y el Ranger Hamilton puede proporcionarle su segundo Oscar, pero, en general todo el teparto esté de matrícula de honor. Incluso el cara ladrillo de Chris Pine cumple con su labor (haciendo lo de siempre eso sí) e incluso se permite el lujo de aguantar el tipo al mismo maestro en la muy estimable secuencia final que no les destripo pero que ya les aviso que está entre lo mejor que se ha visto este año en una pantalla de cine. Mención especial a ese maravilloso actor que es Ben Foster y que está inmenso (atención a la secuencia en el casino donde discute con un colosal nativo el significado de la palabra comanche. Su mirada es de las que hielan la sangre) en un papel complicado, picajoso y lleno de aristas y que debería haberle proporcionado su primera nominación a los Oscar de las muchas que se le deben.


Les va a costar ver "Hell or high water". Ya ha desaparecido de las carteleras y me temo muy mucho que se va a ir de vació la noche del 26 de febrero con lo que es muy posible que muera comercialmente en poco tiempo. Pero les recomiendo encarecidamente que no le pierdan la pista, que encuentren un hueco y le dediquen el tiempo que se merece, que es poco para lo que cunde. Disfruten de esa visión tan áspera y poco glamourosa de la América que nos gobierna, disfruten de su espléndida banda sonora (temas de Chris Stapleton, Jhonny Cash, Willy Moon... casi nada) y, por supuesto, no pierdan la oportunidad de ver de nuevo a Jeff Bridges demostrando que ya quedan pocos de los de antes, pero que alguno queda.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Боже, храни америку

El arranque de "Terciopelo azul" es uno de mis favoritos de toda la historia del cine. En apenas dos minutos, el lunático David Lynch escenifica de forma inmejorable que nada es tan bello y perfecto como puede parecer a simple vista y que bajo un césped verde y magníficamente segado sigue habiendo oscuridad, peligros y suciedad a cubos. Les dejo un enlace aquí por si les apetece recordarlo porque es ciertamente magistral. Desde que la vi vuelve a mi mente cada vez que leo o veo alguna historia sobre ocultarse a plena vista, sobre la indiscutiblemente mayor importancia que tiene lo que yace bajo tierra frente a lo que está a pleno sol. La magnífica serie "The Americans" que hoy les recomiendo me ha vuelto a traer a primera plana a Bobby Winton y lo que su música representa.

Comencé a ver la serie hace dos años pero no me terminó de enganchar (el capítulo cuatro es clave, señores, no comentan el mismo error que un servidor) y a principios de este 2017, navegando por la red me tropecé con el trailer de su cuarta temporada. Demonios, pensé, igual me estoy perdiendo algo grande. Investigue un poco y lo que leí me llevo al convencimiento de que no solo no era una mala serie sino que muy al contrario se encontraba entre lo mejorcito que puede uno ver en televisión en estos días. Tras acabar hoy la primera temporada, les confirmó que sí, que "The Americans" es muy grande y muy recomendable.

¿Tienes alguien a quien matar hoy o puedes ir tu a por los niños?
El encanto de la serie creada por Joe Weisberg es variado. Para empezar, la época en la que se sitúa, en plena guerra fría, con Reagan de presidente y los norteamericanos aterrados ante la perspectiva de que alguno de sus conciudadanos sea en realidad un agente del KGB que les roba la cartera mientras consumen hot dogs junto a sus hijos. Y no andan desencaminados porque por aquellos lares se mueven Philipp y Elisabeth Jennings (Matthew Rhys y Keri Rusell), dos espías soviéticos adiestrados para ser más americanos que la mantequilla de cacahuete, que llevan años haciendo una vida normal a plena vista mientras cumplen su propósito de dinamitar el capitalismo desde sus raíces. Mientras preparan los bocadillos a sus hijos, conspiran, roban, matan y, en general, cumplen con cada misión que les es encomendada desde los despachos moscovitas. La llegada a ese mundo de barbacoas y partidos de béisbol infantil de un agente del FBI especializado en el contraespionaje (Noha Emmerich)  y su familia les va a suponer más de un cambio en su modus operandi. 

"The Americans" tiene todo lo que le pido a una serie: una trama troncal que se desarrolla lenta pero inexorable, personajes con aristas (sumamente puntiagudas en algunos casos), acción, giros inesperadas, muertes sorprendentes, operaciones encubiertas, decisiones imposibles, desamor, amor, personajes aparentemente insignificantes que reaparecen varios capítulos después tomando una dimensión nueva y sorprendente.. Y todo ello, mientras la pareja protagonista sigue teniendo que cumplir con todas las exigencias que su trabajada tapadera les pide y guardar las apariencias con su nuevo vecino si no quieren quedar con el culo al aire o, lo que es peor, que Moscú les pague un billete de vuelta a una bonita cárcel siberiana.

