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miércoles, 17 de enero de 2018

De herejías y sus virtudes

Buenas noches a todos menos a los que mueven la cabeza negativamente ante cualquier intento de expandir el campo de batalla de la música clásica. Mientras gente como James Rhodes, Camerata Musicalis o Ara Malikian realizan esfuerzos para barrer el polvo, abrir las ventanas y ventilar así la cárcel en la que Mozart, Haydn, Grieg o Bach han estado encerrados durante siglos para no llegar a todos los públicos, los que allí les encerraron, siguen chistando a uno si tose en un concierto o sufren una embolia si alguien empieza a aplaudir cuando no lo indican sus Sagradas Escrituras, las que solo ellos conocen y endogámicamente se transmiten. A esos, a los que son incapaces de asumir que todo tiene un objeto y que al mismo se puede llegar de muchas formas, a esos, ni agua.

Esta noche vengo a hablarles brevemente de mis inicios en este mundo inabarcable de la música clásica. Podría dármelas de lo que no soy y decirles que mamé desde pequeños las sinfonías de Mahler y las nocturnos de Chopin, que mi padre leía partituras mientras desayunaba y que mi despertador no era otro que los melodiosos trinos que mi madre emitía mientras hacía las camas. Pero no es así, no les quiero engañar. En mi casa se oía a Marisol, Radio Nacional de España y, de cuando en cuando, a Serrat, a Perales o a Demis Roussos. No, por ahí no fue por donde empecé el camino a Bayreuth, se lo puedo asegurar. Mi entrada en el universo de los clásicos musicales tuvo como barquero a un caballero de nombre Louis Clark que a los mandos de la Royal Philharmonic Orchestra, a principios de los ochenta publicó "Hooked on Classics" un disco que, a través de un tuttifrutti de melodías clásicas, enlazadas de una manera magistral, creaba temas de entre cuartro y siete minutos con un machacón ritmo discotequero que para quien esto confiesa, era, como diría Robert Palmer, simplemente irresistible. Cuando acaben de leer, vean el video que les he dejado al final de la entrada y así se hacen una idea más exacta de las habilidades del señor Clark. Verán que no son pocas.

Un fragmento de la Novena de Beethoveen, se fundía casi sin darse uno cuenta con el Guillermo Tell de Rossini el cual, a su vez se unía suavemente a Las Bodas de Figaro y desembocaba en una sinfonía de Tchaikovsky creando un único momento de no más de un minuto. Tela. El primero de esos discos incluía fragmentos de más de cien obras en algo menos de cincuenta minutos. Imagínense el campo de batalla que se abre a las mentes inquietas, el descomunal yacimiento musical que se despliega ante los oídos hambientos de quien mientras cimbrea la cadera en la discoteca de moda y, sin remedio, se prenda de unas notas que se le adhieren a la cabeza y que lo llaman a profundizar, a descubrir más secretos, a saber más de ese Haendel, de ese Elgar o de ese Wagner del que se habla en el librito de temas que incluye el disco de marras.

Los puristas más casposos, los que siempre andan con las vestiduras remendadas pusieron el grito en el cielo y abominaron publica y privadamente contra la obra por vejar su santoral y parir un engendro que faltaba el respeto a las Sagradas Formas Clásicas. Hoy, en Twitter, el productor de disco hubiera tendio que salir a pedir perdón o, en el mejor de los casos, cerrar su cuenta. Al amigo Clark, por su parte, debieron importarle estas arengas tan poco como a mi, por que se tiró casi toda la década publicando nuevas entregas de similares características (la segunda fue memorable, mi favorita sin la menor duda), vendiendo discos como churros y adecentando su orto con las diatribas que seguía recibiendo desde las más rancias esquinas del reino. Por lo que a mi respecta, Louis Clark ha hecho por la música clásica en diez años más que Deutsche Grammophon en toda su historia. Quitar los velos, se ponga quien quiera ponerse como se quiera poner, siempre es más complicado que rasgarlos. Por eso, unos hacen una cosa y otros otra. Por eso, unos suman y otros restan.


miércoles, 27 de septiembre de 2017

Jazz me vale: Vijay Iyer Trio

En su enémisa temporada, el ladrillo da el pistoletazo de salida recuperando su sección más jazy. Y lo hace a través de una elípsis que hubiera hecho las delicias de Stanley Kubrick y que da carpetazo a casi sesenta años de historia del genero. Más o menos, los mismos años que median entre las melodías, ritmos y armonías de los dos protagonistas previos de la sección (Miles Davis y Dave Brubeck) y los experimentos sónicos (de raices indiscutiblemente hundidas en el genero, eso sí) que interpretan tres sujetos que dominan como pocos las baquetas (Marcus Gilmore), el contrabajo (Stephan Crump) y las 88 teclas de su piano (Vijay Iyer). Estos caballeros  publicaron en 2012 y bajo el nombre (poco original, no se lo discuto) de Vijay Iyer Trio, "Accelerando", un album excepcional que no me resisto a recomendarles.

Como es fácil imaginar por el nombre con el que publican sus trabajos y a pesar de las indudables habilidades de los otros dos componentes de la banda, aquí quien corta el bacalao es el amigo Iyer, un pianista norteamericano de origen hindú que lleva más de diez años publicando discos de forma infatigable y llevándose por ellos premios un día sí y otro también. Además de pasear sus dedos por el teclado con un virtuosismo fastuoso dispone de una cabeza privilegiada y tiene en su despacho una licenciatura en Matemáticas y Física por Yale, una Maestría en Física y un Doctorado en Tecnología y Artes por la Universidad de Berkeley. Por si fuera poco, es elegante, refinado, moderadamente soberbio y, dicen que el muchacho borda el pollo tandoori y las samosas. Un portento, el yerno ideal, no lo voy a negar.

¿Adivinan quién es Iyer? Exacto, justo ese.
¿Y que pueden encontrar los que se atrevan a seguir mi consejo y escuchar el album? Pues un poco de todo la verdad, la música de Iyer es exigente y no sigue pautas concretas. Hay temas como el que abre el disco ("Bode") que parece el resoplido de un búfalo mientras se ahoga en una charca. Es breve y supone algo así como una afinación general del trio. Lo bueno empieza justo después, con "Optimism", la pieza que marca un poco lo que está por llegar: una base rítmica complejísima con el piano del amo de las samosas desgranando una melodía que no lo parece. Parece imposible que con tres músicos sea posible crear estas armonias casi orquestales. Es un reto entrar en ella, pero una vez que se introduce en la cabeza es difícil sacarla.

Lo que sigue a continuación hasta completar los once cortes del disco es de una variedad descomunal. Hay cortes como "Lude" que podrían haberse grabado en tiempos de John Coltrane sin que llamara la atención por su vanguardismo. y otros parecen extraidos de la banda sonora de una película de Rob Zombie ("Actions Speak") o directamente un homenaje a la disonancia como una de las mas bellas artes (atentos a "Accelerando").



No se asusten, hay también temas de entrada lubricada como por ejemplo, "The Village of the Virgins", de una belleza clásica, melódica y de encaje accesible (no en vano es una versión de Duke Ellington) o "The star of a story", otra versión, en este caso del grupo de funk setentero Heatwave que podría poner cobertura sonora a cualquier estreno del Festival de Sundace. Y ya que hablamos de vesiones, ¿qué decir de esa maravilla que es el "Human Nature" de Michael Jackson a quien los alegres muchachos de Vijay Yler Trio convierten en un monumento de casi diez minutos? Miren, me gustan ustedes, me caen bien y llevan muchos años pasando por esta escombrera de modo que, en lugar de hablar del maldito referendum del próximo domingo o del cocido maragato, les voy a poner un enlace a este último tema del que les he hablado no sin recomendarles que no se paren ahí (doy por sentado que van a adorar el tema, no sé si se dan cuenta) y que dejen que como Avon, "Accelerando" llame a su puerta y pase a ponerse cómodo. Ojo, que una vez dentro, como los vampiros ya no sale.


miércoles, 31 de mayo de 2017

La flor más grande, triste y bella del Bierzo

Creo que es la primera vez en más de diez años de vida de esta su escombrera predilecta que dedico una entrada a un disco de rock. Ha habido múltiples textos dedicados a la música, por supuesto. Incluso recuerdo un par de ellas dedicada a bandas sonoras del gabacho Alexandre Desplat. Pero ninguna dedicada a glosar las virtudes de un album en el sentido moderno de la expresion. De modo que pueden hacerse una idea de las sensaciones que me han producido los once temas contenidos en "How big, how blue how beautiful", el tercer trabajo de la banda británica Florence and The Machine y al que, por ahorrar energías, me referiré desde ahora como HB3.

