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miércoles, 23 de mayo de 2012

Solidaridad con María

No acostumbro a utilizar el ladrillo para este tipo de iniciativas solidarias, pero, tampoco soy un purista que se cierre en banda a retorcer las normas si la ocasión lo merece. Y en mi opinión, esta ocasión lo merece.

Su nombre es María. Bueno, en realidad ignoro si es así como se llama. Lo cierto es que conocerla, conocerla, lo que se dice conocerla, no he tenido la oportunidad, pero alguno había que ponerle y mi imaginación no da para más. El que si sé es el de su madre que viene a ser algo así como Mamaaaaaaaaaaaa, vocal más o menos. Y lo sé porque en la madrugada, atravesando el silencio como una ráfaga de ametralladora, se entiende todo muy bien.

Es muy posible que María sea otra víctima de esta crisis infame que padecemos. Seguramente se levantará muy pronto, sin apenas dormir- por las horas a las que vuelve a casa, es muy probable que las sábanas apenas la reconozcan- y es muy probable que pase la práctica totalidad del día deslomándose en un trabajo inhumano, alienante y mal pagado. Sea lo que sea y se dedique a lo que se dedique, lo cierto es que María cuando vuelve a su hogar lo hace de madrugada, sin apenas tenerse en pie, tambaleándose como un pelele, arrastrando el bolso y, ocasionalmente, despeñándose por algún bordillo.

Probablemente, en su afán de volver a casa y dormir siquiera unos minutos hasta la nueva jornada de trabajo,debe salir como un galgo del trabajo y raro es el día en el que no olvida las llaves de casa en la taquilla. En estas ocasiones y con una voz inusitadamente potente para su lamentable estado, María llama a su madre- Mamaaaaaaaa como ya he comentado- para que le franquee el acceso a la morada que comparten. Mamaaaaaaaa también debe trabajar lo suyo, y su sueño es profundo e invencible a primera sangre, lo que lleva a  María, la mayor parte de las veces, a repetir el rito en oleadas sucesivas y crecientes hasta que un chasquido eléctrico la permite poner punto final a su día.

Sí, es muy probable que esta sea la explicación que da sentido a las algaradas nocturnas que nos parten la noche en el barrio. La cosa está complicada y no debe descartarse esta opción. Pero lo cierto es que tampoco es improbable que lo que pasa es que a María le va la juerga y el cachondeo más que a Mariano las tijeras de podar y lo que ocurre es que la mita de las noches llega con una merluza de cuidado que apenas le permite mantener la verticalidad. Llamadme malpensado, si queréis, pero yo me inclino por esta última opción

De modo que pido vuestra colaboración para ver si entre todos podemos conseguir para esta maldita borracha una copia de las llaves de su casa para colgársela del piercing que aflora en su ceja o, en su defecto, un audífono para la sorda de su madre que únicamente cuando salgo a la ventana a mentarle los muertos a ella y a su encurdada retoña, repta hasta el telefonillo, emite cuatro gruñidos y deja descansando el índice en el pulsador hasta que la hija y su cogorza traspasan el umbral y ponen la guinda al pastel con un portazo que deja los goznes tiritando.

Porque la próxima vez que la tal María vuelva a despertar a mis herederas de su merecido sueño con sus alaridos de beoda nocturna, es muy probable que me lance por la ventana, en traje de Adán si la ocasión lo precisa, para arrancarla con mis propias manos las cuerdas vocales o en su defecto, destilarle el alcohol, la farlopa o la nieve que lleve en el cuerpo a mandoble ligero cruzado. A pesar del incuestionable bien social que haría al barrio y, tal vez a la humanidad entera- nuestras cínicas autoridades seguro que no alcanzarían a comprender mis motivos y me mantendrían en el calabozo una larga temporada rodeado de Marios y Marías, lo que no dejaría de ser como echarle gasolina al fuego. Además, ya saben que, sin ustedes, damas y caballeros, yo no sé vivir, de modo que aflojen unos euros, no sean agarrados y vamos, por el bien de todos a tener un poco de solidaridad ciudadana. Gracias anticipadas.

miércoles, 14 de julio de 2010

En ebullición


Está comprobado que, si de efectividad letal se habla, las bajas temperatras baten con holgura a las altas. Los estudios demuestran que, cada año, unas 200.000 personas mueren en Europa a consecuencia del calor. No es poca cosa. Sin embargo, cuando los termometros se despeñan, la cifra se eleva hasta el millón y medio de víctimas. Si el frío fuera un asesino en serie, Freddy, Jason, Michael y el resto de la alegre parentela llevarían mucho tiempo jugando al Trivial.

En cualquier caso y digan lo que digan los estudios, donde haya una buena racha de viento siberiano que se quiten el bochorno y los cuarenta grados a la sombra. ¿Que entra el viento racheado y nos congela las lágrimas? Gorro y guantes ¿Que se desprenden del firmamento canicas de hielo y no se puede salir a la calle? Sin problema. Un capítulo de "How I met your mother", la mantita de rigor y un café calentito. Mano de santo, oiga usted.

Sin embargo, cuando el aire se solidifica, y aplasta al transeúnte convirtiendo la gravedad en una plomada, cuando el suelo se deshace bajo tus pies y el agua apenas tiene tiempo de evaporarse antes de deslizarse por nuestra garganta en carne viva, entonces.... entonces, ¿qué hacer salvo dormitar, sudar y andar en una especie de resaca interminable, fruto del insomnio asesino que genera el fuego nocturno de estos meses estivales?

Mis días pasan en una rueda inagotable de sudores, pañuelos y botellas de agua. El plácido y agradable viaje hasta el trabajo enfrascado en algún libro se ha convertido en un suplicio que me empapa hasta los huesos y en el que no poco tienen que ver los sindicalistas caníbales que pueblan el subterráneo madrileño y nos torturan con sus huelgas agónicas e incomprensibles. La comida es más pastosa, los hielos se limitan a aguar las bebidas, incapaces de cumplir la misión que, por naturaleza les corresponden y las camas se convierten en sarcófagos de aire caliente en los que agonizamos cada noche y de los que solo nos levanta la esperanza de que ayer, como antiguamente, se equivocaran con el pronóstico del tiempo y en lugar de barras de fuego, la mañana nos sorprenda con una granizada en condiciones y sea posible volver a sacar nuestros abrigos de los armarios en los que cumplen condena. La fe mueve montañas.

sábado, 26 de junio de 2010

Error de concepto


Uno topa casi a diario con ese tipo de personas vociferantes y maleducadas que adoptan modales que harían enrojecer a un vikingo cuando algo no encaja en lo que consideran su sitio. Ostentan sus argumentaciones como si fueran lanzas, gritan, gesticulan y en el apogeo de su arrebatato hunden sus palabras y sus gestos despectivos en el sufrido interlocutor sin importarles vínculo, edad o condición. Como es de imaginar, quién esté en posesión de la verdad en ese momento carece para ellos de importancia alguna.

Tras la tormenta, y como si volvieran de un sueño al que han sido ajenos en gran parte, arrían las velas de sus barcos y se dirigen a puerto con la parsimonia que genera la tranquilidad de espíritu sin pararse siquiera a comprobar el estado de quienes han sido engullidos por su furia . Es entonces, cuando se les pide explicaciones a estas personas por lo modos y maneras en las que han llevado la conversación y se les afea su conducta, cuando aparece el chivo expiatorio de todos los males. "Discúlpame, es que yo soy así, tengo mucho carácter".

