viernes, 9 de junio de 2017

Dialogos platoneros (Volumen II)

- ¡¡Socorro, auxilio!! Una ayuda, por favor, que me ahogo...
 
 - Aguante, caballero. No hable y respire con tranquilidad. No se fatigue que el mar es muy traicionero en este zona.
 
- ¿Y usted quién es, si puede saberse?
 
- ¿Yo? Yo me llamo Jacinto Lomas Recio para servirle a usted y a su familia.
 
 - ¿Y es acaso miembro de Salvamento Marítimo que según la Ley 60/62 de 24 de diciembre sobre el Régimen de auxilios, salvamentos, remolques, hallazgos y extracciones marítimas es el cuerpo al que corresponden este tipo de asuntos?

- Eh... Pues... Pues no, mire usted. Yo pesco la perca por esta zona desde hace años, le he visto chapotear y pedir auxilio y, bueno, pues aquí me tiene.
 
- No me vale. No le niego la buena voluntad, pero cada palo aguanta su vela y esta mía del ahogo no le corresponde. Haga el favor de llamar a las Autoridades.

- No sea albarcazas. Como esperemos a los de Salvamento van a tener que sondar el fondo una semana. Espere que le lanzo el salvavidas.

 - Ni se le ocurra, caballero, ¿es que no ha oido lo que..?
 
  - Qué, qué le pasa. Mira usted raro el salvavidas.

 - Ahí pone Acnur, ¿no es verdad? Lo veo perfectamente.

 - Pues sí, Acnur, ¿pasa algo? ¿Está mal escrito? ¿No le gusta el color? Oiga me lo está poniendo difícil. Yo solo quiero ayudar.

 - Ya... Ayudar... Ya veo de qué pie cojea. De modo que comprando a ONG's para desgravarse, ¿eh? No solo quiere usurpar vanidosamente las funciones de un estamento administrativo consagrado por las leyes para el auxilio marítimo sino que, además se permite el lujo de ir repartiendo limosnas a diestro y siniestro con la finalidad de hincharse como un pavo con sus amiguetes del Club de la Perca para decir que es usted solidario y comprensivo. No necesito su caridad. Ni mucho menos su ayuda.

 - Creo que usted delira...

 - Yo no soy del IRA. Soy una persona con los conceptos claros. Y no voy a permitir que un vendedor de percas, que seguro que además marca la casilla de Asignación a Fines de Interés Social, sustituya a los legítimos titulares de una función pública. Y mucho menos si, además,lo hace con la finalidad de chulearse y restregarnos a todos los que nos estamos ahogando que tiene dinero para regalar al Acnur y al Cristo de los Faroles. Usted no sabe con quien está hablando, Señor Don Millonetis. De donde yo vengo... Oiga... ¿Qué hace? ¿A donde va? Míreme cuando le hablo. No le permito que... ¡¡Glubs... Glubs... Glubs....!!...

miércoles, 31 de mayo de 2017

La flor más grande, triste y bella del Bierzo

Creo que es la primera vez en más de diez años de vida de esta su escombrera predilecta que dedico una entrada a un disco de rock. Ha habido múltiples textos dedicados a la música, por supuesto. Incluso recuerdo un par de ellas dedicada a bandas sonoras del gabacho Alexandre Desplat. Pero ninguna dedicada a glosar las virtudes de un album en el sentido moderno de la expresion. De modo que pueden hacerse una idea de las sensaciones que me han producido los once temas contenidos en "How big, how blue how beautiful", el tercer trabajo de la banda británica Florence and The Machine y al que, por ahorrar energías, me referiré desde ahora como HB3.

Al frente del grupo se encuentra Florence Welch, una pelirroja etérea nacida en Londres hace poco más de 30 años y de la que tuve noticias a través de una versión del clásico "Stand by me" que me cautivó en pleno corazón del Bierzo, durante el último Cinefranca (para los que no tengan la menor idea de lo que les estoy hablando, que sepan que se están perdiendo el mejor festival cinematográfico- gatronómico- musical de cuantos se celebran en este país. Les dejo su web por si no quieren pasar más tiempo en la ignorancia http://eventosarmiento.es/. Háganse un favor y acérquense el año que viene. No lo lamentarán). Por eso, por lo que a mi respecta, Florence siempre será una chica del Bierzo. Este es, tal vez, el mayor halago que la voy a soltar en esta entrada. Pero, sin duda, no será el único.

