viernes, 14 de diciembre de 2007

Ventajas de ser inglés


Si tu película no toca algún tema de trascendencia social (no demasiado delicado, por supuesto), no tienes en tu reparto uno o dos actores hambrientos por demostrar lo bien que lloran o lo capaces que son de cambiar de registro o aspecto y no eres un antiguo gran director quemando tus últimos cartuchos o un nóbel deseando celebridad, tus posiblidades de lograr una estatuilla en la próxima edición de los Óscar se reducen notablemente. Esa mínima probabilidad queda pulverizada hasta la nada si te llamas Edgar Wright y has escrito y dirigido algo tan difícil de definir como "Hot fuzz" ( "Arma fatal" en su paleta e insufrible adaptación al castellano), por mucho que, probablemente, tu película sea la mejor del año.

Nicholas Angel (Simon Pegg, también co-guionista) es el mejor agente de policía de Londres. Tan enorme es la diferencia entre Angel y sus compañeros de profesión que, con la finalidad de evitar que les siga dejando en evidencia, sus jefes no dudan en trasladarlo al remoto pueblo de Sanford donde la tranquila vida rural atempere al recto y exigente agente de la ley. Su estricto sentido del deber (en su primera noche medio pueblo es arrestado por diversas faltas) choca con las mucho más laxas normas de su nuevo jefe, el inspector Butterman (Jim Broadbent) que, con el fin de apaciguar su encendida personalidad, no duda en poner como compañero del recién llegado a su hijo Danny (Nick Frost), la otra cara de la moneda. Cuando el bucólico y aburrido ambiente de Sanford empieza a mellar la resistencia del sargento Angel, unos sangrientos acontecimientos rompen la tranquilidad de un pueblo que esconde mucho más de lo que parece.

Aunque "Arma fatal" es, indudablemente, una comedia, una inteligente parodia de las películas de acción de los noventa (de manera más o menos explícita se homenajea a cintas como "Le llaman Bodhi" o "Dos policías rebeldes") hay algo que la hace excepcional y que, simultaneamente, la aleja de otras películas de similares pretensiones, pero muy inferiores resultados como las series de "Hot shots", "Scary Movie" y demás fauna: Edgar Wright y Simon Pegg, máximos responsables del proyecto son ingleses. Y eso, a la hora de ser diferente, es casi indispensable.

Tal y como ya hicieron con el género de zombies en su anterior película, la espléndida "Shaun of the dead" ("Zombies party" en su, de nuevo, lamentable traducción al castellano), director y guionista trazan una linea sólida, pero muy fina entre la parodia y el homenaje que evita la burla sin ingenio y la fotocopia cariñosa, pero poco nutritiva. Casi todos los tópicos del cine de acción aparecen a lo largo del metraje (el policía obsesionado con su trabajo, el compañero torpe que, finalmente, se convierte en indispensable soldado salvador, los tiroteos a cámara lenta) pero limpios de polvo y paja, secados al sol de la campiña inglesa y rociados con una buena taza de té.

Pero "Arma fatal" no es tan solo una nueva articulación en clave de humor de las clásicas películas de acción de los noventa adaptadas al sentido del ritmo británico del siglo XXI, cortesía del espectacular talento visual de Edward Wright (atención a la primera reconstrucción de los hechos en el supermercado). Como ya hiciera en su momento, la mítica productora Ealing y tomando como base los relatos de Agatha Christie, el complejo y perfectamente estructurado guión de Pegg y Wright se presenta salpicado de acertados detalles costumbristas acerca de la vida en las pequeñas poblaciones británicas (la primera mañana de Angel en Sanford) que contrastan con brutales latigazos de humor negro (el "accidente" en la iglesia) que congelan la sonrisa en el rostro del espectador y que le hacen cuestionarse si, en realidad, no estaremos ante una película de terror en lugar de una comedia costumbrista. ¿O era una adaptación de las novelas negras del siglo XIX? Esa alternancia de registros logra que, en todo momento, la película resulte sorprendente, fresca, llena de matices e interesantes giros argumentales y, sobre todo, tremendamente entretenida (sus últimos treinta minutos son, sencillamente, prodigiosos).