Al frente del grupo se encuentra Florence Welch, una pelirroja etérea nacida en Londres hace poco más de 30 años y de la que tuve noticias a través de una versión del clásico "Stand by me" que me cautivó en pleno corazón del Bierzo, durante el último Cinefranca (para los que no tengan la menor idea de lo que les estoy hablando, que sepan que se están perdiendo el mejor festival cinematográfico- gatronómico- musical de cuantos se celebran en este país. Les dejo su web por si no quieren pasar más tiempo en la ignorancia http://eventosarmiento.es/. Háganse un favor y acérquense el año que viene. No lo lamentarán). Por eso, por lo que a mi respecta, Florence siempre será una chica del Bierzo. Este es, tal vez, el mayor halago que la voy a soltar en esta entrada. Pero, sin duda, no será el único.

Vaya por delante que los dos discos previos del grupo son dos sólidas piezas musicales que responden al nombre de "Lungs" (2009) y "Ceremonials" (2011) y que contienen temas abrasadores como "Dogs days are over", "Drumming song", "Shake it out", "Spectrum" o "Lover to lover". En ellos ya destaca el ragnarök vocal de la muchacha y su gusto por las atmósferas y las gasas melódicas envolviendo guitarrazos y ritmos machacones con sabor a soul. La voz de Florence es de una potencia descomunal. Se gusta y aprovecha para explayarse en un "aquí estoy yo" que, en ocasiones puede resultar un poco indigesto. Parece más empeñada en acreditar la enorme fortaleza de sus cuerdas vocales que sus habilidades para la entonación y el sentimiento. Como compositora ya queda claro que es un talento indiscutible.

Y en 2015 llega HB3·y las (escasas) sombras de su música desparecen. Once temas como once soles. Todo lo anterior, el rock directo, las armonias vocales, los arreglos de viento, Motown, todo, sigue ahí. Pero elevado a la enésima potencia, puliendo las aristas, perfeccionando un estilo de hacer música que solo está al alcance de ellos porque solo ellos tienen el becerro de oro, la apabullante de voz de Florence que, en esta ocasión, dedica todos sus esfuerzos a transmitir, a entonar, a deshacerse en sus canciones y a recorrer todas las octavas por las que su privilegiada garganta es capaz de deambular. Es imposible decantarse por un tema. ¿la galopada inicial de "Ship to wreck"? ¿El single perfecto que es "What kind of man"? ¿o a lo mejor es preferible la montaña rusa de ritmos que es "Delilah"? A veces creo que "Third eye" es la que se lleva el gato al agua pero luego entra en danza la melodía inabarcable de "Various storms & saints" y me vuelve a entrar la duda. 

Yo a estas cosas suelo llegar tarde. Florence and the Machine llevan casi diez años en el escaparate musical, han ganado docenas de premios, han puesto música a películas y a su vocalista le ha dado tiempo a superar su dislexia, coquetear con el alcohol y ser abanderada de varios maestros de la moda. Y Tarquin en su nube. Con su Haydn, su grunge y sus bandas sonoras. A por uvas, por resumir. A mí, Florence and the Machine me los trajo el Bierzo y Cinefranca y es una de las muchas cosas grandes que descubrí allí. A ustedes se lo pongo más fácil. Solo tienen que pulsar play un poco más abajo para ver si esta epifania musical que tengo es solo cosa mía.


miércoles, 23 de noviembre de 2016

Schubertior

Por suerte o por desgracia, en Madrid, el ruido te rodea. En ocasiones son las sirenas, el barullo infernal del trafico desquiciado. Tambien hay convesaciones ruidosas, exabruptos, niños llorando o riendo, padres en alerta roja, martillos pilones o camiones descargando y cargando a cualquier hora del día o de la noche. En ocasiones también hay musica. Espantosa la mayor parte de las veces. Sorprendente, hermosa y desconocida en algunas contadas ocasiones, como la que salía de una ventana hace unos días y que gracias a San Shazam pude saber que era una de las seis piezas que componen los Moments Musicaux o Momentos Musicales del compositor austriaco Franz Schubert.

En un Post-it a una cara podría escribir todo lo que conozco de la obra de ese artista: el archiconocido quinteto de "La trucha", el Ave María y poco más. Imagino que si me pongo el "grandes éxitos" de turno de Spotify alguna melodía más reconoceré. De su vida conozco algo más (no mucho, en cualquier caso) por la defensa colosal de su vida y obra que hace James Rhodes en su libro "Instrumental" (por cierto, una obra redonda que no deberian perderse si aman la vida y la música). Bajito, acomplejado, siempre a disposición de la caridad de sus amigos para sobrevivir, con un talento y una creatividad asombrosa (cientos de canciones, ocho sinfonías, dos decenas de sonatas para piano, etc) para una vida que apenas superó los treinta años y que estuvo dirigida por el desprecio, la falta de reconocimiento y una naturaleza enfermiza y quebradiza que terminó arrasada por la sífilis. Como ven, un magro botín de conocimientos cuando se habla de una obra tan descomunal y, al parecer, tan hermosa y brillante como la que creó este hombre. Mea culpa. 

Los seis Momentos Musicales que han puesto en primera fila de mis intereses al amigo Franz son composiciones ya tardías (se publicaron poco antes de su muerte), de una libertad formal absoluta y completamente diferentes entre ellas. Son obras para piano que van desde los apenas dos minutos del tercero de ellos a los casi ocho del último. Los hay con ritmo moderado, diabólicamente acelerados y algunos que convierten los adagios tradicionales en speed metal. Son obras con melodías amplias que no parecen repetir motivos y que sin embargo lo hacen bajo unos ropajes que uno tarda en digerir pero que cuando lo hacen asombran por su inocente complejidad. 

Me tienen loco desde hace una semana, la bella Señora Winot y las herederas pueden dar fe de ellos, especialmente el segundo de ellos, el que me asaltó a plena luz del día y me dejó en cueros musicales en una calle de Madrid aparentemente segura, el sitio menos proclive a ser el escenario de una epifanía melódica que uno pueda imaginar, el que aquí les dejo en la interpretación inmejorable del maestro Alfred Brendell. Dedíquenle los poco más de cinco minutos que dura (el día dura 24 horas, seguro que se lo pueden permitir), no se me duerman (aunque el autor ya se encargará a media pieza de que vuelvan de las tierras de Morfeo si se ha dado el caso) y descubrirán algo muy superior a la media. Disfrútenla.


miércoles, 7 de mayo de 2014

Alan y yo

En pleno revival ochentero (en un fin de semana por la pantalla de mi televisor han pasado "Los Goonies", "El club de los cinco", "Karate Kid", "Hidden" y "La princesa prometida". Ahí lo dejo) me encuentro con la publicación de "The Complete Albums Collection" una lujosa caja recopilatoria que contiene todos los discos de la que fuera mi banda de rock favorita durante dicha década y parte de la siguiente y que no es otra que The Alan Parsons Project. El banco me ha denegado la imprescindible hipoteca para pagar lo que la cajita de marras cuesta, pero, al menos, la publicación de esta joya merece un sincero homenaje en el ladrillo al grupo que hiciera sentir por primera vez a quien esto escribe, lo que ser fan de algo o alguien implica realmente.

El tiempo ha sido duro con la música de Alan Parsons y quien fuera su indispensable socio Eric Wolfsoon. La extraordinaria producción de sus álbumes- el amigo Parsons fue ingeniero de sonido, entre otras joyas, de nada más y nada menos que "The dark side of the moon" de Pink Floyd- suena hoy demasiado perfecta y ese afan de dar a cada disco un toque conceptual y progresivo acartona un poco las canciones. Pero quien tuvo, retuvo y escuchando nuevamente obras como "The turn of a frinedly card", "Eve", "Tales of mystery and imagination" o "Ammonia Avenue" he redescubierto una banda compacta, con ideas de una brillantez inusitada para la época (nadie manejó el ritmo de marcha militar con ellos) y que han dejado para la posteridad, himnos que aún hoy, siguen dando colchón sonoro a un buen numero de instantes de mi vida.

No, no son los primos de Los Chunguitos, son Eric y Alan. ¡Ay, los ochenta!

Me cuesta decidirme por el que pudiera ser mi favorito de los diez discos (once si contamos el inédito "The sicilian defence" que nunca se publicó pero que sí está incluido en la caja.... Verás como al final, me la compro) publicados por la banda. No deben olvidar que el fanatismo de quien esto escribe le llevó a comprar sin pestañear uno de sus discos de nombre "Gaudí" y que contenía un tema llamado "La Sagrada Familia". Y que, a pesar de estas advertencias, no solo lo escuchó hasta romper el casette sino que se pasó un buen puñado de meses de aquel lejano 1987 tarareando sus melodías para asombro de mis allegados, que no entendían mi inédito fervor religioso. Sin embargo y si mi vide dependiera de responder a esa pregunta, creo que me decantaría por "The turn of a friendly card", el quinto disco de la banda con el juego como leit motiv y con una cara B casi monopolizada por el tema homónimo magistral dividido en cinco cortes a cual mejor. "Time", "Maybe a price to pay".... casi nada, señores.

