miércoles, 21 de febrero de 2018

El arte de la síntesis

Buenas noches a todos menos a los que, viéndote inquieto por no estar ya sentado en la sala de cine a dos minutos de la hora marcada en la entrada, te dicen eso de "no te agobies, hombre, que vamos bien de tiempo. Antes de la película siempre ponen un par de trailers". A esos, a los que no entienden que mis nervios derivan precisamente de poder perderme ese "par de trailers", a los que no saben valorar es su justa medida esas pequeñas joyas de la concisión artística, a esos, como decía, a esos ni agua.

Esta noche vengo a hablarles brevemente de "Máximo Riesgo", la cinta que dirigiera hace nada menos que veinticinco años el finlandés Renny Harlin a mayor gloria del insípido Sylvester Stallone y que es uno de mis "guilty pleasures" más preciados. Y es que se pueden contar con los dedos de una mano las películas que he visto más de una vez en el cine. "Sin perdón", "La huella", "Depredador" y un par de ellas más que ahora no recuerdo. Pero es que se pueden contar con los dedos de una mano y sobrarían cuatro las películas que he visto en el cine más de una vez... seguida. Se imaginan a cual me refiero, ¿verdad?

Los más veteranos recordarán los cines de sesión continua, salas emblemáticas dedicadas al noble arte de enriquecer el patrimonio cinematográfico de la juventud española mediante la repetición indiscriminada de la película o películas programadas para la semana en cuestión. Acababan los títulos de crédito de la primera sesión y la cinta volvía a ponerse a cero. Y así hasta cuatro veces por día. Huelga decir que nadie, en su sano juicio, yo el primero, se quedaba a volver a ver la obra programada, pero, con "Máximo Riesgo"... ¡Ay, con "Máximo Riesgo", la impresión fue tan demoledora que no me quedó más remedio que permanecer en mi butaca con los ojos al más puro estilo Marty Feldman durante otra sesión y media.

Y eso que la película, vaya por delante, es mala a rabiar. Conviene no verla resfriado, no vaya a ser que una tos inoportuna derrumbe los andamios de su guión. Los WTF!! son la norma general y algunas escenas de acción convierten "Star Wars" en un capítulo de "Callejeros". Las interpretaciones no les van a la zaga y salvo Michael Rooker y su Santidad John Lithgow (al que le podrían dar el papel de mojón en carretera secundaria y merecería un Oscar), el resto, empezando por el propio Stallone, parecen salir en pantalla con sus caras de vacas mirando un tren únicamente para ser acuchillados, empalados, golpeados, despeñados o tiroteados sin el menor miramiento. A pesar de todo lo anterior, "Máximo Riesgo" es irresistible y no hay ocasión en la que la emitan por televisión que no la vea completita y aplaudiendo más que lo padres de Anna Gabriel viendo lo bien que le ha sentado Suiza a su hija. Y las razones son fundamentalmente dos: Renny Harlin y, por supuesto, su trailer.

Perdona, ¿que los trailers no interesan a nadie? Acércate un momentito
Desde el impresionante arranque (no me canso de verlo, oiga) hasta la inverosímil traca final, la mano del realizador finlandés no tiembla ni una sola vez en las casi dos horas de metraje vertiginoso. Como si de un videojuego se tratara, cada pelea, cada persecución y cada muerte está más lograda que la anterior. Nunca lo he contado, pero dudo que haya más de veinte minutos de diálogo en la película. El resto es una magistral de planos imposibles sobre riscos nevados, furiosos travellings aéreos y un gusto por lo truculento (nunca he vuelto a mirar impasible una estalactita desde que la vi) que sorprende, convence y, en mi caso, enamora. Un magnífico director del que, por desgracia, nada se sabe desde hace, sin duda, demasiado tiempo.