Que uno sea de una determinada manera no es defensa suficiente para disculpar los malos modos, el trato despreciativo ni las actitudes violentas. De poco le vale a quien ha padecido estas tormentas saber que quien ha inflingido el trato es de una manera de ser o de otra muy distinta. Visto lo visto, es evidente que no puede ser de otro modo. Si uno es "como es" y eso le lleva a comportarse como un cavernícola tiene dos opciones: cambiar y entender que como decía la canción, una palabra más rotunda que otra no te otorga un gramo de verdad o asumir las consecuencia de sus actos. Porque resulta que este tipo de gente, especialista en salar las heridas luego es muy sentida y cuando se les echa en cara que uno ha visto vídeos de Hitler expresando sus ideas con maneras casi idénticas, se ofenden y acusan a quienes les echan en cara sus modales de neanderthal primigenio de tener poco aguante o carecer de voluntad para entenderlos. El tedioso asunto de la paja y la viga que tanto juego da en el refranero español encaja aquí como un guante

Apoyarse en algo tan difícil de construir como el carácter para no reconocer que, sencillamente, se carece de temple, no se es diestro en el control de las riendas con las que uno dirige el genio o, por no complicar mas el asunto, se dispone de mala leche suficiente como para mantener Intereconomía en antena durante todo un año fiscal, debería estar tipificado como delito. Y la gente que se escuda en ello para actuar como un lunático, que salga de su error y se dé cuenta de que su problema no es cuantitativo, sino, por supuesto, cualitativo. Lo demás son ganas de no llamar a las cosas por su nombre ni valorarlas en su medida.

martes, 16 de febrero de 2010

Salve, Regina


A mi amiga siempre le dio dentera ser noticia de portada. Su único afán en los años que le han sido concedidos (pocos, muy pocos, insuficientes desde cualquier punto de vista) ha sido siempre permanecer en segundo plano, alejada por completo del foco de la atención. Muchas de sus decisiones que tomó tuvieron su fundamento en esta necesidad de anonimato a la que le conducía su humildad y generosidad infinita. Incluso en estos últimos días, cuando el maldito cáncer la envolvía ya por completo, urdía todo tipo de estratagemas para que su enfermedad no fuera motivo de preocupación para nosotros, enfrentándose para ello, con descarnada valentía a los infernales dolores que la traspasaban y dejándonos a quienes la queríamos con la boca abierta ante semejante muestra de fuerza y valentía.

Y por no traicionar su deseo de anonimato, incluso frente a vosotros, a la inmensa mayoría de los cuales ni siquiera llegó a conocer, no dejaré constancia alguna de su nombre. Pero eso no implica que pueda dejar su marcha sin el reconocimiento que ella se merece. Seguro que no estaría de acuerdo en el tema musical que he escogido para rendirle homenaje ahora que ya no está entre nosotros. Pero siempre que pienso en la muerte y en la dignidad con la que uno debe vestirse para la ocasión, me viene a la mente la maravillosa escena con la que el compositor francés, Francis Poulenc, culmino su espléndida ópera, "Diálogos de Carmelitas" . Tal vez la temática religiosa cuadre muy forzadamente con mi amiga a quien las instituciones eclesiásticas siempre le importaron poco o nada, pero si de coraje y dignidad hablamos, es imposible no vincular la idea con mi amiga que en estos asuntos siempre sentó cátedra. Un millón de besos, guapetona.

SALVE REGINA (DIALOGUES DES CARMÉLITES)


domingo, 7 de febrero de 2010

A cualquier hora del día


Compruebo estupefacto en los últimos días que los habitantes de mi ciudad andan con la agresividad por bandera y haciendo gala de una mala leche que entran ganas de eliminar el ganado vacuno en general por ver si ahí está el germen de tanto cabreo.

Y no me refiero a jóvenes pertenecientes a violentos grupos callejeros ni malhumorados ancianos que soportan su tramo final agrediendo a los que aún empiezan el camino. Ellos, también, por supuesto. Pero eso no sería digno de mención ya que viene de serie. No, no. Me refiero en general.

En los últimos días he podido comprobar como una señora de mediana edad y porte distinguido le chillaba con venenosa agresividad a un joven ciego que, por error, había golpeado el tacón de su zapato con el bastón, que estaba harta de gente como el mencionado joven, que se aprovechaba de estar ciego para hacer lo que le daba la gana. No me quedé a escupirla en la cara, pero, por lo que escuché mientras me alejaba, el ciego tenía la dicha de no ser mudo y presumo que la estúpida volvió calentita a casa. O, mejor dicho, llegó al trabajo con el carburador a tope, ya que, a todo esto, eran las siete y cuarenta de la mañana de un martes.

Unas horas después y en una calle por la que un camión grande podría pasar sin apuros, el dueño de un ciclomotor mentaba a la madre de un sexagenario encorvado que había parado su coche en la calle para subir, sin éxito por el momento, un enorme espejo a la vaca del vehículo. En lugar de ayudar al hombre en su tarea, lo que hubiera supuesto unos segundos, o, sencillamente, pasar por el (holgado) espacio existente entre el coche y la acera, el conductor de la motocicleta, llamó "chulo de mierda" (?) al aprendiz de Sisifo, amenazó con llamar a la policía (??) y de no ser por un familiar que debía acechar en el portal (¿sobrino?, ¿hijo?¿nieto?) y frente al que el agresivo motociclista reculó, todavía le hubiera reventado el espejo en la cabeza. ¿Hora? Las cuatro de la tarde y sereno (al menos por lo que a mí respecta).

Incluso, servidor tuvo la oportunidad de comprobar la creciente agresividad del personal tras comprobar como, el conductor de un vehículo que tuvo que esperar apenas un minuto a que la bella señora Winot y la heredera subieran al coche, no contento con blasfemar en arameo durante los sesenta segundos, como pude comprobar por el retrovisor, paró su vehículo una vez el nuestro estba ya en movimiento y acercándose a la puerta de nuestro edificio, la propinó una monumental patada que hizo estremecerse hasta a los goznes. ¿Tres de la mañana de un sábado? Más bien, mañana de domingo.

Sé que no vivimos una buen época. Que nuestro lamentable gobierno lleva el país a la deriva, que el paro fagocita el buen humor de centenares de personas todos los días y que Penélope Cruz puede volver a llevarse un Oscar. Y también sé que, en esencia, nuestros vecinos no son homicidas en potencia, que son buena gente y, por lo general, son amigos de la sana covivencia y la concordia vecinal. Pero, visto lo visto, hay veces que uno añora que, como le pasa a John Cusack en su última película, los mayas estén en lo cierto y un cataclismo haga renacer lo mejor que cada uno guarda en su interior y así comprobar que podemos seguir unos siglos más. ¿La hora del evento? La que sea, pero pronto, por favor.

martes, 22 de diciembre de 2009

Aventura navideña


En general y salvo contadas ocasiones, no suelo dar cobertura en el ladrillo a momentos o situaciones que acontecen en mi vida. Tiendo más a comentar opiniones, impresiones y preferencias que hechos mondos y lirondos. Sin embargo, un curioso acontecimiento que me ocurrió hace unos días encaja tan ajustadamente con ideas y comentarios vinculados a dos de las últimas entradas publicadas, que no me resisto a compartirla.

