lunes, 15 de julio de 2013

Superior


Antes de empezar, un aviso: en esta entrada me voy a dedicar a destripar el número 700 de Amazing Spiderman (Asombroso Spiderman nº 81 de la edición española), de modo que, si aún no lo has leído, corre a tu tienda más cercana y hazte con él, porque este comic ¡¡HAY QUE LEERLO!! y no perderse uno de los mejores giros argumentales que se han producido en la colección principal de nuestro lanzarredes favorito desde que naciera hace algo más de cincuenta años. Y para un personaje de semejante edad, ya es decir bastante.

Vaya por delante que, por lo que he podido leer por ahí debo de ser el único en el planeta al que le ha gustado la salida de pata de banco del gran Dan Slott: en la red se rifan su cabeza, piden su salida inmediata de la colección (olvidando que el guionista californiano no solo puso punto final a aquel despropósito que fue "Brand New Day" y que con él, Spiderman ha vivido una etapa gloriosa, espectacular, llena de humor. Un blockbuster deslumbrante planificada al detalle) y alguno incluso le ha amenazado con enviar a Gomez de Liaño a pedirle cuentas por el atrevimiento que ha mostrado el muchacho para con el personaje que creara Stan Lee allá por 1962.

Sí, he sido yo. ¿Me ves preocupado?
¿Y qué es eso que ha hecho Dan Slott con el personaje estrella de Marvel? Pues básicamente matarlo. O más concretamente, matar a Peter Parker, quien ha permanecido tras la máscara del lanzarredes- con permiso de Ben Reilly- desde su inicio. Hombre, atrevidillo el hombre si me lo parece, más aún teniendo en cuenta que el 50 Aniversario del personaje ha sido ayer, como quien dice. Y por si fuera poco, la muerte de Peter se ha producido de la peor manera posible, sufriendo la derrota definitiva a manos del Doctor Octopus, con quien el trepamuros llevaba zurrándose desde el número 3 de la colección. Definitivamente, Slott tiene algo de kamikaze en sus genes.

Y digo de la peor manera posible porque la derrota no le ha caído a puñetazos- que también- sino porque Peter ha muerto sabiendo que a ojos del mundo y de sus conocidos, él sigue vivo y coleando- con perdón, Mary Jane-  y es el Doctor Octopus el que ha terminado en la morgue. ¿Que cómo ha sido eso posible? Muy sencillo, una argucia del viejo Doc Ock- machacado físicamente por los palizones provocados por Spidey en los últimos sopotocientos enfrentamientos, pero con el cerebro en forma- que con un quítame allá ese Octobot ha transferido su mente a la de Peter, confinando la de éste en su malogrado cuerpo. Comparten recuerdos (Peter los de Ock, Boda con Tía May incluida. Momento cumbre del AS 698), pero las mentes de cada uno han cambiado de mano, en un trilerismo argumental apoteósico. Como es de imaginar, teniendo en cuenta las ganas que le tenía, en cuanto Doc se vio vestido de azulgrana y con tales poderes, pasó lo que tenía que pasar, es decir, esto:

¡¡Puff, como perro con dos colas me he quedado!!

Como resultado de todo esto- que lleva fraguándose desde el número 600 de la colección y que detonó en el 698 para estallar en el 700- la mítica cabecera arácnida Amazing Spderman desaparece en tan redondo número (no tendría sentido continuar llamándose así con Peter bajo tierra) y aparece en los quioscos Superior Spiderman- en España, a partir de julio, por cierto- con el amigo Ock enfundado en las mallas del lanzarredes y empeñado en demostrar que puede ser muy "superior" a su eterno enemigo en cualquier aspecto de su vida. Una jugada maestra que permite seguir disfrutando de los secundarios habituales de la colección con el añadido de saber si los posos de nobleza que permanecen en el cerebro de Peter- perdón, de Otto Octavius- si el mítico "un gran poder conlleva una  gran responsabilidad" y si el "efecto "Thunderbolts" (más información, aquí ) logran reformar al ególatra  desquiciado de Dock Ock y convertirlo, esta vez sí en un Spiderman Superior. Yo, sinceramente, me muero por saberlo.

miércoles, 19 de junio de 2013

Desde el nido

Aunque llevaba ya casi un año inscrito, no he quedado atrapado en la red social Twitter hasta hace unas semanas, momento en el que como Ananías hizo con Saulo, el pajarillo me ha impuesto las manos (las alas en este caso) y he visto la luz que durante meses me había sido negada y que me había llevado a abominar de esta popular aplicación.