La segunda razón es, por supuesto, su trailer, una maravilla de montaje, con el "Dies Irae" de Mozart a todo trapo y que sin una sola palabra nos pone en antecedentes de lo que se nos viene encima. Lo había visto unas semanas antes en otro cine y logró lo que todo buen trailer debe lograr, pellizcarnos el interés lo justo para convencernos que hay algo nuevo y brillante a la vuelta de la esquina y que hay que rascarse el bolsillo y encajar las agendas para estar allí cuando corresponde estar. Siempre he dicho que deberia haber una categoría al mejor trailer en la Ceremonia de los Oscar. En 1993, "Máximo Riesgo" se lo hubiera llevado. Háganme caso, si van al cine con gente que no valora los trailers, es mejor ir solo o podrían perderse cosas como ésta. Avisados quedan.

miércoles, 31 de enero de 2018

Mi nombre es Johnson

Buenas noches a todos menos a los que no asumen el paso del tiempo y se parapetan tras el pasado para no asumir los peligros del presente. A esos, a los que no son capaces de ver que es mejor cumplir años que no hacerlo y que debe uno envejecer con dignidad y aplomo, a esos, a esos ni agua.

Esta noche vengo a hablarles brevemente de Jean Claude Van Damme, un tipo que en eso de no retrasar el reloj para engañar al tiempo ha demostrado ser todo un modelo a seguir. La serie que protagoniza, "Jean Claude Van Johnson", cortesía de Amazon Prime es buena prueba de ello.

En mi lista de "action heroes" ochenteros, el amigo Van Damme ha luchado ferozmente desde siempre por eludir el descenso. Como actor, el belga deja (muy) mucho que desear y los productos en los que participó no gozan ni de mi respeto ni de mi cariño. Se pueden imaginar que enterarme de que protagonizaba una serie y que además era buena me sumió holgadamente en el estupor. Comprobar que los comentarios no erraban y que "Jean Claude Van Johnson" es, a día de hoy, una de las marcianadas nás refrescantes del panorama televisivo, ha sido una caida de escamas oculares al más puro estilo Saulo de Tarso. 

¿Y que cuenta "Jean Claude Van Johnson" en sus a todas luces insuficientes seis capítulos? Pues básicamente, la historia de un actor acabado llamado Jean Claude Van Damme, que vive de sus recuerdos y que, por amor, retoma su carrera para rodar una versión de "Las aventuras de Huckleberry Finn" que más parece una secuela de  "El Señor de los anillos" que una fiel traslación de la novela de Mark Twain. ¿Y vuelve sólo por amor? No, no solo por amor. Van Damme es, en realidad, el agente Van Johnson, un espía que ha aprovechado todos los rodajes de las películas que ha protagonizado en sus muchos años de carrera para cumplir las misiones que una oscura agencia gubernamental le ha encargado aprovechando sus innatos dones para el mamporro y la patada voladora. Y este rodaje no será una excepción. Pero el tiempo... ¡Ay, el tiempo es cruel, las piruetas de ayer son los trastazos de hoy y los villanos no respetan ni las canas, ni la artrosis!

Damas y caballeros, Tom Van Sawyer

 Es un placer ver al señor Van Damme aprovechar cualquier resquicio para apalizar a la que da sombra al botijo y contar las virtudes de sus trabajos en "Blanco Humano" o "Time Cop" (tronchantes sus eternos guiños a "Looper"), mostrarse a pecho descubierto como un tipo con pocas luces, un poco sonado, abarquillado por lo años, incapaz de las hazañas de entonces pero encantado de poder intentarlo de nuevo, de no reverdecer sus laureles pero de llevarlos con dignidad. Los secundarios son sicotrónicos (ese director Timburtoniano), el humor, negro como el ánimo de Puigdemont y las  secuencias de acción (que las hay, por supuesto, el que tuvo, retuvo), brillantes, hechas a su medida (la pelea multitudinaria del primer capítulo es sobresaliente).

Me reconcilio con este hombre, su disparatada serie me ha ganado para la causa y admiro enormemente su capacidad para parodiarse sin perder la dignidad. Ojala todos sus coetáneos tomaran nota y no sepultaran en rubor sus logros pasados. No se pierdan "Jean Claude Van Johnson". Es una propuesta honesta, sincera, irreverente, divertida y emocionante. Para durar solo tres horas, creo que ya es meritorio.

miércoles, 17 de enero de 2018

De herejías y sus virtudes

Buenas noches a todos menos a los que mueven la cabeza negativamente ante cualquier intento de expandir el campo de batalla de la música clásica. Mientras gente como James Rhodes, Camerata Musicalis o Ara Malikian realizan esfuerzos para barrer el polvo, abrir las ventanas y ventilar así la cárcel en la que Mozart, Haydn, Grieg o Bach han estado encerrados durante siglos para no llegar a todos los públicos, los que allí les encerraron, siguen chistando a uno si tose en un concierto o sufren una embolia si alguien empieza a aplaudir cuando no lo indican sus Sagradas Escrituras, las que solo ellos conocen y endogámicamente se transmiten. A esos, a los que son incapaces de asumir que todo tiene un objeto y que al mismo se puede llegar de muchas formas, a esos, ni agua.