Respecto a los actores son ingleses y, con eso, todo queda dicho. Espléndidos, sin excepción, desde el absoluto protagonismo de Simon Pegg hasta los cortos pero jugosos papeles de Bill Nighy o Steve Coogan, pasando por un recuperado Timothy Dalton que, literalmente, devora la pantalla en cada una de sus apariciones como el misterioso dueño del supermercado más importante de Sanford (memorable su última y "penetrante" conversación con el sargento Angel) y el camaleónico Jim Broadbent como el paternal y permisivo responsable de la peculiar y surrealista comisaría de Sandford.

Sin duda, "Arma fatal" pasará sin formar demasiado alboroto por los cines del mundo y mucho menos llamará la atención de los que deciden las teóricamente mejores películas del año. Es demasiado inteligente, transgresora y brutal para los cajones que utilizan los archiveros cinematográficos oficiales. Me juego un lirio japonés de la paz a que eso, a Edward Wright y Simon Pegg les importa muy poco y se conforman con que, al igual que ya ocurrió con su anterior película, será el tiempo el que coloque esta magnífica obra en el lugar que le corresponde. Ventajas de ser inglés.

martes, 11 de diciembre de 2007

Triqui y Traci


La Organización Mundial de la Salud lo tiene en el punto de mira desde que, hace casi cuarenta años empezara a devorar galletas sin respetar el adecuado equilibrio en su dieta entre las vitaminas, las proteínas y los minerales. De hecho, algunos dicen que su actual color azul es fruto de la falta de hierro y el exceso de grasas en su alimentación. Su actitud agresiva y su escaso vocabulario (claramente inferior al exigido por la autoridad educativa competente) no le han permitido desarrollarse conforme a la Convención de Ginebra sobre evolución social y personal. Aún es un misterio porqué tan poco recomendable personaje fue protagonista junto a otros sujetos de sospechosa calaña de "Barrio Sésamo", un programa de televisión para niños que nació en 1969 (mal empezó la cosa) y que durante casi cuarenta años de vida ha sido un referente formativo para millones de personas en todo el mundo.

Afortunadamente y con motivo de una nueva edición de los primeros capítulos de la serie, la compañía propietaria de los derechos ha lanzado el producto advirtiendo que "estos primeros episodios están destinados para adultos y pueden no adecuarse a las necesidades del niño en edad preescolar de hoy". De este modo, podemos salvar a nuestros hijos de la infame presencia de este glotón azulado que ha fomentado la obesidad, la falta de solidaridad internacional y la inviolabilidad de la propiedad privada, sin perjuicio de la influencia de su intolerable actitud en conflictos como la Guerra de Irak y el calentamiento global. Por supuesto y por el mismo precio ahorramos a nuestros vástagos la visión de posibles sodomitas con cabeza de piña, adictos a la leche y nada recomendables aficionados a las jacas y otros equinos. Debería cundir el ejemplo y que esta iniciativa fuera únicamente la chispa. Nada me haría más feliz que contemplar la nueva edición de "La bella durmiente" sin esa relación claramente necrófila o "Blancanieves y los sietes enanitos" sin esa ofensiva referencia a las personas de altura reducida.

Tranquiliza pensar que nuestros hijos van a poder desarrollarse en un mundo mejor y más feliz que el que nos ha tocado en suerte a los que padecimos la terrible influencia de estos seres oscuros y malignos que poblaron nuestros primeros años de vida y que, cuarenta años después, por fin, van a ocupar el lugar que merecen junto a las películas de Traci Lords. Menos mal que siempre hay alguien velando por nosotros.

sábado, 1 de diciembre de 2007

Un siglo de flojos


Mi relación con el arte contemporáneo es, cuanto menos, conflictiva, cuando no, simplemente, beligerante. A pesar de mis esfuerzos y de las copiosas oportunidades que le proporciono, nuestros encuentros tornan en desencuentros sin apenas habernos empezado a conocer. Danza, ópera, escultura, pintura, música. Sea cual sea la disciplina, donde muchos ven fuego, yo apenas capto el olor del humo. A veces, milagrosamente y casi por casualidad, surge un atisbo, un esbozo de algo que, quizás, tal vez, una vez realizado el correspondiente estudio podría llegar a convertirse en algo que, transcurrido el plazo de tiempo necesario podría admitir como mínimamente artístico. El problema es que esa sensación no es muy distinta a la que provoca, en ocasiones, que una mancha en el suelo o el dibujo de un baldosín, nos recuerde a algo o nos parezca interesante o, incluso, bello. Esa sensación carece de permanencia, no dispone de pilares y se diluye en mi memoria tan pronto como desaparece de la vista. Además, no por eso, deja de ser un borrón en el suelo o una casualidad en la pared de un servicio.