Margo, ¿puedes explicarnos porque eres tan, pero tan buena?
Es curioso que sea precisamente la pareja protagonista el único talón de Aquiles de la serie. Carecen de química, como intérpretes dejan bastante que desear y de hecho caen bastante mal en muchas ocasiones especialmente la gélida Elisabeth a quien yo le hubiera dado una patada en el culo en no pocas ocasiones, si bien lo más normal es que ella me volara la cabeza sin pestañear. Pero, la verdad, la serie es tan absorbente y la galería de secundarios tan variada y eficaz que en pocos capítulos uno empieza a creerselos e, incluso a cogerles cariño. Mención especial en lo que al lado interpretativo se refiere para la maravillosa Margo Martindale que como es habitual borda su papel, en esta ocasión como el implacable enlace entre el Politburó y los Jennings. La han nominado cuatro veces a los Emmy por su papel en "The Americans" y los dos últimos años consecutivos se lo ha llevado de calle. La verdad, no me extraña.

Como les he dicho, acabo de terminar la primera temporada y no veo el momento de ponerme con la segunda. La perspectiva de tener tres temporadas enteritas por delante (la quinta está al caer y la sexta y última ya está apalabrada) que, por lo que he podido leer no sólo están a la altura de la primera sino que las mejoran con amplitud, me hace salivar. Es escuchar su sintonía de arranque y entrarme unas ganas locas de dejar todo a medias para sentarme en el sillón y disfrutar de las trifulcas de los Jennings y de todo lo que generan alrededor, como esas piedras que uno tira a un estanque y que una vez fuera de la vista siguen creando círculos, demostrando de nuevo que, lo más inquietante e interesante siempre está en el interior. Les dejo aquí los títulos de crédito y luego me cuentan si es posible resistirse a este anzuelo.


jueves, 19 de enero de 2017

Sin palabras

"Blacksad" ha llegado a mis manos desde las siempre acertadas de mi fraternal amigo Otis Driftwood. Acostumbra este hombre a acertar con cada uno de los regalos que me entrega en mis onomásticas, pero debo reconocer que, en esta ocasión, tuve algún recelo. No por el contenido, del que ignoraba todo, sino, más bien, por la monumental lista de espera que se acumula desde que decidí ampliar el campo de batalla y aventurarme, en esto del comic, fuera del Universo Marvel.

De modo que con los más de 1.200 gramos de libro en la mano me acerque al Fnac enarbolando mi ticket regalo con la intención de seguir avanzando con "Paletos cabrones", "Lazarous", "Fábulas", "Sandman" o cualesquiera otras series inconclusas que ando siguiendo. Allí, tuvo lugar la siguiente conversación que, les juro, transcribo casi palabra por palabra:

  • Tarquin: Buenas tardes, vengo a cambiar este libro.
  • Empleado: Mmmm... "Blacksad". Ya lo tiene, ¿no?
  • Tarquin: Pues no, no lo he leído, pero tengo en mente un montón de obras. Prefiero darles prioridad.
  • Empleado: .........
  • Tarquin: ......
  • Empleado: Mire, se lo voy a cambiar, faltaría más. Pero me tiene que prometer que se lo va a comprar más adelante.
  • Tarquin: ¿Disculpa?
  • Empleado: Si le gustan los comics, no tiene más remedio que leer "Blacksad". Prométame que lo comprará o que lo pedirá prestado en otro momento. Tiene... debe usted leerlo. Prométamelo.
  • Tarquin: ...
Sobra decir que no tuve coraje para cambiar el regalo de mi querido Otis, que mis series incompletas lo siguen estando y, que como supondrán por el nombre de la entrada, guardo en un lugar priviliegiado de mi santuario al mencionado empleado del Fnac que acertó de pleno y no exageró un ápice al presentarme la obra de Juan Diaz Canales y Juanjo Guarnido como un producto redondo y extraordinario, un auténtico punto y aparte, se mire por donde se mire.