Esta noche vengo a hablarles brevemente de mis inicios en este mundo inabarcable de la música clásica. Podría dármelas de lo que no soy y decirles que mamé desde pequeños las sinfonías de Mahler y las nocturnos de Chopin, que mi padre leía partituras mientras desayunaba y que mi despertador no era otro que los melodiosos trinos que mi madre emitía mientras hacía las camas. Pero no es así, no les quiero engañar. En mi casa se oía a Marisol, Radio Nacional de España y, de cuando en cuando, a Serrat, a Perales o a Demis Roussos. No, por ahí no fue por donde empecé el camino a Bayreuth, se lo puedo asegurar. Mi entrada en el universo de los clásicos musicales tuvo como barquero a un caballero de nombre Louis Clark que a los mandos de la Royal Philharmonic Orchestra, a principios de los ochenta publicó "Hooked on Classics" un disco que, a través de un tuttifrutti de melodías clásicas, enlazadas de una manera magistral, creaba temas de entre cuartro y siete minutos con un machacón ritmo discotequero que para quien esto confiesa, era, como diría Robert Palmer, simplemente irresistible. Cuando acaben de leer, vean el video que les he dejado al final de la entrada y así se hacen una idea más exacta de las habilidades del señor Clark. Verán que no son pocas.

Un fragmento de la Novena de Beethoveen, se fundía casi sin darse uno cuenta con el Guillermo Tell de Rossini el cual, a su vez se unía suavemente a Las Bodas de Figaro y desembocaba en una sinfonía de Tchaikovsky creando un único momento de no más de un minuto. Tela. El primero de esos discos incluía fragmentos de más de cien obras en algo menos de cincuenta minutos. Imagínense el campo de batalla que se abre a las mentes inquietas, el descomunal yacimiento musical que se despliega ante los oídos hambientos de quien mientras cimbrea la cadera en la discoteca de moda y, sin remedio, se prenda de unas notas que se le adhieren a la cabeza y que lo llaman a profundizar, a descubrir más secretos, a saber más de ese Haendel, de ese Elgar o de ese Wagner del que se habla en el librito de temas que incluye el disco de marras.

Los puristas más casposos, los que siempre andan con las vestiduras remendadas pusieron el grito en el cielo y abominaron publica y privadamente contra la obra por vejar su santoral y parir un engendro que faltaba el respeto a las Sagradas Formas Clásicas. Hoy, en Twitter, el productor de disco hubiera tendio que salir a pedir perdón o, en el mejor de los casos, cerrar su cuenta. Al amigo Clark, por su parte, debieron importarle estas arengas tan poco como a mi, por que se tiró casi toda la década publicando nuevas entregas de similares características (la segunda fue memorable, mi favorita sin la menor duda), vendiendo discos como churros y adecentando su orto con las diatribas que seguía recibiendo desde las más rancias esquinas del reino. Por lo que a mi respecta, Louis Clark ha hecho por la música clásica en diez años más que Deutsche Grammophon en toda su historia. Quitar los velos, se ponga quien quiera ponerse como se quiera poner, siempre es más complicado que rasgarlos. Por eso, unos hacen una cosa y otros otra. Por eso, unos suman y otros restan.


miércoles, 10 de enero de 2018

Nuevos aires

Buenas noches a todos menos a los que van de Machos Alfa y gustan de rebuznar que la lágrima o el nudo en la garganta ante una melodía hermosa o un texto desgarrado no es cosa de hombres. A esos, a los que se construyen muros de testosterona para intentar defender su vacío interior y se dan codazos cómplices en las almenas de su burbuja, a esos, ni agua.