Vaya por delante que los dos discos previos del grupo son dos sólidas piezas musicales que responden al nombre de "Lungs" (2009) y "Ceremonials" (2011) y que contienen temas abrasadores como "Dogs days are over", "Drumming song", "Shake it out", "Spectrum" o "Lover to lover". En ellos ya destaca el ragnarök vocal de la muchacha y su gusto por las atmósferas y las gasas melódicas envolviendo guitarrazos y ritmos machacones con sabor a soul. La voz de Florence es de una potencia descomunal. Se gusta y aprovecha para explayarse en un "aquí estoy yo" que, en ocasiones puede resultar un poco indigesto. Parece más empeñada en acreditar la enorme fortaleza de sus cuerdas vocales que sus habilidades para la entonación y el sentimiento. Como compositora ya queda claro que es un talento indiscutible.

Y en 2015 llega HB3·y las (escasas) sombras de su música desparecen. Once temas como once soles. Todo lo anterior, el rock directo, las armonias vocales, los arreglos de viento, Motown, todo, sigue ahí. Pero elevado a la enésima potencia, puliendo las aristas, perfeccionando un estilo de hacer música que solo está al alcance de ellos porque solo ellos tienen el becerro de oro, la apabullante de voz de Florence que, en esta ocasión, dedica todos sus esfuerzos a transmitir, a entonar, a deshacerse en sus canciones y a recorrer todas las octavas por las que su privilegiada garganta es capaz de deambular. Es imposible decantarse por un tema. ¿la galopada inicial de "Ship to wreck"? ¿El single perfecto que es "What kind of man"? ¿o a lo mejor es preferible la montaña rusa de ritmos que es "Delilah"? A veces creo que "Third eye" es la que se lleva el gato al agua pero luego entra en danza la melodía inabarcable de "Various storms & saints" y me vuelve a entrar la duda. 

Yo a estas cosas suelo llegar tarde. Florence and the Machine llevan casi diez años en el escaparate musical, han ganado docenas de premios, han puesto música a películas y a su vocalista le ha dado tiempo a superar su dislexia, coquetear con el alcohol y ser abanderada de varios maestros de la moda. Y Tarquin en su nube. Con su Haydn, su grunge y sus bandas sonoras. A por uvas, por resumir. A mí, Florence and the Machine me los trajo el Bierzo y Cinefranca y es una de las muchas cosas grandes que descubrí allí. A ustedes se lo pongo más fácil. Solo tienen que pulsar play un poco más abajo para ver si esta epifania musical que tengo es solo cosa mía.


miércoles, 3 de mayo de 2017

Clonando lombrices (II)

Segunda entrega de la sección de reseñas express más lombricera y enladrillada de esta su escombrera favorita. Si alguien desea saber las razones que me llevan a otorgar tan, en principio, poco apropiados clificativos a una de mis criaturas, no tiene más que pinchar aquí y comprobar que no sólo son apropiados sino, también, en lo que a anélidos se refiere, admirativos y, por supuesto, merecidos.

No me enrrollo más, que, la verdad sea dicha, la cosecha cinematográfica de estos últimos meses ha sido enorme y, a pesar de un par de borrones, razonablemente interesante. Algunos de los titulos reseñados tienen ya su tiempo, pero aquí, de lo que se trata es de hablar de cine y no del tiempo, de modo que el que quiera la más rabiosa actualidad que acuda al Fotogramas del mes que, imagino, todavía se publica. Vamos al turrón.

- 50 sombras más óscuras: La verdad es que no defrauda. Uno se espera una mierda en papel celofán y exactamente eso es lo que uno se encuentra. Tan excitante como frotarse el prepucio con una ortiga, la nueva aventura sadopija de Anastasia y Christian (la pareja con menos química desde los tiempos de Caponata y Don Pimpón) es un truño se mire por donde se mire. ¿Que qué hacen allí Kim Bassinger y Marcia Gay Harden? Ganarse la vida, imagino. Poco más (•).