Con las canciones, lo tengo más fácil. Como toda banda de rock progresivo que se precie, en sus albumes los temas con vocalista se mezclan con los instrumentales. En muchas ocasiones los cortes transitan sin pausa y acogen motivos o acordes de uno a otro tema para dotar al conjunto del necesario toque conceptual. La trascendencia y el ombliguismo siempre han sido del agrado del amigo Alan, qué le vamos a hacer. Por lo que se refiere a los temas instrumentales y dejando a un lado la payasada de "Hawkeye" del flojísimo "Vulture Culture" y de la que soy unico fan en toda la tierra, tengo claro que salvaría de un incendio la aterradora "Lucifer" y, si me apuran "Syrius", aunque todas son geniales.

Les costó décadas pero al final, hasta dieron conciertos en directo.

 En lo que respecta a los temas vocales (muchos, tal vez los mejores, con el propio Wolfsoon como cantante) y con todos mis respetos por clásicos del calibre de "Eye in the sky", "Don't answer me" o "Winding me up", doy mi voto a la intensísima balada "Silence and I", incluida en "Eye in the sky" y que contiene un cambio de ritmo a mitad de tema que lo convierte en una de mis canciones favoritas no solo de la banda sino de cuantas poblaron los años ochenta. Aquí les dejo una espléndida versión para que que la disfruten y para que quien no conozca la obra de estos geniales británicos se animen a darles una oportunidad a pesar de venir de los vilipendiados ochenta. No se pierdan el video. Es una maravilla y, además subtitulado: como escarpias tengo los pelos. Les dejo, que igual peco en Amazon y termino enterándome de que es eso de la defensa siciliana que nunca se publicó.

sábado, 16 de noviembre de 2013

Straussiado

Posiblemente por haber pisado hace poco las calles que lo vieron nacer (coming soon, "Volando voy: Munich"), en las últimas semanas no dejo de escuchar la música de Richard Strauss (1864-1949) . Algo debió de adherirse a mis zapatos aquel fin de semana festivo y cervecero del pasado mes de octubre y desde entonces, ando paseandome de nuevo, tras una prolongada ausencia, por sus composiciones, tan frías y mecánicas para unos como cálidas y deslumbrantes lo son para otros.

Yo tuve la suerte de entrar a través de las "Vier letzte Lieder", sus cuatro últimas canciones para soprano y orquesta, compuestas por el maestro con la muerte ya rondándolo y no pude tener mejor pórtico para introducirme en su música: son obras de una belleza tan incomparable que resulta casi imposible resistirse a su encanto. De hecho, la tercera de ellas, "Beim schlafengehen", con texto de Herman Hesse, es, probablemente, una de las melodía más hermosa jamas creada por el hombre. Compruébenlo ustedes mismos y escuchen la versión de Kiri Te Kanawa que aquí les dejo. Solo les digo que hasta el maestro Solti, que dirige la orquesta se tiene que secar las lágrimas durante la ovación final.





En su libro "El mundo de ayer" (una obra maestra, no se lo pierdan), Stefan Zweig comenta el periodo en el que colaboró con Strauss escribiendo el libreto de su ópera "La mujer silenciosa" y recoge allí un comentario del compositor en el que reconoce que no se le ocurren melodías largas, "como a Mozart", pero que, sin embargo, "se desenvuelve bien con temas cortos a los que, eso si, invierte, parafrasea y saca todo su jugo". No estoy del todo de acuerdo, pero es cierto que su música parece ir a ninguna parte y a todas a la vez. Y, quizás por esa razón, sus composiciones resulten tan visuales (fue un maestro de los poemas sinfónicos) y tan sugerentes (hace poco leí que la música de Strauss casi podía "olerse"). Si no, que se lo digan a Kubrick o Lynch que han usado la música del maestro como emblemáticas escenas de clásicos de la categoría de "2001" o "Corazón salvaje", respectivamente o prueben a escuchar "Till Eulenspiegel" (aquí les dejo una buena opción, aunque hay muchas, es una de sus obras más populares) y comprobarán lo fácil que es "seguir" la historia del pillo germano.

Strauss también sabía dirigir. Muy completo el hombre
Consagrado como estaba en el momento de la llegada de los nazis al poder, Strauss, en parte para que lo dejaran en paz y poder así dedicarse a su trabajo, en parte para proteger a su familia y amigos (judíos, muchos de ellos, como el propio Stefan Zweig) y, en parte, justo es decirlo, para no ver perjudicado su prestigio y, por tanto, su elevado nivel de vida, jugó un poco a reír las gracias a los alegres muchachos de Hitler: aceptó galardones, premios y puestos y mantuvo una enervante pasividad que, sinceramente, no le llevó a ser el tipo más popular del barrio judío. Al final, también termino a tortas con la Gestapo y acabo huyendo a Suiza, con el prestigio artístico más o menos intacto, el perdón de muchos de los que no entendieron sus tibiezas con los nazis (Zweig se lo concede en el libro antes mencionado ¿Les he dicho ya que es una obra maestra? ¿Sí? Uy, pues perdonen ustedes) y con tiempo para regalarnos todavía obras tan hermosas como las mencionadas "Vier letzte Lieder" o  este concierto para oboe con cuyo segundo y estremecedor movimiento cierro la prolija descripción de mi "straussamiento" no sin recomendarles fervientemente que se atrevan también a "straussiarse"sin prisa ni brújula en el bosque musical de este genio, posiblemente el último que ha dejado su firma en el mundo de las partituras.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Mundo Haydn

- ¡Vaya! Dándole al teclado de nuevo... Y solo ha pasado una semana desde la última entrada en lugar del mes/meses de rigor. ¿A qué se debe, cariño? ¿Llamo al médico? ¿Te bajo la medicación?
 
- Ja, ja y ja. Es usted muy graciosa, señora Winot. Ya sabes que en esta nueva temporada del ladrillo, escribo cuando el cuerpo me lo pide. Ya tuve suficientes ataduras el año pasado y, por el momento, voy a llevar esto así. El único rigor que vas a ver por aquí, es el rigor mortis como sigas por este camino.

- Aterrada me dejas con tus amenazas de pacotilla. Anda, calla y cuéntame de qué vas a escribir: ¿el apoteósico final de "Breaking Bad"? ¿Lo bien que lo pasaste y el infierno que yo padecí viendo "Pacific rim"? ¿Nuestro periplo por el Oktoberfest muniqués? Por cierto, esa música que tienes puesta, ¿qué es?

- Luego te cuento. Pues no, no voy a hablar de nada eso. Hoy me apetece hablar de Haydn y, más concretamente de .....

- ¡¡Hombre, Haydn!! Asustada me tenías. Desde ayer no me hablabas del muchacho. Empezaba a temer que se hubiera muerto.... ¡¡Anda, si es verdad que está muerto!! ¡¡Y hace más de doscientos años!! ¿No había un tema un poco más actual? ¿De este siglo, al menos? Eres un caso perdido, muchacho.

- Veo que has desayunado hoy sosa cáustica, mi querida esposa. Dos reveses más como éste y no me renuevan el seguro dental. 

- Pero si es que es verdad: las sinfonías de Haydn para empezar las mañanas, los cuartetos para el almuerzo, los tríos para la merienda y los oratorios para las cenas. Además, si no recuerdo mal, ya le has dedicado al chico varias entradas en el ladrillo y si hubiera que hacer un ranking de popularidad no sé si estarían entre las 300 primeras. Oye, esto que está sonando es una maravilla, ¿de quién es?

- Poco me importa que no lea la entrada ni el Tato. Haydn es el Dios Padre de la Música y es mi obligación hacer que su legado se filtre a cada rincón del planeta. Morirse sin haber escuchado "La creación" o el cuarteto "Aurora" es haber vivido en vano. Para vivir con esas carencias, mejor acabar con todo.

- Luego soy yo la intransigente. Mira, yo no te niego que su música sea la octava maravilla...

- La primera, cariño, la primera..

- Bueno, pues la primera barandilla... ¡Ay, entre esta melodía envolvente que me tienes puesta y tus paridas, ya no sé lo que digo... Pues eso, seguro que es la primera maravilla del mundo, no lo niego, pero ya sabes que lo poco gusta y lo mucho cansa. Dosifícate, cariño, dosifícate y habla de otra cosa. Y, sobre todo, dime de una maldita vez que es esta música que suena que tengo un nudo en el estómago y la piel como la de Caponata una tarde de invierno.

- El segundo movimiento de la Sonata para piano número 59 de Franz Joseph Haydn, pero ahora mismo la quito. Ya sabes que lo poco gusta y lo mucho cansa, que hay que dosificarse...