Esta noche vengo a hablarles muy brevemente de la decimoprimera temporada del ladrillo. Como puede ver hay cambios importantes en el diseño y mi intención es que también los haya en los contenidos. Me he aventurado por otras redes sociales en estos últimos meses y he llegado a la conclusión de que la actualidad anda a tal velocidad que cuando uno termina de escribir, nadie sabe ya de qué le están hablando. La influencia de Twitter es, por tanto, muy evidente. Es muy posible que esto me lleve a espaciar mis interminables y clásicas peroratas en favor de una mayor cercanía, pero lo que pierda la calidad (que tampoco ha sido mucha nunca, para qué engañarnos) lo va a ganar la cantidad y, sobre todo, la variedad, ya que, se lo garantizo, la aleatoriedad de los contenidos va a dejar pocos colores de la paleta sin usar.

Sin ir más lejos, hoy, para inagurar esta etapa un poco anárquica que me propongo llevar a cabo y creo que por primera vez en estos once años de historia , les voy a reproducir un poema que he leído hoy mismo citado en un libro maravilloso ("Noches azules", de Joan Didion. Una obra maestra. Terrible, pero una obra maestra. No se la pierdan) y que me ha hecho secar dos lágrimas como dos perlas mallorquinas mientras lo leía esta tarde. Lo escribió hace más de 70 años un caballero de nombre Wystan Hugh Auden, se llama "Funeral Blues" y dice así:

Parad todos los relojes, cortad el teléfono,
Prevenid el ladrido del perro con un jugoso hueso.
Silenciad los pianos y, con apagados timbales,
Traed el ataud, dejad pasar a los dolientes.
Que los aviones nos sobrevuelen en círculos luctuosos
Escribiendo en el cielo las palabras: Él ha Muerto.
Poned crespones negros a las palomas públicas
Que los guardias de tráfico lleven oscuros guantes de algodón.
Él era mi Norte, mi Sur, mi Este y mi Oeste,
Mi semana de trabajo y mi descanso dominical.
Mi mediodía, mi medianoche, mi paseo, mi canción.
Pensé que el amor duraría para siempre: cometí un error.
No quiero estrellas, apagadlas todas.
Empaquetad la luna y desmantelad el sol.
Vaciad los océanos y talad los bosques
Porque ya nada puede volver a ser como antes.

Les dejo también el original en inglés porque la traducción que le acabo de enseñar es muy hermosa, pero también muy libre.

"Stop all the clocks, cut off the telephone,
Prevent the dog from barking with a juicy bone,
Silence the pianos and with muffled drum
Bring out the coffin, let the mourners come.

Let aeroplanes circle moaning overhead
Scribbling on the sky the message 'He is Dead'.
Put crepe bows round the white necks of the public doves,
Let the traffic policemen wear black cotton gloves.

He was my North, my South, my East and West,
My working week and my Sunday rest,
My noon, my midnight, my talk, my song;
I thought that love would last forever: I was wrong.

The stars are not wanted now; put out every one,
Pack up the moon and dismantle the sun,
Pour away the ocean and sweep up the wood;
For nothing now can ever come to any good."

viernes, 8 de diciembre de 2017

Clonando lombrices (III)

Y como en cualquier secuela que se precie, en esta tercera entrega de las reseñas cinematográficas más breves, pétreas y agusanadas de la blogosfera, sus admiradores encontrarán todo lo que aman del concepto elevado una octava y los que abominan del mismo, pasarán nuevamente de largo por este refinada selección de la producción cinéfila que más ha impactado (positiva y negativamente, por supuesto), al Clan en general y a servidor en particular en los últimos meses. No me alargo más que hay mucho turrón que repartir.

- La gran enfermedad del amor (The big sick): Peliculón. La mejor comedia romántica de los últimos años es, también, la gran película del desamor que necesitábamos. Magnífico guión, actores al borde de la epifanía interpretativa (sale Holly Hunter, no les digo más) y sin (apenas) espacio para el error. Lo que el genero necesitaba desde hace una década (*****).

- Headshot: Saqueo asiático a la saga Bourne que se alarga unas innecesarias dos horas pero que, no obstante lo anterior, nos regala las mejores secuencias de acción del año, cortesía de esa inexpresiva pero demoledora máquina de repartir estopa que es el ¿actor? indonesio Iko Uwais. Atención a la larga secuencia en la comisaría. No se la cree nadie, pero tampoco hay quien pueda olvidarla (*).

