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miércoles, 18 de octubre de 2017

Contra la hipocresía y la vaguedad

Llevo semanas evitando hablar aquí del tema, refugiándome en las redes sociales, especialmente en Twitter, para descargar todas las malas vibraciones que me genera la avalancha de insensateces, perogrulladas, falacias y mamarrachadas de toda índole que el tema viene alumbrando desde que paso a convertirse en el vórtice que todo lo absorbe. Como les ocurre a tantas series de televisión que alargan sus tramas mucho más allá de lo saludable, el tema, que lleva en antena más de 30 años, ha entrado en una laberinto del que dificilmente se va a poder salir a menos que uno tire de matemáticas. 

Decía Stendhal que las matemáticas no permiten la vaguedad ni la hipocresía y, como en tantas ocasiones, el hombre tras "Rojo y negro" tenía toda la razón del mundo. Si en vez de consignas, proclamas,  mediciones de pene y banderas rojas y amarillas se hubiera usado la suma y la resta, hace tiempo que estaríamos hablando de otra cosa mucho más interesante y, sin duda, menos enervante.

El Instituto Nacional de Estadística cifró en 5.510.798 personas el censo electoral en Cataluña para las elecciones autonómicas de 2015. El día en el que se celebraron dichos comicios, catalogados por la Generalitat como plebiscitarios, las urnas cerraron con 4.115.807 papeletas en su interior, con lo que 1.394.991 ciudadanos con derecho a voto, pudiendo ejercer esta facultad prefirieron quedarse en casa. Dejémoslo ahí, no entremos a valorar qué hubieran votado de tener ganas o tiempo. Yo lo tengo claro, pero aquí solo vamos a hablar de números y lo que este dato demuestra es que no es probable que haya un 80% de catalanes que deseen la independencia porque hay un 25% del electorado del cual no sabemos nada y no por eso vamos a poner palabras en su boca. Vamos un poco más allá.

De las 4.115.807 papeletas introducidas en las urnas, 1.620.973 fueron a parar a la candidatura de Junts per Si y 336.375 a la de la CUP. Creo que hay un consenso claro en que ambas formaciones conforman el llamado Bloque Independentista. Dejémoslo ahí, no entremos a valorar qué tienen en común los miembros de Esquerra Republicana, el PDCAT y los antisistema de la CUP. Yo lo tengo claro, pero aquí solo vamos a hablar de números y lo que este dato demuestra es que más de la mitad de los votos emitidos en 2015 fueron a parar a partidos que no tienen la independencia como motivo conductor de su estrategia. Pero vamos un poco más allá.

El referendum del pasado uno de octubre congregó a las urnas a todo aquel que tuviera DNI. En este caso es difícil determinar el valor del censo, pero vamos a suponer que sea el mismo que las elecciones de 2015 (las gallinas que entran por las que salen). Según datos facilitados por la Generalitat, acudieron a votar  2.286.217 personas, de las que 2.044.038 votaron a favor de la independencia. Dejémoslo ahí, no entremos a valorar las nulas garantías de esta convocatoria ni el peso específico que tienen sus resultados. Yo lo tengo claro, pero aquí solo vamos a hablar de números y lo que este dato demuestra es que en poco menos de 24 meses los partidarios de la independencia han pasado de 1.957.348 a 2.044.038, lo que supone poco más de 86.600 personas. Aparentemente, el mensaje no termina de calar. Más aún cuando el censo universal es, obviamente mucho más numeroso que el electoral. Pero demos un último paso más allá.

Las manifestaciones que se llevaron a cabo tras los acontecimientos del 1 de Octubre, uno de los momentos más tensos, dramáticos y tristes de nuestra democracia congregaron en las calles a dos millones de personas según la Generalitat que clamaron contra la represión policial, el fascismo que domina al Gobierno de España y a favor de la independencia y de la libertad de los pueblos. Dejémoslo ahí, no entremos a valorar si hacer cumplir las leyes y disposiciones judiciales es represión o si el Gobierno de España debería no haber caído en la trampa y dar a los independentistas la foto que tanto deseaban. Yo lo tengo claro, pero aquí solo vamos a hablar de números y lo que este dato demuestra es que a pesar de todo y de todos, de las malas decisiones y de la gasolina echada en el fuego, el movimiento independentista no avanza, está en parada cardiorespiratoria y se congela en esos poco más de dos millones de simpatizantes sobre los que pivota desde hace más de 24 meses. Los mueve mejor, los enfoca con más claridad y juegan sus cartas con más desparpajo por muy marcadas que sigan estando. Pero las matemáticas no mienten, no se equivocan y son indebatibles.  Y el que no lo quiera ver y pretenda arrogarse una representación que no detenta, está condenado a la derrota. Por hipócrita y por vago.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Sin cariño ni respeto.

