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miércoles, 9 de noviembre de 2011

El rugido de Camille


Mi primer recuerdo cinematográfico permanece ligado inevitablemente al "King Kong" que John Guillermin rodara a mediados de los setenta. Tal vez hubiera entrado antes en un cine, pero en mi mente son los bramidos aterradores de la bestia que creara Stan Winston para la ocasión los que dotan de banda sonora a mi bautismo cinematográfico. Fue la primera vez y, tal vez, la más breve (como por otra parte suele pasar siempre en "las primeras veces") ya que tan pronto hizo acto de presencia en pantalla el colosal primate, servidor tuvo casi que ser sacado en camilla para no fallecer de la impresión dentro de sala. Acerca de lo adecuado que fue llevar a un infante de apenas seis años a una película de estas características, prefiero correr un velo de silencio por devoción paternofilial.

En lo que a música clásica se refiere, este carácter iniciático, de llave maestra, corresponde al francés Camille Saint- Saëns (1835- 1921) cuya "Danza Macabra" abrió para un servidor el mundo inflamado y vertiginoso de los pentagramas y las batutas.

El compositor francés apareció en mi vida por pura casualidad, como esqueleto musical sepultado bajo algún disco ochentero de Duran Duran o Spandau Ballet que alguien había grabado en una "cassette" sin el menor respeto a su vida o a su obra y que salió a la superficie como un muerto viviente en los minutos finales de la cinta con una melodía hipnótica e inquietante que se introdujo en mi cabeza y se negó a salir.

Me acerqué a una de las míticas tiendas de discos MF, donde los dependientes, a diferencia de lo que ocurre hoy en día, sabían de lo que hablaban y en unos pocos minutos de audición, aquel pozo de ciencia me ubicó acerca de lo que tenía entre manos y que no era sino la ya mencionada "Danza macabra". Salí de allí sumamente satisfecho, muy bien asesorado y con su tercera sinfonía y una recopilación de música orquestal en el bolsillo.

La música de Saint Saëns exige relativamente poco del oyente "entra con facilidad" que diría Javier Elzo y eso le ha servido a un amplio sector de la crítica para ningunear el descomunal talento melódico del compositor de, entre otras, "El carnaval de los animales". De hecho, algunos de sus coetáneos como Debussy o Franck pulieron las primeras columnas de su mausoleo criticándolo con dureza por no abrir la mente a las nuevas tendencias y atrincherarse en lo que conocía sin tampoco realizar la más mínima aportación novedosa. También he leído en algún lado que su inteligencia superlativa (leía y escribía con total corrección cuando apenas contaba con tres inviernos en su haber y además de compositor fue un excelente pianista, prestigioso escritor y un matemático y astrónomo que debatía con los mejores especialistas europeos) lastra sus composiciones con una corrección formal tan irrefutable como gélida.

Las revoluciones (en cualquier ámbito. También, por supuesto, en la música) se producen de generación en generación y a quienes les toca vivir entre una y otra les corresponde llevar a cabo la importante aunque no siempre reconocida tarea de los zapadores, es decir, preparar el terreno y fijar los cimientos sobre los que los genios del futuro puedan proclamar su grandeza. Por esta razón, devaluar un legado musical tan extenso, rico y variado como el de Saint Saëns por no aportar novedad o no ser "punta de lanza" es tan inapropiado y falto de criterio como no disfrutar de una sabrosa, esponjosa y delicada tortilla de patatas por no suponer un avance de la vanguardia culinaria.

Si alguien busca una nueva forma de expresión musical, un sonido desconocido para el oído humano o la cuadratura del círculo, es mejor que no se acerque a la obra de Saint Saëns y gaste sus zapatos en otros senderos. Por el contrario, quienes disfruten con bellas melodías, quienes tengan una vena romántica y lírica destacada o quienes, sencillamente, sepan embriagarse con la belleza sin reparar en lo que pueda o no aportar a la historia, ahí tiene su música concertante (especialmente para violín y piano), sus obras de cámara (atención a sus sonatas para instrumentos de viento: una verdadero manjar) y por supuesto la racial e incandescente "Sansón y Dalila", extraordinaria aportación al repertorio operístico del compositor parisino. No saldrán defraudados. Mucho menos si es su "primera vez".