Hace unos días, la bella señora Winot, la heredera y servidor decidimos huir de las apreturas y estrecheces que vive el centro de Madrid. El autobús que cogimos, en linea con el estado natural de la ciudad (y al que hace unos días me referí en "Aquí no hay quien viva (en diciembre") rebosaba de fugitivos como nosotros que se alejaban horrorizados de las pistolas de pompas de jabón y los gorros de ciervo decapitado que tan de moda están este año. Si a eso le sumamos un carrito infantil, bufandas, gorros y abrigos voluminosos, es obvio decir que "comodidad" no era el término que más cuadraba con nuestro estado.

Milagrosamente logramos llegar a nuestra parada y, apenas puesto el pie en la acera me di cuenta de que el teléfono móvil que llevaba había desaparecido. La señora Winot demostrando que no solo ve las aventuras de Jack Bauer en "24" sino que, además, las comprende, se lanzó hacia el conductor y al grito de "cierre las puertas, que lleva un ladrón en el autobús", dejó apresado al anónimo delincuente, llamó a la policía y marcó mi numero para detectar la ubicación del mismo y del sustrayente. El respingo dado por una pasajera, nos puso sobre la pista de una sudamericana cuarentona a la que hicimos bajar del autobús para proceder a su registro. Antes de bajar, mi teléfono ya había sido transferido a otro conpinche que se escabulló disimuladamente mientras abríamos las puertas.

De no ser por un señor que nos avisó de este hecho, el mochuelo hubiera volado a su olivo y de mi teléfono nunca más se hubiera sabido. Pero hubo suerte y pude pararlo en un semáforo. Por alguna razón al tipo lo pillé con el pie cambiado y fue anunciarle la visita de la policía y aparecer mi móvil en su mano como por arte de magia. "Toma y déjame", me dijo. Quizás lo suyo hubiera sido hacerle caso y dejarlo marchar. Yo había recuperado lo mío y tenía todo el día para disfrutarlo con mis chicas sin meterme en ningún lío. Pero aquel tipo me había robado y no era descabellado pensar que no fuera su primera vez ni, por supuesto la última. Hoy era mi teléfono, pero, ¿mañana?

El caso es que le amarré de un brazo , le dije que no iba a irse de rositas y que tendría que dar explicaciones a la policía. Se zafó con un soberano empujón y se dio a la fuga., pero, a pesar de mi mejorable estado físico, encontré fuerzas para lanzarme en su persecución. No hubiera aguantado mucho la carrera y de no ser por un caballero cincuentón que se soltó del brazo de su mujer y se plantó como un coloso en la trayectoria del fugitivo, es muy posible que todo hubiera terminado con un sofoco inútil y un ladrón suelto más. Pero no fue así y haciendo gala de aquello que reclamaba en "Punto y final: Andrew Anthony" hace un par de semanas el anónimo caballero decidió romper esa pasividad de grupo tan dañina para la sociedad y entre uno y otro conseguimos dar caza al ratero y custodiarlo hasta que, unos minutos después apareció la policía.

Es cierto que, una vez detenido, la burocracia jurásico-policial a punto estuvo de hacerme recular y pensar que bien podría haber dejado huir al corredor de fondo y así no haber pasado el resto del día en una comisaría esperando la tramitación del atestado. También es cierto que, ahora se da la paradoja de que si no acudo como testigo en marzo al juicio al que, sin duda, el tipo no se presentará, me pueden introducir rectalmente una multa por un importe que triplica el valor del teléfono. Pero tampoco me cabe duda de que volvería a hacerlo y de que yo también me hubiera plantado en la trayectoria del chorizo sin dudar un instante y hubiera colaborado en su captura para alejarlo, siquiera unas horas de las calles. Eso, compensa todo el esfuerzo.

martes, 1 de septiembre de 2009

En perfecto estado de revista


Con la heredera en perfecto estado de revista, repartiendo sonrisas y saludos como si de un presidente del gobierno en plena campaña se tratara, incluso dirigiendo su mirada a lugares en los que no parece haber nadie (lo que inquieta de mala manera. ¿Verá algo que yo no soy capaz de distinguir? Demasiadas películas probablemente). Con la bella señora Winot derrochando encanto y esplendor a manos llenas tras tres semanas de desconexión absoluta en compañía de la antedicha y de un servidor y, por último, con la inevitable (aunque limitada y temporal, como las subidas de impuestos que se perfilan en el horizonte) depresión que sigue a las vacaciones como las conspiraciones al Partido Popular, deslizándose a buen paso por el sumidero del olvido, puedo anunciar a quien pueda interesar que las puertas de la escombrera de ladrillos vuelven a abrirse de par en par. Por supuesto están todos invitados. Pasen y pónganse cómodos. Intentaré estar a la altura.

sábado, 1 de agosto de 2009

Apagado o fuera de cobertura


Según un chiste que contaba mi padre hace años a cuanto infante pasaba por su lado, las personas más pobres de China se llamaban Chin-lu, Chin-agua y Chin-na. Parafraseando esta vieja herramienta humorística paterna, aprovecho para presentarles a la oveja negra de la familia, el miembro más acaudalado, en lo que a riqueza de espíritu se trata: Chin-curro, también conocido como Tarquin Winot o el babeante padre de la heredera más bella del universo.

Sí, amigos, hoy, después de un demoledor inicio de año, servidor desconecta ordenador y agenda, laboral, practica la papiroflexia con los partes de actividad y esconde en el fondo del mar las llaves de esa prisión laboral en las que ha permanecido encerrado los últimos meses, bajo unas medidas de seguridad que el mismo Edmundo Dantes hubiera considerado extremas y se marcha a descansar sin mancha o cargo de conciencia alguno en el horizonte. Dan inicio, por tanto las vacaciones más deseadas de la historia, en las que mi encopetada testa sólo va a tener neuronas operativas para analizar las infinitas formas que puede adoptar esa especie en extinción que es el puro y simple ocio en compañía de la adorable señora Winot y de esa heredera tan comestible que me quita las penas con sus recién cumplidos doce meses.

Volveremos a la escombrera de ladrillos a finales de agosto, con las pilas recargadas, las ideas recién pasadas por el túnel de lavado y la ilusión con la garantía renovada por otros doce meses. Buenas vacaciones a todos y nos vemos en septiembre.

jueves, 25 de junio de 2009

Simply irresistible


Me da reparo confesarlo. Preferiría disponer de más "glamour", ser más exquisito y sibarita en mis gustos y poder decir que, en el ámbito culinario, lo que me hace perder la razón y extraviar la mesura y el decoro es el jamón de pato, el caviar iraní o la trufa natural, pero, lamentablemente (o no) me temo que por ahí no van los tiros.

En el tema del condumio, la verdad es que no hago extraños a casi nada (salvo a los pimientos y a los flácidos, viscosos y detestables espárragos) y, en mi presencia, resulta evidente que la anorexia está lejos de ser mi punto flaco. Tan pronto empaqueto un buen solomillo de ternera como una rodaja de atún rojo y me declaro admirador a morir de las buenas materias primas, bien cocinadas y si es posible regadas con buenos caldos de la tierra. No soy, en definitva, el tipo indicado para invitar a comer a final de mes; pero hay un atajo para hacerlo y no tener que hipotecarse por ello: una (o más, pero con una, serviría inicialmente) barra de ese sencillo, tradicional y delicioso embutido catalán llamado fuet y, por lo que a mi respecta, al resto de alimentos les pueden dar bien con la puerta en las narices.