Damas y caballeros, John Blacksad

Y "Blacksad" es extraordinaria, en primer lugar por su planteamiento. Canales coge los mejor de Elmore Leonard o Raymond Chandler, lo mezcla con imágenes y tramas que podrían haber salido de "L.A. Confidential" o "La brigada del sombrero", lo pasa por un capítulo de National Geographic  y crea al detective John Blacksad al que coloca en el Nueva York de los años cuarenta, en plena caza de brujas, con Hitler en su apogeo y con los problemas raciales en su punto de ebullición. Historias magníficas, diálogos de lija, acción, sexo, romance, carga social. Si se hubiera quedado aquí, "Blacksad" no pasaría de ser otra interesante serie negra, pero Canales no se queda ahí, no. Hay más. Mucho más.

Y es que, como pueden suponer por la portada y la viñeta que les he puesto un poco antes, los protagonistas de los cinco arcos argumentales que contiene esta edición integral no son exactamente personas. John Blacksad, de hecho es muy probable que les parezca un gato, pero si se fijan, tampoco es exactamente  un animal. Lleva gabardina, fuma... salvo por su rostro y un par de detalles, podrían pasar perfectamente por humanos (Canales, al parecer los definió como "zoomorfos". Pues vale).  Pues así es todo. El jefe de policía, con quien Blacksad no termina de encajar es un pastor alemán (perros, gatos, no es casual), los miembros de una Hermandad Racista son zorros y osos polares y uno de los sicarios del rey del crimen de la ciudad (un sapo, por cierto) es una sucia rata. Son personas pero se comportan y lucen como animales, manteniendo instinto natural y sus aversiones innatas. La cuadratura del circulo, la dualidad humana en su máximo esplendor.

Una de las maravillas de Guarnido como miniaturista.


Y si los argumentos y el planteamiento son extraordinarios (atención al segundo arco, "Artic Nation", una obra maestra, ya se lo adelanto), ¿que puedo decir del dibujo de Juanjo Guarnido? He leído por ahí que sin sus pinceles, "Blacksad" no pasaría del cinco raspado. No lo acuño ni lo apoyo, pero no se puede negar que la fascinación que producen los dibujos del artista madrileño ayudan a dar a la serie el "cum laude". La expresividad de los personajes es deslumbrante y el tratamiento de la acción superlativo (no se pierdan la secuencia en el cementerio de "Un lugar entre las sombras" o la pelea entre Blacksad y un reptiliano sicario en "Alma roja"). Su atención por los detalles no le va a la zaga. Les invito a que se detengan en las viñetas con superpoblación de personajes (el ahorcamiento de un buitre al inicio de "Artic nation" podría ser un buen ejemplo)  y los revisen uno por uno para hacerse una idea de por qué razón en 16 años solo se han publicado cinco volúmenes de la serie y porqué Guarnido tiene dos Eisner en una estantería de su domicilio. Alma de miniaturista y justicia poética respectivamente.

Busquen debajo de las piedras, saqueen las huchas de sus hijas, no salgan de copas un par de semanas, descubran el chope como sustitutivo del Joselito, fumen tabaco de liar o pidan prestado. Acudan a su pariente más cercano o a su banco de confianza, no dejen propina en los bares o háganse los tontos si les devuelven de más en la compra. Hagan, en fin, lo que tengan que hacer para juntar los 50 euros que cuesta esta maravillosa edición integral en tamaño gigante de "Blacksad" que se ha sacado Norma Editorial y les garantizo personalmente que no se van a arrepentir y que les aguardan varias horas de placer creciente e ininterrumpido. Ya me irán contando.


miércoles, 30 de noviembre de 2016

Cinco razones para leer a Eduardo Mendoza




















1.- Es el flamante Premio Cervantes de 2016: Y aunque se lo merece desde hace años, lo es desde hace apenas unas horas. Habrá opiniones para todos los gustos, pero creo que existe un consenso bastante unánime en que el septuagenario escritor barcelonés es unos de los mejores novelistas que actualmente existe en lengua castellana. Entendiendo novelista, como ha escrito hace poco Sergio del Molino, como "alguien capaz de aunar talento y oficio, de componer obras de arte sin descuidar la artesanía y de escribir para una variedad enorme de lectores, con estilo, elegancia, amplitud de registros y humor". Y eso que hace unos años realizó unas delirantes declaraciones en las que anunciaba la muerte de la novela como género literario que sólo puedo explicar desde el abuso del alcohol o por la razón quinta para leer a este hombre y a la cual les remito.
 
