
Nunca he sentido la menor simpatía por José María Ruiz Mateos. Para ser completamente sincero, reconozco, eso sí, que en numerosas ocasiones me ha provocado la carcajada, pero la risa y la simpatía no tienen que ir de la mano: ésta surge de la empatía, pero aquélla puede nacer de múltiples fuentes, incluida la vergüenza ajena, la lástima o, apurando un poco, la sincera aversión.
En general, aquello que me cuesta dinero y no disfruto me provoca un comprensible rechazo y no debemos olvidar que las sociedades del empresario gaditano le han costado al contribuyente español muchos miles de millones. Y a juzgar por las noticias publicadas hoy en prensa, es más que probable, que el saneamiento del nuevo bardal creado por los Ruiz Mateos, vuelva a costar nos otro riñón mientras que el de Don José María y su estirpe se blinda en Suiza, Andorra y otros paraísos fiscales. Experiencia al respecto de este asunto, lo cierto es que atesoran.
Ruiz Mateos juega la rentable carta del injustamente perseguido. Y el tío, hay que reconocerlo, la juega muy bien. Porque, a pesar de que el Tribunal Constitucional ha declarado en no pocas ocasiones, la adecuación a derecho de la expropiación del Grupo Rumasa, ocurrida en los ochenta, la imagen que mucha gente en la calle tiene de la familia Ruiz Mateos es la de unos honestos y laboriosos empresarios entregados a la hoguera por los demonios socialistas y martirizados durante décadas en un laberinto político-judicial-administrativo- judeomasónico del que solo han sido capaces de salir con humildad, coraje, trabajo duro y obstinada valentía. Olvidan mencionar el colchón y la lona que, sin duda, debieron guardar durante la tormenta por si tocaba dormir a la intemperie, pero eso no parece importar.
Hoy, muchos años después, José María Ruiz Mateos vuelve a demostrar que gestionar empresas no es lo suyo. Y hoy, como ayer, da inicio el espectáculo grotesco de antaño, en el que Boyer y sus muchachos son sustituidos por Botín y los suyos y en el que, con indescriptible cinismo, el clan de Rota vuelve a presentarse ante la opinión publica como una suerte de fundación sin ánimo de lucro "comprometida con el empleo" y olvidando mencionar su descomunal deuda bancaria, los millones de euros en impuestos y pagos a la Seguridad Social que adeuda desde hace años y la oscura contabilidad que manejan las sociedades que componen este nuevo chiringuito.
Lo llevan claro quienes fueron tan estúpidos como para invertir en sus opacas, obtusas e incomestibles empresas. Para cuando quieran recuperar su dinero, los nietos de Don José María peinarán canas y su única esperanza de ver un euro (que bien perdido estará por avaricioso e inconsciente) será que los descendientes de aquellos que hoy vuelven a empujan sus empresas al abismo hayan montado otro mecano financiero que funcione algo mejor. Los precedentes no invitan al optimismo, pero con esta gente, todo es posible.
En general, aquello que me cuesta dinero y no disfruto me provoca un comprensible rechazo y no debemos olvidar que las sociedades del empresario gaditano le han costado al contribuyente español muchos miles de millones. Y a juzgar por las noticias publicadas hoy en prensa, es más que probable, que el saneamiento del nuevo bardal creado por los Ruiz Mateos, vuelva a costar nos otro riñón mientras que el de Don José María y su estirpe se blinda en Suiza, Andorra y otros paraísos fiscales. Experiencia al respecto de este asunto, lo cierto es que atesoran.
Ruiz Mateos juega la rentable carta del injustamente perseguido. Y el tío, hay que reconocerlo, la juega muy bien. Porque, a pesar de que el Tribunal Constitucional ha declarado en no pocas ocasiones, la adecuación a derecho de la expropiación del Grupo Rumasa, ocurrida en los ochenta, la imagen que mucha gente en la calle tiene de la familia Ruiz Mateos es la de unos honestos y laboriosos empresarios entregados a la hoguera por los demonios socialistas y martirizados durante décadas en un laberinto político-judicial-administrativo- judeomasónico del que solo han sido capaces de salir con humildad, coraje, trabajo duro y obstinada valentía. Olvidan mencionar el colchón y la lona que, sin duda, debieron guardar durante la tormenta por si tocaba dormir a la intemperie, pero eso no parece importar.
Hoy, muchos años después, José María Ruiz Mateos vuelve a demostrar que gestionar empresas no es lo suyo. Y hoy, como ayer, da inicio el espectáculo grotesco de antaño, en el que Boyer y sus muchachos son sustituidos por Botín y los suyos y en el que, con indescriptible cinismo, el clan de Rota vuelve a presentarse ante la opinión publica como una suerte de fundación sin ánimo de lucro "comprometida con el empleo" y olvidando mencionar su descomunal deuda bancaria, los millones de euros en impuestos y pagos a la Seguridad Social que adeuda desde hace años y la oscura contabilidad que manejan las sociedades que componen este nuevo chiringuito.
Lo llevan claro quienes fueron tan estúpidos como para invertir en sus opacas, obtusas e incomestibles empresas. Para cuando quieran recuperar su dinero, los nietos de Don José María peinarán canas y su única esperanza de ver un euro (que bien perdido estará por avaricioso e inconsciente) será que los descendientes de aquellos que hoy vuelven a empujan sus empresas al abismo hayan montado otro mecano financiero que funcione algo mejor. Los precedentes no invitan al optimismo, pero con esta gente, todo es posible.








