miércoles, 10 de octubre de 2018

El cirujano testarudo

Buenas noches a todos menos a los que hacen de la previsibilidad su bandera. A esos, a los que se les ve venir de lejos, a los que nos llevan a poner los ojos en blanco o a cruzarnos de acera para evitar su cháchara sobada y correosa, a esos, como decía, a esos, ni agua.

Esta noche vengo a hablarles brevemente del escritor (franco) norteamericano Jonathan Littell y, más concretamente de su  novela "Las Benévolas", cuya lectura es una de las cosas más interesantes que pueden hacer ustedes con su tiempo.

A sus 39 primaveras, en 2006, Littell revolucionó el panorama narrativo europeo con esta novela cuyo mérito fundamental no es simplemente ser excelente sino, sobre todo, minar sus casi mil páginas con todo tipo de excentricidades cuyo objetivo claro y evidente es acabar con el lector. Sí, damas y caballeros, aunque parezca mentira, Littell cosechó los elogios más encendidos, la admiración de medio universo literario y todos los premios por juntar letras que nuestros vecinos gabachos pueden entregar, con una novela que maltrata con brutalidad a todo aquel que pretenda adentrarse en sus páginas.

En todos mis años lectores, nunca me había encontrado con una novela que tuviera tan poco interés en interesar, si me permiten el chusco juego de palabras, ni a un escritor a quien le importara menos la prensa (no concede apenas entrevistas y las pocas que he visto harían las delicias de Faemino y Cansado), la aristocracia literaria (no se ha dignado recoger premio alguno de los muchos concedidos. Y hablamos del Goncourt, entre otros) y su propia carrera (en los últimos doce años ha publicado entre poco y casi nada. Parece demasiado ocupado disfrutando de la vida en Barcelona con su mujer y sus hijas). Si conocen un caso medianamente parecido al de este muchacho, no duden en avisar.

"Las benevolas" nos presenta a Max Aue, un joven alemán, cultivado, sibarita, con tendencias homofílicas e incestuosas que acaba afiliándose a las SS durante la campaña rusa de la Segunda Guerra Mundial. A través de sus ojos, contemplamos todos los horrores de la guerra hasta la caída de Berlin mientras Aue interactúa con Himmler o Mengele, participa en el planteamiento de la Solución Final al tema judío o se encierra con el mismo Führer en su bunker en el ocaso de la guerra. Si a Forest Gump le arrancaran el alma, le inyectaran un cinismo de alta calidad (en un momento dado, Aue dice que no se arrepiente de nada, que hizo el trabajo que tenía que hacer y que es cierto que hacia al final es muy posible que se excediera, pero que no fue el único que perdió la cabeza. Casi nada) y lo mandaran a ejecutar presos en los barrancos de la zona tendríamos un clon muy aproximado de Aue, que ya les digo que es un personaje repugnante, pero irresistible. La temática, como ven es tremendamente sugestiva, pero no es de las que levantan a uno el ánimo en un día melancólico. Y ya les aviso que Littell no escatima en detalles escabrosos, eso sí, documentados con una prolijidad de entomólogo "cum laude".

Littell desbordando simpatía en un coloquio

Si el fondo ya obliga a tomar aliento cada pocas páginas, imagínense la tarea si además la forma está diseñada para invitar al lector a hacer cualquier cosa menos seguir leyendo. Y no me refiero solo a sus muchas páginas (casi mil) sino a la estructura misma de los textos. En "Las Benevolas", no hay apenas puntos y apartes, los capítulos son extensísimos (el quinto abarca casi 300 páginas) y, por expresa petición, al parecer, del autor, el tamaño de la letra es excepcionalmente pequeña (con caracteres ordinarios el libro habría alcanzado sin problemas las 1.500 páginas). No contento con esto, Littell utiliza en todo momento la jerigonza militar nazi, de modo que sus párrafos están llenos de Oberführers, Haupfeldwebels, Rottwachtmeisters, Sturmbannführers, Anwärters y demás fauna que complica enormemente la lectura. En un aislado momento de compasión hacia el que pasa las páginas, el autor incluye unas tablas y unos apéndices para orientarnos un poco en la tormenta, pero no sé si es mejor el remedio que  la enfermedad. Por último, cuando el lector piensa que el punto sin retorno ha sido superado y que la obra de Littell ya no nos lo puede complicar más, entra en escena el penúltimo y claustrofóbico capítulo llamado paradójicamente "Aire" que nos sumerge en una pesadilla oniricoeroticomasoquistadadaista de más de cincuenta abigarradas páginas que es como hacerse un par de pruebas Ironman un día de resaca. Si uno sobrevive a esto, el resto, a pesar de ser también intenso, es pan comido.

