sábado, 2 de febrero de 2008

Peores que los vampiros


En la segunda de las tres aproximaciones cinematográficas que ha hecho Hollywood al popular cazavampiros Blade, existe un momento en el que uno de los personajes inquiere a otro acerca de su naturaleza. "Y tú...¿también eres un vampiro?", pregunta con cautela. El interpelado, sin mover un músculo y con una amigable sonrisa en el rostro responde: "No, lo siento. Yo no soy un vampiro. Lo mío es aún peor. Yo soy abogado".

Pocos colectivos gozan de peor reputación que los abogados. Algunos dicen, incluso, que si las rejas de la carcel las pusieran directamente en las facultades de derecho, nos ahorraríamos muchos disgustos. Sin entrar a valorar la exactitud o merecimiento de semejante fama, sí está claro que en poco ayudará a borrar esa imagen de amoralidad y carencia de escrúpulos la que del colectivo en cuestión ofrece la espléndida serie de televisión "Damages", cuya primera temporada acabo de terminar y que es, en pocas palabras, una obra maestra que, desafortunadamente, permanece inédita en nuestro país y a la que, por ahora, sólo es posible acceder a través de Internet. Esperemos que cuando terminen magnas obras televisivas como "Matrimoniadas" o la serie esa de las chicas sin tetas, alguien repare en ella y decida programarla antes de las tres de la mañana.

Patty Hewes (Glenn Close) es la abogada más popular de New York. A sus órdenes trabajan los mejores especialistas en cada campo del derecho, entre los que se incluye su mano derecha, el comprensivo y eficiente Tom Shayes (Tate Donovan). Si bien es la mejor en su campo, Patty goza de una reputación impía en la profesión. Su pasión por el trabajo, su falta de escrúpulos y su ciega ambición la convierten en el animal más peligroso que ronda por la selva judicial de la ciudad. Por circunstancias que es mejor no detallar, la joven y también ambiciosa Ellen Parsons (Rose Byrne) se incorpora al despacho cuando bulle de actividad en la preparación del juicio contra Arthur Frobisher (Ted Danson), multimillonario empresario acusado de hundir su empresa y con ella a sus miles de empleados malversando cientos de millones de dolares en oscuras operaciones bursátiles.

Si todo quedara en esto, "Damages" no pasaría de ser un capítulo alargado de "La ley de los Angeles" con un reparto de lujo. Sin embargo, esto es solo la superficie de una alambicada y apasionante trama en la que la máxima que mueve todo es uno de los consejos que la serpentante Patty Hewes ofrece a su nueva empleada: "no confíes en nadie".

Son trece episodios. Ni uno más ni uno menos y desde el primer y desconcertante plano hasta la sorprendente e inesperada traca final, los responsables de la serie no permiten un segundo de tranquilidad. Saltos en el tiempo, personajes eliminados sin miramiento alguno (que nadie se encariñe con nadie. Aquí todo está permitido), conspiraciones de variada altura, golpes de efecto espolvoreados maliciosamente para no dejar de sorprenderse. Todo es válido en la compleja trama ideada por Tod y Glenn Kessler, con la inestimable colaboracion de Daniel Lezman para dejar todo atado y bien atado menos la mandíbula del espectador que queda descolgada en el primer capítulo y nunca recupera su estado anterior.

Gran parte del acierto y de la capacidad de atracción de la serie es su impecable reparto y las magníficas interpretaciones de todos ellos. Sin embargo es imposible no detenerse brevemente en lo que Ted Danson y, sobre todo, Glenn Close (justa ganadora del Globo de oro por su actuación en esta serie) logran en estas trece horas de apasionante y adictiva televisión. Hacía mucho tiempo que un personaje tan cínico, inmoral y corrupto como el Arthur Frobisher al que da vida el otrora popular encargado del bar más conocido de Boston ("Cheers"), no daba pie a tantos sentimientos contrapuestos. Difícil no sentir por él una cierta compasión e, incluso, sentida admiración en ciertos momentos, a pesar de conocer su falta de escrúpulos, su viciada forma de vida y el mundo fantástico de lujo y placeres en el que se mueve. No todo el mundo es capaz de lograrlo y Ted Danson demuestra con su milagroso trabajo que hay vida despues de Sam Malone.

