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miércoles, 4 de diciembre de 2013

Sardinas

Dice Paco Mir en el folleto que entregan al espectador que acude a ver "Noises Off" o, en su paleta y desmerecedora traducción española, "¡Qué desastre de función!" que, probablemente, estemos ante la mejor comedia del mundo. Bueno, tal vez sea un poco exagerado y más ahora que Zapatero acaba de publicar un libro, pero, lo cierto es que la obra del dramaturgo británico Michael Fraynes que actualmente se representa en el Teatro Caser Calderón, de Madrid es un modo inmejorable de pasar dos horas con la sonrisa instalada en tu cara y, especialmente en el tercer acto, troncharse de la risa.

Antes de nada, avisar a los más intensos que en "¡Qué desastre de función!" no hay actores que se paseen desnudos mientras se masturban con un ejemplar de "Mein kampf" ni la escenografía desafía las leyes de la ubicuidad trascendente del nihilismo surrealista de la Europa del Este. No, amigos de la vanguardia y la punta de lanza, "¡Qué desastre de función!" es una obra de teatro de las de toda la vida, con escenografía trasnochada (el libreto lo exige), actores (vestidos) que interpretan, una historia que puede seguirse sin haber leído a Proust y unos diálogos brillantes y divertidos pero en los que no van a encontrar ni el sentido de la vida ni la esencia del arte. Aquí, la intención del autor es divertir al público con las desventuras de una compañía teatral a pocas horas del estreno de una clásica comedia de enredos. Nada más. Y nada menos. No les cuento más para no estropear las vueltas y revueltas del argumento, pero si les digo que las sardinas juegan un papel fundamental en el desarrollo del trama y que como ya dijeron hace años Martes y Trece, que sea lo mismo no significa que sea igual.

Al gran Josep Linuesa lo tienen ustedes a su izquierda. Actorazo.
El texto de Michael Frayers, que Paco Mir españoliza con algunas pinceladas autóctonas que acercan la historia al público patrio, es excelente, plagado de diálogos afilados y replicas mordaces que no impiden la presencia de abundantes gags (odio en anglicismo, pero aún no he encontrado un termino castellano que pueda sustituirlo) visuales (sobre todo en el segundo acto) e, incluso, el siempre bienvenido brochazo grueso al que, tratado con mesura, cuesta resistirse. La sorpresa que da forma al primer acto y la disparatada excentricidad del tercero hace que el del medio resulte un poco largo y algo flácido, pero, aún así, dispone de momentos ciertamente brillantes (la batalla de las flores, la botella viajera, un minuto, dos minutos, un minuto, jojojojojo... Al final, va a estar a la altura de sus hermanos.)

El reparto también está espléndido, desde Vanesa Romero que demuestra que además de ser una obra de arte de la naturaleza, también sabe interpretar, hasta Carmen Conesa ("Chicas de hoy en día".... qué tiempos)  impecable como la doliente Mrs. Clackett sin desmerecer por ello el buen hacer del veterano Pepín Tre ni el bienvenido histrionismo de Miquel Sitjar. Pero no me quedaría satisfecho si no destacara especialmente a Josep Linuesa que con su inestable, puntilloso y sangrante Philip Churchill me saco las mayores carcajadas.

Vanesa Romero..... sobran las palabras.
No sé si está prevista una gira de la obra por el resto de nuestra piel de toro, pero si "¡Qué desastre de función!"aparca cerca de su casa, no lo duden y háganse con una butaca, mejor hoy que mañana. Si no es así, si no tienen la oportunidad de verla en el sitio para el que fue creada, es decir, interpretada en un escenario, siempre les queda la opción de hacerse con la excelente versión cinematográifca que, con un reparto de campanillas (Michael Caine, Carol Burnett y Christopher Reeve.... casi nada) dirigiera con mucho acierto Peter Bogdanovich en 1992. Y, si ni aún así logran verla, si ni el teatro ni el cine les permite acceder a este desquiciado y divertidísimo espectáculo, no sufran, no se flagelen ni se despeñen en el abismo de la incertidumbre, muevan el bigote. Como pone Frayn en boca de uno de sus personajes, no hay nada que un buen plato de sardinas no pueda solucionar.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Sonrisas, risas y carcajadas