Releyendo la entrada me doy cuenta de que igual se les están quitando las ganas de entrar en "Las benévolas". Nada más lejos de mi intención. La obra de Littell es muy recomendable, de lo mejor que ha pasado por mis manos en los últimos años. Compone con mucho arte un retrato documentado, verosímil y objetivo de lo que pasó en esos años terribles. La trama avanza con ritmo y Littell narra con detalle y precisión hechos fundamentales del conflicto (atención a la parte referida a la masacre de Babi Yar o al cerco de Stalingrado. Imposible dejar de pasar las páginas) y ocupa su tiempo en desmontar de forma sencilla las difíciles relaciones entre las muchas secciones, subsecciones y departamentos que componía el organigrama nazi. Digamos que leer "Las benévolas" es como ver una de aquellas películas de terror de nuestra infancia: nos tapábamos los ojos con las manos para achicar el miedo. Pero no había forma de evitar mirar a través de los resquicios para no perder detalle.

Dice David Trueba, siempre brillante en sus razonamientos, que el arte de no hacer lo que se espera de uno, exige la precisión del cirujano y la testarudez del loco. Uno se puede seccionar una falange o acabar en el fondo de una manicomio orientando su existencia con este faro. Yo estoy muy lejos de funcionar así, pero no puedo negar que siento una simpatía especial y un poco envidiosa por quien se atreve a ponerse el traje de zapador en un llano como en el que nos ha tocado vivir. El preciso y testarudo Jonathan Littell es sin duda un claro ejemplo de este tipo de gente en claro peligro de extinción.

miércoles, 23 de mayo de 2018

Un poco de casta

Buenas noches a todos menos a los incoherentes. A esos, a los que te critican cuando ante las mismas circunstancias, uno entrega los mismos argumentos a favor o en contra y, atrapados en su error, son incapaces de recular, ajustándose aún más el nudo de la soga, a esos, a esos, ni agua.

Esta noche vengo a hablarles brevemente, del famoso proyecto familiar sobre 2.600 metros cuadrados de parcela de los destacados líderes de Podemos, Pablo Iglesias e Irene Montero. No voy a gastar ni un segundo en detallárselo porque me juego una hipoteca a treinta años de la Caja de Ingenieros a que todos ustedes conocen al dedillo la polémica generada en los últimos días por la pareja en sus primeros pinitos inmobiliarios.

Me niego a entrar a analizar si el precio pagado es elevado o no. Tampoco creo que lleguemos a algún lado intentando dilucidar si una vivienda de tan faraónicas proporciones es la única posibilidad para que un proyecto familiar de cuatro personas pueda salir adelante con normalidad y, llegados a este punto, es baladí, emboscarse a determinar si ha habido o no un trato preferente por parte de la entidad que les ha concedido la hipoteca aunque quizás sea lo más relevante y a lo que menos se está atendiendo por parte de la opinión pública. Entiendo que cada uno hace con su dinero lo que le parece y siempre he pensado que toda persona tiene derecho a tener su esfera privada por muy expuesto que esté durante la mayor parte de su vida al ojo ajeno. No, el problema no es ese. El problema de todo esto, reside en otra localización mucho más cercana: el famoso pero muy ignorado por los políticos Valle de la Coherencia.

Si has nacido en medio de una de las crisis económicas más agresivas de los últimos cien años y has señalado con mucho criterio al ladrillo y a su exorbitado precio como la espoleta de todos los males posteriores, si has gastado media vida política en criticar a los poderosos que se alejan de la gente y se aislan en sus torres de marfil y que no pueden dirigir un estado sin compartir sobaquina matutina en el suburbano, debes entender que, por simple coherencia, lo que es un defecto en unos lo es también en ti mismo. Puedes estar equivocado, pero si estos son tus principios, tu deber, como persona y, especialmente, como representante de una importante colectividad, es ahuyentar las disonancias y mantener el ritmo que tu mismo has marcado ad nauseam. Y si no lo haces, que estas en tu derecho como humano falible que eres, lo mínimo es reconocerlo o, por lo menos, no hacer el ridículo y admitir que hoy, el emperador va desnudo.