No por esperado resulta menos sorprendente que Glen Close esté inmensa en su papel de la odiosa y diabólica Patty Hewes. A pesar de la indiscutible influencia que sobre su interpretación tiene la de Meryl Streep en "El diablo viste de Prada", la nunca sufientemente alabada Glenn Close borda hasta el menor detalle de este personaje maligno, entrometido, manipulador y reorcido al que ni la visión de su lado más personal y sensible logra humanizar. El tono de su voz, la manera de moverse y sobre todo sus gélidas y aterradoras miradas son verdaderos hitos interpretativos, lecciones que, desde este momento, cualquier actriz debería guardar y estudiar cuando le toque en suerte un papel de estas caracterísiticas.

A pesar de concluir con todos los enigmas resueltos y con los personajes supervivientes en razonablemente buenas condiciones, los guionistas dejan una pequeña ventana abierta para una segunda temporada que, sinceramente, espero que no se produzca. Tantas veces han destrozado series en la televisión por alargarlas hasta matarlas de éxito que no dudo que harían lo mismo con algo tan recomendable y apasionante como "Damages" cuya original estructura sería imposible mantener en esa hipotética segunda temporada. De cualquier modo, ya se sabe que con los abogados, cualquier cosa es posible.

sábado, 19 de enero de 2008

El efecto Einstein


Para ilustrar la validez de su teoría acerca de la relatividad aplicada al tiempo, Albert Einstein solía poner como ejemplo el hecho de que una hora junto a la persona amada parece un minuto, mientras que un minuto con la mano puesta sobre un horno al rojo vivo es como una hora para quien lo padece. Cursiladas y obviedades aparte, lo que parece olvidar el científico alemán es que una hora dura exactamente sesenta minutos y cada uno de estos minutos está integrado por otros tantos segundos. Ni uno más ni uno menos.

No obstante, una realidad tan fácil de constatar con la simple ayuda de un reloj o de un cronómetro para los más puntillosos, no parece ser universalmente aceptada y, existe un creciente número de personas para las que el chascarrillo de Einstein se ha convertido en dogma de fe.

Para estas personas, cuando una persona convoca a las diez para una cena, una fiesta o una lectura colectiva de "Meditaciones de un moñigo en altamar", en realidad y a pesar de su patente literalidad no quiere que haya ser humano alguno en un kilómetro a la redonda antes de las diez y medía. Esgrimen con sorprendente seguridad el argumento de que "nadie va estar allí a las diez en punto" y que, además, llegar con puntualidad, "sienta mal" al convocante, ya que "no cuenta con ello" y, seguramente, "andará con todo manga por hombro". Las razones de tan firmes convicciones aún está por descubrir.
Otro detalle que sirve para detectar a estas personas es el aterrador concepto indeterminado de los, aprentemente inofensivos "cinco minutos". Lo que, para una parte de la población mundial son trescientos segundos, para los relativistas temporales pueden ser horas o, incluso, días. Si, pongamos por caso, alguna seguidora de las teorías einstenianas anuncia que "estará lista en cinco minutos", es perfectamente posible que una hora después, la susodicha ande aún en traje de Eva, con la tranquilidad por bandera y sin percatarse de que las manecillas del reloj han desmentido hace ya un buen rato su afirmación inicial. Cualquier petición de explicaciones acerca del dislate horario será desmantela con referencias a la ausencia de paciencia, la poca flexibilidad y el carácter agrio y desagradable del peticionario.