Las redes sociales y yo no nos llevábamos bien. Me encantaría ponerme estupendo y decir que no me gustan porque aislan al ser humano y pervierten las formas de comunicación más clásicas en beneficio de una falsa realidad integrada por individuos por quienes no moveríamos un dedo de cruzarnos con ellos en la vida real. Quedaría fenomenal, no lo discuto, pero, sin dejar de darle una parte de razón, la principal razón por la que deambulo poco por las redes sociales es que me resultan mortalmente aburridas.

Facebook, por ejemplo, me ha parecido siempre la personificación de Onan. Allí todo el mundo parece querer restregar a los demás lo bien que les va en la vida, con que saludable dieta pasan los fines de semana y como se quieren sus amigos y ellos en una vorágine de vida social que marea solo de pensarlo. Instagram, por su parte, es un símbolo claro de que el homo sapiens ha recorrido el camino que descubrió en 1997 Giovanni Sartori y está ya felizmente reconvertido en homo videns. Aquí el texto importa poco o nada. De hecho, me jugaría la bolsa escrotal a que si uno mentara a la madre de quien publica la foto, el aludido pasaría el comentario por alto, pero no por seguir las enseñanzas de Amon Göth sino, fundamentalmente, por que las palabras han pasado por sus ojos con capa de invisibilidad. Y por ultimo, Twitter....... ¡Ay, Twitter!

Twitter, de primeras, para un servidor, era un bardal descontrolado sencillamente ininteligible. Entre las limitaciones que imponen sus 140 caracteres- más si, como es mi caso, padeces incontinencia verbal-  y el laberinto de arrobas y almohadillas que recorren el nido, era prácticamente imposible enterarse de lo que decía la gente y costaba un considerable esfuerzo entenderse y, lo que es peor, hacerse entender. Uno se deja llevar y, cuando se quiere dar cuenta sigue a un millón de personas que le invaden la pantalla de inicio con un aquellarre verbal al que es imposible sobrevivir. Por tanto y como uno ya está mayor abandoné el nido. Es lo normal y no descarto que mucha gente lo haga.

El mundo está tuiteado, quién lo desentuiteará........

Pero hagan un esfuerzo, no tengan prisa. Tómense su tiempo para pasar de un mensaje a otro. Tengan en cuenta que se envían más de diecisiete millones de mensajes diarios en todo el mundo, va a ser imposible leerlos todos, nacen muertos, sepultados por sus hermanos en un parto interminable que aumenta cada día. De modo que no corra, en estos tiempos, el idem es muy relativo. Si hay un enlace a otra página, pinchen sobre él, no lo pasen de largo. A lo peor es una parida, un chiste malo o una diatriba del sicótico de Hermann Tertsch, pero, hay tantas opciones. Y tantas buenas- hace poco he descubierto así la impresionante obra del hiperrealista Pedro Campos o el torrente sonoro de Queens of the Sone Age- que merece la pena probar.

Controlen adecuadamente a quien siguen. Aquí se lleva mucho el "quid pro quo", el teto virtual por así decir, "si me sigues te sigo. Si no, ya sabes por donde te puedes ir yendo". Es importante sembrar en Twitter, sobre todo al principio, cuando uno se encuentra como Superman en la Fortaleza de la Soledad, pero, llegado un punto, los arboles pueden impedirte ver el bosque y perder por el camino algo grande.