Y en lugar de eso, en lugar de aceptar la incoherencia y fundirse a negro, Pablo e Irene, involucionan, hacen un Cifuentes, cierran los ojos a la evidencia, contratacan en medio del cenagal y, por si fuera poco, en una perversión democrática inverosímil, pasan la patata caliente a sus afiliados que, sin culpa ni participación alguna en la representación, se ven obligados a legitimar colectivamente una decisión personal si no quieren dejar el barco sin mascarón de proa y rumbo a los arrecifes.

La jugada es maestra (O todos o ninguno. A Yoko Ono, no cabe opción, la lapidarían, pero a John, la verdad, lo dudo mucho. El chalet, en ningún caso, por supuesto) y no puede salir mal, pero dudo mucho que Podemos pueda recuperarse de este terremoto con epicentro en Galapagar. Sinceramente, lo lamento. Creo que la diversidad política es sana aunque no se coincida ni con los puntos aparte de sus idearios, pero con este asunto, me ocurre un poco como con los desengaños de mis sobrinos adolescentes, que no por esperados, son menos tristes y te obligan a comprobar de nuevo que todo, sin excepción, se repite. La casta, como la mierda, siempre sale a flote.

miércoles, 16 de mayo de 2018

En el principio

Buenas noches a todos, menos a los que el nombre de Jason Aaron les suena entre cero y menos uno. A esos, a los que ignoran que tras ese nombre se oculta uno de los guionistas más en forma que existen actualmente en el mundo del comic y, por tanto, en el mundo de arte, a esos, como decía, a esos, ni agua.

Esta noche vengo a hablarles, brevemente, como habrán imaginado, de Jason Aaron o, más exactamente, de "Los Malditos", su última obra publicada en España y que nos llega con un retraso de poco más de un año, lo que dada la no por conocida, menos irritante lentitud con la que llegan a nuestro pais las novedades que se producen al otro lado del Atlántico me parece razonable peaje a desembolsar.

No es la primera vez que este robusto muchachote de Alabama visita el ladrillo. Hace varios años ya lo traje a colación para alabar su maestría en "Scalped" (una verdadera obra maestra narrativa y gráficamente colosal sobre las reservas indias en Estados Unidos) y tampoco perdí la oportunidad de defender su brillante y controvertido paso por la vida de mi querido Frank Castle en los 22 números que le duró el personaje. Como no hay dos sin tres y la fecunda y brillante mente de este hombre parece disponer de un motor ilimitado para crear personajes y dotarlos de entornos atractivos como lector, me he permitido volver a invitarlo a pasear su savoir faire por la escombrera.

Jason Aaron es un ateo confeso. A pesar (o tal vez por) haber nacido en una comunidad profundamente religiosa (baptista, para ser exactos) es, al mismo tiempo, un explorador consumado de la Biblia y aledaños y ha dado muestras de ello en varias de sus obras más celebradas, espcialmente en "The other side" o más claramente en "Southern Bastards". En "Los malditos", tras haber enseñado la patita espiritual en los mencionados títulos se lanza de cabeza a revisar varios mitos judeo- cristinanos desde su peculiar perspectiva, siendo el elegido para el primer arco argumental de cinco números el primer asesino que pisó la faz de la tierra después de que sus padres la liaran parda en el Edén.

Mister Guera y Mister Aaron in a good mood
El lector avispado ya se habrá dado cuenta de que es Cain el elegido para abrir la saga y para mostrarnos en qué estado se encuentra la humanidad desde que el muchacho abriera la cabeza a su hermano Abel por un quítame allá ese sacrificio. Por "inventar el asesinato" (Aaron dixit) Dios lo condenó a vagar eternamente por el mundo, marcándolo para que nadie se atreviera a acabar con su vida y tenerlo así entretenido de forma permanente. Humor divino, ya saben.