- No muevas un músculo, sube el volumen y cierra la boca.

lunes, 15 de abril de 2013

Anton llama a su puerta

Tímido, con un gran complejo de inferioridad y privado por completo de genio y talento, además de ser un beato de primera categoría. Así, de primeras no parece, sin duda, el retrato del yerno ideal y, sinceramente, tendría mis reservas si las herederas me plantaran un novio con tal curriculum. Sin embargo, damas y caballeros, las apariencias engañan y tras tan deplorable tarjeta de visita, se esconde un sinfonista memorable, un artista de inigualable sensibilidad y uno de los músicos más grande de todos los tiempos. Con todos ustedes, el compositor austriaco Anton Bruckner (1824- 1896).

Upsss, no, ésta es Agnes. Anton es el de arriba.
Que fue tímido nadie lo pone en duda. Sin duda llevar más de cinco generaciones labrando los campos del señor feudal de turno debe marcar los genes de una familia, por mucho que el padre del muchacho (primogénito de once hermanos, ahí es nada) iniciara el cambio de tendencia hacia la enseñanza. Menos claro queda el tema del complejo de inferioridad. Cierto es que dedicó los dos tercios de su vida a acumular títulos y diplomas en cuantas disciplinas se le pusieron a tiro y esa tendencia a parapetarse tras reconocimientos suele ser síntoma de una personalidad necesitada de admiración. Pero, creo que todo aquel que fabrica algo para el público, por definición, se tiene en un concepto lo suficientemente alto como para suponer que algo salido de los surcos de su cerebro puede interesar a alguien ajeno a uno mismo, por lo que, desde mi punto de vista, Bruckner tenía muy clara su valía como músico. Cierto es que Don Anton fue un poco "facilón" y permitió casi a cualquiera que metiera mano a sus partituras para lograr algún que otro "Me gusta" adicional, pero no creo que su lícito afán de llegar al público sin perder su esencia merezca tacharlo de inseguro o pusilánime.

Que carecía de talento y de genio también es algo que aún se dice por ahí. Que si era un simple copión, que si se limitó a traspasar el concepto musical de Wagner a la sinfonía (no es cierto, pero de haberlo sido no me parece fácil empresa para un tipo sin talento), que si su obra sinfónica no es sino una sola muy larga (que se repite más que las sardinas en aceite, vamos). Paparruchas, amigos. Como dijo Wagner, Bruckner es el único compositor que aporta algo a las sinfonías desde la revolución que supuso el paso de Beethoven por el mundo. De hecho, las colosales dimensiones de las obras brucknerianas- y no solo por el ejército de instrumentistas que precisan y su enorme longitud- llevan la forma sinfónica al límite de sus posibilidades. Más allá hay otras cosas, pero ya no son sinfonías.

Abadía de San Florían, donde Don Anton reposa.
Por último, que fue un beato, sinceramente lo ignoro. Devoto lo fue. Y mucho. No en vano, de una manera y de otra, su vida esta íntimamente ligada a la religión en general y a la mística divina en particular. Sin ir más lejos, el compositor descansa bajo el órgano de la Abadía de San Florian, donde tantas veces toco (era un virtuoso deslumbrante que, curiosamente, no dejo nada compuesto para su instrumento predilecto) y a la que estuvo vinculado toda su vida desde que ingresara como niño cantor con apenas trece años. Por otra parte, su obra incluye mucha música sacra (misas, varios motetes y, mi favorito, un Te Deum que quita el aliento) y no dudó un minuto en dedicar, así, sin más, su última sinfonía "al buen Dios". Esa devoción, esa mística exaltación religiosa que dirigió su vida se detecta en cada nota, en cada estructura melódica de sus partituras y no me extraña que algunos digan que escuchar a Bruckner es como pasear sin prisa por una enorme catedral, admirando los detalles y los juegos que las luces de las vidrieras practican sobre ellos. Sí, Bruckner fue un devoto. Y sus admiradores sólo podemos agradecérselo, ya que de no haber sido así, probablemente sus majestuosas estructuras musicales, no hubieran brillado del mismo modo.

Haganme caso y permitan que la música de este compositor genial entre poco a poco en sus vidas. Les garantizo que, si le dejan, sus vidas- musicales- no volverán a ser las mismas. Si quieren pueden empezar por aquí y ya me irán contando.

viernes, 22 de marzo de 2013

El hombre que vendió el mundo... y lo recuperó

Soy un incondicional admirador de David Bowie desde que tengo uso de razón. Hace poco, en una encuesta organizada en la recomendable bitácora musical "La mansión en la colina" para elegir su mejor obra, me sorprendí incapaz de tomar una decisión, porque no hay uno solo de sus discos que no contenga, al meno dos o tres temas memorables cuando no son en su totalidad, piedras angulares del rock.

Por lo tanto, el mero hecho de que el artista británico estrene nueva obra tras diez años de silencio ya constituye ocasión por sí misma para hablar del muchacho en el ladrillo. Si a eso le sumamos que "The Next day", el álbum que acaba de publicar en todo el mundo hace unos días es una rotunda y magistral prueba del filón inagotable de talento que atesora este hombre, es imposible no aprovechar la oportunidad de dedicarle unas lineas recomendándoles encarecidamente que se acerquen a descubrir la nueva obra del artífice de "Diamond dogs". 
Y lo primero que hay que hacer para acercarse a "The next day" es hacer visera con la mano y no detenerse a contemplar la portada del disco, que será todo lo simbólica que ustedes quieran, el homenaje más hermoso que se le ocurra al flamante "Heroes" que Bowie publicara en 1977 y mil cosas más, pero que es sosa, ortopédica y muy poco atractiva para el consumidor no entregado. Juzguen ustedes si exagero..


"The next day" (2013)

"Heroes" (1977)


En fin, no deja de tener su gracia y cierto es que algunos de los temas del nuevo álbum entroncan con lo que hizo el hombre en 1977, pero, a mi, personalmente, me parece un horror. En cualquier caso, este tema no ha sido obstáculo para que, veinte años después, el amigo Ziggy Stardust haya colocado su obra en el primer puesto de la lista de ventas británica en apenas siete días. Y en lo que detractores y admiradores de la portada sí que coincidimos es en que, como la belleza, lo que hace grande a "The next day" es lo que habita en su interior.

De la mano de su productor favorito, Tony Visconti- que también se aplica con entusiasmo y acierto con las seis cuerdas en el álbum- Bowie ha sacado a la luz, con permiso de "Black Tie, white noise", su mejor obra desde el lejano "Scary Monsters" de 1980. Con el tarro de las esencias compositivas abierto de par en par, el artista británico se ha dejado de experimentos y se ha dedicado a componer lo que siempre ha sido su especialidad: el rock puro y duro- plagado de buenas guitarras y bases rítmicas poderosas- con el toque de extravagancia y vanguardia que siempre ha dominado y que le lleva a introducir en sus temas arreglos de cuerda, sintetizadores, cajas de ritmos, juegos vocales o torturados saxofones.

Es difícil destacar una canción, la calidad es altísima y hay casi para todo tipo de admiradores de Bowie. Personalmente me quedo con la irresistible "Valentine's day", la machacona "The next day"- que podría encajar como un guante en cualquiera de las grandes obras maestras del Duque Blanco- la bellísima "Where are we now" (ojo al crescendo final) o ese trallazo guitarrero que es "(You will) set the world on fire", sin por ello desprestigiar temas tan redondos como la oscura "Dirty boys" o ese single perfecto que es "The stars (are out tonight)". Les recomiendo que se hagan con la edición de luxe del álbum, porque "The next day" es tan bueno que hasta los temas de regalo, normalmente indigestos, merecen la pena. Ahí está la soberbia "I'll take you there" para demostrarlo.

Leo en Internet que Bowie ya tiene una edad y se ha descartado que haya gira de presentación de "The next day" con lo que, salvo milagro, nos quedaremos sin saber como suenan estos temas en directo. Es una pena, porque incluso con un pie en el asilo estoy convencido de que el Duque Blanco podría merendarse de una sentada al noventa por ciento de la chiquillería que hoy transita por los escenarios mundiales (tuve la suerte de verle en su mítico concierto de Madrid de 1990 durante el Sound and Vision Tour y más de veinte años después sigue siendo el concierto de mi vida). Puedo perdonárselo. Puedo perdonarle que nos prive de semejante espectáculo, porque a David Bowie yo le perdono todo. Pero, vistos los tesoros que esconde este disco magistral, más le vale que "The next day" no sea su último disco o tendré que ir a pedirle cuentas. Y ya saben ustedes cómo me las gasto.


domingo, 20 de enero de 2013

Jazz me vale


Los que me conocen saben que, cuando me da por algo...... me da por algo. ¿Que leo un libro que me entusiasma? Al día siguiente me acerco a la librería más cercana y me vuelvo con las obras completas del autor sin dejarme una. ¿Que veo una buena interpretación en una película? Tardo poco y menos en acudir a la Wikipedia, desentrañar la filmografía del actor o actriz en cuestión y comenzar la búsqueda de todas sus obras, filmaciones familiares en Super8 incluidas. Algunos dirían que es un trastorno cerebral obsesivo- compulsivo. Sin descartarlo, me inclino más por un entusiasmo desmedido generado por la sorpresa, la admiración y el deseo onanista de prolongar el placer "ad nauseam".