No se enganchen únicamente a las personas que admiran o que les caen bien. Sé que es más fácil decirlo que hacerlo- todavía me relamo pensando en una conversación musical que tuve hace poco con mi admirado J.M.de Matteis- pero merece la pena meterse en aguas pantanosas y acercarse a otro tipo de gente. Sean malos, no olviden seguir también a quienes detesten, personajes a los que siempre han tenido ganas de poner un bozal y nunca han podido. En Twitter es posible y, además, desde el nido, desde la cercania, se ve mejor la profundidad de su estupidez y lo paupérrimo de sus argumentaciones, cuando se ven cercados (lo de algunos políticos es para enmarcar, una vez se seca uno las lágrimas).

Tal vez sea la devoción del converso, el fogonazo que acompaña todo disparo, pero creo que Twitter es mucho más que "otra red social". Su dinamismo, su inmediatez, sus peculiaridades formales y la ausencia de candados y fosos, convierten el nido en una fuente inagotable de información que se nutre de su propia cercanía para llegar a todos y desde todas partes. El riesgo está en que el nido se convierta en un gallinero, en un tumulto, un caos, pero, eso, como casi todo en Twitter, depende de cada uno, lo que es muy tranquilizador, sinceramente.

miércoles, 5 de junio de 2013

Volando voy: Burdeos

Gracias a la infinita generosidad de los abuelos del clan, que acogieron a las herederas en su nido durante el último fin de semana, la bella señora Winot y el que suscribe, en inmejorable compañía (Monsieur Lewis y Monsieur Caro, ambos del brazo de sus deslumbrantes esposas. Casi nada) han pasado unos días de merecido descanso en la vecina Francia y, por ser más precisos, en la localidad de Burdeos. Un paraíso vinícola y cultural cuyo único pero es el estar habitado por esa especie semihumana, terriblemente estirada y de natural antipatía que es la de los franceses. Queda específicamente excluido de esta saturada, aunque irrebatible definición, el gran Jean Baptiste, que tan grato y divertido servicio nos prestó en uno de los inmejorables restaurantes de la ciudad y que, como era de suponer, no era francés al cien por cien.
Será mi francofobia, pero, ¿esto no les recuerda a la alerta biológica?
Desde un punto de vista cultural, la ciudad, una de las más importantes del país, es un vergel arquitectónico deslumbrante. La Basílica de San Miguel, la plaza del Parlamento, el Gran Teatro de Burdeos- colosal, de quedarse con la boca abierta- y, por supuesto, la resplandeciente y monumental Catedral de San Andrés son tal vez los ejemplares más llamativos, pero toda la ciudad desborda una elegancia que te lleva a ir con la vista dirigida al cielo y, en consecuencia, a tropezar con algún francés, con el elevado riesgo de contagio que eso lleva aparejado. Si, además, como fue nuestro caso, el Girondis de Burdeos gana nosequé trofeo futbolísitico, el riesgo alcanza nivel de epidemia.
La foto no es mía, ya quisiera. Mi arte no está a su altura. Gran teatro de Burdeos


Pero cuando uno ha superado los cuarenta y apenas dispone de 48 horas para desconectar antes de reenganchares en la rutina, la pregunta que, de verdad, determina si una ciudad merece la pena ser visitada o no es por supuesto, la que incide en la calidad de su gastronomía. Excepcionalmente, dado que Burdeos es capital de una de las zonas vinícolas más importantes del mundo la pregunta debe ampliarse para conocer si los cacareados vinos de la región merecen los sonoros elogios que reciben- no hay que olvidar que los franceses son especialistas en elogiar lo suyo, sea o no merecedor de los mismos. Por mucho que me duela, tratándose del país vecino, en ambos casos, la respuesta es sí: Burdeos, amigos, es La Meca de la gente del buen comer y el mejor beber. Y sorprendentemente, todo ello a muy buen precio.