El Cain que nos muestra Aaron es un hombre que busca la muerte para poder abandonar de una vez por todas un mundo de violencia y horrores que se explica con una cita del Génesis que aparece al principio del tomo:

"Y vio Dios que la maldad de los hombres era mucha en la tierra y que todo designio del pensamiento de ellos era, de continuo, solamente el mal. Y se arrepintió Dios de haber hecho al hombre en la tierra y le pesó en el corazón"

Cain, de camino a su cita con la muerte, luciendo sus mejores galas

Retorciendo el mito para adaptarlo a la epopeya que se nos viene encima, el Cain de "Los malditos" no esta marcado para que nadie tenga el valor de cortrle el cuello, sino que su condena es la de no poder morir, por mucho que lo intente. Y, en los cinco capítulos queda claro que lo intenta (y lo intentan) sin descanso. Por supuesto, no voy a desvelar si al final logra o no su objetivo (Noé tiene mucho que decir al respecto) pero lo que sì puedo decir es que, la mencionada cita del Génesis marca todo el relato y lo que queda en el pensamiento tras llegar a la última página es una reflexión del propio Cain que, francamente, no le alegra a nadie el día:

"Éramos los dos primeros niños engendrados en este puto mundo y no podíamos soportarnos entre nosotros. No hay mejor ejemplo de lo jodidos que estamos"

El encargado de poner en imágenes esta brutal epopeya bíblica es de nuevo el serbio R.M. Guera, con quien Aaron ya colaboró en "Scalped" y que aquí da una magistral de planificación, detalle y perspectiva. El mundo que nos presenta es una cloaca enfangada en sangre donde todo, desde la cuadrilla de niños perros (inolvidables, no se los pierdan) hasta la monumental Arca de Noe es extremo, abigarrado y excesivo. Ojito a las batallas (que son muchas) y al feismo extremo con el que los lápices prodigiosos del artista afincado en Barcelona retrata los infructuosos intentos de Cain por morir y dejar de hollar el planeta con la sombra de su crimen.

Es una lectura intensa, difícil por momentos (insisto, los niños perro lo dejan a uno baldado unos días) y cuya moraleja final es poco edificante y poco hace porque miremos al prójimo sin recelo, pero está maravillosmente escrita y mejor plasmada en imágenes. Si conocen a Jason Aaron no cambiará la idea que tengan de su talento (sea la que sea). Si no, "Los malditos" puede ser una buena forma de entrar en el mundo de uno de los guionistas más brillantes del panorama internacional. Ya me irán contando.

miércoles, 4 de abril de 2018

Clonando lombrices (IV)

Buenas noches a todos menos a los que gustan de esas críticas cinematográficas largas, farragosas, llenas de exhibicionismo cultural e interminables subordinadas y al término de las cuales (si llegas vivo, claro), es imposible saber si merece la pena gastarse el dinero o no en la entrada. A esos, a los que miran por encima del hombro a los que nos gusta que las reseñas contengan opiniones y no un tratado sobre el oxímoron del pleonasmo vinculado al uso de la elípsis en el cine afgano, a esos, como decía, a esos ni agua.

Esta noche vengo a hablarles brevemente de algunas de las últimas películas que he visto, en ese formato anélido- estrellado que se ha hecho célebre en mi casa y que con la presente, alcanza ya las cuatro entregas. Si pinchan en el tag al final de la entrada, podrán acceder a las previas y a las razones que me llevaron a dar tan peculiar nombre a la sección. Vamos allá:

- "Wind River": A pesar de la microscópica y minimalista campaña publicitaria, el debut en la dirección del extraordinario guionista Teylor Sheridan, autor de los libretos de, ahí es nada, "Sicario" y "Hell or high water", es, sin duda alguna, la mejor película del año. Un thiller inhóspito, gélido, seco y que, a pesar de brillantes momentos de acción, se basa sobre todo en las miradas, los diálogos y, por encima de todo, los silencios. Les recomiendo que después de la conmovedora escena final, no se vayán de inmediato a hacer pis o a bajar la basura. Se perderían el tema "Feather", de William Wild y sería una pena muy grande (*****).