- El día del patriota: Muy apreciable recreación de los atentados de Boston de 2013. Salen Kevin Bacon y un contenidísimo Mark Whalberg que bordan sus papeles y si la dividiéramos en cuatro partes, podríamos decir que las dos primeras son brillantes pero sin exagerar y la cuarta parece rodada con el freno de mano. A cambio, el director Peter Berg ofrece un tercer acto que es así, a las bravas, lo mejor que se ha visto en una pantalla de cine el año pasado. Ahí lo dejo, señores (***).


- Pet: Una de terror claustrofóbico con giro inesperado. Mis favoritas, para que lo voy a negar. Un tipo obsesionado con una rubia de bandera (la espectacular Ksenia Solo) decide secuestrarla para eliminar la competencia y así, en unos años, lograr ligársela. El planteamiento es inverosimil y los personajes caen bastante gordos en general, pero el mencionado giro, la coherencia de su absurda idea inicial y un final de los de traca salvan del naufragio el proyecto y le permiten recibir dos estrellitas (**).

- La bella y la Bestia: Que sí, que no aporta nada, que es un gasto innecesario y que para copiar una buena película ya tenemos a Gus Van Sant. Pero es que sale Emma Watson, que es una Diosa encarnada, la historia es irresistible, está magníficamente rodada y las canciones me han acompañado desde hace más de 20 años. Además, a las herederas les encantó. ¿Que cuántas estrellas? ¿Ustedes qué creen? (****).

- Tarde para la ira: Sangre, polvo y tortilla de patatas. A Raúl Arévalo le encanta el cine y, espcialmente, las películas de Sam Peckinpath. Y eso se nota. Cine negro ineludiblemente español e indiscutiblemente brillante. La secuencia inicial y la del gimnasio son desde ya mismo, referentes del universo cinematográfico patrio. Sí, vale, el Goya a Manolo Soto es un exceso y más si uno piensa que Luis Callejo se ha quedado compuesto y sin novia, pero eso no desmerece ni un tanto así la que, posiblemente sea la mejor película española de los últimos diez años (****).

- Logan: La crítica la ha puesto por las nubes y eso puede hacer que muchos se acerquen con cautela. Pero es que la ultima entrega del mutante más violento del Universo Marvel es buena. Muy buena a pesar de los niños (los que la hayan visto ya saben de lo que hablo) y lo es, quizás por ser la menos Marvel de todas las que Marvel ha hecho: hay tacos, y sangre a  raudales. Nos hay escenas post créditos ni cameo de Stan Lee. Y sale, Hugh Jackman que no interpreta, sino que simplemente ES Lobezno. Ya están tardando (***).

-Múltiple: El hombre que escribió el final de la última gala de los Oscar (lo dijo él mismo en su cuenta de Twitter. De lo mejor del año en la red del pajarito azul) demuestra que lo de "La visita" no fue casualidad y que tras unos años más pérdido que Tarzan en Almería, ha vuelto a ser el artista total que deslumbró con "El sexto sentido" o "El protegido". Atención a la escena tras los títulos de crédito que esconde la verdadera sorpresa de esta cinta malsana, angustiosa y que esconde una de las mejores interpretaciones de los últimos años cortesía del camaleónico James McAvoy (***).

- Kong. La isla Calavera: Si hay una película sin pretensiones estrenada este año, esa es sin duda la nueva aproximación al universo del primate más popular del cine, con permiso de Chita. Todo lo bueno de King Kong (las palizas con otros bichos trasnsgénicos, el enfrentamiento de los desdichados humanos con una selva asesina) y nada de lo aburrido y cursi del mito (aquí no hay zoofilia, mis pervertidos amigos. Y eso que Brie Larson luce espléndida). Serie B de primera categoría. No encontrarán aquí el sentido de la vida, pero sí lo intensa que puede llegar a ser (****).

- Que Dios nos perdone: Dudaba entre la elegancia formal de "El hombre de las mil caras" y el encanto animal de "Que Dios nos perdone". Pero, finalmente, me ha podido mi tendencia al exceso y me decanto por nuestro "Seven" castizo, a pesar de sus agujeros de guión y su final precipitado. Magnífica muestra de lo que se puede hacer en nuestro país con buenos actores, brillantes soluciones formales y muchas ganas de meter el dedo en el ojo. Rediez, que ejercicio tan bueno para el cine español ha sido el 2016 (***).