 
Un buen amigo acostumbra a cerrar sus comentarios más cáusticos y mordaces con una coletilla que se ha instaurado como hasthag entre nosotros y que es patrimonio de todos aquellos que lo conocemos y tratamos. "Desde el cariño y el respeto" es la frase que suele poner el capuchón a diatribas contra una determinada forma de pensar, una película que provoca urticaria o unas zapatillas que no cumplen los mínimos requisitos que dicta el estilo y el buen gusto. Con ella, quien la coloca detrás de un litro de vitriolo verbal, manifiesta su disconformidad frente a algo hecho, dicho o perpetrado sin, por ello, perder la perspectiva de que quien es sujeto activo de tales comportamiento no deja de ser un buen amigo o una persona digna de confianza o estima. 

Teniendo en cuenta estas circunstancias y que esta entrada pretende servir de anhelado punto y final,a las muchas y muy críticas que en los últimos años un servidor ha dedicado al presidente saliente de este país en ruina creo que nadie se va a sorprender si digo que no existe posibilidad alguna de utilizar la conocida frase al final de este texto.

No hay cariño a pesar de que lo hubo al principio. Confieso que las primeras decisiones del presidente, especialmente la salida de Irak, me parecieron sumamente coherentes con cuanto anunció en la campaña electoral. Recuerdo escuchar a Jiménez Losantos recomendar a Rajoy tras la primera entrevista concedida por el presidente ( a la Cope... casi nada) que no lo subestimara y que le diera el peso específico de un contrincante formidable. Aquello me gustaba, me generaba ilusión y me hacía reverdecer la confianza en las siglas que dejaron de representarme durante los últimos años de Felipe González. Pero pronto empezó el carnaval y el cariño se tornó en sorpresa (la baraja de los estatutos de autonomía), la sorpresa en la incredulidad (la negociación con ETA) y la incredulidad en indignación (la crisis y su tratamiento,o, por mejor decir, la falta del mismo).

Y tampoco hay respeto porque el presidente ha traicionado lo único que nunca debe traicionar un político y que no es otra cosa que la confianza. "España no se merece un gobierno que mienta" anunció Rubalcaba hace ya varios años y Aznar salió por la puerta que atraviesan quienes mancillan la verdad con embustes y artimañas innobles. Ahora le ha tocado el turno al presidente, que ha convertido la mentira en la insignia de una legislatura en la que con burdo e inverosímil cinismo se ha faltado a la verdad de todas las formas posibles: negando la evidencia, haciendo trampas en las cuentas o, sencillamente, acusando de falsarios y saboteadores a quienes nos negábamos a creer las inconcebibles sandeces con las que se nos pretendía hacer comulgar. Lo ha hecho de manera directa, siendo a la vez artífice y emisor de la patraña, pero tampoco ha dudado en utilizar a otros (mediocres y sectarios en su amplia mayoría, botarates diplomados atentos a la consigna de turno para estrechar el círculo y acercarse al líder. De estos, el presidente ha dispuesto en abundancia) para esparcir los mensajes engañosos y falsarios con los que ha sembrado estos casi ocho años de suplicio que, afortunadamente han tenido su fin hace unos días.

Hace unos meses se anunció el descubrimiento de los neutrinos, unas partículas que además de poner en tela de juicio la propia Teoría de la Relatividad, amparaban, al menos desde un punto de vista teórico, los viajes temporales. Ojalá avanzaran en esta investigación y fuera posible retroceder en el tiempo para borrar de la historia al presidente, su pandilla de mendaces palmeros y el bardal ruinoso en el que dejan el sistema político, el empleo y la economía del país. Sé que no es posible, que me adentro en la ciencia ficción y que este deseo no es más que un sueño, pero reconozco que me alivia. Al menos, soñar, ha sobrevivido al naufragio.