miércoles, 26 de marzo de 2008

Cortar por la linea de puntos

Dicen que viajar es la mayor fuente de sabiduría que existe. El contacto con lo diferente y ajeno abre las puertas de nuestra mente y la purifica de prejuicios y banalidades mediante la inmersión en atmósferas y texturas diferentes a los que nos rodean habitualmente. Sólo desde esta nueva perspectiva es posible comprender, empatizar y asumir gran parte de las cosas que nos rodean. Sin embargo, no es menos cierto que en la sociedad más informada de la historia, la que dispone de las mayores facilidades y goza de la salubridad más sólida que se conoce, lo diferente, lo ajeno, lo propio, por decirlo de algún modo es una especie en extinción. Estamos cortados por el mismo patrón y, lo que es peor, estamos encantados con ello.

Acabo de volver de Bruselas, en merecidas y prenatales vacaciones y, exceptuando el frío polar y el idioma amanerado e incomprensible, podría haber estado en Alicante o en Dallas. Pasear por las calles bruselenses no es, exceptuando, por supuesto, el centro histórico, muy diferente de recorrer una calle de Madrid o París. Las mismas tiendas, los mismos coches, idénticos lugares para comer o tomar café. Una mujer española pasaría por belga con la misma facilidad que una de Gante por una de Burgos. Zara, Benetton, Häagen Dazs, Aerosoles... hasta empresas típicamente belgas como Godiva o Nauhaus son ya patrimonio nacional y son fácilmente localizables en cualquier lugar del mundo.

Sin duda, la globalización informativa y la internacionalización de las empresas facilitan la integración y permiten que puedan llevarse a cabo una inmersión sin riesgo en ambientes ajenos, adaptándolos a los propios. Pero es indudable que, de este modo, la mirada intencionada, la capacidad de asombro, en general, el gusto por lo sorpresivo o ajeno queda reducido al mínimo espesor. Todo es ya reconocido y familiar, por lo que, apenas queda espacio para otra cosa que no sea anecdótico o intranscendente.

Sé que no tengo razón y que desear otros tiempos en los que sabíamos menos de todo y de todos es una afrenta al progreso y a la evolución humana, una involución en toda regla. Saber es poder y el poder es hoy, como ayer, la polea que mejor mueve nuestros destinos. Pero no puedo evitar sentir nostalgia por aquellas épocas pretéritas en las que no todo era suministrado de antemano o era sabido e intercambiable, tiempos en los que todavía era posible asombrarse por lo desconocido o diferente que encontrábamos a nuestro paso.

6 comentarios:

Princesa cafeinómana dijo...

O es que con los años perdemos capacidad de asombro, yo que sé... el caso es qeu estaba en Viena y pensaba:"pues no es para tanto" y no lo entiendo porque realmente sí lo era y además yo no vivo precisamente en la ciudad más bella del mundo.

Priscila dijo...

Es cierto que con el tiempo pierdes capacidad de asombro, quizás por las experiencias, porque las expectativas sean más altas, porque seamos más exigentes, porque "estemos viajados",... pero conozco a gente que aún con unos treinta y tantos se sorprende de pequeñas cosas como los grifos automáticos, el sensor de las luces de los baños, no saben los que es un Pen drive, nunca han navegado en internet, si les mandas un mail te dicen: ¿pasa algo si ahora no estoy conectada?, no conoce Starbucks (disculpad si lo he escrito mal), ... Por lo que, en mi opinión, la capacidad de adaptarse, de globalizarse,... forma parte de la evolución de las personas y por ende del enriquecimiento de las mismas al menos en los tiempos que corren.

La verdad me parece una pena que esta gente se pierda estas cosas y que otros lleguen icluso a reirse de su desconocimiento.

Tarquin Winot dijo...

Parece que, a día de hoy, lo único que diferencia un lugar de otro sea la religión que profesan sus habitantes o el mayor o menor nivel de pobreza. No es cuestión de edad, creo yo, sino de que todo viene ya enlatado y preparado para el consumo y todos hacemos por llevarnos el paquete completo a casa para difrutarlo.

Otis Driftwood dijo...

Creo que estáis exagerando un poquito. Basta con salir de Europa Occidental. Y tampoco es que haga falta irse muy lejos. Visitar, por ejemplo, la medina vieja de Marrakech es como aterrizar en otro planeta.

Profesor Moriarty dijo...

Es cierto que la urbes tienden a ser similares, ¿pero en que? ¿En el consumir? Que si McDonalds, Zaras, Bershkas, Media Markts o incluso la zona de puestos tipo rastrillos y mascaras africanas.. Definitivamente yo tiendo a ir cada vez mas hacia lo rural.. Menos consumo y mas disfrute.. y desde mi parecer con lugares no solo sorprendentes sino tambien asombrosos..
Estoy seguro de que Viena tiene lugares bonitos, o Marrakech parece que es de otro mundo que dice Otis, incluso pagarse unos dias en la Riviera Maya tiene su aquel, y ademas con mas nombre que pasar la tarde en Arañuel o pasar unos dias en Palanques, pero para mi no hay color..

Saludos ;)

Tarquin Winot dijo...

Dichosos los ojos que te ven, Otis. Que sea la última vez que te "demoras" tanto en aparecer por estos lugares. Tienes toda la razón. Occidente es igual en todas partes. Únicamente salir de tu entorno cultural o religioso permite hoy en día localizar esos lanetas de los que hablas.

Por supuesto que Viena o Bruselas tienen lugares maravillosos y personales. Más bien me refiero al "ambiente" que rodea esas maravillas. No obstante, escapar de tu entorno habitual siempre es recomendable, sea la Riviera Maya o Palanques, ¿por qué no?