- "Perfectos desconocidos": A pesar del insoportable Ernesto Alterio (Qué le habrá visto la Diosa Juana Acosta a este hombre. Misterio...) la última película de Alex de la Iglesia aguanta bien el tipo hasta su decepcionante, facilón y trilladisimo final que, sinceramente es un gatillazo en toda regla. Habrá que ver el original italiano para ver si el error viene de serie (**).

- "Baby Driver": No ha perdido el pulso y el estilazo EdgarWright. El arranque al ritmo del "Bellbottoms" de Jon Spencer es demoledor y la vuelta de tuerca a la tradicional cinta de robos imposibles funciona francamente bien. Pero creo que dar el peso de la película a un tipo tan soso como Ansel Elgort es un error de casting imperdonable. Magníficos secundarios, exceso de metraje y una banda sonora maravillosa que atrona en mi casa un día sí y otra también (***).

Lo lamento, mi religión me impide cambiar de gesto.

- "Wonder": Actores en el declive de su carrera (Owen Wilson, Julia Roberts...), base argumental de telefilm barato modalidad "niño diferente"... Todavía me pregunto cómo la bella Señora Winot me engatusó para entrar en la sala. Sin embargo... Sin embargo, se lo agradeceré durante mucho tiempo, porque la adaptación al cine de la novela de R.J. Palacio es modélica. Con todas las papeletas para que le tocará una tunda por blandengue, lacrimógena y maniquea, "Wonder" se lleva cuatro merecidas estrellitas de un servidor (****).

- "El autor": Infumable engendro tan vacio de contenido como lleno de pretensiones y cuyo único aliciente es ver un par de desnudos integrales de Javier Gutierrez. Imagínense el resto a la vista del cuerpo escombro que atesora el muchacho. No pierdan un segundo (•).

"Brimstone": Una auténtica y genuina recomendación gusana. Demasiado metraje para tan corto viaje argumental. Dakota Fanning (espléndida, como siempre) las pasa canutas en el (sangriento y machista) Oeste por un quítame allá ese Guy Pearce sobreactuado. Estructurada en cuatro partes bien diferenciadas, la película del holandés Martin Koolhoven podría tener un número de estrellas muy variable según de que sección del metraje hablemos. Así, la primera podría llevarse dos, la segunda cuatro (ojito a la secuencia de la violación, la pistola y la niña... De lo mejor del año), la tercera, dos y la última iría bien servida con una, de modo que... (**1/2)

Acércate, cielo que creo que tienes algo en el ojo...

- "Lady Bird": Relato de iniciación y entrada en la madurez con un tufillo a cartón piedra y a reciclado barato que asusta desde el primer fotograma. Buenas interpretaciones (especialmente Saoirse Ronan) y poco más. El cine independiente (signifique esa categria lo que quera que signifique) necesita un actualización de software y hardware muy urgente (*).

- "Wonder Wheel": El mejor Allen de los últimos años. Intenso, solvente y, como es habitual, sacando petroleo de sus intérpretes aunque se trate de actores tan de derribo como James Belushi, que está espléndido. De Kate Winslet no habló porque incluso haciendo de momia de la Hammer seguiría siendo inconmensurable. Añoro un poco de humor que ayude a tragar tanta desgracia, pero las penas con genio son menos (***).

¿Será malo ser tan buena actriz?

 - "La batalla de los sexos": A principios de los setenta, un tenista retirado y acabado (Bobby Riggs) apostó una ingente cantidad de dinero a que ninguna tenista profesional era capaz de ganarle. La número uno del mundo por aquel entonces, Billie Jean King, aceptó la apuesta. ¿Prometedor, verdad? Podría haber dado mucho juego, nunca mejor dicho, pero sus responsables, Jonathan Dayton y Valerie Faris, rascan tan poco en un material tan jugoso que la cinta se queda muy coja y apenas se sostiene sobre las magníficas interpretaciones de Emma Stone y, especialmente, Steve Carell (**).