Carezco de la adecuada formación artísitica, eso es cierto. No sé una palabra de escultura ni de pintura. Aunque he leído mucho, tampoco creo que sea suficiente para catalogarme de lector empedernido y a pesar de los centenares de películas y obras de teatro que he visto en mi vida, no paso de ser un humilde aficionado. Sin embargo lo magro de mis conocimientos, no me impide admirar la apabullante belleza de la música de Ravel o Wagner. Tampoco esta carestía es obstáculo para admirar la literatura de Paul Auster o Javier Marías, ni la majestuosa perfección de la trilogía de "El Padrino" o el atractivo discurso visual de "Delicatessen". Por eso mismo, no creo que sea mi reconocida falta de conocimientos lo que me lleva a permanecer completamente al margen de las propuestas de José María Sánchez Verdú, Antoni Tápies, León Ferrari o Enrique Salamanca.

Personas cuyo criterio admiro fielmente y titulares de mentes abiertas y desarrolladas, defienden las manifestaciones artísticas contemporáneas, argumentando que, en el siglo XX y aún más en el XXI, hay cosas que el arte ya no puede decir. Al menos, no puede decirlas tal cual han venido siendo dichas en los últimos años. Dos guerras mundiales, la sobredosis informativa de las últimas décadas y un claro paso de lo social a lo individual han generado que el hombre haya perdido el enlace con sus circunstancias. Yace solo, desarraigado, en una forma de páramo existencial sin orden que únicamente provoca frustración, ansiedad, rabia o ira. Por esa razón, el artista descomprime y rompe las normas, desordenándolas a su antojo, rompiendo así en mil pedazos la linea temporal lógica y el cronológico devenir de los acontecimientos. El artista moderno, primero escucha la frase, luego capta el movimiento de los labios y posteriormente la mirada que hasta hoy precedía a todo. La desfragmentación vendría ser, así, el hilo conductor que vertebra el arte contemporáneo. Por mi parte, considero que embarullar lo existente no es muy distinto a desmantelar un rompecabezas. Y eso puede hacerlo un niño de pocos meses. La esencia del arte es la imposibilidad que siente el que observa de imitar su grandeza. Ni en un millón de años podría componer "Tristan e Isolda" o esculpir "El pensador". Sin embargo, dudo que tuviera dificultad en escribir la partitura de la segunda parte de "El viaje a Simorgh" o pintar al compañero de exposición de cualquier obra de Mark Rothko.

Hasta que el pozo de las ideas se secó, hace ya muchos años, el arte se movió hacia delante de manera paulatina. Se aprecia una lenta pero inexorable evolución entre la música de Richard Strauss y la de Beethoven y entre la de éste y la de Mozart o Haydn en una relación causa efecto que se pierde en el tiempo pero que deja bien asentadas las bases de cada paso para poder dar el siguiente. Sin embargo, con la entrada en el siglo XX, todo se transforma. La certeza de que hemos alcanzado el final del pozo, provoca un arrebato suicida que nos lleva a enmarañar la herencia recibida en un potaje indigerible que no lleva a ninguna parte y que, por supuesto, no representa evolución alguna.

Lo peor de todo es que, a fin de cuentas, el siglo XX no ha sido más espantoso que los anteriores. La queja y el fastidio es uno de los pilares fundamentales del hombre. Decía Borges que a su abuelo le tocaron vivir, como a todos los hombres, tiempos difíciles. Siempre estamos peor que nunca. Lo que nos pasa es siempre mucho peor que lo que otros han sufrido. Sin embargo, la realidad es que ese horror y esa angustia vital que ha pulverizado el arte como lo conocíamos hasta entonces, no es tal, ni su intensidad es tan poderosa que tengamos justificadas razones para hacer volar por los aires siglos de historia y de evolución. Si nosotros hemos padecido dos guerras mundiales, otros han vivido conflictos de cien años de duración. Si en el siglo XX vivimos el fascismo, el feudalismo campó a sus anchas hace menos años que los deseados. Si aquellos no tuvieron que rascar un tenedor sobre el plato para transmitir angustia al oyente y pudieron transmitir otro tipo de sentimientos distintos al miedo y a la nausea y los artistas contemporáneos no han sido capaces, al final resulta que el siglo XX ha sido un siglo de flojos y blandos que no pudiendo soportar lo que les ha tocado vivir y en vez de mirar hacia atrás buscando las bases que permitan, si eso es posible, volver a iniciar el camino, han optado por desvalijar la casa del abuelo y llevarse lo que puedan para protegerse de la que está cayendo.