En general mi cuerpo detecta su punto sin retorno: esa última patata cuya ingesta conducirá directamente al ardor de estómago, ese vaso de vino que marca la diferencia entre el patán y el alegre anfitrión... Todos ellos son detenidos a tiempo por un sistema defensivo bien engrasado (nunca mejor dicho) y con acreditada experiencia en la materia. Pero el fuet, como una Lisbeth Salander alimenticia cualquiera, sabe burlar con exasperante habilidad todos los mecanismos de defensa, convirtiéndome en un adicto en cuyo vocabulario la expresión "una más y se acabó" carece del menor significado.

Tengo por este manjar una fijación inquietante y enfermiza que se ve incrementada, además por esa puñetera costumbre que tienen la mayor parte de las casas que lo distribuyen, de comercializarlo en paquetes de dos unidades, con lo que todo, resulta doblemente difícil. Pasar por la cocina a poner la lavadora o a beber agua implica ineludiblemente soltarle un mandoble a la barrita de fuet correspondiente y no sé si sera casualidad, pero los días en los que servidor o, en su caso, la señora Winot, vuelve del supermercado con dicho manjar (cuatro de cada tres días, para ser exactos y ahí está la instantánea tomada hoy mismo en nuestra cocina que acompaña esta entrada para acreditarlo) toda la actividad del hogar, repentinamente, gravita sobre la cocina y sus tesoros escondidos. Es desnudarlo de su mortaja de plástico y separar la argolla de metal que acredita su curativo ahorcamiento y el cuchillo parece cobrar vida propia, repartiendo mandobles a diestro y siniestro hasta que del robusto cuarto de kilo sólo queda un cordelito que parece preguntarse aquello de "¿qué tengo yo que mi amistad procuras?" y que con muy distinta intención, imagino, escribiera Lope de Vega hace unos cuantos siglos.

Hace poco escuché en la radio que estaba comprobado que el consumo de fuet aumenta la vitalidad, estimula el optimismo y mejora el buen humor. Por si no tenía suficiente, ahora además, tengo una excusa. Mal asunto.

martes, 2 de junio de 2009

Agravio comparativo


Mis primeros contactos con el tabaco pueden fecharse en el verano de mis quince años, cuando mis amigos y yo compartíamos nerviosos un mentolado sustraído hábilmente de algún bolso materno, para luego atiborrarnos con caramelos que intentaban inútilmente camuflar las huellas de nuestra infamia. De este modo, fumando cigarrillos sueltos a escondidas, anduve unos pocos años hasta que la entrada en la Universidad marcó un punto de inflexión.

Para un adolescente como el que suscribe, educado en un colegio religioso en el que todos los alumnos orinábamos de pie, el paso a los servicios separados para chicos y chicas produjo el mismo efecto que a Moisés la vista de la Tierra Prometida. De repente, en el día a día, había mujeres a las que impresionar, rivales a los que batir y personajes de película a los que imitar. Y a todo ello, el cigarrillo ayudaba mucho. Si la chica por la que suspirabas miraba casualmente hacia ti, no había nada mejor para controlar el temblor de tus manos que encender un Lucky Strike sin filtro como los que fumaba Mickey Rourke en "El corazón del ángel" mientras esculpías en tu rostro la pétrea máscara de la indiferencia como si no estuvieras escrutando por el rabillo del ojo cualquier mínimo gesto en el rostro de la anhelada compañera.

Por entonces empecé a fumar con regularidad. En mi caso, el reparto acompañaba y los cigarrillos se movían con normalidad tanto en la casa paterna como en mi círculo de amistades. Los paquetes empezaron a durar un par de días y los fines de semana, el dueño del estanco que había junto a mi casa cerraba antes de hora en cuanto yo salía de la tienda. Tuve que empezar a notar el peso en mis pulmones cada vez que subía a pie los dos tramos de escalera que separaban mi casa de la calle para darme cuenta de que aquella vía empezaba a agotarse. El paquete cada dos días se había convertido en dos cada tres y al dueño del estanco se le llenaban los ojos de lágrimas de alegría cada vez que me veía aparecer los viernes por la tarde para aprovisionarme para el fin de semana. Por entonces, tosía con el menor esfuerzo, mi coche se había convertido en un enorme cenicero sin ventilación y la señora Winot (sin titulo por aquel entonces) marcaba el terreno con caramelos de menta si un servidor se ponía más cariñoso de lo habitual.

Deje de fumar una noche de mayo de 2002, en el cumpleaños de una amiga y sin saber exactamente todavía la razón ni el lugar del que saqué las fuerzas para hacerlo. A día de hoy, me he convertido en un tipo afortunado que fuma cigarrillos solo en ocasiones especiales (o cenas regadas en exceso con vinos de la tierra y otras sustancias inflamables) y que casi todas las semanas se permite el lujo de fumar un buen puro el fin de semana sin que los hábitos tengan visos de reproducirse y volver a convertirse en congénitos y permanentes. Dejé de fumar porque mi salud se dio cuenta antes que yo de que no iba por el buen camino, pero no porque dejara de gustarme. Fumar es un placer y sólo quien fuma o ha fumado sabe a lo que me refiero.

Ser fumador no implica ser un imbécil o un inconsciente por mucho que esta sociedad tan fina y tan protectora en la que nos movemos tienda a igualar esa ecuación. Todos lo que fumamos o hemos fumado somos conscientes de que no ayudamos, precisamente a nuestro organismo cada vez que encendemos un cigarrillo, del mismo modo que lo sabe el que se come las hamburguesas a pares o el que tumba una botella de ron cada día.

Fumar es un placer. Y un vicio. Y dudo que nadie lo niegue. Pero ni es el único ni merece la persecución a la que se somete a quienes lo disfrutan o padecen. El fumador es una especie en extinción, pero no por evolución natural sino por un metódico, implacable e injustificado exterminio social. Marlboro no puede anunciarse en la misma televisión que Heineken y puedes encontrarte con un restaurante en el que no puedas encender un cigarrillo mientras en la mesa de tu derecha, un grupo de amigos fulmina una botella de ginebra. Si un vicio es un exceso de apetito con algo, que incita a usarlo frecuentemente y con exceso, no veo razón para no tratarlos a todos por igual.

Así, si como he oído hace unos días van a empezar a decorar las cajetillas de tabaco con fotografías de pulmones carbonizados y dentaduras carcomidas por la nicotina para concienciar a los fumadores, espero que no tarden mucho en insertar fotografías de automóviles despanzurrados con sus víctimas trituradas en el interior en los catálogos de los concesionarios o incorporen a las botellas de vino, instantáneas de hígados devorados por la cirrosis si no hay alguna de adolescentes en coma etílico a mano. Por equilibrar la balanza más que nada.

lunes, 25 de mayo de 2009

El sistema Isofix y la madre que lo parió


Cuando te falta poco tiempo para ser padre, recibes consejos de toda índole. Algunos son lanzados con cierto carácter revanchista, como si los que te los dieran, en realidad disfrutaran al informarte de los infortunios que la paternidad acarrea, obviando a sabiendas todo aquello positivo o ilusionante. Otros, por su parte, y, sin duda con la mejor de las voluntades, pretenden no crear en los futuros padres, idea alguna de continuidad cotidiana, pero requiebran su honorable naturaleza y se convierten en una suerte de profecías malignas que pintan el futuro de negro azabache.