- "Killing Ground": Hay que tener el día para entrar en esta espeluznante película australiana. Sobre el papel no parece nada excitante (las violentas relaciones entre urbanitas en el campo y campesinos testarudos) pero en la pantalla... En la pantalla la cosa cambia mucho y las decisiones de planificación del debutante Damien Power pervierten los tópicos del género de forma sumamente satisfactoria y perturbadora. Michael Haeneke hasta las trancas de Foster podría haber rodado algo parecido (***).

miércoles, 14 de marzo de 2018

El hombre que bajó de la colina

Buenas noches a todos menos a los que confunden cantidad con calidad. A esos,a los que ignoran o hacen el vacío a los sabios consejos de nuestro refranero y no asumen que lo bueno si breve, es dos veces bueno o que la esencia más pura va siempre en frasco pequeño, a esos, como decía, a esos ni agua.

Esta noche vengo a hablarles brevemente del escritor norteamericano, Joe Hill o, más concretamente, de "Fuego", su último libro publicado en España y que una de las decepciones más grandes de lo que llevamos de año.

No es la primera vez que hablo aquí de Joe Hill. Hace ya algunos años (casi siete, para ser exactos. Pueden comprobarlo pinchando en el enlace) le dediqué una paradójicamente extensa jaculatoria, alabando, de primeras, el detalle de no comenzar su carrera ostentando papá, que diría Silvio Rodriguez. Sin duda, ser hijo del célebre Stephen King es un par de esplendidos tacones a los que subirse para sacar la cabeza en el mundillo, pero el amigo Joe prefirió no sacar el tema a relucir hasta que sus libros empezaron a encabezar las listas de ventas y a recibir excelentes criticas. Punto para él. También dedique varias lineas a celebrar sus muy destacados dotes como escritor, focalizando especialmente en su habilidad para crear atmósferas terroríficas, el manejo de la tensión argumental, espléndidamente dosificada y su arte para confeccionar un armazón narrativo contundente y, sobre todo, contenido. 

Todo estas virtudes, tan fácilmente localizables en sus obras precedentes (comics, novelas, cuentos, prospectos médicos, etc) se ha venido abajo con "Fuego", un suplicio inacabable. afectado, plano y aburrido que es indigno de un escritor con su bagaje. Como lo oyen, amigos, como lo oyen.

¿Por qué me viene a la mente José Luís Moreno al ver esta foto?
Ochocientas páginas, ni más ni menos, utiliza el amigo Hill para plagiar/homenajear "Apocalipsis", una de las obras cumbres de su padre. Si en ésta, es una epidemia de gripe la que asola el planeta y deja a los supervivientes a merced de si mismos, en "Fuego", es una misteriosa espora (la escama de dragón) la que no deja títere con cabeza y carboniza casi sin remisión a quien la alberga, creando un obvio conflicto entre infectados y candidatos a infectarse. El planteamiento no deja de ser interesante y daría incluso para entrar en terreno éticos y morales. El problema es que durante las primeras doscientas páginas, básicamente, no pasa nada. Cuando el (irritante) personaje principal (la muy embarazada Harper Greyson, cansinamente obsesionada con Mary Poppins) conoce a un grupo de devotos infectados, la obra parece levantar el vuelo, pero es un espejismo y de nuevo, el tedio te coge de las solapas y no te suelta hasta las últimas ciento y pico páginas en las que, ahí sí, Hill deja abierta la puerta a la esperanza con un tramo final francamente logrado. En resumen, que al libro le sobran más de cuatrocientas páginas que, no sé que pensarán ustedes, pero a mi se me antojan muchas. 

Es una pena que el hombre que me fascinó con obras tan contraidas como "El traje del muerto" o "Cuernos" haya entrado en esa fase de innecesario consumo de celulosa en la que su padre hace años que está instalado cuando aún le queda tanto por decir. Me duele espantosamente que el creador de personajes tan difíciles de calificar como Ig Perrish o Victoria McQueen se haya sacado de la chistera, tuercebotas del calibre del propio bombero que da título al libro o ese villano de pacotilla que es el Hombre Marlboro (palabrita. Un tipo con ese nombre se pasea por la obra). Y, por último, me escuece el alma por la decepción que me supone entrever al padre detrás del hijo. Después de unas pocas novelas excelentes, a Joe Hill se le saltan las costuras y a través de ellas vemos al King más pardo, el de las novelas en cadena, el de las frases hechas, el repantigado en la ley del mínimo esfuerzo. La escama de dragón ha carbonizado al hijo y de sus cenizas surgirá el padre en una suerte de eterno retorno, una monarquía oscura de linaje heredado y que podría no tener fin si los hijos de Joe Hill aprenden a teclear pronto. Que Charlie Manx nos proteja.