Sin embargo y por razones de equidad, no sería justo cargar las tintas únicamente sobre esta gente y culparlos en exclusiva de convertir el tiempo en causa de conflicto grave, perturbando su tradicional naturaleza contemplativa y pasajera. No poca culpa de la fabulosa expansión de la impuntualidad la tienen quienes no comulgando con estos comportamientos, se dejan llevar por la corriente y, en lugar de dejar que el impuntual de turno llegue cuando le plazca y padezca él solo las miradas de censura de los que no se han pasado el tiempo ajeno por el arco del triunfo, decide esperar a que su tiempo y el propio coincidan y, juntos, apechuguen con el merecido temporal en una peligrosa e incomprensible perversión del síndrome de Estocolmo. Desconfiad de los impuntuales. Su mal es contagioso.

martes, 15 de enero de 2008

Un genio en la sombra


Es considerado el padre del cuarteto de cuerda y de la sinfonía tal y como hoy se conocen ambos conceptos. Fue profesor de Beethoven ("Algún día podré decir con orgullo que fui su maestro" escribió con acertada agudeza en una carta), el cual adaptó algunas de sus innovaciones estilísticas y formales para obras como la celeberrima sinfonía nº 9. Mantuvo con Mozart un debate musical basado en la admiración mutua que llevó al genio de Salzburgo a dedicarle sus cuartetos del 14 al 19. Mahler no hubiera concluido su sinfonía nº 4 si él, cien años antes no hubiera puesto punto y final a su sinfonía nº 50. Los deportistas alemanes compiten al ritmo de su himno nacional que no es otra cosa que la orquestación del segundo movimiento de uno de sus cuartetos para cuerda.

Compuso en sus setenta y siete años de vida, más de un centenar de sinfonías, algunos de los oratorios más perfectos de la historia de la musica, 83 cuartetos para cuerda, 72 sonatas para piano, 14 misas y 13 óperas, entre otras muchas obras. Y, a pesar de contar con tan vasto y ejemplar legado, el nombre de Franz Joshep Haydn esta, en la actualidad, rodeado de una bruma de desconocimiento para el público, ciertamente incomprensible. Incomprensible e injustificada, ya que una gran parte de su obra es de similar, cuando no superior calidad a la de sus ilustres cóetáneos. Consuela pensar que durante sus numerosos años de vida disfrutó de un prestigio y una fama que ya les hubiera gustado tener a muchos.

Con apenas ocho primaveras ya formaba parte del coro de la Catedral de Viena. No contento con cantar, tan pronto cambió la voz se dedico a los instrumentos y, en poco tiempo dominaba hasta el virtuosismo el violín y el teclado. El paso siguiente era evidente y, con veinte años comenzó a escribir algunas obras de enorme calidad que le abrieron el paso hasta la nobleza de la época. Es entonces cuando aparece en la vida del compositor, el conde Paul Anton Esterházy, miembro de la influyente familia del mismo nombre y para la que Haydn trabajó durante 30 años gloriosos en los que no dejo estilo o forma musical sin tocar con su mano maestra. De esta época son el oratorio "Las siete palabras" o las apabullantes "Sinfonías Sturm und Drang".

Cuando, en 1790, el príncipe Paul Anton, con escaso gusto por la música, imagino, decide prescindir, al menos en exclusiva de los servicios del compositor, Haydn recibe la invitación del empresario londinense, Peter Salomon para trasladarse a Inglaterra y componer cuanto se le antoje con cargo a su británico bolsillo. Nunca agradeceremos lo suficiente al amigo Salomon tan esmerada oferta. En Londres, Haydn es recibido con los mayores honores. El ambiente es sumamente favorable y el compositor da rienda suelta a su inspiración, rubricando algunas de sus mejores obras, como las conocidas "Sinfonías de Londres", colección de 12 composiciones que nadie debería morir sin haber oído, al menos una docena de veces.

Agotado su tiempo en Londres, Haydn regresa para morir en su Austria natal y antes de echar el cierre de su incalculable talento, aún tiene tiempo, con sesenta y ocho años cumplidos de regalar a la humanidad dos de los mejores oratorios de todos los tiempos, "La Creación" y "Las Estaciones". El esfuerzo debió de ser considerable, y durante los pocos años que mediaron entre tan titánicas composiciones y su muerte, el maestro compuso poco. Se dejó ganar por la muerte un 31 de mayo de 1809 y lo hizo, únicamente para no ver las calles de Viena arrasadas por los ejércitos de Napoleón. Si hoy levantara la cabeza y viera la oscuridad que rodea su obra, volvería a su tumba. Pero con la cabeza muy alta, como sólo los genios saben hacer.