2.- Ha escrito "La verdad sobre el Caso Savolta": Siempre será mi referente a la hora de hablar de la vanguardia y la exprimentación en lo que a literatura se refiere. Recuerdo que el año que yo estudiaba Selectividad, incluían esta maravillosa obra como el punto de arranque de la novela moderna en nuestro país. Con una estructura desmantelada intencionadamente y una catarata de estilos que van desde el puramente narrativo al recorte de prensa pasando por la prescripción médica, el monólogo interior y el lenguaje frío y meticuloso de los textos judiciales. Y hablamos de la que fue su primera novela. Es lógico que gente como Feliz de Azua escribiera que "con la apasionante historia de los antecedentes y consecuencias de la extraña muerte del empresario (el Savolta del título) apareció (Mendoza) en el firmamento literario como el cometa Halley: no venía de ningún lugar conocido, nadie sabía a dónde se dirigía, y sin embargo marcaba una dirección. Orientaba. Una verdadera obra maestra"

3.- Sería capaz de hacer reír al mismísimo Buster Keaton: Solo hay dos autores que puedan provocarme la carcajada incontrolada sin que la presencia de terceros sea un eficaz cortafuegos. Uno es Gerald Durrell (la fiesta final de "Mi familia y otros animales" es el mejor estimulante vital de celulosa que puede uno llevarse al cuerpo) y el otro es Eduardo Mendoza. El humor está en toda su obra. En las más serias y formales, como "La ciudad de los prodigios" o "La verdad sobre el caso Savolta" aparece en forma de fogonazos que tardamos en percibir y que están esparcidos por los momentos más tensos, dejando al lector totalmente fuera de juego por lo inesperado de su aparición. En las abiertamente cómicas, como "Sin noticias de Gurb" o "El misterio de la cripta embrujada" , la imaginación del escritor barcelonés es un pozo sin fondo en el que el lenguaje, los personajes y las situaciones se confabulan para provocar que quienes te rodean en el autobús te señalen con el dedo o cuchicheen a tu alrededor, en el fondo, muertos de la envidia por empezar el día con semejante estado de ánimo. 

4.- Es el creador del mejor detective de la literatura española: Tras cinco novelas ("El misterio de la cripta embrujada", "El laberinto de las aceitunas", "La aventura del tocador de señoras" "El misterio de la bolsa y la vida" y "El caso de la modelo extraviada")  aún desconocemos la identidad de ese detective sobrevenido, con tendencia a la verborrea y a la desnudez que a pesar de sus intentos de pasar desapercibido en la Ciudad Condal se ve envuelto en los casos más estrafalarios mientras deja al descubierto todas las vergüenzas de la sociedad con unas dosis de cinismo cáustico que no dan respiro La galería de secundarios que pululan por las cinco novelas (muchos aparecen y desaparecen en las distintas entregas) es deslumbrante, pero me quedo, sin dudarlo con Cándida, la hermana del héroe, cuya descripción en "El misterio de la cripta embrujada" es, sin duda alguna, una de las cumbres de la literatura del último medio siglo.

5.- Tiene más de setenta años: Y si eso, en la vida de cualquiera es barra libre para opinar sobre todo sin medir las palabras, lo es aún más para una persona como Don Eduardo que siempre se ha caracterizado por decir lo que se le pasa por la cabeza sin darle mayor importancia. Ya he comentado antes sus declaraciones hace unos años poniendo la lápida en el género literario con el que se gana la vida, y a principios de este año cargó, furibundo, contra los talleres de escritura. También dijo que su primera novela, "Soldados de Cataluña" era  un novelón estúpido y confuso, escrito sin pies ni cabeza y la lió parda en 2010 llamando analfabeto al Papa Benedicto XVI. También ha transmitido en muchas ocasiones su posicionamiento claro contra la independencia de Cataluña y contra los libros que se publican actualmente. La verdad, no le veo haciendo el payaso como Bob Dylan o Fernando Trueba, pero ardo en deseos de escuchar el discurso de aceptación del premio. Seguro que hay guinda.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Schubertior

Por suerte o por desgracia, en Madrid, el ruido te rodea. En ocasiones son las sirenas, el barullo infernal del trafico desquiciado. Tambien hay convesaciones ruidosas, exabruptos, niños llorando o riendo, padres en alerta roja, martillos pilones o camiones descargando y cargando a cualquier hora del día o de la noche. En ocasiones también hay musica. Espantosa la mayor parte de las veces. Sorprendente, hermosa y desconocida en algunas contadas ocasiones, como la que salía de una ventana hace unos días y que gracias a San Shazam pude saber que era una de las seis piezas que componen los Moments Musicaux o Momentos Musicales del compositor austriaco Franz Schubert.