sábado, 17 de noviembre de 2007

Maldito protocolo



La Reina Isabel II de Inglaterra, con su innegable y personalísima cursilería británica, se calzó las gafas en el caballete de la nariz y, en el tradicional mensaje a la nación del día de Navidad de 1992, definió aquel año como un "annus horribilis". Dada la confraternización que existe entre las Casas Reales europeas y teniendo en cuenta los estrechos pasillos por los que se mueve el protocolo palaciego, en sintonía con aquel lejano mensaje de hace quince años, este 2007, es el turno de nuestro Rey para reflexionar en voz alta sobre los acontecimientos que nuestra Familia Real ha vivido en los últimos meses. Lástima que dichas normas de granito no permitirán al Monarca decir en ese mensaje lo que realmente pasará por su cabeza. De no ser por esta rigidez, el tradicionalmente soporífero mensaje navideño podría ser algo para no perderse.

En los últimos meses y sin apenas respiro, la figura del Rey y, por tanto, la Familia Real, se ha visto metida en unos jardines de los que no parece poder salir. Los acontecimientos se enlazan sin tiempo para la reacción. Desde el enmarañado fallecimiento de la hermana de la Princesa de Asturias hasta la reciente separación de los Duques de Lugo, hemos podido asistir a algunos de los momentos menos dichosos de nuestra monarquía desde que se reinstauró en los setenta. La quema de sus retratos a manos de una panda de exuberantes pero huecos republicanos de corte nacionalistas provocó un inconcebible e innecesario debate acerca de la necesidad de la institución que únicamente dio alas al grupo de incandescentes bárbaros. El reciente altercado verbal con el humanoide venezolano así como su mutis por el foro cuando el presidente de Nicaragua tomo el relevo en el escarnio, tampoco han ayudado a enderezar el rumbo. Sin duda, los que esperan el menor resquicio para meter el dedo y horadar las bases de nuestra Monarquía han vivido en este 2007 un año glorioso. Alegra, no obstante, constatar que aún queda mucho trabajo para que estos agujeros dejen de ser hoyos cavados en al playa que desaparecen con la marea.Ni siquiera en estos momentos de zozobra institucional, la Corona ha sufrido algo distinto a un leve zarandeo.

Con un apoyo ciudadano de casi el 80%, plantearse a estas alturas si la figura del Rey es o no importante, si la institución está o no vigente, si el peso del Monarca en las relaciones nacionales e internacionales es decisorio es no sólo estéril sino injustificado. A estas alturas, apoyar esos planteamientos es tan absurdo como planteárselas en Francia, con el Presidente de la República. La consolidación de la Monarquía como sistema político español es indiscutible. Si la Corona es una figura arcaica y medieval no lo es menos la Iglesia y no por ello nos planteamos la necesidad de extirparla para sustituirla por una forma alternativa. Si el presupuesto de la Casa Real (que en 2007 alcanzó los 25 millones de euros) es algo exagerado y de difícil justificación, no es menos cierto que queda muy por debajo del asignado a la Presidencia de la República Francesa (90 millones de euros, sin contar los sueldos de los más de 950 empleados a su cargo) y a sideral distancia del asignado a la de la italiana (217 millones de euros), sin contar que cada uno de los apartados de su presupuesto son aprobados por el Congreso y fiscalizados por los organismos competentes.