En esta ocasión no ha sido un artista en particular el que ha ingresado en mi Panteón, sino un género en si mismo, un descomunal "café para todos" que va a dejar el templo sin aforo durante una buena temporada. 

Con lo que suelo presumir de conocer la música en sus múltiples expresiones, con lo mucho que me gusta que me pregunten quién compuso o quién tocó este concierto o aquel tema y han tenido que pasar más de cuarenta años para que el jazz llamara a mi puerta. Imagínense, cuarenta años sin saber de la vida y milagros de Miles Davis, Charlie Parker, Benny Goodman, Count Basie, etc. Cuarenta años sin haber escuchado "Kind of blue", "Lady in satin" o "Time out". Cuarenta años. Ni más ni menos.  

La espoleta fue activada esta pasada Navidad por "Bird", la biografía sobre el saxofonista Charlie Parker rodada por Clint Eastwood a finales de los ochenta o, más concretamente, por su maravillosa banda sonora que, como es de imaginar, corresponde a las mejores obras grabadas por el músico. Mientras me examinaba de esta asignatura pendiente (admirar al Tío Clint y no haber visto "Bird" es de esas cosas que a uno le costaba confesar) la música del genio de Kansas entraba en mi mente como un ariete, llevándose por delante todo aquello por lo que siempre había rechazado este estilo musical: carencia de melodías, ritmos desquiciantes, homogeneidad instrumental. Sí, sí, lo sé.... pero el que esté libre de pecado....., en fin, ya sabéis.

De modo que, aprovechando la llegada de sus majestades de Oriente, uní mi carta a las de las herederas y el pasado seis de Enero, junto a mis zapatos aparecieron los dos volúmenes de "The perfect Jazz Collection", cincuenta discos que contienen los primeros e indispensables andamiajes de los que uno debe disponer para alcanzar el cielo en el que habitan los grandes nómbres del género. Algunos me suenan ( Nina Simone, Billie Holiday), pero en su mayoría se trata de un territorio virgen y preñado de tesoros por descubrir, un El Dorado que, sin duda me requerirá esfuerzo pero que, también sin duda, me va a proporcionar un torrente de satisfacciones.

Sabiendo esto y que, cuando estoy en una de estas rachas, no me limito a disfrutar de mi nuevo mejor amigo sino que, como buen converso, dedico mis días a captar adeptos a mi causa, ya pueden ustedes irse preparando para una temporada cargada de bares llenos de humo, luces tenues, trompetas, contrabajos, vinilos y voces de seda o de roca. Prepárense a padecer- o a disfrutar, según el caso- de las poco documentadas pero muy personales y excitadas opiniones sobre lo que contienen esos cincuenta discos y los tipos que en ellos participaron. Material hay para dar y tomar y solo he tardado cuarenta años en darme cuenta. Ya me vale.

viernes, 16 de marzo de 2012

La otra reina de New Orleans

En 1983, tardé más de una semana en averiguar que el tema que reventaba los altavoces durante los títulos finales de "Christine"- por aquel entonces no tenia la costumbre de quedarme en la sala hasta ver el nombre del que enfría el botijo en el rodaje- era el "Bad to the bone" de George Thorogood and The Destroyers. Tarareos infames en tiendas de discos, consultas a los compañeros de sesión- en mi adolescencia, cuando íbamos al cine, íbamos por docenas- , audiencias informativas con mis mayores.... En definitiva, una paliza monumental cuyo único y desinteresado objeto era dar a conocer a los autores de semejante delicia musical  y predicar su palabra por el mundo- al menos por el más cercano- con devoción de converso, lo que, dicho sea de paso, también requería de un tiempo y un esfuerzo muy considerable.

Hoy, lo que son las cosas y como cambian en un pestañeo, he tardado menos de cinco minutos en averiguar que la maravillosa canción que vertebra el segundo capítulo de esa serie desquiciada y pastillera llamada "Black mirror" es "Anyone Who Knows What Love Is (Will Understand)" y que quien envuelve con sus cálidas y sedosas  cuerdas vocales al oyente es la cantante norteamericana Irma Thomas, de cuyas muchas virtudes voy a ponerles hoy al día y, además, a tono con los tiempos que vivimos, mejorando en mucho la marca que alcancé entonces polinizando a mis semejantes con los guitarreos incendiarios de George y sus amigos destructivos.


Y lo primero que debo reconocer es que, hasta hoy, no tenía la menor idea de quien era Irma Thomas y me atrevería a decir, incluso, que nunca había escuchado una canción suya hasta que "Anyone..." tomo al asalto mis oídos.Al parecer, ese aire de invitado de piedra, de mujer en la sombra, de eterna secundaria, en definitiva, es uno de los rasgos que más definen a la hoy septuagenaria intérprete norteamericana a la hora de colocarla en la historia de la música.

La información que existe sobre ella en la red es escasa (apenas un millón y medio de referencias en Google, la mayor parte con enlaces a sus temas) y tremendamente fragmentada (breves reseñas de sus discos, entrevistas jurásicas que se copian el contenido mutuamente, semblanzas telegráficas...). Sus canciones, excelentes la mayoría, gozan de una difusión escasa y su popularidad no admite comparación con los grandes temas del soul y del blues que cualquiera canturrea en sus tiempos muertos. De hecho, su propio nombre artístico, "The soul queen of New Orleans", tiene un aire provinciano y local que tumba de espaldas, además de encasillar a una cantante que, destacando como lo hace en el género de la que es "reina", muestra sus mejores galas cuando rasga su garganta cantando "If I Had Any Sense I'd Go Back Home", "Early in the morning" y otros monumentos al blues de los que Irma Thomas extrae hasta el tuétano.


En cierto modo, lo que ocurre con Irma Thomas podría explicarse con una analogía cinematográfica. "Deliverance", la excelente película de John Boorman rodada en 1972, tuvo la mala fortuna de acudir a la entrega de los Oscar en compañía de "La huella", "Cabaret" y "El Padrino". Como es de imaginar, los responsables de la cinta se volvieron a sus mansiones sin una triste estatuilla que colocar, pero, no conviene olvidar que a Burt Reynolds y Ned Beatty les toco bailar con tres de las mejores películas que se hayan rodado jamás. Muy probablemente, en otro contexto temporal, el cuento hubiera tenido un final muy distinto.


En el caso de Irma Thomas pasa algo parecido. Aunque te muevas en el soul y el blues como pez en el agua, aunque tus cuerdas vocales se derritan cantando "Time is on my side" o aunque en tu repertorio existan temas tan redondos como "He's my guy", "Ruler of my heart" o ese generador de energía positiva que es "Moments to remember", poco puedes hacer cuando el destino te la juega y te hace contemporanea de Aretha Franklin, Etta James y Dionne Warwick. Uno es más o menos guapo según el canon de belleza de los que te rodean y a la bella Irma le toco bailar con las tres Venus de la música negra norteamericana. Con semejante muralla alrededor no es difícil entender las razones que explican su inmerecido ostracismo.



Gracias a su mencionada aparición en la banda sonora de "Black mirror", parece existir un ligero repunte de su popularidad, pero, en cualquier caso, me da que, a estas alturas de su vida, a la gran Irma este asunto le trae sin cuidado: con más de setenta años a sus espaldas, la mujer parece feliz apareciendo cada año en el Festival de Jazz de New Orleans, cuidando a los clientes de su club "The lion's den" y abandonando esporádicamente su Louisiana natal para, de tarde en tarde, publicar algún disco, como "Simply grand", el excelente acústico que grabó en 2008 y que es su última y muy recomendable obra. Pero, en fin, aunque en nada la ayude a recuperar su puesto en la historia de la música, por mi que no quede y vaya esta entrada en su honor. Si con ella puedo ayudar a que algunos descubran a esta maravillosa cantante o resucitarla en su memoria, me doy por satisfecho.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

El rugido de Camille


Mi primer recuerdo cinematográfico permanece ligado inevitablemente al "King Kong" que John Guillermin rodara a mediados de los setenta. Tal vez hubiera entrado antes en un cine, pero en mi mente son los bramidos aterradores de la bestia que creara Stan Winston para la ocasión los que dotan de banda sonora a mi bautismo cinematográfico. Fue la primera vez y, tal vez, la más breve (como por otra parte suele pasar siempre en "las primeras veces") ya que tan pronto hizo acto de presencia en pantalla el colosal primate, servidor tuvo casi que ser sacado en camilla para no fallecer de la impresión dentro de sala. Acerca de lo adecuado que fue llevar a un infante de apenas seis años a una película de estas características, prefiero correr un velo de silencio por devoción paternofilial.