Gracias a los contactos de Madoiselle Caro, tuvimos la fortuna de encontrar ubicación en los tres restaurantes más reconocidos de Burdeos: La Tupina, La Brasserie Bordelaise y Le Café du Port, tres monumentos gastronómicos de enjundia donde tumbamos no pocas botellas de vino y donde nos deleitamos con unas viandas maravillosamente presentadas, sabrosas y, ojo al dato, suficientes para alimentar a una compañía de la Legión en plenas maniobras. "Pobre Tarquin, sin duda debió tener que ampliar hipoteca para pagar la cuenta", se preguntarán consternados "Y si encima las raciones eran perceptibles a simple vista, ya no te quiero ni contar... Y con vino. Y mucho. Está condenado" Eso pensaba yo, sinceramente. De haber tomado estos platos en un restaurante normalito de Madrid, la comanda nos hubiera dejado los hígados fuera y la cartera rumbo al asilo. Pero, sin entrar en detalles, las cuentas de este fin de semana sin-pri-var-nos-de-na-da no han superado los cuarenta euros por cabeza en cada uno de estos locales sumamente recomendables. No es barato, por supuesto, pero no me negarán que, tomando los precios de Madrid y teniendo en cuenta la legendaria cicatería y sobreprecio de todo lo gabacho, es algo muuuuuuy razonable.

Si están buscando una escapada cercana (45 minutos de avión desde Madrid), culturalmente interesante (no se pierdan el Teatro, de verdad, merece la pena), y gastronómicamente imbatible (si hay que quedarse con uno, no se vayan sin pisar el Café du Porto, a orillas del caudaloso, anchísimo y sumamente sucio río Garona que divide la ciudad), si les gusta el buen vino a buen precio (hemos probado muchísimos y es difícil destacar uno, pero si lo encuentran, prueben el Chateau Floreal Laguens) y están dispuestos a controlar las ganas de estamparle un mazo en los morros a cuanto gabacho fatuo, petulante y agrio se cruce en su camino (son legión, se lo puedo asegurar), no lo duden Burdeos es el lugar que estaban buscando.

lunes, 20 de mayo de 2013

Jazz me vale: The Dave Brubeck Quartet

Tras el varapalo que supuso mi aproximación al mundo del bajista Jaco Pastorius (demasiado pronto para acercarme a su puerta, por lo que me han comentado mis asesores) mi entusiasmo por el jazz aumenta su intensidad con la genialidad que exuda "Time out", el disco que en 1959 lanzara al mercado el pianista Brubeck con Paul Desmond, Joe Morello y Eugene Wright completando el cuarteto.

Si "Kind of blue", de Miles Davis, del que hablé aquí hace unos meses, es el mejor disco de Jazz de la historia casi sin controversia doctrinal, "Time out" es, sin duda también, el mejor disco para empezar a escuchar Jazz. Puede parecer lo mismo, pero, sin duda, no lo es.

Mientras que la genialidad de Miles Davis entra a través de la piel, en extensos desarrollos instrumentales improvisados sobre unas bases muy marcadas, la música de Brubeck es mucho más directa, no requiere de largas exposiciones y hace de los cambios de ritmo- incluso dentro del mismo tema- su seña de identidad más pronunciada. Quien odia el Jazz y carece de paciencia, escuchará "A kind of blue" y seguirá odiando el Jazz. Si se decanta para empezar el camino con "Time out", es muy posible que se le gane para la causa.

Además, la escucha del álbum de Brubeck es perfectamente compatible con cualquier estado de animo, cosa que no ocurre con el melancólico disco de Miles Davis, que, en según que circunstancias, puede caer como una losa sobre el oyente. Por el contrario, la descomunal mezcla de ritmos y compases de "Time out" entra con suma facilidad y sus guiños al vals, la música étnica o el swing, unidos a las maravillosas melodías creadas para la ocasión, convierten su escucha en un plato sumamente apetecible en cualquier circunstancia.

Los siete temas incluidos en el álbum son portentosos y aguantan el tipo frente a sus compañeros de surco. "Blue Rondo a la turk" con su ritmo étnico acelerado y sus estructuras clásicas es un primer plato suculento que contrasta con la lánguida y hermosa "Strange Meadow Lark". La melancolía dura poco y, en seguida empieza el celebérrimo "Take five", un clásico entre los clásicos, una canción de las que marcan época y que curiosamente, es la única del disco que no compuso Brubeck sino el saxofonista Paul Desmond. Les dejo una maravillosa versión en directo un poco más abajo.