En un Post-it a una cara podría escribir todo lo que conozco de la obra de ese artista: el archiconocido quinteto de "La trucha", el Ave María y poco más. Imagino que si me pongo el "grandes éxitos" de turno de Spotify alguna melodía más reconoceré. De su vida conozco algo más (no mucho, en cualquier caso) por la defensa colosal de su vida y obra que hace James Rhodes en su libro "Instrumental" (por cierto, una obra redonda que no deberian perderse si aman la vida y la música). Bajito, acomplejado, siempre a disposición de la caridad de sus amigos para sobrevivir, con un talento y una creatividad asombrosa (cientos de canciones, ocho sinfonías, dos decenas de sonatas para piano, etc) para una vida que apenas superó los treinta años y que estuvo dirigida por el desprecio, la falta de reconocimiento y una naturaleza enfermiza y quebradiza que terminó arrasada por la sífilis. Como ven, un magro botín de conocimientos cuando se habla de una obra tan descomunal y, al parecer, tan hermosa y brillante como la que creó este hombre. Mea culpa. 

Los seis Momentos Musicales que han puesto en primera fila de mis intereses al amigo Franz son composiciones ya tardías (se publicaron poco antes de su muerte), de una libertad formal absoluta y completamente diferentes entre ellas. Son obras para piano que van desde los apenas dos minutos del tercero de ellos a los casi ocho del último. Los hay con ritmo moderado, diabólicamente acelerados y algunos que convierten los adagios tradicionales en speed metal. Son obras con melodías amplias que no parecen repetir motivos y que sin embargo lo hacen bajo unos ropajes que uno tarda en digerir pero que cuando lo hacen asombran por su inocente complejidad. 

Me tienen loco desde hace una semana, la bella Señora Winot y las herederas pueden dar fe de ellos, especialmente el segundo de ellos, el que me asaltó a plena luz del día y me dejó en cueros musicales en una calle de Madrid aparentemente segura, el sitio menos proclive a ser el escenario de una epifanía melódica que uno pueda imaginar, el que aquí les dejo en la interpretación inmejorable del maestro Alfred Brendell. Dedíquenle los poco más de cinco minutos que dura (el día dura 24 horas, seguro que se lo pueden permitir), no se me duerman (aunque el autor ya se encargará a media pieza de que vuelvan de las tierras de Morfeo si se ha dado el caso) y descubrirán algo muy superior a la media. Disfrútenla.


martes, 15 de noviembre de 2016

Clonando lombrices

Decía Celtas Cortos en una de sus canciones más conocidas que ya no queda casi nadie de los de antes y que los que hay, han cambiado. Si esto es indiscutible en la vida real, en la blogosfera, donde la esperanza de vida de las bitácoras presenta datos profundamente medievales esta máxima adquiere proporciones casi celestiales. Afortunadamente, hay excepciones.

El gran Mister Lombreeze, que desde hace más de ocho años, ilumina a sus fieles, desde "De gusanos y lombrices" es el perfecto ejemplo de que en ocasiones, queda alguien de los de antes que no solo no ha cambiado sino que además. como el buen vino, se sublima. De la obra del amigo Lombreeze me gusta todo: cine, política, música, historia, unas gotas de laicismo, mortíferos combates contra la estupidez, alguna que otra teta y sobre todo, una cruzada perpetua por interesar, por compartir y por pasarlo bien en compañía de otros sin el clasismo intelectual tan propio de esta época. 

Y una de mis secciones favoritas es "Estrellando cine", sabiduría cinéfila gusana resumida en cuatro lineas con sus correspondientes estrellitas. Uno puede decidir que película ir a ver este fin de semana únicamente con repasar estas delicatessen mañas que tan buenas obras me ha descubierto en los últimos años. De modo que, en parte homenaje y en parte fusilamiento puro y duro, inicio hoy en la escombrera una suerte de remake de tan insigne bitácora con la que espero poder descubrirles algunas buenas películas, muchas decentes y, desgraciadamente, no pocos tordos (Hay cinco estrellas máximo de modo que hagan sus cuentas). Espero estar a la altura, pero, en cualquier caso, el original, ya saben donde encontrarlo.