- Negación: La gran decepción del año. Un tema apasionante (La negación del exterminio judío por los nazis en la Segunda Guerra Mundial y los límites de la libertad de expresión), un plantel de actores de primera fila (Tom Wilkinson, Rachel Weisz), un guión lleno de frases memorables ("No puedo debatir con alguien que niega el Holocausto, del mismo modo que no puedo debatir con alguien que dice que Elvis sigue vivo") pero una realización tan plana, tan banal, tan carente de ritmo e interés que, a los pocos minutos, uno está deseándo que salgan los títulos de crédito. Se salva del punto negro por los actores, por la secuencia en Auschwitz y, desgraciadamente, por poco mas (*).

miércoles, 22 de marzo de 2017

Cinco razones para ver "La La Land"

1.- No es la mejor película del año: Y eso que lo fue. Al menos unos minutos. Hasta que en un desquiciado giro de guión, el tío Oscar cambió de manos y terminó en la mesilla de los responsables de "Moonlight", como todo el mundo, desde Alaska a Tomelloso, conoce perfectamente. Solo por ese mal trago del destino, habría que hacer por acudir a las salas y poder decir "yo he visto la que casi fue la mejor pelicula de 2016". Aunque, dicho esto, no estaría de más, la verdad, que alguien le diera unas lecciones de historia al energúmeno que arrancó al más puro estilo patibulario el sobre de marras de las trémulas manos de Warren Beatty y le indicara que a las personas con más de cincuenta años de trayectoria en el cine hay que tratarlas con respeto y más cuando en su haber, además de un Oscar (por cierto, que ya es uno más del que tiene el descarado caballero) hay obras como "Esplendor en la hierba", "El cielo puede esperar", "Bonnie and Clyde" o "Rojos", entre otras. La clase, como el movimiento, señor Horowitz, se demuestra andando.

2.- Es un musical: Ya hablé de mi debilidad por los musicales aquí hace unos años. "Cantando bajo la lluvia", "West Side Story" o "Cabaret" entrarían, sin la menor duda, en cualquier clasificación de mis peliculas favoritas de todos los tiempos. Será mi percepción de la realidad como un mundo que merece la pena ser vivida, pero no me puedo resisitir a los que me cuentan historias mientras bailan o cantan. Si además, como es el caso, me cuentan una fábula acerca del precio de los sueños (una versión musical del último Allen, "Cafe Society" he leido acertadamente hace unos días) y de lo que el amor entre una aspirante a actriz (la bella, deslumbrante y maravillosa Emma Stone) y un músico frustrado (el cara cartón de Ryan Gosling. Ya hablaré luego de él) puede suponer a la hora de conseguirlos o no, los responsables solo tienen que darme una música que me guste para tenerme a sus pies. Y "La La Land" la tiene.


3.- La banda sonora es esplendida: Tengan ciudado. La partitura de Justin Hurwitz es de las que se te pegan en los orejas y no salen ni a pedradas (mejor nos les digo las veces que he escuchado "A lovely night", que me entra la risa. Pregunten a mis vecinos). En realidad son apenas cuatro temas en infinitas variaciones con aroma de jazz y swing, pero están todas sumamente logradas. Me quedo con la ya mencionada "A lovely night", la chispeante "Another day of sun" y la coda final de "Epilogue", pero no descarten ningún corte. Uno de los Oscar más merecidos de la pasada gala y que, tal vez no brillara como lo hace si las imágenes que acompaña las notas no estuvieran a la altura, ahí tienen "Moulin Rouge", magnífica, pero con los numeros musicales peor rodados de la historia del cine, por ponerles un ejemplo claro de lo que les quiero decir. No es el caso de "La La Land", ya les aviso. Aquí, detrás de las cámaras está Damien Chazelle.