Apenas recuperado de la impresión los aires de optimismo y energía positiva se intensifican con "Three to get ready" y, sobre todo, la maravillosa "Kathy's Waltz" que lleva alojada en mi cabeza desde hace semanas y no parece querer mudarse- también se la dejo al final de la entrada. El disco se acaba, pero aún queda "Everybody's jumpin'"- que, a pesar del nombre es sosegada y donde el piano de Dave Brucket se luce con entusiasmo- y la coda final con "Pick up sticks", que pone un brillante colofón a un álbum como pocos: intenso, hermoso, melódico y con cuatro virtuosos dando lo mejor de si. Si estaban esperando una oportunidad para entrar en el Jazz, háganlo de la mano de The Dave Brubeck Quartet y "Time out". Verán que el camino no es tan complicado como parecía.

TAKE FIVE  



KATHY'S WALTZ


lunes, 13 de mayo de 2013

Corre que te pillo

Para los que nos gusta, el cine es como una matriuska: nos encantan las películas, por supuesto, pero la cosa no acaba ahí. Dentro de las películas, nos gustan especialmente las de uno o varios géneros concretos (terror, western, thriller) Y no nos detenemos ahí, sino que, profundizamos un poco y dentro de cada género somos capaces de pelar una capa más (terror gore, western crepuscular, thriller sicológico) e, incluso usar sus paises de origen para establecer subdivisiones aún más precisas (giallio, spaghetti western, polar). ¿Aún hay más? Pues sí, aún hay más, porque, ¿qué amante del cine no tiene sus escenas favoritas? ¿Quien no se sienta a ver una película de su género o subgénero favorito sin esperar con ansía la escena de cama, la pelea final, el tiroteo desquiciado o el momento kleenex?¿Nadie levanta la mano? ¿Nadie? Lo imaginaba.

Probablemente por oposición a mi muy poco envidiable forma física y a mi prudente forma de conducir los vehículos con ruedas (el estilo "conduciendo a Miss Daisy" que con mordaz ingenio se saco de la manga la bella señora Winot) son la persecuciones las escenas que más me emociona en las películas: lo mismo me da que sean en coche, en moto, en lancha motora o sobre las extremidades inferiores de los protagonistas. Recorriendo carreteras solitarias usando los coches como castañuealas o esquivando personas en palizas descomunales propias de Usain Bolt. Me vale todo con tal de ver montajes trepidantes (que no esquizofrénicos) saltos imposibles o cabriolas al filo del descabello. Y si acaban con reparto de soplamocos entre perseguidor y perseguido, mejor que mejor.

Persecuciones hay muchas. Cada día más. Casi tantas como películas de acción se ruedan, de modo que es difícil decantarse por unas u otras. No obstante, si tuviera que decantarme por mis diez favoritas- excluyendo la persecución por definición que es la incluida en "Bullit" y de la que ya hablé aquí al protagonizar su banda sonora una de las entregas de "La melodía escurridiza 2.0"- creo que serían, sin el menor orden ni concierto alguno, en riguroso orden de caída mental, las siguientes.


1.- AMSTERDAMNED (1988): Joyita a recuperar del holandés Dick Maas que además de disponer de una magnífica y desquiciada trama de asesinos submarinos, contiene en su interior varias espléndidas persecuciones por las calles  y canales de Amsterdam, incluyendo una en lancha motora, que es la que les presento aquí por si no la conocen, de las que no se olvidan.



2.- FRENCH CONNECTION (1971): Uno de los grandes clásicos del género. Creo que su director, William Friedkin es uno de los más sobrevalorado que hay en la historia del cine y detesto con toda mi alma ese insulto a la elipsis que es la risible "El exorcista". Sin embargo, hay que reconocerle que sabe como planificar y rodar una buena persecución. Si lo sabrá hacer, que es el único que saldrá dos veces en la lista, en un ejercicio de incoherencia flagrante por mi parte. No he logrado encontrar un vídeo que incluya el plano final en las escaleras, pero, lo demás, estremecedor instante con el carrito de bebe incluido, lo van a poder encontrar ustedes aquí, en su escombrera favorita.