En general, lo recomendable es mantener una cómoda distancia respecto al contenido de los consejos, quedarse con la esencia (la paternidad lo cambia todo) y mantenerse impermeable al resto, con lo que una muy querida y embrujada amiga llama "cara de paisaje". De lo que nadie nunca te avisa, lo que permanece oculto bien sea por pudor o por vergüenza en la trastienda olvidada de los consejos es el severo y contundente golpe a la autoestima que supone ser padre.

Uno, que sin tenerse ni mucho menos por una mente privilegiada, camina con cierta seguridad intelectual por el mundo, nunca hubiera supuesto que la horma de su zapato se la fuera a proporcionar algo tan inofensivo, en apariencia, como una silla de paseo, una cuna de viaje o un esterilizador de biberones. Tengo el convencimiento de que algo tenebroso y oscuro se maquina en las empresas que fabrican estos elementos.

Tal vez, espolvorean el germen de la dislexia sobre las instrucciones de montaje que acompañan sus productos y por eso, resultan un laberinto lingüístico en el que las palabras se mezclan o pierden su significado por el camino. Lo ignoro, pero lo cierto es que , tras varios minutos de esfuerzos con la cuna de viaje "Baby happy", compruebas horrorizado que empujas de donde hay que tirar y que levantas sin tino alguno lo que debe estar horizontal.

Puedes gastar una mañana"empujando suavemente" la silla "Chiqui Chupi" (por supuesto, homologada, autorizada por el Ministerio correspondiente y adaptada al sistema de fijación universal Isofix. Faltaría más) y morirás en el intento sin haber logrado moverla un milímetro. Es preciso deslomarse durante media hora en el reducido espacio del asiento trasero para lograr escuchar el "clac característico" que indica la correcta ubicación del elemento, aunque a esas alturas, dudes de si el "clac" lo ha hecho la silla al encajar o tu espinazo al quebrarse.

Cuando, tras horas de titánica lucha, el carrito de paseo "Running in the streets", que, por lo que comenta el fabricante se monta en "cinco pasos sencillos", yace moribundo a tus pies, sobre un amasijo de correas, con las ruedas sobre la capota y el forro para la lluvia colgando tristemente sobre el manillar, sabes que has tocado fondo. Y no solo porque gimoteas como un perro apaleado con una hebilla en la mano, cuyo origen, por cierto, desconoces por completo, sino porque eres plenamente consciente, que en pocos minutos, alguien aparecerá por la puerta y con la suficiencia que otorga la mayor inteligencia, preguntará las razones por las que no has quitado el pasador (de rojo chillón por lo general, pero invisible a tus ojos) que habría evitado sangre, sudor y lágrimas. Desgraciadamente, una pregunta sin respuesta.

viernes, 13 de marzo de 2009

Palabras huecas


Un chiste muy popular en mi infancia situaba a Jesucristo ante sus apóstoles en la última cena. "Hermanos", decía, "hoy me veis, mañana no me vereis, pero me volvereis a ver". Ante semejante galimatías, San Pedro respondía, "Maestro, cada día te quiero más por lo bien que te explicas, coño".

Las palabras pueden hacer que las ideas fluyan con suavidad y lleguen en perfecto estado a su destinatario o pueden salir trastabillando desde su nacimiento y acabar haciéndose añicos contra el entendimiento de aquel o aquellos a quienes van dirigidas. Si además de lanzarlas como piedras en una honda, carecen del menor significado, el estropicio es mayúsculo. Un ejemplo claro de este último caso podrían ser las declaraciones y comentarios que he estado escuchando últimamente sobre una polémica exposición que se está llevando a cabo en París, en el Centro de Arte Pompidou bajo el nombre de "Vacíos, una retrospectiva" y que, básicamente, consiste en vaciar por completo nueve salas del centro y no mostrar obra alguna en paredes, suelos o techos.

Como explica el catálogo de la exposición en sus poco más de quinientas páginas (?) la muestra (??) recopila las principales obras de este movimiento artístico (???) fundado en 1958 (????) y profundamente influido por el minimalismo y el budismo Zen (?????). Por si no ha quedado claro el concepto que maneja esta gente, es recomendable acudir a los escritos del fundador del movimiento, un tal Yves Klein, según el cual, a través de estas obras se logra "la especialización de la sensibilidad al estado material primario en sensibilidad pictórica estabilizada". Y punto. Se puede decir más alto, pero nunca más claro.

A mi, personalmente, que ya he manifestado en varias ocasiones ("Hasta los simorghs" o "Un siglo de flojos") mi aversión a este tipo de paridas conceptuales, me parece una tomadura de pelo de primera magnitud, una nueva demostración de que no hay nada como el aburrimiento vital para encontrar sentido en el sinsentido. Plantearse semejante mamarrachada y vestirla de obra de arte debería estar contemplado en el Código Penal como modalidad de escándalo público. Me pongo en la piel del turista despistado que, hipnotizado por el prestigio internacional del Pompidou, penetra en la exposición tras desembolsar los diez euros de la entrada y los cincuenta del catálogo para encontrarse casi una decena de salas vacías y entiendo que en Francia se rueden cosas como "Martyrs" o "L´interiour".

Y lo peor no es ya que pretendan hacerte comulgar con ruedas del molino. Lo verdaderamente enervante, lo que en realidad me saca el lado oscuro es que pretendan convencerte de que lo que están metiéndote con calzador en la boca no son ruedas, sino auténticas ostias consagradas. En este sentido, al Comisario de la Exposición de marras, el "duranduraniano" Laurent Le Bon debe andarle buscando la Asociación contra el Expolio de los Molinos ya que, en lugar de huir al Nepal ha aparecido muy digno ante la prensa para decir que "la idea de reproponer el trabajo de estos artistas en un contexto espaciotemporal distinto, ofrece a los espectadores una manifestación retrospectiva de una cierta manera intemporal y sin la evocación de los lugares originales, creando el sentimiento bizarro de estar a la vez en todas partes y en ningún lugar". Si San Pedro levantara la cabeza.....

miércoles, 7 de enero de 2009

Bolas


Lo he visto esta mañana, bajo el frío polar que azota mi ciudad, concentrado en su labor, como si en lugar de ensuciar la puerta de un colegio público con un spray estuviera ultimando los detalles de una réplica de la Capilla Sixtina. La espalda encorvada en sentido homenaje al garfio del Capitán Idem, la inevitable gorra vuelta hacia la derecha, pervirtiendo por completo su esencia protectora y la lengua al sol, apuntando amenazante a su ojo izquierdo. En su rostro, una expresión difícil de describir, a medio camino entre la flatulencia contenida y la extrema concentración del miope.