4.- La dirige Damien Chazelle: Sin duda el hombre más adecuado para llevar a imágenes esta historia. Chazelle adora la música y ha visto mucho cine. Y ambas cosas se detectan a la primera en los fotogramas de "La La Land". Como ya anunciara en su obra previa, "Whiplash" (una obra maestra, por cierto. Se habló de ella aquí hace unos muchos meses), el realizador de Providence es un virtuoso de la cámara (atención al numero incial en la autopista, un plano secuencia magistral) a la que guia por su historia (también escribe el muchacho, un multitarea en toda regla) a golpe de pentagrama dotando a sus obras de un ritmo perfecto y acelerando o reduciendo marcha según lo exige la música. Saca además petroleo de sus actores y les regala Oscars (el año pasado fue J.K. Simmons, este ha sido Emma Stone la que se ha llevado la dorada estatuilla a su casa), consiguiendo además que hasta los botijos den el do de pecho en sus fotogramas. ¿No se lo creen? Pues miren la quinta razón para acercarse a "La La Land" y luego me cuentan.
 

5.- Ryan Gosling no estropea la película: Y eso es decir mucho para alguien a quien la bovina expresión de este ¿actor? le mueve a no acudir a las películas en las que particpa. Será todo lo guapo que ustedes quieran, pero no me negarán que su petra expresividad rivaliza con la Buster Keaton. No soporto en general los personajes que suele abordar, de esos con mucho mundo interior y escasa repercusión externa. Tipos cóncavos, como los define con mucho ojo un buen amigo, profundos, pero vacíos en los que el protagonista de "Drive" intenta inútilmente sacar jugo. En esta ocasión, sin embargo, el brillo de su compañera de reparto, la maravillos Emma Stone, reverbera en su enladrillada mueca habitual y llega hasta a caer simpático a pesar de todo. En cualquier caso, ¿se imaginan a Tom Hardy, en este papel? Mejor no lo hagan, que las comparaciones son odiosas y mas en algunos casos.

miércoles, 22 de febrero de 2017

Sangre, polvo y música

Hace unos años leí que había actores por quienes merecía la pena pagar la entrada a una sala de cine aunque sólo fuera para verles recitar las Páginas Amarillas. Jeff Bridges es, para quien esto escribe, uno de esos actores mayúsculos. En sus casi cincuenta años de carrera, el amigo Bridges ha rodado más de sesenta películas bordando papeles de villano y de héroe , aguantando el tipo en escenas a pésimos y extraordinarios intérpretes ya sea vestido de smoking o con harapos, calvo y con melena. Incluso con  un albornoz y bebiendo rusitos, Bridges es garantía de calidad y, en la mayor parte de los casos, la estructura que aguanta todo el edificio cinematográfico en el que participa. La película que tiene la suerte de contar con sus participación en el reparto tiene ya mucho ganado para un servidor y su último trabajo, "Hell or high water" no es una excepción y con sus cuatro nominaciones a los Oscars de este año, incluyendo mejor película y guión, la cinta de David McKenzie es una de las propuestas más interesantes del año y no solo por la participación de nuestro héroe. 

"Hell or high water" o "Comanchería" como la han rebautizado en nuestra piel de toro es una muy  estimable semblanza de la América que ha elevado a los altares a un ser como Donald Trump. Parajes desérticos y polvorientos del sur, tachonados de carteles que anuncian inmensas parcelas a la venta o fábricas a punto de ser embargadas, minúsculos pueblecitos donde la llegada de un forastero es un acontecimiento y donde no hay ciudadano que no cargue una potente arma de fuego. Miles de pequeños bancos a los que las hipotecas subprime les han dado poderes sobre la vida y la muerte de cientos de personas. Un país, en suma empobrecido, estafado, aburrido y con muchas ganas de romper el puente que conecta la ley con la justicia y reconstruirlo por completo. En esos parajes desolados, dos hermanos (Chris Pine y Ben Foster) deciden dar un paso adelante y ajustar cuentas aunque eso suponga tener que robar algún que otro banco y descerrajar un par de escopetazos. El ranger, Marcus Hamilton (Jeff Bridges) y su compañero Alberto Parker (Gil Birmingham) intentarán que la cosa no pase a mayores.


El guión de Taylor Sheridan (justo nominado al Oscar) se acogota en poco más de cien minutos, por lo que hay poco tiempo para desarrollar la historia y ningún espacio para irse por las ramas. Desde el primer fotograma queda claro qué buscan los hermanos y las motivaciones de un Ranger a punto de jubilarse para ir a buscarlos. La película se convierte así en un corre que te pillo a ritmo cochinero entre un cojo y dos desorientados donde uno no sabe si decantarse por éste o por aquéllos. Se entienden las motivaciones de ambos y es evidente que uno de las dos partes va a perder la carrera y es precisamente ese balanceo a la hora de saber quién de los dos está más con el agua al cuello lo que logra atrapar al espectador y no soltarlo.