- Una historia de fantasmas: Un tostón mayúsculo. Tan entretenida como ver hervir el agua, la última película de Casey Affleck es el mayor despilfarro de celuloide de este ejercicio. Cómo ha podido David Lowery, su director, convencer a un tipo como Affleck de participar en este despropósito supuestamente poético sobre la soledad y el amor es un misterio difícil de resolver. Tal vez Affleck viera la maravillosa "Pedro y el dragón" que Lowery rodó apenas doce meses antes. Otra explicación, la verdad, no encuentro (•).

- El amante doble: El guión es un colador. Algo poco más potente que la flatulencia de una pulga sería capaz de tumbar todo el entramado argumental de la última cinta de Francois Ozon pero es innegable que el hombre sabe rodar y que tiene una habilidad innata para crear música con un simple plano. Además, no vamos a negarlo, es irresistiblemente erótica, recupera a Jacqueline Bisset para la causa y cuenta en su reparto con una belleza  tan deslumbrante y perturbadora como la de Marine Vatch. No me digan que, al menos, no he picado su curiosidad (**).

La primera teta del ladrillo solo podía ser la de Marine Vatch

- Thor: Ragnarok: Marvel no falla a su cita y, como es habitual, lo hace con nota. El Dios del Trueno siempre ha sido un poco oscuro y un poco pesado. Sus entregas previas se cuentan entre lo más discreto de Marvel Studios, pero con este tercera oportunidad, sus responsables han cambiado el bote de la trascendencia por el de la sátira y les ha salido casi una sitcom de lo más entretenida. Al principio se hace bola tanto humor, pero la digestión es de lo más placentera (***).

- Feliz día de tu muerte: Irresistible batiburrillo entre "Scream" y "Atrapado en el tiempo". la protagoniza una extraordinaria actriz de la que nada sabía (Jessica Rothe) y logra que no puedas despegar el culo de la silla en los apenas 90 minutos que dura. Mucho mérito para una cinta modesta, imaginativa y, creanme, perfecta para aquellos que no se identifican con el genero terrorífico. Como la bella señora Winot a la que por cierto, las peripecias de la odiosa protagonista atraparon desde el primer momento (****).

Tengo la impresión de que ya he pasado por esto...

- El Bar: Pobre cosecha de la este año para el cine español (tambien es cierto que aún no he visto "Oro" ni "Verónica"), pero con "El bar", Alex de la Iglesia abandona un poco el despanzurramiento mental de sus últimas obras para recuperar plantemientos algo más modestos sin renunciar, por supuesto a su natural tendencia al exhibicionismo. Como es habitual, brillante idea inicial que no termina de cuajar pero, en esta ocasión, con un desarrollo interesante, barroco y coherente. Es cierto que al final, la propuesta da en hueso, pero no quita méritos a todo lo previo (**).

- It: Me duele decirlo. La obra de Stephen King es una de mis obras de cabecera dese hace más de 30 años. El reparto es extraordinario y Bill Skarsgård borda al aterrador Pennywise. Reconozco que veré sin atisbo de duda la segunada parte y que hay momento de gran cine en los excesivos 135 minutos de la cinta de Andres Muschietti, pero.... Pero algo chirria en alguna parte, tal vez hayan sido las expectativas (la campaña de marketing ha sido de lo más brillante que se recuerda) o el agotador climax, pero creo que con dos estrellitas, todos flotan (**).

Segundas partes, ¿serán mejores?
- Barry Seal: La mejor interpertación de Tom Cruise en años. La sintonía con Doug Liman es evidente y ambos nos entregan una de las mejores películas de la temporada. Me quedo con los encuentros con Escobar y su banda y la fase más "Godfellas"a mitad de metraje con los armarios llenos hasta los topes de dinero,  los trayectos inverosímiles en cualquier medio de transporte y el primo imbécil que no puede faltar en este tipo de obras. Mención especial para la banda sonora que es, así, a las bravas, la mejor del año (***).

- Llega de noche: El director y guionista de esta propuesta, Trey Edward Shults, no duraría un dia en el teléfono de la esperanza. Más vale que vean esta sombría propuesta sobre el futuro que nos espera con los depósitos de optimismos a rebosar porque, Shults pone todo su empeño en dejarnos la moral y la fe en el ser humano por los suelos. Interesantísima propuesta de (casi) política ficción con un Joel Edgerton que borda un papel desagradable, complicado y lleno de matices. No es la mejor película del año pero sí la más desasosegante. Decidan ustedes (****).

miércoles, 18 de octubre de 2017

Contra la hipocresía y la vaguedad

Llevo semanas evitando hablar aquí del tema, refugiándome en las redes sociales, especialmente en Twitter, para descargar todas las malas vibraciones que me genera la avalancha de insensateces, perogrulladas, falacias y mamarrachadas de toda índole que el tema viene alumbrando desde que paso a convertirse en el vórtice que todo lo absorbe. Como les ocurre a tantas series de televisión que alargan sus tramas mucho más allá de lo saludable, el tema, que lleva en antena más de 30 años, ha entrado en una laberinto del que dificilmente se va a poder salir a menos que uno tire de matemáticas. 