Así se ha tirado un buen rato hasta que, aparentemente, la obra ha sido dada por concluida, su cerebro se ha recuperado del esfuerzo y ha logrado indicar a su cuerpo el camino de vuelta a casa con la reconfortante sensación que otorga el deber cumplido. Mañana vuelvo a clase y, por eso, me voy. Pero ahí queda eso. Sílaba más, sílaba menos es lo que ha debido de pensar el "artista" tras dejar su impronta. Sin el obstáculo que su presencia suponía para admirar la obra, la misma ha quedado, finalmente, expuesta al mundo. Lástima no disponer de cámara que inmortalizara el momento.

"Bolas". Tal cual. Ni "Abajo la iglesia", ni "Viva Farlopo Linares", ni "Muerte al Borbón". Tampoco ha tomado el muchacho como referente los espectaculares murales que recorren los restos del muro de Berlín. Cinco letras, eso sí, de buen tamaño y ligeramente curvadas a la derecha. Y con su be. Y sin hache, que viendo como se las gasta nuestro sistema educativo últimamente, no es para echarlo en saco roto. Imagino que al pobre chico, alguien le habrá dicho que para ser un grafitero molón y enrrollado es suficiente con pedirle dinero a papa para comprar un bote de pintura en spray (o dos si aprueba conocimiento del medio) y vestirse como un figurante en un video de Public Enemy.

Lo que nadie le habrá dicho (o, si se lo han dicho se la traerá bastante al pairo al granuloso adolescente) es que, posiblemente, mañana, a un bedel o a un empleado de la limpieza del centro, le tocará armarse con agua y estropajo y borrar, con no poco esfuerzo, estas efímeras "bolas" mientras las propias, en su caso, se contraen enérgicamente por el frío que campa a sus anchas por esta zona. Me hubiera encantado seguirle y averiguar en que lugar aparca el coche su papá para acercarme una noche vestido como el hermano gordo de Eminem y, con mi martillo y mi escoplo, demostrarle, sobre el capó del mismo que, en realidad, todo puede ser usado como "vehículo de expresión artística alternativa". Si de tocar las bolas se trata, claro.

martes, 30 de diciembre de 2008

Los mejores deseos


La retórica navideña me resulta tremendamente indigesta. Mientras gastamos el dinero del que no disponemos en los centros comerciales y organizamos o asistimos a encajonados rituales festivos, contamos los días que faltan para desprender las guirnaldas que enrejan las paredes de nuestras casas y nos morimos de ganas de enterrar nuevamente en su ataúd de cartón a la plantilla completa del Belén navideño.

En realidad, nos agota tanta novedad, por conocida que ésta sea. Anhelamos el momento en el que nuestra rutina habitual vuelva a llamar a la puerta reclamando su puesto de piedra angular y no vemos el momento de acogernos nuevamente a nuestros cálidos y familiares hábitos. Es una época del año equívoca y desconcertante, en la que repartimos con una mano lo que con la otra quitamos. Tan íntima por una parte y tan expuesta al exterior por otra que no es raro que sea la época del año en la que más depresiones se diagnostican. En general, estamos acostumbrados a que lo incoherente habite fuera de nosotros y, por eso, en estas fechas en que descubrimos que, en realidad, la frontera entre uno y otro lado se difumina hasta desaparecer, no es extraño que nos venza el desconcierto y, en ocasiones, un hastío incombustible.

Para bien o para mal, ésta ha sido siempre mi visión de la Navidad. Pero este año algo ha cambiado. He dejado de lado este escepticismo navideño y he enterrado bajo cien metros de tierra mis pensamientos más lóbregos. En esta Navidad y , como por arte de magia, lo que antes era negro más o menos intenso es hoy de un blanco luminoso, níveo. A lo sumo, algún detalle gris. Pero no marengo, como mucho, perla ¿Cual puede ser la razón? Alguna idea tengo. Y viste de rojo. De parte del Clan Winot..... ¡¡FELIZ AÑO 2009 PARA TODOS!!

domingo, 23 de noviembre de 2008

La amenaza del vampiro


Recorría los pasillos del supermercado con rapidez, saltando de un lado a otro sin que milagrosamente chocara con ninguna de las columnas de productos que flanqueaban los corredores del local. Sí, es cierto que sus gritos de alegría tenían un decibelio más de los necesarios y que, si no andabas fino era probable que estamparas tu sobrecargado carro contra su cabeza en cualquier esquina. Pero por lo demás, era un niño normal, tan activo, acelerado y feliz como cualquier otros chaval sano de unos cuatro años.

Durante su periplo por los laberintos del supermercado, no tuve nunca a mi vista al adulto que, presumía, acompañaba al acrobático jovenzuelo y reconozco que me llamaba la atención no escuchar aleatorios avisos de prudencia de los que los responsables de menores somos tan amigos. No volví a pensar en el tema hasta que unos minutos después el pequeño correcaminos apareció ante mis ojos, con el buen humor extraviado en algún pasillo, los gritos, ahora, superando holgadamente el umbral del dolor y sus cabriolas convertidas en convulsos espasmos encajonados entre las barandillas que conducen a las cajas. A su lado, una mujer alta lo sujetaba por la mano derecha sin mostrar el menor interés por lo que ocurría al final de aquel brazo que sostenía firmemente.

En algún punto del viaje, el equilibrio de poder entre niño y adulto debió romperse y aquél , ahora tomaba cumplida venganza, reclamando algo que supuse negado apenas unos segundos antes y que, por mucho que afiné el oído, me fue imposible descifrar. La mujer se mantuvo en su solemne silencio hasta que el niño comenzó a tirar de ella hacia la salida exigiendo en similar tono al usado hasta el momento "ir a casa". En ese instante y con sorprendente lentitud, la mujer giró sobre sus talones y se agachó hasta colocar sus ojos a la altura de los del chico . "Tú mismo", dijo sin alterarse un ápice, "si quieres, sal ahora y vete casa. Yo tengo que pagar la compra. Sólo te digo que ahí fuera acabo de ver un enorme vampiro". Ignoro que ideas se asociaron de inmediato en la mente del niño, pero mucho antes de que su acompañante recuperara la verticalidad, quedó inmóvil, agarrotado junto al carro y sin que volviera a oírsele una sola palabra, con los ojos abiertos de par en par y dilatados por el miedo.

No es justo juzgar a un padre o a una madre por un determinado comportamiento puntual que estimemos impropio o exagerado. Yo he cometido ese error en ocasiones y, ahora que la heredera nos alegra los días, he tenido que disculparme no pocas veces con aquéllos a los que sermoneaba desde la ignorancia. El potencial de deseperación que pueden provocar los niños es inabarcable. El llanto de un bebe o un comportamiento como el que acabo de describir pueden prolongarse durante horas y, en ocasiones, es difícil mantener firmes los estribos y no extraviarlos en el maremoto. Por eso, en realidad, no sé si hice bien cuando, al encontrarlos un poco más adelante esperando para cruzar un semáforo solté un buen pescozón a la amante de Drácula que le hizo trastabillar y soltar una de las bolsas que se desparramó con estrépito en la calle. Protegido por el aislamiento que, en materia musical, conceden las nuevas tecnologías no escuché sus más que seguros improperios mientras volvía a mi casa para achuchar un buen rato a mi pequeña princesa y, por si las moscas, esa noche dormí con un buen crucifijo al alcance de la mano. Padre prevenido, vale por dos.

domingo, 21 de septiembre de 2008

20.000 euros


El diario británico "Telegraph" publicó hace unos días un reportaje que recogía los veinte mejores montajes fotográficos que han aparecido en los últimos años en diversos medios de comunicación, ya sean escritos o digitales. Por cortesía del Photoshop, allí estaban recogidas, entre otras, imágenes magistralmente trucadas de unos submarinistas a punto de ser devorados por un colosal tiburón, al primo del escualo atacando un helicóptero en pleno vuelo o, quizás la que más dudas ha suscitado acerca de su carácter amañado, la que recoge al unicelular de George Bush siguiendo atentamente la lectura de un libro colocado al revés en sus manos.