En lo que a música clásica se refiere, este carácter iniciático, de llave maestra, corresponde al francés Camille Saint- Saëns (1835- 1921) cuya "Danza Macabra" abrió para un servidor el mundo inflamado y vertiginoso de los pentagramas y las batutas.

El compositor francés apareció en mi vida por pura casualidad, como esqueleto musical sepultado bajo algún disco ochentero de Duran Duran o Spandau Ballet que alguien había grabado en una "cassette" sin el menor respeto a su vida o a su obra y que salió a la superficie como un muerto viviente en los minutos finales de la cinta con una melodía hipnótica e inquietante que se introdujo en mi cabeza y se negó a salir.

Me acerqué a una de las míticas tiendas de discos MF, donde los dependientes, a diferencia de lo que ocurre hoy en día, sabían de lo que hablaban y en unos pocos minutos de audición, aquel pozo de ciencia me ubicó acerca de lo que tenía entre manos y que no era sino la ya mencionada "Danza macabra". Salí de allí sumamente satisfecho, muy bien asesorado y con su tercera sinfonía y una recopilación de música orquestal en el bolsillo.

La música de Saint Saëns exige relativamente poco del oyente "entra con facilidad" que diría Javier Elzo y eso le ha servido a un amplio sector de la crítica para ningunear el descomunal talento melódico del compositor de, entre otras, "El carnaval de los animales". De hecho, algunos de sus coetáneos como Debussy o Franck pulieron las primeras columnas de su mausoleo criticándolo con dureza por no abrir la mente a las nuevas tendencias y atrincherarse en lo que conocía sin tampoco realizar la más mínima aportación novedosa. También he leído en algún lado que su inteligencia superlativa (leía y escribía con total corrección cuando apenas contaba con tres inviernos en su haber y además de compositor fue un excelente pianista, prestigioso escritor y un matemático y astrónomo que debatía con los mejores especialistas europeos) lastra sus composiciones con una corrección formal tan irrefutable como gélida.

Las revoluciones (en cualquier ámbito. También, por supuesto, en la música) se producen de generación en generación y a quienes les toca vivir entre una y otra les corresponde llevar a cabo la importante aunque no siempre reconocida tarea de los zapadores, es decir, preparar el terreno y fijar los cimientos sobre los que los genios del futuro puedan proclamar su grandeza. Por esta razón, devaluar un legado musical tan extenso, rico y variado como el de Saint Saëns por no aportar novedad o no ser "punta de lanza" es tan inapropiado y falto de criterio como no disfrutar de una sabrosa, esponjosa y delicada tortilla de patatas por no suponer un avance de la vanguardia culinaria.

Si alguien busca una nueva forma de expresión musical, un sonido desconocido para el oído humano o la cuadratura del círculo, es mejor que no se acerque a la obra de Saint Saëns y gaste sus zapatos en otros senderos. Por el contrario, quienes disfruten con bellas melodías, quienes tengan una vena romántica y lírica destacada o quienes, sencillamente, sepan embriagarse con la belleza sin reparar en lo que pueda o no aportar a la historia, ahí tiene su música concertante (especialmente para violín y piano), sus obras de cámara (atención a sus sonatas para instrumentos de viento: una verdadero manjar) y por supuesto la racial e incandescente "Sansón y Dalila", extraordinaria aportación al repertorio operístico del compositor parisino. No saldrán defraudados. Mucho menos si es su "primera vez".

domingo, 6 de febrero de 2011

La paradoja de Gabriel


Cuando uno siente debilidad por una expresión o por la idea que transmite es difícil no encontrarle un hueco en las conversaciones del día a día. Por eso, es muy posible que no sea la primera vez que mencione aquí la respuesta que dio el realizador norteamericano Brian de Palma a un periodista que le acusaba de plagiar en sus películas a maestros como Hitchcock o Eisenstein. Visiblemente airado, el director de "Doble cuerpo" o "Los intocables de Elliot Ness" respondió que hasta para copiar hay que tener talento. Teniendo en cuenta que el tema de esta entrada es comentar el sano ejercicio de versionar temas musicales ajenos, no me podréis negar que el testimonio de De Palma era una tentación difícil de evitar.

Además, por si fuera poco, en mi opinión, el realizador norteamericano llevaba toda la razón del mundo.Uno escucha "All my loving" en la versión perpetrada hace unos años por Los Manolos y siente la imperiosa necesidad de fusilar a sus componentes o, en su defecto, invocar el espíritu de Lennon para que ajuste cuentas con ellos y su repulsiva cancioncita.

Por el contrario, si lo que suena en los altavoces es un artista que respeta el material original sin por ello, renunciar a su propio estilo, el oyente agradecido no sólo reconoce el talento de quien versiona sino que, muy probablemente, quiera saber más de quien tuvo la brillante idea de concebir el tema original y se sumerja en su obra, provocando un efecto acumulativo y polinizador que solo puede ser positivo. En resumen, lo ideal cuando de versiones se trata es hacer bueno aquello que los geniales Martes y Trece popularizaran en los ochenta: es lo mismo, pero no es igual.

Maestros en estas artes camaleónicas de dar lo mismo de otra manera los hay por almuerzas. Entre los más añejos, siempre he sentido debilidad por el intenso Tom Jones que tan pronto arrancaba con el rock sureño de la Credence Clearwater Revival como se enredaba a convertir en propios temas de The Beatles o de sus Satánicas Majestades. Tampoco puedo dejar de mencionar a quien fuera cabeza visible de Roxy Music, el gran Bryan Ferry cuya carrera en solitario basa gran parte de su éxito en esto de las versiones. Su ultimo disco, "Dylanesque" es, de hecho, una muy correcta aproximación al mundo de Bob Dylan, de la que el artista británico sale bastante bien librado.

Imposible hablar de este tema y no dedicar unas lineas a los portentosos Dread Zeppelin que desde principios de los noventa y con el inclasificable Tortelvis a la cabeza han hecho de la versión una filosofía de vida. Su primer álbum, el espectacular "Un-led-ed" logra mezclar a Elvis con Bob Marley y con semejante equipaje entrar en los dominios de Robert Plant y Jimmy Page para ofrecernos la música de Led Zeppelin desde una perspectiva completamente novedosa. Hay, además guiños a los mitómanos del rey del rock, a las series televisivas de los sesenta y al espíritu del reggae más rockero, a lo que hay que unir la impactante imagen de Tortelvis y su banda así como su espectacular directo del que es fácil encontrar ejemplos en la red. Luego ampliaron el repertorio a otros artistas y la chispa se perdió, pero "Un-led-ed" quedará allí para generaciones venideras con mentes abiertas.

Entre los más recientes, está imperando en estos días la tendencia a que surgan bandas cuyo repertorio esta compuesto, exclusivamente, por versiones de temas ajenos. Algunos de ellos como The Lost Fingers o The Baseballs han resultado ser experimentos asombrosamente logrados en los que uno puede encontrar temas discotequeros de los ochenta interpretados por un par de guitarras y un contrabajo o volver a encontrarse con el rockabilly más intenso a través de temas de Robbie Williams o Rihanna. Las ideas empiezan a agotarse y, ante el riesgo de no aportar, hay gente que decide abrir las ventanas y refrescar el ambiente de la fiesta. Si hay un ejemplo claro de ese "es lo mismo, pero no es igual", del que antes hablábamos, es aquí donde hay buscarlo.

domingo, 28 de noviembre de 2010

La fuente


Los más veteranos ya conocen mi inquebrantable admiración por la música del maestro Haydn. Aquí y aquí, entre otras ocasiones, he hecho referencia a las múltiples hazañas del padre de la sinfonía. Y ganas no han faltado de glosarlo en más ocasiones, pero uno sabe que incluso una botella de buen vino todos los días desemboca inevitablemente en el alcoholismo.

Nunca debe uno cerrarse en banda. Hay compositores que entran a la primera y otros exigen una mayor atención, una experiencia más dilatada o un determinado estado de ánimo para ser disfrutados en su justa medida. Con la inestimable colaboración de José Luís Pérez de Arteaga y su excelente y muy amena biografía de Gustav Mahler he logrado finalmente adentrarme en el descomunal edificio musical del marido de Alma Schindler y gracias a una interpretación monumental de su cuarta sinfonía, cortesía de Otto Kemplerer y la Philarmonia Orchestra, se han disuelto los tapones de mis oídos y he caido rendido a los pies del gran Anton Bruckner.