Los Reyes de España son nuestra mejor tarjeta de visita en el extranjero y un símbolo de unidad en nuestro país. Indudablemente, esta labor la podría llevar a cabo un presidente, un sacerdote o un teniente coronel. Lo que es cierto es que, en la actualidad, esta labor es realizada de óptimo modo por la Casa Real y maldita la gana de que deje de serlo, porque, a diferencia de los partidarios de la república, la Monarquía no es utilizada por sus partidarios como arma arrojadiza contra la solución republicana ni la considera su reverso infame. Si la hija del Presidente de la República Federal Alemana decide casarse con el hijo de un tabernero berlinés, a nadie parece importarle y, mucho menos, piensa que debería, por nosequé extraña razón, condenarse a vivir en permanencia junto al hijo del Presidente de la República Democrática del Congo. Algo tan obvio y razonable es, al parecer, inaceptable para el heredero al Trono. Por una incomprensible envidia oportunista, los detractores de la Casa Real parecen alegrarse de sus desdichas y sienten como mandobles de cimitarra sus golpes de suerte. Mala forma de cohabitar y flaco favor a su causa.

Lo siento por Chávez y también por Carod Rovira y Jiménez Losantos, pero lamento comunicarles que tienen por delante una hercúlea tarea si, como parece, es su deseo tumbar la monarquía. Maldito sea el protocolo que nos impedirá escuchar esta Navidad al Rey soltando por su boca lo que le pide el cuerpo. Ni siquiera así sería posible restarle un ápice de su prestigio y talla política.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Una furtiva lágrima


En su canción "La del pirata cojo", Joaquín Sabina se define en las primeras estrofas como un fulano que no tiene la lágrima fácil. Un servidor, por el contrario, y sin ser una flor desconsolada que se arrastra gimoteando por las esquinas, no tiene problemas en reconocer que una secuencia cinematográfica con la conveniente intensidad emocional, una melodía diseñada con sensibilidad o una frase escrita con arrebatado sentimiento, pueden, en el mejor de los casos, provocarme un agradable nudo en el estómago cuando no provocar un sincero lagrimón de esos que el cantautor madrileño parece tener dificultades en despeñar mejilla abajo.

Aunque he tenido esas sensaciones con varios libros y con multitud de obras musicales, es, sin duda, en el cine, donde más han proliferado este tipo de acontecimientos. En muchas ocasiones, mis nudos y lágrimas se han visto acompañados por el de otros tantos espectadores. En otras, por el contrario, he tenido la sensación de estar en otra dimensión, más seca y mecánica que la mía al constatar que nadie salvo el abajo firmante vivía la intensidad del momento.


LOS PUENTES DE MADISON (1995), DE CLINT EASTWOOD: En mi larga cruzada en defensa de esta memorable obra maestra de Clint Eastwood, me he visto obligado a traspasar con mi florete de duelo un buen número de pétreos corazones a los que no se les movía un pelo cuando calificaban de ñoñería y cursilada esta apasionante historia de amor entre una aburrida ama de casa y un fotógrafo del National Geographic. No sólo cuenta con la mejor interpretación de Meryl Streep en toda su carrera. Además, es una exhibición en toda regla de su director y protagonista. En pocas ocasiones ha sido posible transmitir tanta intensidad con tanta economía de medios. Todo en la película es frugal y mínimo en beneficio de la historia que narra. Si en la secuencia bajo la lluvia cerca del final no sientes algo en el estómago, visita un médico.

UN TRANVÍA LLAMADO DESEO (1951), DE ELIA KAZAN: Dicen que el mito de Marlon Brando nació con la chaqueta de cuero que lucía en "Salvaje", pero, en mi opinión, la sensible brutalidad de su personaje en esta magistral adaptación de la obra de Tenessee Williams, es el origen de todo. Parece imposible que el violento y brutal animal de blanca camiseta que arrasa la pantalla cada vez que entra en cuadro pueda provocar otra reacción que el temor o el rechazo y, sin embargo, todavía no he visto una secuencia más intensa emocionalmente que su declaración de amor a gritos (de nuevo) bajo la lluvia. Durante bastante tiempo, la historia de Stanley y Stella fue para mí sinónimo de pasión, de amor desaforado. Lastima que la dirigiera el odioso y genial Elia Kazan, aunque, quizás, de no haber sido él, estaríamos hablando de otra cosa muy distinta.