Al parecer, es intención del diario hacer este reportaje con periodicidad anual. Por eso, cuando hace unos días, vi el cartel que recoge la fotografía que acompaña esta entrada en la Parroquia de Tomás Moro, en Majadahonda, intenté ponerme en contacto con ellos para que la incluyeran en la edición del año que viene. Pero, por increíble que parezca, no se trata de un montaje.

Helmut Newton y yo nunca coincidimos en clase y eso se nota en la pésima calidad de la instantánea. No obstante, creo que el mensaje se lee con facilidad. Sobre una imagen de la parroquia a medio construir, se puede leer el siguiente mensaje: "Tenemos que pagar 20.000 € mensuales del préstamo. ¡Necesitamos tu suscripción!" No me he puesto a hacer números, pero, para semejante cuota, debe tratarse de una deuda considerable.

Eso sí, hay que reconocer que, como ocurre en las películas de gran presupuesto, cada euro gastado en la obra luce con descaro: diseño vanguardista y contenido en el recinto, capillas separadas por enormes paneles acristalados e insonorizados, madera de primera calidad en todo el suelo, bocas de ventilación y/o calefacción bajo los asientos, servicios para los feligreses, etc, etc. Reparar, lo que se dice reparar en gastos, han reparado poco. Y, en realidad, eso me parece bien, por mucho que se pasen el seminal tema de la austeridad y la pobreza tan arraigado en sus principios por el mismísimo arco del triunfo. Con su dinero, cada uno hace lo que quiere. El problema es que, por lo que parece, no disponían del suficiente.

Y bien está que uno pida lo que necesita para sobrevivir a aquéllos en quienes confía o, como en este caso y mejor dicho, a aquéllos que confían espiritualmente en ellos, pero mucho me temo que no es la necesidad, en esta ocasión, lo que ha llevado a esta gente a apelar a la conciencia de sus fieles para colocar los cimientos de este delirio de grandeza. Del mismo modo que Jesús expulsó a los mercaderes del templo, no tengo dudas de que, esta gente pondría de patitas en la calle a un mendigo que en sus inmaculadas y modernas instalaciones, como decía el gran humorista Eugenio en uno de sus chistes más celebrados, pidiera a los que por allí recalan, solomillo en lugar de limosna con la excusa de ser aquél el día de su cumpleaños.

Poca diferencia veo en el carácter gratuito e insolente de ambas peticiones. Ambas me parecen excesivas, indecentes y corruptas de raíz. Y, si alguna existe, es que el indigente no tiene fe a la que apelar perversamente y, por tanto, nunca logrará lo que busca, cosa que, por lo visto si han conseguido los que vienen reuniendo esos 20.000 € mensuales, a los que, sin ser demasiado piadoso, es fácil imaginar no pocos fines mejores a los que ser destinados.

miércoles, 26 de marzo de 2008

Cortar por la linea de puntos

Dicen que viajar es la mayor fuente de sabiduría que existe. El contacto con lo diferente y ajeno abre las puertas de nuestra mente y la purifica de prejuicios y banalidades mediante la inmersión en atmósferas y texturas diferentes a los que nos rodean habitualmente. Sólo desde esta nueva perspectiva es posible comprender, empatizar y asumir gran parte de las cosas que nos rodean. Sin embargo, no es menos cierto que en la sociedad más informada de la historia, la que dispone de las mayores facilidades y goza de la salubridad más sólida que se conoce, lo diferente, lo ajeno, lo propio, por decirlo de algún modo es una especie en extinción. Estamos cortados por el mismo patrón y, lo que es peor, estamos encantados con ello.

Acabo de volver de Bruselas, en merecidas y prenatales vacaciones y, exceptuando el frío polar y el idioma amanerado e incomprensible, podría haber estado en Alicante o en Dallas. Pasear por las calles bruselenses no es, exceptuando, por supuesto, el centro histórico, muy diferente de recorrer una calle de Madrid o París. Las mismas tiendas, los mismos coches, idénticos lugares para comer o tomar café. Una mujer española pasaría por belga con la misma facilidad que una de Gante por una de Burgos. Zara, Benetton, Häagen Dazs, Aerosoles... hasta empresas típicamente belgas como Godiva o Nauhaus son ya patrimonio nacional y son fácilmente localizables en cualquier lugar del mundo.

Sin duda, la globalización informativa y la internacionalización de las empresas facilitan la integración y permiten que puedan llevarse a cabo una inmersión sin riesgo en ambientes ajenos, adaptándolos a los propios. Pero es indudable que, de este modo, la mirada intencionada, la capacidad de asombro, en general, el gusto por lo sorpresivo o ajeno queda reducido al mínimo espesor. Todo es ya reconocido y familiar, por lo que, apenas queda espacio para otra cosa que no sea anecdótico o intranscendente.

Sé que no tengo razón y que desear otros tiempos en los que sabíamos menos de todo y de todos es una afrenta al progreso y a la evolución humana, una involución en toda regla. Saber es poder y el poder es hoy, como ayer, la polea que mejor mueve nuestros destinos. Pero no puedo evitar sentir nostalgia por aquellas épocas pretéritas en las que no todo era suministrado de antemano o era sabido e intercambiable, tiempos en los que todavía era posible asombrarse por lo desconocido o diferente que encontrábamos a nuestro paso.

martes, 26 de febrero de 2008

Tengo hambre

Las cosas cambian. Lo que ayer era indispensable y primario se torna hoy en superfluo, apenas previsto y completamente secundario. No hace mucho, salías de casa sin dinero y, aunque estuvieras a quince kilómetros era imprescindible retornar al hogar para poder sobrevivir sin recurrir a la mendicidad. Hoy, sin embargo, la plaga de cajeros automáticos y la enraizada costumbre de pagar con tarjeta de crédito hacen del dinero en efectivo, una especie a extinguir. Nuestros padres nunca lo hubieran imaginado, pero los hechos son los hechos y, hoy en día, los fajos atados con gomas apenas ven el sol salvo en oscuras y clandestinas transacciones no siempre documentadas.

Antes, quedar a cenar con unos amigos o con tu pareja requería únicamente de tres elementos: las mencionadas amistades y parejas, algo de dinero (incluso en efectivo) y un apetito razonable. Hoy en día, tan solo el primer elemento es imprescindible. El segundo está sobrealimentado y el tercero no es solo prescindible, sino, en la mayor parte de las ocasiones, un engorro. Ahora, las prioridades son otras.

En primer lugar, es necesario tener a mano un diccionario (preferiblemente de la RAE) para poder entender lo que el local ofrece en su carta (suponiendo que hayas sido capaz de abrirla, una vez despojada de sus lazos, sobres o doblados imposibles). No hay otro modo de entender el significado de términos como "alginato", "escamoles", "cocina deconstruida""reducción de Pedro Ximénez" o "emulsión de jazmín". Es perfectamente posible pedir algo llamado "ovoides y tubérculos al aceite de módena confitado" y encontrarte una tortilla como un castillo. Imprescindible ser de letras.