miércoles, 21 de febrero de 2018

El arte de la síntesis

Buenas noches a todos menos a los que, viéndote inquieto por no estar ya sentado en la sala de cine a dos minutos de la hora marcada en la entrada, te dicen eso de "no te agobies, hombre, que vamos bien de tiempo. Antes de la película siempre ponen un par de trailers". A esos, a los que no entienden que mis nervios derivan precisamente de poder perderme ese "par de trailers", a los que no saben valorar es su justa medida esas pequeñas joyas de la concisión artística, a esos, como decía, a esos ni agua.

Esta noche vengo a hablarles brevemente de "Máximo Riesgo", la cinta que dirigiera hace nada menos que veinticinco años el finlandés Renny Harlin a mayor gloria del insípido Sylvester Stallone y que es uno de mis "guilty pleasures" más preciados. Y es que se pueden contar con los dedos de una mano las películas que he visto más de una vez en el cine. "Sin perdón", "La huella", "Depredador" y un par de ellas más que ahora no recuerdo. Pero es que se pueden contar con los dedos de una mano y sobrarían cuatro las películas que he visto en el cine más de una vez... seguida. Se imaginan a cual me refiero, ¿verdad?

Los más veteranos recordarán los cines de sesión continua, salas emblemáticas dedicadas al noble arte de enriquecer el patrimonio cinematográfico de la juventud española mediante la repetición indiscriminada de la película o películas programadas para la semana en cuestión. Acababan los títulos de crédito de la primera sesión y la cinta volvía a ponerse a cero. Y así hasta cuatro veces por día. Huelga decir que nadie, en su sano juicio, yo el primero, se quedaba a volver a ver la obra programada, pero, con "Máximo Riesgo"... ¡Ay, con "Máximo Riesgo", la impresión fue tan demoledora que no me quedó más remedio que permanecer en mi butaca con los ojos al más puro estilo Marty Feldman durante otra sesión y media.

Y eso que la película, vaya por delante, es mala a rabiar. Conviene no verla resfriado, no vaya a ser que una tos inoportuna derrumbe los andamios de su guión. Los WTF!! son la norma general y algunas escenas de acción convierten "Star Wars" en un capítulo de "Callejeros". Las interpretaciones no les van a la zaga y salvo Michael Rooker y su Santidad John Lithgow (al que le podrían dar el papel de mojón en carretera secundaria y merecería un Oscar), el resto, empezando por el propio Stallone, parecen salir en pantalla con sus caras de vacas mirando un tren únicamente para ser acuchillados, empalados, golpeados, despeñados o tiroteados sin el menor miramiento. A pesar de todo lo anterior, "Máximo Riesgo" es irresistible y no hay ocasión en la que la emitan por televisión que no la vea completita y aplaudiendo más que lo padres de Anna Gabriel viendo lo bien que le ha sentado Suiza a su hija. Y las razones son fundamentalmente dos: Renny Harlin y, por supuesto, su trailer.

Perdona, ¿que los trailers no interesan a nadie? Acércate un momentito
Desde el impresionante arranque (no me canso de verlo, oiga) hasta la inverosímil traca final, la mano del realizador finlandés no tiembla ni una sola vez en las casi dos horas de metraje vertiginoso. Como si de un videojuego se tratara, cada pelea, cada persecución y cada muerte está más lograda que la anterior. Nunca lo he contado, pero dudo que haya más de veinte minutos de diálogo en la película. El resto es una magistral de planos imposibles sobre riscos nevados, furiosos travellings aéreos y un gusto por lo truculento (nunca he vuelto a mirar impasible una estalactita desde que la vi) que sorprende, convence y, en mi caso, enamora. Un magnífico director del que, por desgracia, nada se sabe desde hace, sin duda, demasiado tiempo.