LA VIDA ES BELLA (1998), DE ROBERTO BENIGNI: Si existe algún cineasta al que puede llamársele "flor de un día" es a Roberto Benigni. Ni las patochadas que filmó antes de esta maravillosa película ni los horrores indigestos que pretendió colar con posterioridad aguantan la comparación con este terremoto sentimental que cocinó el director y actor italiano a costa del delicado tema del Holocausto nazi. No cambiaría a mi adorado padre por ningún otro, pero, de tener que hacerlo, sin duda me quedaría con el que interpreta Benigni en esta película y cuyo único y legítimo interés es cerrar a su hijo las puertas al horror que se vive en el campo de concentración en el que ambos son confinados durante la segunda guerra. Basculando de principio a fin entre el drama y la comedia, Benigni borda una historia de amor más allá de la muerte plagada de momentos para no olvidar (nunca dar los buenos días ha sido más emocionante) que, desgraciadamente significó su canto de cisne para el cine. Desde entonces y hasta ahora, cero absoluto. Ni uno solo de los fotogramas que ha rodado después ha merecido el crédito que obtuvo entonces.

EL BOLA (2000), DE ACHERO MAÑAS: Este es uno de esos casos en los que he habitado en una dimensión distinta al resto de los espectadores. No sé si será por la deslumbrante presencia de Juan José Ballesta (probablemente, junto a Javier Bardem el mejor actor español en activo hoy en día), por la terrible tensión acumulada durante los minutos precedentes o por la sobriedad del plano, pero, en pocas ocasiones he sentido mayor congoja que en la secuencia final de esta durísima y atroz película sobre los malos tratos a menores con la que el mediocre actor y muy interesante director, Achero Mañas debutó en el largometraje hace ya mucho tiempo. Al igual que Benigni, poco más se ha vuelto a saber de él. Eso sí, nos dejó una de las mejores películas españolas de los últimos tiempos, que no es poco.

TIERRAS DE PENUMBRA (1995), DE RICHARD ATTENBOROUGH: El generalmente plano y aburrido Richard Attenborouh destapó el tarro de las esencias en 1995 al adaptar al cine un librito de apenas 100 hojas escrito por el británico C.S. Lewis (y que bajo el nombre de "Una pena en observación" oculta uno de los tesoros literarios más grandes del siglo XX) en el que se recoge la dramática historia de amor que existió entre el propio Lewis (de plena actualidad por las adaptaciones cinematográficas de su serie "Las crónicas de Nardia") y la poetisa Joey Gresham. Con un pletórico Anthony Hopkins y la magistral interpretación de Debra Winger (justa candidata al Oscar en la edición de aquel año) la película es una montaña rusa de sentimientos flor de piel que es dominada con inusitada habilidad por el mismo hombre que perpetró horrores como "Ghandi" o "Chaplin". Recuerdo que, con aviesas intenciones invité a una bella señorita al cine a ver esta película, con la esperanza de que entre unas cosas y otras, mi caballerosidad me obligara a consolar su emocionado corazón. Curiosamente fue, finalmente, ella la que se vio obligada a prestarme su pañuelo para detener mi torrente lacrimal. Seguro que a Sabina esto no le hubiera pasado.

martes, 30 de octubre de 2007

Difuminando colores

El escritor irlandés Roddy Doyle ha creado una serie de magníficas obras que comparten el gusto por las historias más cotidianas de su país, llenas de familias numerosas de clase media a un paso de la baja, trabajadora, con tendencia al extremo, más amiga del exabrupto que de la decisión meditada. Gente que toma siempre una cerveza más de la cuenta, de gustos sencillos en vidas complejas en las que el peso de los peniques es mucho mayor que el de las libras. Y que, no por eso, dejan de mirar las cosas del día a día con un cristal especial que les permite tamizar sus vivencias, sacando lo mejor de cada pequeña alegría y difuminando el negro hasta convertirlo en un gris o, incluso en un blanco sucio.

Esta habilidad para borrar hasta hacerlas casi imperceptibles las fronteras entre el drama y la comedia, el llanto y la carcajada alcanza su máxima expresión en la espléndida "La mujer que se daba con las puertas", una de las pocas novelas del irlandés que aún no ha sido llevada al cine (Antes lo hicieron y con bastante éxito, por cierto, "The Commitments", "La furgoneta" o "Café irlandés"). Lograr que un tema tan delicado y susceptible de vanalizar a través de los extremos como el de los malos tratos sea tratado con rigor y sentido común, está al alcance de unos pocos. Iciar Bolliaín lo logró en el cine con "Te doy mis ojos" y Roddy Doyle alcanzó idéntico registro para la letra escrita con esta novela.