jueves, 3 de enero de 2008

Todo se transforma



Apenas alcanza los dos centímetros y ya es el centro de nuestras vidas. Mi mujer y yo lo conocimos hace unas semanas. Hasta ese momento, su existencia era como la de Dios: más una cuestión de fe que una realidad palpable; alguien de quien personas con túnicas (blancas en este caso) nos hablaban como si ya lo conocieran. Alguien que no es visible y que se manifiesta a través de ciertos signos y acontecimientos. Alguien, en definitiva que es sin ser y que está sin estar. Cuando, finalmente, fue posible romper el velo y acceder el secreto, cuando la paternidad dejó de ser un anhelo o una meta y se convirtió en algo más que una posibilidad, en una realidad a corto plazo, las proporciones de todo se enmarañaron y enredaron y, desde entonces, no ha sido posible devolverlas a su cauce.

Nada hay más trascendental en la vida de una pareja que el nacimiento de un hijo. Las consecuencias de ello suponen una transformación de raíz en todo lo que, hasta ese momento, ha sido tu existencia. Es humano y comprensible que, aún deseando de todo corazón que este hecho se produzca, nazcan las dudas y los miedos. ¿Saldrá todo bien? ¿De verdad quiero sacrificar mi libertad, las ventajas que pone a nuestra disposición la existencia sin hijos? ¿Seré capaz de educarlo adecuadamente? ¿Será feliz? ¿Seré capaz de lograr que sea feliz? Negar que estas preguntas revolotean sobre tu cabeza es no ser sincero con uno mismo.

En realidad, no creo que nada se pierda con la paternidad. Para perder es preciso entregar algo a cambio de nada, formalizar un negocio gratuito, sin contraprestación alguna o no obtener ganancia de lo que uno ha hecho o proyectado. Nada de eso se produce cuando un hijo nace. Algunas cosas dejan de hacerse, es cierto, pero otras muchos toman su lugar y, en cierto modo, suponen una mejora respecto a lo anteriormente existente. La diferencia estriba en que aquellas cosas de las que hoy disfrutamos y que, momentaneamente, dejarán de llevarse a cabo cuando se produzca el nacimiento o, al menos, se harán de distinta manera, volverán con el tiempo, se transformarán nuevamente y sustituirán otros comportamientos que entonces se tornaron en habituales, sin por ello perder las que ganamos con nuestro hijo.

Es imposible no sentir las tripas anudarse la primera vez que escuchas que vas a ser padre, que dentro de unos meses, una criatura frágil y delicada saldrá a la luz enrabiado y lloroso y que alguien lo pondrá en tus brazos para ya nunca más soltarlo. Lo único que espero es que si como decía Stendhal, los hijos son acreedores dados por la naturaleza, no tenga yo nunca cuenta pendiente con él.

viernes, 14 de diciembre de 2007

Ventajas de ser inglés


Si tu película no toca algún tema de trascendencia social (no demasiado delicado, por supuesto), no tienes en tu reparto uno o dos actores hambrientos por demostrar lo bien que lloran o lo capaces que son de cambiar de registro o aspecto y no eres un antiguo gran director quemando tus últimos cartuchos o un nóbel deseando celebridad, tus posiblidades de lograr una estatuilla en la próxima edición de los Óscar se reducen notablemente. Esa mínima probabilidad queda pulverizada hasta la nada si te llamas Edgar Wright y has escrito y dirigido algo tan difícil de definir como "Hot fuzz" ( "Arma fatal" en su paleta e insufrible adaptación al castellano), por mucho que, probablemente, tu película sea la mejor del año.