Tomando datos para redactar esta entrada, me he topado con un supuesto proverbio escocés que ha captado mi atención por su infantil sencillez y su candida inocencia: según allí se dice, la sonrisa es más barata que la electricidad y da más luz. No sé si , efectivamente la frase será de la tierra de William Wallace o alguien se ha querido marcar un farol, pero, sea como sea, lo cierto es que se trata de una de esas verdades opulentas que solo demuestra su sencillez cuando alguien te la planta ante los ojos.

Decía Nietszsche que el sufrimiento del hombre durante su vida es tan grande que no tuvo más remedio que crear la risa para sobrellevar la existencia. Como es habitual en el muchacho, se pasó de frenada, pero no es menos cierto que una buena carcajada pulveriza la ansiedad más enquistada y convierte la noche en un mediodía o, al menos en un atardecer apañado.

La risa es un bien escaso y cambia de forma más que el gobierno de opinión. Lo que hoy es gracioso, mañana provoca naúseas y lo que a mi puede parecerme una estupidez carente de simpatía, a otro puede parecerle una cima del humor. Por esta razón y por todas las anteriores, quienes se imponen como objetivo provocar la carcajada, la risa o, al menos la sonrisa, gozan ya para mi de un punto a su favor al atreverse a lidiar con algo tan volátil como el humor. Si a eso le sumamos que su deseo es alegrarnos la vida y que en Escocia ayudan a mejorar el estado del bienestar, vaya para ellos este homenaje a través de aquéllos que a través de sus cámaras han intentado enmendar la plana a Iberdrola y fulminar las nubes de nuestros cielos a golpe de fotograma.

Un par de puntualizaciones: por evidentes motivos de espacio y de salud mental de quien escribe y, por supuesto, de quien lea, la relación está limitada a cinco películas (una para cada dedo de la mano, para que no sobre ni uno), en consecuencia, no están, ni mucho menos, todas las que son, aunque sí son todas las que están. Por otra parte, omito deliberadamente una de mis películas preferidas, "El guateque", de Blake Edwards, ya que, si bien, merece estar como primera espada, no es menos cierto que, hace algunos meses, disfrutó de su propia entrada en el ladrillo ("La fiesta de Baskshi") y para repetirse ya están las sardinas en aceite.


UNA NOCHE EN LA OPERA, DE SAM WOOD (1935): Que una película con más de setenta años de antigüedad siga siendo considerada una de las mejores comedias de la historia ya dice bastante acerca de su naturaleza de clásico imperecedero. No será sin duda, por la estructura de su guión ni por su impecable traslado a la pantalla (tanto el libreto como la labor tras la cámara de Sam Wood apenas raspan el aprobado). No, el deslumbrante encanto de esta película y, en general, de todas las cintas protagonizadas por los Hermanos Marx reside, precisamente, en ellos, en Groucho, en Harpo y en Chico, el trio de cómicos más brillante que el cine norteamericano haya tenido jamás en nómina. Casi todos los grandes hitos de su carrera están encerrados en estos exiguos noventa minutos: la escena del camarote, la lectura del contrato entre Groucho y Chico lleno de partes contratantes y considerandos o la cena entre la adorable Margaret Dumont y Groucho. Una orgía imponente inmune al paso del tiempo y siempre fresca como el primer día.

BIENVENIDO MISTER MARSHALL, DE LUIS GARCIA BERLANGA (1953): Que conste en acta que la aparición en esta lista de esta cinta no obedece a cupo patrio alguno sino, sencillamente, a que nos encontramos ante una verdadera obra maestra de la historia del cine. Con el concurso de tres cabezas tan bien amuebladas como la de Miguel Mihura, Juan Antonio Bardem y el propio Berlanga, que patentaron esta corrosiva sátira sobre nuestra piel de toro, visitamos Villar del Río unos días antes de que un grupo de norteamericanos arrastren sus dólares al pueblo. Es cierto que hay un sustrato amargo y cínico en todo cuanto acontece en la escasa hora y cuarto de metraje que dura la proyección, pero teniendo en cuenta todas las escenas en las que el gran Manolo Morán ocupa pantalla, el discurso del alcalde en el balcón o el sueño transoceánico de Pepe Isbert, ¿alguien puede dudar que estamos ante una comedia redonda?