3.- RONIN (1998): A punto he estado de incluir la que el mismo director, el gran John Frakenheimer rodara en 1987 para un olvidado aunque muy refrescante y recuperable thriller de nombre "Tiro Mortal". Sin embargo, vista hoy, reconozco que, a pesar de su sorpresivo desenlace con vomitona incluida, no aguanta la comparación con la que el realizador tras "El hombre de Alcatraz" incluyera en esta cinta con De Niro y Reno de la que poco recuerdo salvo el vértigo vivido en estos siete trepidantes minutos.  



4.- EL CASO BOURNE (2002): En cada entrega de esta fantástica saga hay, al menos un par de persecuciones, todas magníficamente rodadas y planificadas. Por consiguiente, tomar una decisión acerca de cual incluir aquí ha sido difícil. Por el cariño que le tengo al Mini y por ser la primera de la trilogía (sin la pétrea faz de Matt Dammon no hay Bourne. Lo siento, Jeremy, no es nada personal), me decanto por la rodada por Doug Liman, más clásica que las aportadas por Paul Greengrass en las posteriores entregas, pero también más sucia y directa.



5.- MATRIX RELOADED (2003) : Soy enemigo declarado de las pajas mentales que pueblan la tediosa, insoportablemente pretenciosa y aburridísima trilogía de los Hermanos Wachowski sobre Neo y sus colegas. Cierto es que sale Keanu Reeves y eso ya hubiera valido para desacreditarla, pero es que el resto, no le va a la zaga. No obstante, es imposible no quitarse el sombrero ante la deslumbrante persecución que se produce en la segunda y más salvable entrega de la saga y que ha encontrado acomodo en mi lista. El vídeo esta editado y la música también, pero es el único que he podido encontrar con la escena (casi) al completo.



6.- LA ISLA (2005): Sin la menor duda, el rey de las persecuciones cinematográficas del siglo XXI es Michael Bay. Normalmente, suele citarse como su obra maestra la rodada para "La roca". En parte por salirme del protocolo, en parte porque creo que es su mejor película y en parte por Scarlett Johansson y lo mona que luce en la cinta, me decanto por la espectacular carrera de obstáculos rodada para la ocasión por el muchachote angelino.



7.- VIVIR Y MORIR EN LOS ANGELES (1985): Como ya he dicho, no es mi directo favorito, pero hay que reconocerle su talento para las persecuciones y casi quince años después de la anteriormente comentada, Friedkin vuelve a dar en el clavo con un corre que te pillo por casi todos los barrios de Los Angeles que no da respiro en esta película a recuperar que no se comió un rosco en taquilla, pero que resiste fenomenalmente el paso del tiempo. Como puede comprobarse, William Petersen, antes de convertirse en Grissom ya derrochaba carisma a borbotones.


8.- CASINO ROYALE (2006): La reina de la fiesta. Los diez minutos más trepidantes que han pasado por mis ojos tienen lugar en el primer Bond de la era Craig. La que se produce a mitad de metraje en el Aeropuerto de Miami también es para ponerle un piso, pero,me rindo ante esta exótica muestra de talento, planificación y magia digital cortesía de Martin Campbell (¿para cuando una vuelta a la franquicia, Martin?). Maravillosa.

 


9.- EL RETORNO DEL JEDI (1983): Siempre odiaré a los malditos Ewoks y cierto es que, vista hoy, la secuencia canta a jurásico que echa de espaldas. Pero, por favor, estamos hablando de la persecución en el bosque, un hito en la infancia de cualquier nacido en los setenta que se precie, con los soldados imperiales motorizados más molones de toda la galaxia y las Vespas más tuneadas del planeta. Reconocedlo: había que incluirla.