Blood Father: Muy estimable vuelta de Mel Gibson al cine comercial. Familias desestructuradas, hijas díscolas con malas compañías, padres rudos pero amorosos, villanos de manual y veinte minutos finales francamente brillantes. El prólogo perfecto para la nueva película del amigo Mel, "Hacksaw Ridge" cuyo muy prometedor trailer pueden ver aquí. (***)

Elle: Una decepción inesperada. A mi, del perturbado y perturbador Paul Verhoeven me gustan hasta los andares. Isabelle Huppert es una actriz de reverencia y su primera hora es sencillamente redonda. Como fotografía de una sociedad miserable y enmascarada, la película funciona como un reloj. Como thriller, aburre a las cabras (**).

Huppert en la mejor escena del año.
 Doctor Strange: En Marvel siguen en racha y la película de Scott Derrickson deja el listón muy alto para la próxima entrega. Una historia interesante hasta para los que el tema superheróico le queda lejos, efectos visuales de primera categoría y por encima de todo, dos bestias pardas como Benedict Cumberbatch y Mads Mikkelsen bordando sus papeles. Recuerden, no se vayan de la sala hasta el final. Hay DOS (sí, dos) escenas durante los créditos que no se pueden perder. Quedan avisados. (****).

Jason Bourne: Pues yo fui de los que disfrutaron con Jeremy Renner tomando el relevo de la saga, de modo que la vuelta de Matt Damon me resbaló bastante. De hecho, creo que la película hubiera sido igual de buena con Renner. En realidad, cualquiera de la saga, porque aquí, el que corta el bacalao es Paul Greengrass. Qué tío. Tiene todo lo que odio en un director de cine y, sin embargo, su montaje esquizofrénico, su cámara al hombro y sus primerísimos planos, que a nadie perdono, aquí, me entusiasman. La mejor de la saga y la persecución en Las Vegas, junto a la secuencia en Londres de la tercera entrega, de lo mejor que ha dado el cine de acción en los últimos quince años (****).

Cafe Society: Las películas de Woody Alllen son como las conversaciones con nuestros amigos más añejos: no aportan nada nuevo, pero se disfrutan. Nuevamente Hollywood, nuevamente un actor joven imitando a Woody Allen cuando se ponía delante de la cámara, nuevamente diálogos brillantes y, nuevamente, una dirección que da en las espinillas de los más vanguardistas con elegancia, sabiduría y experiencia más que demostrada. Una pena que la pavisosa de Kristen Stewart arruine la función con su inexistente talento, porque iba para tres estrellas (**)

Don't breath: Los 85 minutos más angustiosos de lo que llevamos de año. Madre, lo que uno puede hacer en tan poco tiempo con talento y sin bañar en sangre al espectador. Un robo que se complica, una víctima que no se deja esquilmar, un perro con malas pulgas y un necesario silencio que pone los pelos de punta. De no ser por la "sorpresa", que es de un mal gusto que espanta, se llevaba cuatro estrellitas (***).

No me chilles que no te veo. Mejor aún, no respires.
 El infiltrado: Bryan Cranston ya es una razón para acercarse a esta cinta con el temible "basada en hechos reales" incrustado en el frontal. Pero desgraciadamente es la única. Ambientada en los años 80 narra una compleja operación montada por la DEA para encarcelar a la plana mayor del narcotráfico hispano. Prometedor y lleno de buenas intenciones, pero aburrido como un discurso de investidura (*).

Peter y el Dragón: Logradísimo remake de "Peter y el dragón Elliot", una entrañable película setentera que el tejano David Lowery adapta a los tiempos modernos con mucha brillantez. Cine familiar serio, bien interpretado, emotivo, emocionante y con un despliegue de efectos especiales que no emborrona la necesaria, pero nada azucarada moraleja. De lo mejor del año (****)

¿Que aún no ha ido a ver mi película? Atónito me dejas.
No soy un asesino en serie: Cuatro duros (quizás menos) para contarnos la historia de un chaval que además de trabajar en una funeraria, tiene pasión (y tendencia a convertirse en uno) por los asesinos en serie. Cuando empiezan a amontonarse cadáveres, la gente, claro, empieza a mirarlo raro. Encomiable ciencia ficción de serie B con unas gotas de horror lovercraftiano que además de para pasar un buen rato nos sirve para recuperar a Christopher Lloyd que, por cierto, está de Oscar (***)

El duelo: Buena prueba de que el que mucho abarca, poco aprieta. Western interesante, estudio de personajes de primero de infantil, presunta trascendencia de la que da mucha risa y un toque sobrenatural que sin ser de lo peor, no pega ni con cola. Si, como a un servidor, les gusta ver a Woody Harrelson en una pantalla de cine, pues adelante. Si no, se la pueden ahorrar (*).