Bridges está, como siempre espléndido y el Ranger Hamilton puede proporcionarle su segundo Oscar, pero, en general todo el teparto esté de matrícula de honor. Incluso el cara ladrillo de Chris Pine cumple con su labor (haciendo lo de siempre eso sí) e incluso se permite el lujo de aguantar el tipo al mismo maestro en la muy estimable secuencia final que no les destripo pero que ya les aviso que está entre lo mejor que se ha visto este año en una pantalla de cine. Mención especial a ese maravilloso actor que es Ben Foster y que está inmenso (atención a la secuencia en el casino donde discute con un colosal nativo el significado de la palabra comanche. Su mirada es de las que hielan la sangre) en un papel complicado, picajoso y lleno de aristas y que debería haberle proporcionado su primera nominación a los Oscar de las muchas que se le deben.


Les va a costar ver "Hell or high water". Ya ha desaparecido de las carteleras y me temo muy mucho que se va a ir de vació la noche del 26 de febrero con lo que es muy posible que muera comercialmente en poco tiempo. Pero les recomiendo encarecidamente que no le pierdan la pista, que encuentren un hueco y le dediquen el tiempo que se merece, que es poco para lo que cunde. Disfruten de esa visión tan áspera y poco glamourosa de la América que nos gobierna, disfruten de su espléndida banda sonora (temas de Chris Stapleton, Jhonny Cash, Willy Moon... casi nada) y, por supuesto, no pierdan la oportunidad de ver de nuevo a Jeff Bridges demostrando que ya quedan pocos de los de antes, pero que alguno queda.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Боже, храни америку

El arranque de "Terciopelo azul" es uno de mis favoritos de toda la historia del cine. En apenas dos minutos, el lunático David Lynch escenifica de forma inmejorable que nada es tan bello y perfecto como puede parecer a simple vista y que bajo un césped verde y magníficamente segado sigue habiendo oscuridad, peligros y suciedad a cubos. Les dejo un enlace aquí por si les apetece recordarlo porque es ciertamente magistral. Desde que la vi vuelve a mi mente cada vez que leo o veo alguna historia sobre ocultarse a plena vista, sobre la indiscutiblemente mayor importancia que tiene lo que yace bajo tierra frente a lo que está a pleno sol. La magnífica serie "The Americans" que hoy les recomiendo me ha vuelto a traer a primera plana a Bobby Winton y lo que su música representa.

Comencé a ver la serie hace dos años pero no me terminó de enganchar (el capítulo cuatro es clave, señores, no comentan el mismo error que un servidor) y a principios de este 2017, navegando por la red me tropecé con el trailer de su cuarta temporada. Demonios, pensé, igual me estoy perdiendo algo grande. Investigue un poco y lo que leí me llevo al convencimiento de que no solo no era una mala serie sino que muy al contrario se encontraba entre lo mejorcito que puede uno ver en televisión en estos días. Tras acabar hoy la primera temporada, les confirmó que sí, que "The Americans" es muy grande y muy recomendable.

¿Tienes alguien a quien matar hoy o puedes ir tu a por los niños?
El encanto de la serie creada por Joe Weisberg es variado. Para empezar, la época en la que se sitúa, en plena guerra fría, con Reagan de presidente y los norteamericanos aterrados ante la perspectiva de que alguno de sus conciudadanos sea en realidad un agente del KGB que les roba la cartera mientras consumen hot dogs junto a sus hijos. Y no andan desencaminados porque por aquellos lares se mueven Philipp y Elisabeth Jennings (Matthew Rhys y Keri Rusell), dos espías soviéticos adiestrados para ser más americanos que la mantequilla de cacahuete, que llevan años haciendo una vida normal a plena vista mientras cumplen su propósito de dinamitar el capitalismo desde sus raíces. Mientras preparan los bocadillos a sus hijos, conspiran, roban, matan y, en general, cumplen con cada misión que les es encomendada desde los despachos moscovitas. La llegada a ese mundo de barbacoas y partidos de béisbol infantil de un agente del FBI especializado en el contraespionaje (Noha Emmerich)  y su familia les va a suponer más de un cambio en su modus operandi. 