10.- TERMINATOR 2 (1991): Como acostumbra, James Cameron revolucionó los efectos especiales en la segunda entrega de la saga con el licuado Robert Patrick complicando la existencia al cyborg más famoso de la historia del cine. Pero donde el megalómano realizador raya a mayor altura es en la descompensada batalla trailer/ ciclomotor que marca el primer encuentro entre Arnie y su némesis líquida. No ha habido forma de encontrarla completa, pero, como diría Bárcenas frente a un billete de quinientos euros.... algo es algo.



lunes, 15 de abril de 2013

Anton llama a su puerta

Tímido, con un gran complejo de inferioridad y privado por completo de genio y talento, además de ser un beato de primera categoría. Así, de primeras no parece, sin duda, el retrato del yerno ideal y, sinceramente, tendría mis reservas si las herederas me plantaran un novio con tal curriculum. Sin embargo, damas y caballeros, las apariencias engañan y tras tan deplorable tarjeta de visita, se esconde un sinfonista memorable, un artista de inigualable sensibilidad y uno de los músicos más grande de todos los tiempos. Con todos ustedes, el compositor austriaco Anton Bruckner (1824- 1896).

Upsss, no, ésta es Agnes. Anton es el de arriba.
Que fue tímido nadie lo pone en duda. Sin duda llevar más de cinco generaciones labrando los campos del señor feudal de turno debe marcar los genes de una familia, por mucho que el padre del muchacho (primogénito de once hermanos, ahí es nada) iniciara el cambio de tendencia hacia la enseñanza. Menos claro queda el tema del complejo de inferioridad. Cierto es que dedicó los dos tercios de su vida a acumular títulos y diplomas en cuantas disciplinas se le pusieron a tiro y esa tendencia a parapetarse tras reconocimientos suele ser síntoma de una personalidad necesitada de admiración. Pero, creo que todo aquel que fabrica algo para el público, por definición, se tiene en un concepto lo suficientemente alto como para suponer que algo salido de los surcos de su cerebro puede interesar a alguien ajeno a uno mismo, por lo que, desde mi punto de vista, Bruckner tenía muy clara su valía como músico. Cierto es que Don Anton fue un poco "facilón" y permitió casi a cualquiera que metiera mano a sus partituras para lograr algún que otro "Me gusta" adicional, pero no creo que su lícito afán de llegar al público sin perder su esencia merezca tacharlo de inseguro o pusilánime.

Que carecía de talento y de genio también es algo que aún se dice por ahí. Que si era un simple copión, que si se limitó a traspasar el concepto musical de Wagner a la sinfonía (no es cierto, pero de haberlo sido no me parece fácil empresa para un tipo sin talento), que si su obra sinfónica no es sino una sola muy larga (que se repite más que las sardinas en aceite, vamos). Paparruchas, amigos. Como dijo Wagner, Bruckner es el único compositor que aporta algo a las sinfonías desde la revolución que supuso el paso de Beethoven por el mundo. De hecho, las colosales dimensiones de las obras brucknerianas- y no solo por el ejército de instrumentistas que precisan y su enorme longitud- llevan la forma sinfónica al límite de sus posibilidades. Más allá hay otras cosas, pero ya no son sinfonías.

Abadía de San Florían, donde Don Anton reposa.
Por último, que fue un beato, sinceramente lo ignoro. Devoto lo fue. Y mucho. No en vano, de una manera y de otra, su vida esta íntimamente ligada a la religión en general y a la mística divina en particular. Sin ir más lejos, el compositor descansa bajo el órgano de la Abadía de San Florian, donde tantas veces toco (era un virtuoso deslumbrante que, curiosamente, no dejo nada compuesto para su instrumento predilecto) y a la que estuvo vinculado toda su vida desde que ingresara como niño cantor con apenas trece años. Por otra parte, su obra incluye mucha música sacra (misas, varios motetes y, mi favorito, un Te Deum que quita el aliento) y no dudó un minuto en dedicar, así, sin más, su última sinfonía "al buen Dios". Esa devoción, esa mística exaltación religiosa que dirigió su vida se detecta en cada nota, en cada estructura melódica de sus partituras y no me extraña que algunos digan que escuchar a Bruckner es como pasear sin prisa por una enorme catedral, admirando los detalles y los juegos que las luces de las vidrieras practican sobre ellos. Sí, Bruckner fue un devoto. Y sus admiradores sólo podemos agradecérselo, ya que de no haber sido así, probablemente sus majestuosas estructuras musicales, no hubieran brillado del mismo modo.