CON FALDAS Y A LO LOCO, DE BILLY WILDER (1959): Escribir una entrada sobre las mejores comedias y no incluir una del maestro, sería como visitar Moody's y no enseñarles las dimensiones de nuestro dedo medio: imperdonable. Me decido por esta conocida muestra del ingenio del señor Wilder (aunque, perfectamente, podría haber incluido "Un, dos, tres", "En bandeja de plata" o "El apartamento") en homenaje a la bellísima Marylin Monroe que, a pesar de desquiciar a todo el equipo con sus incontables excentricidades, luce maravillosa en manos del director vienés. Las vicisitudes de dos músicos (Tony Curtis y Jack Lemmon) que se ven obligados a disfrazarse de mujer para huir de unos delincuentes malhumorados convierten esta cinta en una hito irrepetible y que cuenta además con un final de los que se estudian en las escuelas de cine. ¿Lo peor? Que sabe a poco, que al espectador no le importaría que durara un par de horas más. Pero bueno, ya se sabe: nadie es perfecto.

QUE ME PASA DOCTOR, DE PETER BOGDANOVICH (1972):
Aunque no pueda ver a Barbra Streisand sin echar la magdalena, hay que reconocer que en esta cinta, la hermana perdida de Pinocho luce esplendorosa. Su histérico y comprometedor personaje es el contrapunto perfecto a ese profesor de geológia tímido y encorsetado a quien da vida un Ryan O´Neal con expresión de "quienmemmandaríaamilevantarmeestamañana" durante todo el metraje de esta disparatada comedia en la que un codiciado maletín convierte San Francisco en un desquiciado laberinto de equívocos hilarantes. Es difícil quedarse con una sola secuencia (todas son brillantes y sumamente divertidas), pero me quedo con la enloquecida persecución por las vertigionosas pendientes de la ciudad y, por supuesto, con el inolvidable Kenneth Mars que devora crudo a cada actor con el que comparte encuadre con su emplumada creación del doctor Hugh Simon.

ATERRIZA COMO PUEDAS, DE J.ABRAHAMS, D. ZUCKER Y J.ZUCKER (1980): Mi gran debilidad. A pesar de los cientos de imitadores que siguieron la estela de esta monumental bufonada, la cinta de los hermanos Zucker y de su amigo J. Abrahams permanece imperturbable en la cúspide. Tomando como referencia las populares películas sobre catástrofes que surgieron a finales de los setenta, los tres directores (y también guionistas) montaron un espectáculo a medio camino entre la parodia y el homenaje en el que los golpes de humor se apelotonan a razón de dos o más por minuto (algunos simultáneos, en un mismo plano). Los diálogos entre los pilotos del avión, el impagable Leslie Nielsen o el desquiciado personal de la torre de control son solo algunos de los elementos que convierten el ver esta película en un deber cívico cada vez que es emitida en alguno de los infinitos canales de nuestra pantalla amiga.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

La fiesta de Bakshi


Blake Edwards falleció la semana pasada en Brentwood (California), a los 88 años de edad. Con su desaparición, los amantes del cine perdemos el último eslabón que quedaba entre los grandes directores de comedia pura y quienes, a día de hoy, pretenden hacer reír a los espectadores utilizando las herramientas que aquellos utilizaron con habilidad y precisión suiza y que, en manos modernas, no siempre funcionan del mismo modo.