Nicholas Angel (Simon Pegg, también co-guionista) es el mejor agente de policía de Londres. Tan enorme es la diferencia entre Angel y sus compañeros de profesión que, con la finalidad de evitar que les siga dejando en evidencia, sus jefes no dudan en trasladarlo al remoto pueblo de Sanford donde la tranquila vida rural atempere al recto y exigente agente de la ley. Su estricto sentido del deber (en su primera noche medio pueblo es arrestado por diversas faltas) choca con las mucho más laxas normas de su nuevo jefe, el inspector Butterman (Jim Broadbent) que, con el fin de apaciguar su encendida personalidad, no duda en poner como compañero del recién llegado a su hijo Danny (Nick Frost), la otra cara de la moneda. Cuando el bucólico y aburrido ambiente de Sanford empieza a mellar la resistencia del sargento Angel, unos sangrientos acontecimientos rompen la tranquilidad de un pueblo que esconde mucho más de lo que parece.

Aunque "Arma fatal" es, indudablemente, una comedia, una inteligente parodia de las películas de acción de los noventa (de manera más o menos explícita se homenajea a cintas como "Le llaman Bodhi" o "Dos policías rebeldes") hay algo que la hace excepcional y que, simultaneamente, la aleja de otras películas de similares pretensiones, pero muy inferiores resultados como las series de "Hot shots", "Scary Movie" y demás fauna: Edgar Wright y Simon Pegg, máximos responsables del proyecto son ingleses. Y eso, a la hora de ser diferente, es casi indispensable.

Tal y como ya hicieron con el género de zombies en su anterior película, la espléndida "Shaun of the dead" ("Zombies party" en su, de nuevo, lamentable traducción al castellano), director y guionista trazan una linea sólida, pero muy fina entre la parodia y el homenaje que evita la burla sin ingenio y la fotocopia cariñosa, pero poco nutritiva. Casi todos los tópicos del cine de acción aparecen a lo largo del metraje (el policía obsesionado con su trabajo, el compañero torpe que, finalmente, se convierte en indispensable soldado salvador, los tiroteos a cámara lenta) pero limpios de polvo y paja, secados al sol de la campiña inglesa y rociados con una buena taza de té.

Pero "Arma fatal" no es tan solo una nueva articulación en clave de humor de las clásicas películas de acción de los noventa adaptadas al sentido del ritmo británico del siglo XXI, cortesía del espectacular talento visual de Edward Wright (atención a la primera reconstrucción de los hechos en el supermercado). Como ya hiciera en su momento, la mítica productora Ealing y tomando como base los relatos de Agatha Christie, el complejo y perfectamente estructurado guión de Pegg y Wright se presenta salpicado de acertados detalles costumbristas acerca de la vida en las pequeñas poblaciones británicas (la primera mañana de Angel en Sanford) que contrastan con brutales latigazos de humor negro (el "accidente" en la iglesia) que congelan la sonrisa en el rostro del espectador y que le hacen cuestionarse si, en realidad, no estaremos ante una película de terror en lugar de una comedia costumbrista. ¿O era una adaptación de las novelas negras del siglo XIX? Esa alternancia de registros logra que, en todo momento, la película resulte sorprendente, fresca, llena de matices e interesantes giros argumentales y, sobre todo, tremendamente entretenida (sus últimos treinta minutos son, sencillamente, prodigiosos).

Respecto a los actores son ingleses y, con eso, todo queda dicho. Espléndidos, sin excepción, desde el absoluto protagonismo de Simon Pegg hasta los cortos pero jugosos papeles de Bill Nighy o Steve Coogan, pasando por un recuperado Timothy Dalton que, literalmente, devora la pantalla en cada una de sus apariciones como el misterioso dueño del supermercado más importante de Sanford (memorable su última y "penetrante" conversación con el sargento Angel) y el camaleónico Jim Broadbent como el paternal y permisivo responsable de la peculiar y surrealista comisaría de Sandford.