Pero por mucho que uno viaje, al final, donde mejor se está es en casa y, cuando de música se habla, mi hogar siempre es el inacabable (solo sus sinfonías ocupan más de treinta discos compactos), ejemplar y apasionante catálogo del compositor de "La Creación", un monumental legado cultural inigualado en la historia donde todos los géneros tienen representación y donde, a cada paso, aparece una estructura novedosa, un hallazgo melódico o una armonía deslumbrante. En compañía de Haydn, no hay lugar para el tedio o la monotonía.

Mi último descubrimiento ha sido la sobrecogedora sinfonía número 49, "La Passione", compuesta con motivo de las festividades de Semana Santa y que, al parecer, causó tal conmoción el día de su estreno que, en un brevísimo lapso de tiempo, transcripciones de la misma llegaron a sitios tan alejados como Padua o estas tierras ibéricas sobre las que nos hayamos a día de hoy y por el momento. Su primer movimiento, un sorprendente adagio de belleza incomparable acompaña mis tardes y las de la heredera desde hace una semana. Que la disfruten.

miércoles, 13 de enero de 2010

La púa y la cuerda


Cuando apenas sobrepasaba la quincena, servidor solía pasar las tardes de los sábados en una popular discoteca del centro de la capital que disponía de un "horario especial" para menores de edad. Durante la franja que iba desde las cinco de la tarde a las nueve de la noche, la sala ponía a disposición de su espinilloso público todas sus instalaciones y servicios salvo la distribución de bebidas alcohólicas, de modo que que el tiempo se gastaba en hacer el cabra en la pista de baile, flirtear con las chicas, ensayar pose ante las seleccionadas y suplicar al camarero que pusiera en tu refresco algunas gotas del contenido de las botellas que se apiñaban en las estanterías superiores a la espera de hígados más trabajados.

La guinda de aquellas tardes adolescentes la ponía el encargado de la música que, minutos antes de terminar la sesión y sin fallar a su cita ni una sola vez, hacía atronar por los altavoces los descomunales punteos de Mark Knopfler en el final de "Sultans of Swing" incluido en el album "Alchemy" de su banda Dire Straits. Las luces bajas y los acompasados aplausos del público que se escuchan en el disco eran el preludio para una verdadera estampida de guitarristas en ciernes que, tan pronto empezaban a descolgarse las primeras notas del "solo" final, nos retorciamos por la pista imitando a nuestro ídolo con esa postura típica a medio camino entre la masturbación zurda y el diestro rascado genital que no puede faltar cuando de emular a un guitarrista se trata.

¿Quién no ha fantaseado con desvariar sobre las cuerdas de una guitarra Gibson o de una Fender ante un público entregado a tus dedos y a tu agilidad con la púa? Para cualquiera que ame la música en general y el rock en particular, esa imagen es un sueño hecho realidad. Yo, sin duda, que lo único que puedo hacer con una guitarra es emular lo que Paul Simonson hacía con su bajo en la portada del "London calling" he tenido esa visión en mi imaginación innumerables veces. Los que comento continuación no solo lo imaginaron sino que, además, y para nuestro eterno disfrute, convirtieron su sueño en realidad. Ni mucho menos están todos los que son, por lo que, obviamente, se admiten sugerencias.


JIMI HENDRIX: Capáz de convertir una ranchera en un bloque de puro rock, el trípode zurdo es la maquina más perfecta de tocar la guitarra que ha pasado por este mundo. Sus temas propios son clásicos imperecederos de la música y sus incendiarias versiones de temas ajenos, como el adrenalítico "Johnny B. Goode", estaban a la altura y, en muchas ocasiones, superaban a los originales. No logró llegar a los treinta años y eso es algo que siempre lamentaremos los amantes de la música.

JEFF BECK: Mi primer contacto con el larguirucho ex-guitarrista de los Yardbirds fue a través de la grabación de un concierto conocido como "The secret policeman's concert", en el que junto a artistas como Sting o Phil Collins, el guitarrista inglés más inclasificable de la historia (su música es ¿jazz? ¿blues? Tal vez, ¿heavy metal?) se comía crudo a "partenaires" del calibre de Eric Clapton. Dotado de una técnica asombrosa, Beck es como el Guadiana: aparece y desaparece de la escena musical cuando y como le parece oportuno y colabora con quién le apetece sin importarle un pimiento la industria. Un clásico.

PHIL MANZANERA: En los discos de Roxy Music, la banda que lideraba junto a Bryan Ferry, la calidad del artista londinense quedaba algo tapada por el cuidado envoltorio instrumental con el que Ferry insistía en cubrir sus canciones, pero en directo, la cosa era muy distinta y Manzanera aprovechaba los largos desarrollo instrumentales de temas como "If there is something" o "My only love" para sacar su lado más pirotécnico y deslumbrante. Es cierto que su movilidad sobre el escenario rivalizaba con la de los árboles en el prado, pero cuando sacaba su púa a pasear, Manzanera no tenía rival en el segmento pop-rock en el que Roxy Music se movía como pez en el agua.

SLASH: Sí, ha colaborado con Marta Sánchez y durante los últimos años, su aportación a la historia de la música es equiparable a la de Melody. Pero, desde mediados de los ochenta hasta principios de los noventa, el guitarrista de Guns and Roses fue, tal vez, el más grande. Técnica, energía y una imagen impactante se unieron para dar a luz a todo un icono del rock de los noventa de cuya imaginación surgieron temas clásicos del rock como "Paradise City", "Welcome to the jungle" o "You could be mine". Al menos, ha tenido la dignidad de no participar en la patética reaparición de la banda que el desquiciado Axl Rose se sacó de la manga el año pasado.

CARLOS SANTANA: Siempre se ha dicho que la forma de tocar la guitarra de Prince es una clara influencia de Hendrix. Pero en realidad, basta con ver una actuación del mejicano Carlos Santana para ver que, en realidad, el enano de Minneapolis ha escuchado mucho "Oye como va" o "Samba pa'ti". Por si no fuera suficiente con tocar como los ángeles, Santana además ha sido un pionero incontestable en la fusión de estilos y sus composiciones saben a azúcar, bourbon y Cherry Coke. Prolífico como pocos, lleva más de cuatro años sin sacar nuevo trabajo y sus admiradores empezamos a inquietarnos. ¿Se le habran acabado sus estrellas invitadas?

REEVES GABRELS: Mi pequeña debilidad y probablemente el miembro más discutible de este selecto grupo de virtuosos. Cuando el genial David Bowie decidió a principios de los noventa fundar su efímera banda de hard rock , Tin Machine, todo el proyecto pivotó sobre este sobrio y encorbatado duendecillo que sacaba chispas de su guitarra en lugar de notas. Su modo de tocar agresivo y distorsionado, a un paso del ruido, contrastaba con su hieratica presencia que, en ocasiones, devoraba a todo un animal escénico como Bowie. Si alguien no conoce el magistral album de debut de la banda, de homónimo nombre, que corra a por él; tiene ahí una buena oportunidad de conocer a uno de los artistas más sorprendentes e inclasificables de los noventa.

domingo, 3 de mayo de 2009

El sopor del ganso rosa


Cuando, en 1985, Sting publicó "The dream of the blue turtles", su primer trabajo en solitario tras la disolución de The Police, mi primera reacción fue la de enviarle a su Newcastle natal una cabeza de caballo cocinada al estilo Corleone. Luego me di cuenta de que en la cabecera del disco ponía "Sting" y no "The Police", me quite la capucha de la intolerancia y pude disfrutar del que, a día de hoy considero uno de los mejores trabajos discográficos de los ochenta. Me resulta digno de alabanza que la maniobra de Sting fuera tan radical y que, en ningún momento, nadie pudiera llamarse a engaño. Lamentablemente, no puedo decir lo mismo de "Chinese democracy", el trabajo que, hace unos meses publicó Axl Rose ocultando su nombre bajo el de Guns n' Roses y que constituye uno de los despropósitos musicales más importantes de los últimos años.

De Guns n' Roses, la banda de rock nacida en Los Angeles a finales de los ochenta y que dinamitó el panorama musical de la época, pueden criticarse múltiples detalles: que su música no aportó gran cosa y se limitaba a beber del rock duro de los últimos setenta, que su vocalista y líder natural, Axl Rose, era un paleto racista y perturbado que había visto demasiados videos de Mick Jagger y Jim Morrison, que el greñudo y encopetado guitarrista, Slash, andaba siempre demasiado drogado y ausente como para arañar dos acordes medianamente afinados..... Criticar siempre es fácil y ellos allanaron mucho el terreno con su actitud desquiciada y extrema. Pero sobre la mesa hay un disco que es un clásico eterno del rock, a la altura de cualquiera que queramos elegir ("Appettite for destruction") y un buen puñado de canciones que cualquier banda de rock hubiera matado por tener en su repertorio. Pero nada queda en la actualidad de todo aquello que hizo de ellos una banda inimitable.