La segunda razón es, por supuesto, su trailer, una maravilla de montaje, con el "Dies Irae" de Mozart a todo trapo y que sin una sola palabra nos pone en antecedentes de lo que se nos viene encima. Lo había visto unas semanas antes en otro cine y logró lo que todo buen trailer debe lograr, pellizcarnos el interés lo justo para convencernos que hay algo nuevo y brillante a la vuelta de la esquina y que hay que rascarse el bolsillo y encajar las agendas para estar allí cuando corresponde estar. Siempre he dicho que deberia haber una categoría al mejor trailer en la Ceremonia de los Oscar. En 1993, "Máximo Riesgo" se lo hubiera llevado. Háganme caso, si van al cine con gente que no valora los trailers, es mejor ir solo o podrían perderse cosas como ésta. Avisados quedan.

miércoles, 31 de enero de 2018

Mi nombre es Johnson

Buenas noches a todos menos a los que no asumen el paso del tiempo y se parapetan tras el pasado para no asumir los peligros del presente. A esos, a los que no son capaces de ver que es mejor cumplir años que no hacerlo y que debe uno envejecer con dignidad y aplomo, a esos, a esos ni agua.

Esta noche vengo a hablarles brevemente de Jean Claude Van Damme, un tipo que en eso de no retrasar el reloj para engañar al tiempo ha demostrado ser todo un modelo a seguir. La serie que protagoniza, "Jean Claude Van Johnson", cortesía de Amazon Prime es buena prueba de ello.

En mi lista de "action heroes" ochenteros, el amigo Van Damme ha luchado ferozmente desde siempre por eludir el descenso. Como actor, el belga deja (muy) mucho que desear y los productos en los que participó no gozan ni de mi respeto ni de mi cariño. Se pueden imaginar que enterarme de que protagonizaba una serie y que además era buena me sumió holgadamente en el estupor. Comprobar que los comentarios no erraban y que "Jean Claude Van Johnson" es, a día de hoy, una de las marcianadas nás refrescantes del panorama televisivo, ha sido una caida de escamas oculares al más puro estilo Saulo de Tarso. 

¿Y que cuenta "Jean Claude Van Johnson" en sus a todas luces insuficientes seis capítulos? Pues básicamente, la historia de un actor acabado llamado Jean Claude Van Damme, que vive de sus recuerdos y que, por amor, retoma su carrera para rodar una versión de "Las aventuras de Huckleberry Finn" que más parece una secuela de  "El Señor de los anillos" que una fiel traslación de la novela de Mark Twain. ¿Y vuelve sólo por amor? No, no solo por amor. Van Damme es, en realidad, el agente Van Johnson, un espía que ha aprovechado todos los rodajes de las películas que ha protagonizado en sus muchos años de carrera para cumplir las misiones que una oscura agencia gubernamental le ha encargado aprovechando sus innatos dones para el mamporro y la patada voladora. Y este rodaje no será una excepción. Pero el tiempo... ¡Ay, el tiempo es cruel, las piruetas de ayer son los trastazos de hoy y los villanos no respetan ni las canas, ni la artrosis!

Damas y caballeros, Tom Van Sawyer

 Es un placer ver al señor Van Damme aprovechar cualquier resquicio para apalizar a la que da sombra al botijo y contar las virtudes de sus trabajos en "Blanco Humano" o "Time Cop" (tronchantes sus eternos guiños a "Looper"), mostrarse a pecho descubierto como un tipo con pocas luces, un poco sonado, abarquillado por lo años, incapaz de las hazañas de entonces pero encantado de poder intentarlo de nuevo, de no reverdecer sus laureles pero de llevarlos con dignidad. Los secundarios son sicotrónicos (ese director Timburtoniano), el humor, negro como el ánimo de Puigdemont y las  secuencias de acción (que las hay, por supuesto, el que tuvo, retuvo), brillantes, hechas a su medida (la pelea multitudinaria del primer capítulo es sobresaliente).

Me reconcilio con este hombre, su disparatada serie me ha ganado para la causa y admiro enormemente su capacidad para parodiarse sin perder la dignidad. Ojala todos sus coetáneos tomaran nota y no sepultaran en rubor sus logros pasados. No se pierdan "Jean Claude Van Johnson". Es una propuesta honesta, sincera, irreverente, divertida y emocionante. Para durar solo tres horas, creo que ya es meritorio.