"No me gusto demasiado, pero ya no estoy segura de ser una estúpida". De tan breve pero acertada manera se define la protagonista del libro, Paula Spencer, en las primeras páginas de la novela. Casada con Charlo Spencer desde su más temprana juventud, ronda en la actualidad los cuarenta años, "si le dan un espejo, algo de maquillaje y media hora, consigue parecer una treintañera. Si se la ve recién levantada parece que tiene cincuenta". Trabaja como asistenta desde hace años y es madre numerosa. La vida no le ha dado grandes oportunidades y las que le ha dado, ha preferido obviarlas o, en su caso, retrasarlas. Sin embargo, es razonablemente feliz. Disfruta de su marido que la adora, de sus hijos y de las pequeñas cosas que en su sencilla vida le iluminan el camino. Hasta que empieza a caerse por las escaleras con rara facilidad. Y a golperarse con las puertas en la cabeza. Y a pillarse los dedos con los cajones de la cómoda. Y a apagarse los cigarrillos en las palmas de las manos. Y a perder el pelo a manojos. Éstas y otras razones son las que esgrime Paula en las urgencias de los hospitales para justificar las hemorragias, los cardenales, los huesos astillados, el cabello arrancado. Como queda claro casi desde el principio, obviamente las razones de tantos percances no residen en la falta de equilibrio de Paula, ni en su torpeza ni en el champú que utiliza. Lo que tan claramente aparece para el lector, es oscuridad absoluta para su entorno. "El médico ni me miró siquiera. Me examinó por partes, pero sin verme nunca entera. Ni siquiera me miró a los ojos".

La curiosa estructura escogida por el escritor irlandés, que cuenta la historia de Paula intercalando su presente con su pasado permite que la obra no sea un catálogo de monstruosidades y que la violencia gráfica explote sólo de manera esporádica aunque con una crudeza terrible. La novela se vertebra a partir de la muerte de Charlo, abatido a tiros por la policía tras un robo perpetrado por éste. Alrededor de este tronco central y de sus consecuencias, Doyle enrosca con habilidad una multitud de historias del pasado de los protagonistas que sirven de base a los acontecimientos del presente y que permiten entender las motivaciones de los actos que se producirán en el futuro. No hay un orden en estas historias, saltan de modo anárquico de la infancia a la adolescencia y de vuelta en la infancia otra vez. Eso permite que, en todo momento, la lectura sea una aventura y no sea posible imaginar qué viene a continuación. Igualmente, esta estructura cerrada pero desordenada, permite pasar de momentos verdaderamente tronchantes (el primer encuentro entre Paula y Charlo) a escenas que se gravan a fuego en la memoria por su terrible crudeza (las visitas de Paula a los médicos, su paulatino hundimiento en la culpa, la descripción de sus años en el instituto).

El desarrollo de los personajes es modélico y si, por supuesto, es el de Paula el más rico y detallado, Doyle dedica tiempo y esfuerzo para no caer en los tópicos ni en el retrato de los niños ni en el del brutal Charlo. Pero, como he comentado, es Paula el gran hallazgo de esta obra. A lo largo de las poco más de trescientas páginas de la novela, la inmensa presencia del personaje lo empapa todo. La sentimos respirar, amar, odiar, sangrar. Nos reímos con ella, lloramos con ella. Entendemos sus miedos ("Pasaban meses sin que sucediera nada, pero la amenaza se cernía siempre en el horizonte. Como una promesa"), compartimos sus momentos de felicidad ("Dejé de ser una cualquiera el día que bailé con Charlo Spencer") y asistimos al terrible desarrollo de su desgracia que inicia el vuelo desde la autoinculpación ("Él lo era todo, yo no era nada. Le provocaba. Yo era una estúpida"), pasando por la desesperación ante la ceguera general ("Les habría contado todo. Sólo tenían que llevarme detrás de la cortina, sólo tenían que hacerme la pregunta adecuada"), la muerte como persona ("Esa era mi vida. Recibir una paliza, esperar una paliza. Recobrarme. Olvidarlo todo") y la resurrección en una nueva ("No sé distinguir lo cercano de lo distante. Un día me casé. Otro le eché de casa. Ocurrió entre medias. Eso es todo").