Junto con Billy Wilder, el director de "Victor o Victoria" ha sido para un servidor, garantía de diversión. En realidad, el estilo de ambos son polos opuestos: el creador de "Con faldas y a lo loco" estimulaba más la materia gris a través de unos diálogos antológicos y una ironía sangrante mientras que Edwards, admirador incondicional del humor mudo de Laurel y Hardy o Buster Keaton, planteaba en sus obras una diversión más visual, más física y directa que la que aparecía en las comedias del maestro Wilder. Y si en una película alcanzó su cénit este humor recio que fue el sello personal del fallecido director norteamericano, esa fue, sin duda alguna, "El guateque".

Mi primer contacto con "El guateque" fue una noche en la que la segunda copa de más era ya sólo un recuerdo. La televisión de aquel bar estaba encendida y entre vapores etílicos distinguía de cuando en cuando al genial Peter Sellers, opositando para ser Baltasar en la próxima Cabalgata de Reyes y repartiendo sonrisas en una fiesta en la que no parecía encajar. Me acosté varias horas después con una melopea fenomenal y la nebulosa sensación de que tras esas imágenes difusas que retenía en la memoría habitaba una gran película.

A la mañana siguiente, mi resaca y yo enfilamos al videoclub (¡qué tiempos!) y con cuatro pinceladas, el encargado supo al instante de lo que estaba hablando. Aquella tarde, tras una reparadora siesta de las de bacinilla y padrenuestro, metí la cinta en el vídeo y pasé los noventa minutos más divertidos de mi vida. Desde entonces he pasado por la experiencia de ver "El guateque" en numerosas ocasiones. Demasiadas, según la bella señora Winot. Nunca suficientes, según el que suscribe.

Hay que estar en plena forma para no perecer durante la proyección de "El guateque": no es fácil aguantar una hora y media sin parar de reír. Hay abdómenes que pueden no soportar tanto trabajo. Literalmente, desde el primer segundo, los gags (odio el palabro, pero, la verdad, no logro encontrar un término cristiano que transmita la misma idea) comienzan a sucederse en la pantalla y no dejan de generarse durante una hora y media torrencial en la que es imposible dejar de reír y que cambió el mundo de la comedia para siempre jamás.

La intención de Edwards era que "El guateque" fuera una película muda: un actor calamitoso de origen indio (Peter Sellers, perfecto como el inolvidable Hrundi V. Bakshi) es invitado por error a una fiesta de jerifaltes del mundo del cine, donde su excepcional torpeza provoca todo tipo de disparates. Punto. Apenas sesenta páginas de guión y una sumisión total del director a la improvisación de sus actores (de hecho, Edwards sólo colocaba las cámaras una vez que los protagonistas habían ensayado sus escenas y aportado sus ideas). Si bien me alegro de que su idea no triunfara (nos hubiéramos perdido el asombroso trabajo de Sellers hablando en hindi y, por supuesto, la extraordinaria secuencia de Bakshi alimentando a un loro nunca hubiera podido ser tan redonda) es evidente que "El guateque" puede verse sin sonido y disfrutarse (casi) con la misma intensidad.

Los minutos antológicos que preceden a los títulos de créditos (excelentes, por cierto, y donde también se suceden los chistes a ritmo de Henry Mancini), la odisea con el zapato blanco, el encuentro con Wyoming Bill Kelso (un divertido y jovencísimo Denny Miller), la mítica cena con Sellers acurrucado en una esquina mientras los pollos asados vuelan por los aires y los camareros reparten la ensalada con las manos, el momento musical con "Nothing to lose" y por supuesto, Sellers, Sellers y Sellers que hace una interpretación de capitán general y que carga casi al completo con la película sin apenas desaparecer de plano en los más de noventa minutos de metraje. Y digo casi porque por allí también pulula el etílico camarero que inmortaliza Steve Franken y cuyas memorables apariciones en pantalla logran incluso eclipsar el desmesurado talento del quisquilloso y genial actor británico.

Imagino que la mayoría ya habréis visto esta indiscutible obra maestra. Los que no, pueden enviarme un correo a mi dirección de e-mail para que les dé mis señas: una recomendación como ésta, bien se merece una buena botella de brandy. Aunque, como bien sabe el camarero Levinson, Bakshi no bebe.