Sin duda, "Arma fatal" pasará sin formar demasiado alboroto por los cines del mundo y mucho menos llamará la atención de los que deciden las teóricamente mejores películas del año. Es demasiado inteligente, transgresora y brutal para los cajones que utilizan los archiveros cinematográficos oficiales. Me juego un lirio japonés de la paz a que eso, a Edward Wright y Simon Pegg les importa muy poco y se conforman con que, al igual que ya ocurrió con su anterior película, será el tiempo el que coloque esta magnífica obra en el lugar que le corresponde. Ventajas de ser inglés.

martes, 11 de diciembre de 2007

Triqui y Traci


La Organización Mundial de la Salud lo tiene en el punto de mira desde que, hace casi cuarenta años empezara a devorar galletas sin respetar el adecuado equilibrio en su dieta entre las vitaminas, las proteínas y los minerales. De hecho, algunos dicen que su actual color azul es fruto de la falta de hierro y el exceso de grasas en su alimentación. Su actitud agresiva y su escaso vocabulario (claramente inferior al exigido por la autoridad educativa competente) no le han permitido desarrollarse conforme a la Convención de Ginebra sobre evolución social y personal. Aún es un misterio porqué tan poco recomendable personaje fue protagonista junto a otros sujetos de sospechosa calaña de "Barrio Sésamo", un programa de televisión para niños que nació en 1969 (mal empezó la cosa) y que durante casi cuarenta años de vida ha sido un referente formativo para millones de personas en todo el mundo.

Afortunadamente y con motivo de una nueva edición de los primeros capítulos de la serie, la compañía propietaria de los derechos ha lanzado el producto advirtiendo que "estos primeros episodios están destinados para adultos y pueden no adecuarse a las necesidades del niño en edad preescolar de hoy". De este modo, podemos salvar a nuestros hijos de la infame presencia de este glotón azulado que ha fomentado la obesidad, la falta de solidaridad internacional y la inviolabilidad de la propiedad privada, sin perjuicio de la influencia de su intolerable actitud en conflictos como la Guerra de Irak y el calentamiento global. Por supuesto y por el mismo precio ahorramos a nuestros vástagos la visión de posibles sodomitas con cabeza de piña, adictos a la leche y nada recomendables aficionados a las jacas y otros equinos. Debería cundir el ejemplo y que esta iniciativa fuera únicamente la chispa. Nada me haría más feliz que contemplar la nueva edición de "La bella durmiente" sin esa relación claramente necrófila o "Blancanieves y los sietes enanitos" sin esa ofensiva referencia a las personas de altura reducida.

Tranquiliza pensar que nuestros hijos van a poder desarrollarse en un mundo mejor y más feliz que el que nos ha tocado en suerte a los que padecimos la terrible influencia de estos seres oscuros y malignos que poblaron nuestros primeros años de vida y que, cuarenta años después, por fin, van a ocupar el lugar que merecen junto a las películas de Traci Lords. Menos mal que siempre hay alguien velando por nosotros.

sábado, 1 de diciembre de 2007

Un siglo de flojos


Mi relación con el arte contemporáneo es, cuanto menos, conflictiva, cuando no, simplemente, beligerante. A pesar de mis esfuerzos y de las copiosas oportunidades que le proporciono, nuestros encuentros tornan en desencuentros sin apenas habernos empezado a conocer. Danza, ópera, escultura, pintura, música. Sea cual sea la disciplina, donde muchos ven fuego, yo apenas capto el olor del humo. A veces, milagrosamente y casi por casualidad, surge un atisbo, un esbozo de algo que, quizás, tal vez, una vez realizado el correspondiente estudio podría llegar a convertirse en algo que, transcurrido el plazo de tiempo necesario podría admitir como mínimamente artístico. El problema es que esa sensación no es muy distinta a la que provoca, en ocasiones, que una mancha en el suelo o el dibujo de un baldosín, nos recuerde a algo o nos parezca interesante o, incluso, bello. Esa sensación carece de permanencia, no dispone de pilares y se diluye en mi memoria tan pronto como desaparece de la vista. Además, no por eso, deja de ser un borrón en el suelo o una casualidad en la pared de un servicio.

Carezco de la adecuada formación artísitica, eso es cierto. No sé una palabra de escultura ni de pintura. Aunque he leído mucho, tampoco creo que sea suficiente para catalogarme de lector empedernido y a pesar de los centenares de películas y obras de teatro que he visto en mi vida, no paso de ser un humilde aficionado. Sin embargo lo magro de mis conocimientos, no me impide admirar la apabullante belleza de la música de Ravel o Wagner. Tampoco esta carestía es obstáculo para admirar la literatura de Paul Auster o Javier Marías, ni la majestuosa perfección de la trilogía de "El Padrino" o el atractivo discurso visual de "Delicatessen". Por eso mismo, no creo que sea mi reconocida falta de conocimientos lo que me lleva a permanecer completamente al margen de las propuestas de José María Sánchez Verdú, Antoni Tápies, León Ferrari o Enrique Salamanca.

