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lunes, 7 de diciembre de 2009

Aquí no hay quien viva (en diciembre)


Vivo muy cerca del centro de Madrid tan cerca que, parafraseando a Groucho Marx, si estuviéramos más próximos, terminaríamos dándonos las espalda. Casi todo lo que me gusta, habita en el centro. Por eso, poder llegar caminando a cualquier cine, museo o restaurante es un lujo tan intenso que pago con gusto el peaje que suponen los atascos, el ruido y el evidente aumento de la densidad de población que existe en sus calles si lo comparamos con todo lo que se aloja fuera de esas lindes.

Vivir en el centro no es obviamente, una experiencia de gusto para todos los paladares. Pero tampoco lo es el pasar tus días en uno de esos barrios que se desarrollan a la sombra del núcleo urbano y que, a pesar de disponer de zonas comunes o estar implantados junto a faraónicos centros comerciales, a día de hoy son escenarios perfectos para el rodaje de los exteriores de "Soy leyenda II". Aunque cuando lo digo, hay personas que me contemplan como si acabara de comunicar mi pasión por la carne humana, prefiero vivir en sesenta metros cuadrados junto a la Puerta del Sol que en un piso de doscientos metros a quince kilómetros de Madrid.

Dicho esto, no obstante, hay veces, la verdad, que a uno le entran ganas de coger la recortada y avanzar por el centro de la ciudad despanzurrando viandantes hasta el pueblo más aislado de la sierra más recóndita de la provincia y aislarse de todo y, sobre todo, de todos. De todos los que aprovechan estas fechas para tomar el centro de la ciudad y convertirla en un lodazal por el que es imposible deambular sin un campo de fuerza protector.

Diciembre es una prueba de fuego para aquellos que, como yo, disfrutan de la razonable superpoblación del centro. Desplazarse por las calles que circundan Sol o Preciados exige un trabajo previo de zapador experimentado que permita evitar las hordas de energúmenos que adornan sus testas con apestosas pelucas afro, cuernos de alce o, la novedad de este año, cabezas de ciervo apeluchadas que incitan a la violencia más extrema. Ensimismados en el fulgor de la iluminación municipal navideña, el rebaño anda disperso y es perfectamente posible terminar con un matasuegras alojado en el fondo de la garganta mientras intentas que el desgraciado que fuma su cigarrito como si anduviera por un valle deshabitado no logre carbonizar a la heredera que, desde su carrito, nos observa con severa censura. No es posible trazar una linea recta. Moverse implica disponer de ubicuidad para no terminar arrasado por avanzadillas de jubilados aletargados, japoneses que bloquean las calles fotografiando todo cuanto queda encuadrado en el objetivo de sus cámaras, y pandas de adolescentes que se comunican en un extraño lenguaje de risotadas, empujones y, esporádicamente, palabras (incluso bisílabas, en ocasiones) que convierten una vuelta a la manzana en un capitulo del "Ulises".

Ayer por la tarde, tomé la equivocada decisión, de pasear mi palmito y el de la heredera por el Mercado de San Miguel, uno de los lugares más concurridos de este concurrido casco urbano. Cuando, oprimido entre bandejas con vino, bolsas de pan y platos de langostinos, me planteaba muy seriamente utilizar el carrito de la heredera como arma arrojadiza, me topé de frente con el actor Fernando Tejero que, a juzgar por su expresión se estaba planteando utilizar con similares intenciones una bolsa que cargaba en la mano derecha. Estuve a punto de soltarle que no andara con esa cara de mala leche, que él ya había vivido en sitios donde no se podía vivir y había sobrevivido, pero, respiré hondo y me mordí los morros. Le pedí paso para la heredera, me lo concedió, le di las gracias y volví a mi casa, mientras pensaba que el bendito siete de enero está a la vuelta de la esquina. Amen.