"The Americans" tiene todo lo que le pido a una serie: una trama troncal que se desarrolla lenta pero inexorable, personajes con aristas (sumamente puntiagudas en algunos casos), acción, giros inesperadas, muertes sorprendentes, operaciones encubiertas, decisiones imposibles, desamor, amor, personajes aparentemente insignificantes que reaparecen varios capítulos después tomando una dimensión nueva y sorprendente.. Y todo ello, mientras la pareja protagonista sigue teniendo que cumplir con todas las exigencias que su trabajada tapadera les pide y guardar las apariencias con su nuevo vecino si no quieren quedar con el culo al aire o, lo que es peor, que Moscú les pague un billete de vuelta a una bonita cárcel siberiana.

Margo, ¿puedes explicarnos porque eres tan, pero tan buena?
Es curioso que sea precisamente la pareja protagonista el único talón de Aquiles de la serie. Carecen de química, como intérpretes dejan bastante que desear y de hecho caen bastante mal en muchas ocasiones especialmente la gélida Elisabeth a quien yo le hubiera dado una patada en el culo en no pocas ocasiones, si bien lo más normal es que ella me volara la cabeza sin pestañear. Pero, la verdad, la serie es tan absorbente y la galería de secundarios tan variada y eficaz que en pocos capítulos uno empieza a creerselos e, incluso a cogerles cariño. Mención especial en lo que al lado interpretativo se refiere para la maravillosa Margo Martindale que como es habitual borda su papel, en esta ocasión como el implacable enlace entre el Politburó y los Jennings. La han nominado cuatro veces a los Emmy por su papel en "The Americans" y los dos últimos años consecutivos se lo ha llevado de calle. La verdad, no me extraña.

Como les he dicho, acabo de terminar la primera temporada y no veo el momento de ponerme con la segunda. La perspectiva de tener tres temporadas enteritas por delante (la quinta está al caer y la sexta y última ya está apalabrada) que, por lo que he podido leer no sólo están a la altura de la primera sino que las mejoran con amplitud, me hace salivar. Es escuchar su sintonía de arranque y entrarme unas ganas locas de dejar todo a medias para sentarme en el sillón y disfrutar de las trifulcas de los Jennings y de todo lo que generan alrededor, como esas piedras que uno tira a un estanque y que una vez fuera de la vista siguen creando círculos, demostrando de nuevo que, lo más inquietante e interesante siempre está en el interior. Les dejo aquí los títulos de crédito y luego me cuentan si es posible resistirse a este anzuelo.


jueves, 19 de enero de 2017

Sin palabras

"Blacksad" ha llegado a mis manos desde las siempre acertadas de mi fraternal amigo Otis Driftwood. Acostumbra este hombre a acertar con cada uno de los regalos que me entrega en mis onomásticas, pero debo reconocer que, en esta ocasión, tuve algún recelo. No por el contenido, del que ignoraba todo, sino, más bien, por la monumental lista de espera que se acumula desde que decidí ampliar el campo de batalla y aventurarme, en esto del comic, fuera del Universo Marvel.

De modo que con los más de 1.200 gramos de libro en la mano me acerque al Fnac enarbolando mi ticket regalo con la intención de seguir avanzando con "Paletos cabrones", "Lazarous", "Fábulas", "Sandman" o cualesquiera otras series inconclusas que ando siguiendo. Allí, tuvo lugar la siguiente conversación que, les juro, transcribo casi palabra por palabra:

  • Tarquin: Buenas tardes, vengo a cambiar este libro.
  • Empleado: Mmmm... "Blacksad". Ya lo tiene, ¿no?
  • Tarquin: Pues no, no lo he leído, pero tengo en mente un montón de obras. Prefiero darles prioridad.
  • Empleado: .........
  • Tarquin: ......
  • Empleado: Mire, se lo voy a cambiar, faltaría más. Pero me tiene que prometer que se lo va a comprar más adelante.
  • Tarquin: ¿Disculpa?
  • Empleado: Si le gustan los comics, no tiene más remedio que leer "Blacksad". Prométame que lo comprará o que lo pedirá prestado en otro momento. Tiene... debe usted leerlo. Prométamelo.
  • Tarquin: ...
Sobra decir que no tuve coraje para cambiar el regalo de mi querido Otis, que mis series incompletas lo siguen estando y, que como supondrán por el nombre de la entrada, guardo en un lugar priviliegiado de mi santuario al mencionado empleado del Fnac que acertó de pleno y no exageró un ápice al presentarme la obra de Juan Diaz Canales y Juanjo Guarnido como un producto redondo y extraordinario, un auténtico punto y aparte, se mire por donde se mire.