Personas cuyo criterio admiro fielmente y titulares de mentes abiertas y desarrolladas, defienden las manifestaciones artísticas contemporáneas, argumentando que, en el siglo XX y aún más en el XXI, hay cosas que el arte ya no puede decir. Al menos, no puede decirlas tal cual han venido siendo dichas en los últimos años. Dos guerras mundiales, la sobredosis informativa de las últimas décadas y un claro paso de lo social a lo individual han generado que el hombre haya perdido el enlace con sus circunstancias. Yace solo, desarraigado, en una forma de páramo existencial sin orden que únicamente provoca frustración, ansiedad, rabia o ira. Por esa razón, el artista descomprime y rompe las normas, desordenándolas a su antojo, rompiendo así en mil pedazos la linea temporal lógica y el cronológico devenir de los acontecimientos. El artista moderno, primero escucha la frase, luego capta el movimiento de los labios y posteriormente la mirada que hasta hoy precedía a todo. La desfragmentación vendría ser, así, el hilo conductor que vertebra el arte contemporáneo. Por mi parte, considero que embarullar lo existente no es muy distinto a desmantelar un rompecabezas. Y eso puede hacerlo un niño de pocos meses. La esencia del arte es la imposibilidad que siente el que observa de imitar su grandeza. Ni en un millón de años podría componer "Tristan e Isolda" o esculpir "El pensador". Sin embargo, dudo que tuviera dificultad en escribir la partitura de la segunda parte de "El viaje a Simorgh" o pintar al compañero de exposición de cualquier obra de Mark Rothko.

Hasta que el pozo de las ideas se secó, hace ya muchos años, el arte se movió hacia delante de manera paulatina. Se aprecia una lenta pero inexorable evolución entre la música de Richard Strauss y la de Beethoven y entre la de éste y la de Mozart o Haydn en una relación causa efecto que se pierde en el tiempo pero que deja bien asentadas las bases de cada paso para poder dar el siguiente. Sin embargo, con la entrada en el siglo XX, todo se transforma. La certeza de que hemos alcanzado el final del pozo, provoca un arrebato suicida que nos lleva a enmarañar la herencia recibida en un potaje indigerible que no lleva a ninguna parte y que, por supuesto, no representa evolución alguna.

Lo peor de todo es que, a fin de cuentas, el siglo XX no ha sido más espantoso que los anteriores. La queja y el fastidio es uno de los pilares fundamentales del hombre. Decía Borges que a su abuelo le tocaron vivir, como a todos los hombres, tiempos difíciles. Siempre estamos peor que nunca. Lo que nos pasa es siempre mucho peor que lo que otros han sufrido. Sin embargo, la realidad es que ese horror y esa angustia vital que ha pulverizado el arte como lo conocíamos hasta entonces, no es tal, ni su intensidad es tan poderosa que tengamos justificadas razones para hacer volar por los aires siglos de historia y de evolución. Si nosotros hemos padecido dos guerras mundiales, otros han vivido conflictos de cien años de duración. Si en el siglo XX vivimos el fascismo, el feudalismo campó a sus anchas hace menos años que los deseados. Si aquellos no tuvieron que rascar un tenedor sobre el plato para transmitir angustia al oyente y pudieron transmitir otro tipo de sentimientos distintos al miedo y a la nausea y los artistas contemporáneos no han sido capaces, al final resulta que el siglo XX ha sido un siglo de flojos y blandos que no pudiendo soportar lo que les ha tocado vivir y en vez de mirar hacia atrás buscando las bases que permitan, si eso es posible, volver a iniciar el camino, han optado por desvalijar la casa del abuelo y llevarse lo que puedan para protegerse de la que está cayendo.