Decía Stendhal que las matemáticas no permiten la vaguedad ni la hipocresía y, como en tantas ocasiones, el hombre tras "Rojo y negro" tenía toda la razón del mundo. Si en vez de consignas, proclamas,  mediciones de pene y banderas rojas y amarillas se hubiera usado la suma y la resta, hace tiempo que estaríamos hablando de otra cosa mucho más interesante y, sin duda, menos enervante.

El Instituto Nacional de Estadística cifró en 5.510.798 personas el censo electoral en Cataluña para las elecciones autonómicas de 2015. El día en el que se celebraron dichos comicios, catalogados por la Generalitat como plebiscitarios, las urnas cerraron con 4.115.807 papeletas en su interior, con lo que 1.394.991 ciudadanos con derecho a voto, pudiendo ejercer esta facultad prefirieron quedarse en casa. Dejémoslo ahí, no entremos a valorar qué hubieran votado de tener ganas o tiempo. Yo lo tengo claro, pero aquí solo vamos a hablar de números y lo que este dato demuestra es que no es probable que haya un 80% de catalanes que deseen la independencia porque hay un 25% del electorado del cual no sabemos nada y no por eso vamos a poner palabras en su boca. Vamos un poco más allá.

De las 4.115.807 papeletas introducidas en las urnas, 1.620.973 fueron a parar a la candidatura de Junts per Si y 336.375 a la de la CUP. Creo que hay un consenso claro en que ambas formaciones conforman el llamado Bloque Independentista. Dejémoslo ahí, no entremos a valorar qué tienen en común los miembros de Esquerra Republicana, el PDCAT y los antisistema de la CUP. Yo lo tengo claro, pero aquí solo vamos a hablar de números y lo que este dato demuestra es que más de la mitad de los votos emitidos en 2015 fueron a parar a partidos que no tienen la independencia como motivo conductor de su estrategia. Pero vamos un poco más allá.

El referendum del pasado uno de octubre congregó a las urnas a todo aquel que tuviera DNI. En este caso es difícil determinar el valor del censo, pero vamos a suponer que sea el mismo que las elecciones de 2015 (las gallinas que entran por las que salen). Según datos facilitados por la Generalitat, acudieron a votar  2.286.217 personas, de las que 2.044.038 votaron a favor de la independencia. Dejémoslo ahí, no entremos a valorar las nulas garantías de esta convocatoria ni el peso específico que tienen sus resultados. Yo lo tengo claro, pero aquí solo vamos a hablar de números y lo que este dato demuestra es que en poco menos de 24 meses los partidarios de la independencia han pasado de 1.957.348 a 2.044.038, lo que supone poco más de 86.600 personas. Aparentemente, el mensaje no termina de calar. Más aún cuando el censo universal es, obviamente mucho más numeroso que el electoral. Pero demos un último paso más allá.

Las manifestaciones que se llevaron a cabo tras los acontecimientos del 1 de Octubre, uno de los momentos más tensos, dramáticos y tristes de nuestra democracia congregaron en las calles a dos millones de personas según la Generalitat que clamaron contra la represión policial, el fascismo que domina al Gobierno de España y a favor de la independencia y de la libertad de los pueblos. Dejémoslo ahí, no entremos a valorar si hacer cumplir las leyes y disposiciones judiciales es represión o si el Gobierno de España debería no haber caído en la trampa y dar a los independentistas la foto que tanto deseaban. Yo lo tengo claro, pero aquí solo vamos a hablar de números y lo que este dato demuestra es que a pesar de todo y de todos, de las malas decisiones y de la gasolina echada en el fuego, el movimiento independentista no avanza, está en parada cardiorespiratoria y se congela en esos poco más de dos millones de simpatizantes sobre los que pivota desde hace más de 24 meses. Los mueve mejor, los enfoca con más claridad y juegan sus cartas con más desparpajo por muy marcadas que sigan estando. Pero las matemáticas no mienten, no se equivocan y son indebatibles.  Y el que no lo quiera ver y pretenda arrogarse una representación que no detenta, está condenado a la derrota. Por hipócrita y por vago.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Jazz me vale: Vijay Iyer Trio