Haganme caso y permitan que la música de este compositor genial entre poco a poco en sus vidas. Les garantizo que, si le dejan, sus vidas- musicales- no volverán a ser las mismas. Si quieren pueden empezar por aquí y ya me irán contando.

lunes, 1 de abril de 2013

Lo que el viento no pudo llevarse

En la última entrega de "La melodía escurridiza 2.0", dedicada a "Lo que el viento se llevó" comenté que la elección de esa partitura no había sido fruto de la casualidad y que, independientemente de lo adecuado de su colocación al final del concurso, con todo ya decidido, la música tenía algo de simbólico para el ladrillo. Anuncié que lo explicaría en unos días, pero hay que ser muy comprensivo para considerar un trimestre entero como "unos días". Es, por tanto, indiscutible que la anunciada explicación se ha tomado más tiempo del inicialmente debido, pero debo reconocer que este retraso ha sido muy positivo: cuando escribí aquella entrada, el ladrillo tenía los días contados y una fecha de caducidad muy concreta. Ahora, tres meses después, la entrada de despedida redactada entonces y de nombre "Sexta y última" va desapareciendo mientras escribo ésta.

Los que le damos a esto de las bitácoras virtuales sabemos que, como en casi todo, hay altibajos. Momentos en los que comprobar si una entrada tiene o no comentarios es lo primero que uno mira cuando se despierta por la mañana y momentos en los que el blog languidece y permanece con parálisis facial durante semanas. En ocasiones, los temas parecen emboscarte a diario para que los trates en la bitácora quitando incluso horas al sueño y otras veces uno parece un personaje de "Barton Fink". Todo esto ocurre. Y no sólo no es grave sino que incluso, me atrevería a decir que es saludable, porque el entusiasmo continuado deviene en hastío con más rapidez que la que es posible imaginar y no hay nada mejor que subir una cuesta para luego disfrutar de bajarla. Pueden faltar las entradas, pero nunca las ganas de hacerlas.

A finales del año pasado, el ladrillo era un muerto viviente. Creo que eso era un hecho evidente para cualquiera que lo siguiera, bien de forma habitual, bien como lector ocasional. No me apetecía escribir, pero tenía que hacerlo para cumplir con "La melodía escurridiza" que, como todos los buenos personajes hacen con los actores que los interpretan, encasilló al ladrillo en el concurso y con su estructura apenas dejó espacio para publicar algo que no fuera directa o indirectamente vinculado a ella. Y ese aire mecánico, de imposición vició todo lo que escribí en esos días. Lo peor que le puede pasar a un blog y éste no ha sido una excepción, es que se construya por obligación o, peor aun, por inercia, que las entradas aparezcan porque toca o porque no hay más remedio. Para eso, es mejor dejarlo y gastar el tiempo en otras cosas. Y eso es lo que decidí en los últimos días del año pasado.

La idea era aprovechar la entrega de premios del concurso para convocaros a la fiesta de despedida, pero entre unas cosas y otras no aproveché la ocasión y "Sexta y última" quedó como borrador mientras los temas sobre los que hablar, despejado el camino de pentagramas y enigmas, empezaron a asomarse a mi ventana y, servidor, libre de las obligaciones del concurso, comenzó a encontrar el camino en el teclado para cumplir con aquellos principios generales que se establecieron hace casi seis años en la entrada que abrió esta bitácora y que no son otros que los de escribir sobre lo que uno quiera, cuando quiera y como quiera, libremente, decidiendo en todo momento lo que es prioritario y lo que no.

Si comparamos este año con cualquiera de los anteriores, la cosecha esta siendo paupérrima- nueve entradas en tres meses- pero difícilmente podría encontrar textos más coherentes- que no mejores-  con la idea que alumbró el ladrillo que los escritos este año. Solo he castigado el teclado cuando me lo ha pedido en cuerpo y, tal vez, por eso, cada vez me apetece hacerlo más. Sinceramente, si el ladrillo no se ha derrumbado en este 2013, creo que ya va a ser difícil que lo haga en el futuro. Vivirá sus momentos buenos y sus momentos malos, pero vivirá. De eso y de que esta sexta temporada no será la última no me cabe la menor duda.