Damas y caballeros, John Blacksad

Y "Blacksad" es extraordinaria, en primer lugar por su planteamiento. Canales coge los mejor de Elmore Leonard o Raymond Chandler, lo mezcla con imágenes y tramas que podrían haber salido de "L.A. Confidential" o "La brigada del sombrero", lo pasa por un capítulo de National Geographic  y crea al detective John Blacksad al que coloca en el Nueva York de los años cuarenta, en plena caza de brujas, con Hitler en su apogeo y con los problemas raciales en su punto de ebullición. Historias magníficas, diálogos de lija, acción, sexo, romance, carga social. Si se hubiera quedado aquí, "Blacksad" no pasaría de ser otra interesante serie negra, pero Canales no se queda ahí, no. Hay más. Mucho más.

Y es que, como pueden suponer por la portada y la viñeta que les he puesto un poco antes, los protagonistas de los cinco arcos argumentales que contiene esta edición integral no son exactamente personas. John Blacksad, de hecho es muy probable que les parezca un gato, pero si se fijan, tampoco es exactamente  un animal. Lleva gabardina, fuma... salvo por su rostro y un par de detalles, podrían pasar perfectamente por humanos (Canales, al parecer los definió como "zoomorfos". Pues vale).  Pues así es todo. El jefe de policía, con quien Blacksad no termina de encajar es un pastor alemán (perros, gatos, no es casual), los miembros de una Hermandad Racista son zorros y osos polares y uno de los sicarios del rey del crimen de la ciudad (un sapo, por cierto) es una sucia rata. Son personas pero se comportan y lucen como animales, manteniendo instinto natural y sus aversiones innatas. La cuadratura del circulo, la dualidad humana en su máximo esplendor.

Una de las maravillas de Guarnido como miniaturista.


Y si los argumentos y el planteamiento son extraordinarios (atención al segundo arco, "Artic Nation", una obra maestra, ya se lo adelanto), ¿que puedo decir del dibujo de Juanjo Guarnido? He leído por ahí que sin sus pinceles, "Blacksad" no pasaría del cinco raspado. No lo acuño ni lo apoyo, pero no se puede negar que la fascinación que producen los dibujos del artista madrileño ayudan a dar a la serie el "cum laude". La expresividad de los personajes es deslumbrante y el tratamiento de la acción superlativo (no se pierdan la secuencia en el cementerio de "Un lugar entre las sombras" o la pelea entre Blacksad y un reptiliano sicario en "Alma roja"). Su atención por los detalles no le va a la zaga. Les invito a que se detengan en las viñetas con superpoblación de personajes (el ahorcamiento de un buitre al inicio de "Artic nation" podría ser un buen ejemplo)  y los revisen uno por uno para hacerse una idea de por qué razón en 16 años solo se han publicado cinco volúmenes de la serie y porqué Guarnido tiene dos Eisner en una estantería de su domicilio. Alma de miniaturista y justicia poética respectivamente.

Busquen debajo de las piedras, saqueen las huchas de sus hijas, no salgan de copas un par de semanas, descubran el chope como sustitutivo del Joselito, fumen tabaco de liar o pidan prestado. Acudan a su pariente más cercano o a su banco de confianza, no dejen propina en los bares o háganse los tontos si les devuelven de más en la compra. Hagan, en fin, lo que tengan que hacer para juntar los 50 euros que cuesta esta maravillosa edición integral en tamaño gigante de "Blacksad" que se ha sacado Norma Editorial y les garantizo personalmente que no se van a arrepentir y que les aguardan varias horas de placer creciente e ininterrumpido. Ya me irán contando.