En su enémisa temporada, el ladrillo da el pistoletazo de salida recuperando su sección más jazy. Y lo hace a través de una elípsis que hubiera hecho las delicias de Stanley Kubrick y que da carpetazo a casi sesenta años de historia del genero. Más o menos, los mismos años que median entre las melodías, ritmos y armonías de los dos protagonistas previos de la sección (Miles Davis y Dave Brubeck) y los experimentos sónicos (de raices indiscutiblemente hundidas en el genero, eso sí) que interpretan tres sujetos que dominan como pocos las baquetas (Marcus Gilmore), el contrabajo (Stephan Crump) y las 88 teclas de su piano (Vijay Iyer). Estos caballeros  publicaron en 2012 y bajo el nombre (poco original, no se lo discuto) de Vijay Iyer Trio, "Accelerando", un album excepcional que no me resisto a recomendarles.

Como es fácil imaginar por el nombre con el que publican sus trabajos y a pesar de las indudables habilidades de los otros dos componentes de la banda, aquí quien corta el bacalao es el amigo Iyer, un pianista norteamericano de origen hindú que lleva más de diez años publicando discos de forma infatigable y llevándose por ellos premios un día sí y otro también. Además de pasear sus dedos por el teclado con un virtuosismo fastuoso dispone de una cabeza privilegiada y tiene en su despacho una licenciatura en Matemáticas y Física por Yale, una Maestría en Física y un Doctorado en Tecnología y Artes por la Universidad de Berkeley. Por si fuera poco, es elegante, refinado, moderadamente soberbio y, dicen que el muchacho borda el pollo tandoori y las samosas. Un portento, el yerno ideal, no lo voy a negar.

¿Adivinan quién es Iyer? Exacto, justo ese.
¿Y que pueden encontrar los que se atrevan a seguir mi consejo y escuchar el album? Pues un poco de todo la verdad, la música de Iyer es exigente y no sigue pautas concretas. Hay temas como el que abre el disco ("Bode") que parece el resoplido de un búfalo mientras se ahoga en una charca. Es breve y supone algo así como una afinación general del trio. Lo bueno empieza justo después, con "Optimism", la pieza que marca un poco lo que está por llegar: una base rítmica complejísima con el piano del amo de las samosas desgranando una melodía que no lo parece. Parece imposible que con tres músicos sea posible crear estas armonias casi orquestales. Es un reto entrar en ella, pero una vez que se introduce en la cabeza es difícil sacarla.

Lo que sigue a continuación hasta completar los once cortes del disco es de una variedad descomunal. Hay cortes como "Lude" que podrían haberse grabado en tiempos de John Coltrane sin que llamara la atención por su vanguardismo. y otros parecen extraidos de la banda sonora de una película de Rob Zombie ("Actions Speak") o directamente un homenaje a la disonancia como una de las mas bellas artes (atentos a "Accelerando").



No se asusten, hay también temas de entrada lubricada como por ejemplo, "The Village of the Virgins", de una belleza clásica, melódica y de encaje accesible (no en vano es una versión de Duke Ellington) o "The star of a story", otra versión, en este caso del grupo de funk setentero Heatwave que podría poner cobertura sonora a cualquier estreno del Festival de Sundace. Y ya que hablamos de vesiones, ¿qué decir de esa maravilla que es el "Human Nature" de Michael Jackson a quien los alegres muchachos de Vijay Yler Trio convierten en un monumento de casi diez minutos? Miren, me gustan ustedes, me caen bien y llevan muchos años pasando por esta escombrera de modo que, en lugar de hablar del maldito referendum del próximo domingo o del cocido maragato, les voy a poner un enlace a este último tema del que les he hablado no sin recomendarles que no se paren ahí (doy por sentado que van a adorar el tema, no sé si se dan cuenta) y que dejen que como Avon, "Accelerando" llame a su puerta y pase a ponerse cómodo. Ojo, que una vez dentro, como los vampiros ya no sale.