Por no quedar, no quedan ni siquiera sus miembros, que no han querido tener nada que ver con este bochornoso retorno a la escena musical por el que sólo Axl parecía apostar. Y teniendo en cuenta que, por mucho que pese al interesado, Guns n' Roses nunca fueron "la banda de Axl Rose", sino un delicado mecanismo de poleas que compensaba el gusto por lo extravagante de Axl con las influencias del punk , el rock sureño y el "rhythm and blues" que aportaban los demás miembros del grupo, es fácil entender que, con su ausencia, el desquiciado vocalista ha hecho lo que ha querido sin nadie que lo controle.

Baladas que grupitos como Evanescence firmarían con gusto ("This I love"), temas que calcan las estructuras de gente como Marilyn Manson o NIN ("Sorry" o "Shackler´s revenge"), influencias del pop de los setenta ("If the world" podria haberla interpretado Barry White hace una década) o fotocopias con toner bajo de temas propios como ese "Street of dreams" que podía haberse llamado "November rain. Part II" sin el menor sonrojo. Todo ello convive con escasos y difusos apuntes de calidad como "Chinese democracy" o "Riad n' the bedouins" desenfocados por completo, gracias a una inadecuada, descomunal e innecesaria producción millonaria. En "Chinese democracy", todo huele a prefabricado, a previsible, no hay espacio para la sorpresa ni para la ansiosa anticipación. Al grupo "se lo ve venir" en todo momento y cuando la música de una banda se hace obvia y predecible, es claro que no hay nada nuevo que añadir a lo ya dicho anteriormente.

En su época dorada, Guns n' Roses abarrotaban estadios por todo el mundo, vendían millones de copias de sus trabajos y se ganaban a pulso el sobrenombre de "The most dangerous band in the world" enfrentándose abiertamente a colosos del negocio musical como lla revista Kerrang o la todopoderosa MTV, a la que agradecían sus premios poniéndolos a parir en las galas de entrega de premios a las que acudían en lamentable estado de ebriedad. A día de hoy, Guns n' Roses son el juguete de un cuarentón con rastas que ha contratado a media docena de músicos expulsados de otras tantas bandas para dar rienda suelta a su inagotable ego a costa de destruir la herencia pasada. Está por supuesto en su derecho, pero, para la próxima vez, conmigo que no cuente.

SWEET CHILD O' MINE (GUNS N'ROSES, 1988)



CHINESE DEMOCRACY (GUNS ´N ROSES, 2008)

lunes, 2 de marzo de 2009

El melón ciego


Los Quién, La Reina, Las Piedras Rodantes, La Policía..... cualquier nombre de cualquier banda de cualquier genero musical resulta ridículo una vez que lo traducimos a una lengua diversa de aquélla en la que fueron concebidos. Obviamente, este detalle no sólo afecta a las grupos anglosajones , y el que no se lo crea, no tiene más que hacer la prueba y pensar cómo le iria en el mercado internacional a "Don´t push me, I´m wearing flip-flops", "The Mechanichal Goat" o "The last in the row" , entre otros.

Bromas aparte, es una suerte que el habito no haga al monje y que en nada influya lo risible del nombre de algunas bandas en su categoría musical. De no ser así, un grupo tan extraordinario como Blind Melon lo hubiera tenido difícil para destacar en el competitivo escenario musical de los noventa a pesar de la enorme calidad de sus canciones y la frescura innata de su música.

Cuando, a mediados de los noventa, Shannon Hoon, Brad Smith y el resto de los componentes de Blind Melón arrasaron las listas de éxitos de medio mundo con su alegre y pegadizo "No rain", la escena musical de la época era el feudo inexpugnable del grunge y bandas como Pearl Jam, Nirvana o los explosivos Alice in Chains arrastraban a las audiencias con sus textos depresivos y sus atmosféricas melodías de sanatorio mental. La aparición, en medio de semejante cenagal de malas vibraciones, de unos virtuosos neo-hippies, influidos por el folk y herederos de los Led Zeppelin más tardíos, supuso una ventana abierta al exterior que fue aprovechada a conciencia por el público y que dio como resultado unas ventas de cuatro millones de ejemplares para su primer disco, el fundamental "Blind Melon".

Tras actuar en medio mundo como cabezas de cartel y como teloneros de lujo de gente como Guns'n'Roses, Neil Young o los mismísimos Rolling Stones, la banda se recluye para dar su siguiente paso hacia el estrellato y, en poco más de dos meses, dan a luz "Soup", uno de los álbumes básicos de la década, un compendio perfecto de rock, folk y sicodelia con temas inconcebiblemente logrados como "Galaxie", "2x4" o la maravillosa "Walk", sin duda, una de las mejores canciones de los noventa. A pesar de ser su enorme calidad, el disco lo compran tres despistados (incluido un servidor) y las mismas personas que unos meses atrás, se llenaban la boca con halagos hacia la propuesta de Hoon y compañía, se hacen los suecos y arremeten a muerte contra el grupo y su trabajo.

Da tiempo a poco más. Una mañana, aparece el cuerpo sin vida de Shannon Hoon, fulminado por una sobredosis de cocaína y el proyecto se desploma no sin antes publicar un tercer disco repleto de versiones, temas descartados y curiosidades que bajo el nombre de "Nico" , referencia a la hija de Hoon (a la que el muy cretino dejó huérfana a las trece semanas de vida) pone un formidable colofón a una banda extraordinaria que fue capaz, en una época muy poco propicia apara ello, de aportar frescura y clase al panorama musical que le toco vivir. Sé que los miembros supervivientes están ahora intentando sacar a la banda a flote con un nuevo cantante y aportando nuevos temas al repertorio que legaron junto al malogrado Hoon, pero he decidido no aceptar la oferta. Prefiero pensar que el grupo murió aquella mañana de octubre en la que Shannon hizo honor a su nombre y se comportó como un melón vació, poniéndose ciego de cocaína y privándonos por siempre jamás de su descomunal talento. Todo un mundo a descubrir.

NO RAIN (1993)




WALK (1995)

domingo, 14 de septiembre de 2008

Placido Domingo para un puñetero lunes


Aunque el ego le juega a veces malas pasadas y le lleva a grabar esperpénticos discos de rancheras, a dar cuerpo al nuevo y alucinógneo himno del Real Madrid o a sentar las bases de engendros como Il Divo o The Ten Tenors con aquel infumable sacacuartos que fue el invento de los Tres Tenores, sería una tremenda injusticia no reconocer que Plácido Domingo ha sido uno de los tenores más importantes de la historia. De hecho y como recogió recientemente la encuesta encargada por BBC Music, el mejor, por mucho que mi rendida admiración por el gran Carlo Bergonzi al que ya hace unos meses rendí homenaje, aquí me lleva a no suscribir por completo el veredicto. Pero, es indudable que nos encontramos ante uno de los grandes.

Y no sólo por su voz que ya maravilló en su debut como barítono hace casi cincuenta años. Además de eso, nos encontramos con un actor de carácter, expresivo y especializado en papeles de hombres devorados por la pasión (el Canio de "Payasos" o su impecable Don José en ese torrente de emociones que es "Carmen"). Por si fuera poco, el hombre es, además, un más que solvente director de orquesta (la "Madame Butterfly" que protagonizó desde el foso del Teatro Real hace un año y de la que también di buen a cuenta en este rincón fue esplendorosa) y un verdadero todoterreno musical que nunca ha rechazado un reto, lo que le ha permitido enfrentarse a Verdi, Bizet, Puccini e, incluso a Wagner y Tchaikowsky, con lo que eso implica en cuanto a idioma, tesitura y expresividad vocal y física.

Septiembre es mes de buenos propósitos. Todos dejamos de fumar, rellenamos la ficha de algún gimnasio, enterramos los alimentos que más nos gustan (y que suelen coincidir con los menos beneficiosos para nuestro organismo) y empezamos alguna colección que, con toda seguridad dejaremos inconclusa. Este año no es una excepción y las tiendas se llenan con toneladas de cartón que encierran en un muro de plástico todo tipo de libros, piezas de construcción, vasos, muñecas y soldaditos de plomo. Entre todas,destaca la que Altaya ha dedicado a los grandes momentos operísiticos del gran Plácido. Algunos de los tesoros más grandes de la música del siglo pasado ( "Il trovatore", con Karajan a la batuta, "Carmen", junto a Elena Obraztsova, su incandescente interpretación en "Sansón y Dalila" junto a Olga Borodina) se encuentran agazapados en esos DVD que intentan hacerse un hueco en la desmesurada oferta de este incio de curso. Sería una pena dejarla escapar. Un poco de Plácido, cada lunes, ayuda a pasar la semana.