Si fuera Ministro de Educación, incluiría esta obra en la nueva y polémica asignatura de Educación para la Ciudadanía, como óptimo medio para controlar la lacra de los malos tratos y para aprender una serie de conceptos como la honestidad, la valentía, el esfuerzo o el coraje, de escaso calado todos ellos en la sociedad que nos ha tocado vivir. Como no lo soy ni pretendo serlo, me conformo con dedicarle esta lineas a esta novela valiente y necesaria como pocas. A ver si cunde el ejemplo.

miércoles, 24 de octubre de 2007

El que calla y observa


Las imágenes han recorrido las televisiones de todo el país durante los últimos dos días. La agresión verbal y física de un cafre analfabeto a una menor de origen sudamericano en el metro de Barcelona ha estremecido a quienes lo hemos visto por su gratuita y escalofriante violencia, convirtiéndose en caldo de cultivo para innumerables comentarios, artículos y tertulias de todo tipo. Por si fuera poca noticia en sí misma, la justicia, una vez más, no ha estado a la altura y, ayer por la tarde, el agresor, que había sido detenido el pasado viernes, quedaba en libertad por incomparecencia del fiscal de guardia al acto de declaración. Para poner el lazo mediático a los hechos, todos los implicados en los acontecimientos han compuesto una sinfonía de despropósitos y exageraciones de difícil explicación que incluyen lindezas tales como la invitación a linchar al agresor que recorre Internet (?), el rasgado de vestiduras que se ha producido en Ecuador y que ha llevado al Ministro de Asuntos Exteriores de aquel país a viajar al nuestro para consolar y apoyar a la pobre chica (??) o la comparecencia hoy en rueda de prensa del Ministro de Justicia para comunicar la inmediata detención del agresor (???).

Con todo y con eso, existe un aspecto de los hechos de los que nadie habla y que resulta, desde mi punto de vista, bastante reprobable cuando no simplemente repugnante. Un comportamiento quizás no tan llamativo como el llevado a cabo por el agresor, pero, quizás, más tenebroso e indignante. Me estoy refiriendo al que calla y observa. Al principio, la ira que generan las imágenes no nos permiten reparar en su presencia, pero el bombardeo mediático reduce el impacto de lo emitido y es entonces cuando le vemos. Agazapado, en la parte inferior de la imagen, observando, callando, escuchando, presenciando una agresión. Y no moviendo un músculo. Ni un gesto, ni un amago de acto voluntario. Nada. Sencillamente nada. Cerrar la puerta al monstruo con la esperanza de que, una vez abierta, ya no esté esperando.

El escritor Ambrose Bierce decía que un cobarde es un hombre cuyo instinto de conservación funciona con normalidad. Es posible. Y eso le permitirá, probablemente, vivir mucho más tiempo que el que no comparte esa condición. Lo que no sé es si lo hará con tranquilidad de espíritu. Hay que tener unas hechuras especiales y con mucha holgura para presenciar unos hechos como los ocurridos en el metro de Barcelona y seguir adelante como si nada hubiera pasado. El miedo es libre y ataca cuando menos lo espera, pero ese que calla y observa no tiene miedo. Si lo tuviera, transmitiría nerviosismo, malestar. Posiblemente, de ser presa del pánico, saldría huyendo del vagón sin mirar atrás y haciendo crecer segundo a segundo la distancia con la fuente de su miedo. Sin embargo, esta persona no se mueve. No pestañea. Se limita a mirar para otro lado, haciendo tiempo. Y cuando vuelve su mirada a los hechos que se están produciendo, su expresión y su actitud no han variado un ápice. Parece casi molesto, como si le fastidiara comprobar que el ataque no ha concluido. No existe el miedo. Lo que se desliza allí es una cobardía ruin y repugnante, que no conoce límite ni mesura. Una cobardía superlativa que, comparada con la violencia del agresor difumina sus diferencias hasta la confusión

Puedo entender, con una arcada en la boca, que una pandilla de botarates alcoholizados y violentos puedan generar temor en quien presencie en soledad hechos similares. Pero es incomprensible que, cuando es uno el agresor y uno ( o más) los que observan, no exista el coraje suficiente para hacer un gesto, un movimiento, una voz, una llamada al orden que evite el escarnio gratuito de otra persona. De haber sido él la víctima, lo hubiera agradecido.