No pueden faltar tampoco las gafas de visión nocturna. En los restaurantes modernos, sobran velas y faltan bombillas. El elevado precio de los locales y de las peramanzanas japonesas ha llevado a los restauradores (que son como los mesoneros o taberneros de antaño, pero con estudios de postgrado), a vigilar muy mucho el coste de la luz y por ello, encargan a los decoradores de interior que diseñen espacios muy amplios y "minimalistas" (lo que antes se llamaba soso) con apenas dos lámparas y muchos espejos que reflejen la escasa luz y configuren sombras suficientes para dar la deseada impresión de gruta misteriosa que tanto gusta hoy en día.

Los walkie- talkies también deben acompañarnos en estas ocasiones. La moda de contratar "especialistas en ambiente" (que viene a ser un pinchadiscos de los de toda la vida pero con camiseta de Armani) logra casi siempre que la conversación se diluya entre el "lounge", el "trance" y el "ambient" que surgen de los altavoces situados detrás de cada tímpano. A menos que ensayemos para acudir a "Salsa Rosa" o "59 segundos" es casi imposible hacerse oír y mucho menos escuchar lo que la persona que, intuyes, tienes delante pretende decir. Como los camareros no llevan walkie- talkies, puede ocurrir que en lugar de la cerveza camboyana de malta solicitada, te sirvan un vino australiano de sabor y color indefinible.

Es indispensable que, antes de entrar en el restaurante, hayas solicitado aumentar el límite de tu tarjeta de crédito o, al menos hayas dejado tiritando el cajero de enfrente. Porque, aunque parezca mentira, el precio de la balaustrada de codornices escabechadas al gusto de la abuela sobre cuna de rabanitos y coulies de frambuesas salvajes de Malasia equivale al salario mínimo interprofesional. A poco que hayas pedido una botella de agua mineral gaseosa de mineralización equilibrada, la tranquila velada puede convertirse en un roto de considerables proporciones.

Por último, nunca, repito, nunca, debe acudir uno a estas cenas con hambre. La alimentación copiosa no está de moda. La comida debe ser microbiótica y, por contagio, microscópica. Poco, pero exquisito. Domina tu apetito y serás más feliz. Paga el gramo a precio de kilo. Abandonadas a su suerte en platos de colosales e innecesarias proporciones, las semillas de polen tostadas al aceite de manzana con perfume de Madagascar se tornan en meros aperitivos de bar de cuarta regional que dejan la cartera en estado terminal, la garganta como si hubiéramos hechos gárgaras con chinchetas y el estómago en mínimos históricos. Si es cierto que el hambre hace ladrón a cualquier hombre es muy recomendable evitar este tipo de restaurantes. Las tentaciones, cuanto más lejos, mejor.

sábado, 19 de enero de 2008

El efecto Einstein


Para ilustrar la validez de su teoría acerca de la relatividad aplicada al tiempo, Albert Einstein solía poner como ejemplo el hecho de que una hora junto a la persona amada parece un minuto, mientras que un minuto con la mano puesta sobre un horno al rojo vivo es como una hora para quien lo padece. Cursiladas y obviedades aparte, lo que parece olvidar el científico alemán es que una hora dura exactamente sesenta minutos y cada uno de estos minutos está integrado por otros tantos segundos. Ni uno más ni uno menos.

No obstante, una realidad tan fácil de constatar con la simple ayuda de un reloj o de un cronómetro para los más puntillosos, no parece ser universalmente aceptada y, existe un creciente número de personas para las que el chascarrillo de Einstein se ha convertido en dogma de fe.

Para estas personas, cuando una persona convoca a las diez para una cena, una fiesta o una lectura colectiva de "Meditaciones de un moñigo en altamar", en realidad y a pesar de su patente literalidad no quiere que haya ser humano alguno en un kilómetro a la redonda antes de las diez y medía. Esgrimen con sorprendente seguridad el argumento de que "nadie va estar allí a las diez en punto" y que, además, llegar con puntualidad, "sienta mal" al convocante, ya que "no cuenta con ello" y, seguramente, "andará con todo manga por hombro". Las razones de tan firmes convicciones aún está por descubrir.
Otro detalle que sirve para detectar a estas personas es el aterrador concepto indeterminado de los, aprentemente inofensivos "cinco minutos". Lo que, para una parte de la población mundial son trescientos segundos, para los relativistas temporales pueden ser horas o, incluso, días. Si, pongamos por caso, alguna seguidora de las teorías einstenianas anuncia que "estará lista en cinco minutos", es perfectamente posible que una hora después, la susodicha ande aún en traje de Eva, con la tranquilidad por bandera y sin percatarse de que las manecillas del reloj han desmentido hace ya un buen rato su afirmación inicial. Cualquier petición de explicaciones acerca del dislate horario será desmantela con referencias a la ausencia de paciencia, la poca flexibilidad y el carácter agrio y desagradable del peticionario.

Sin embargo y por razones de equidad, no sería justo cargar las tintas únicamente sobre esta gente y culparlos en exclusiva de convertir el tiempo en causa de conflicto grave, perturbando su tradicional naturaleza contemplativa y pasajera. No poca culpa de la fabulosa expansión de la impuntualidad la tienen quienes no comulgando con estos comportamientos, se dejan llevar por la corriente y, en lugar de dejar que el impuntual de turno llegue cuando le plazca y padezca él solo las miradas de censura de los que no se han pasado el tiempo ajeno por el arco del triunfo, decide esperar a que su tiempo y el propio coincidan y, juntos, apechuguen con el merecido temporal en una peligrosa e incomprensible perversión del síndrome de Estocolmo. Desconfiad de los impuntuales. Su mal es contagioso.

sábado, 1 de diciembre de 2007

Un siglo de flojos


Mi relación con el arte contemporáneo es, cuanto menos, conflictiva, cuando no, simplemente, beligerante. A pesar de mis esfuerzos y de las copiosas oportunidades que le proporciono, nuestros encuentros tornan en desencuentros sin apenas habernos empezado a conocer. Danza, ópera, escultura, pintura, música. Sea cual sea la disciplina, donde muchos ven fuego, yo apenas capto el olor del humo. A veces, milagrosamente y casi por casualidad, surge un atisbo, un esbozo de algo que, quizás, tal vez, una vez realizado el correspondiente estudio podría llegar a convertirse en algo que, transcurrido el plazo de tiempo necesario podría admitir como mínimamente artístico. El problema es que esa sensación no es muy distinta a la que provoca, en ocasiones, que una mancha en el suelo o el dibujo de un baldosín, nos recuerde a algo o nos parezca interesante o, incluso, bello. Esa sensación carece de permanencia, no dispone de pilares y se diluye en mi memoria tan pronto como desaparece de la vista. Además, no por eso, deja de ser un borrón en el suelo o una casualidad en la pared de un servicio.

Carezco de la adecuada formación artísitica, eso es cierto. No sé una palabra de escultura ni de pintura. Aunque he leído mucho, tampoco creo que sea suficiente para catalogarme de lector empedernido y a pesar de los centenares de películas y obras de teatro que he visto en mi vida, no paso de ser un humilde aficionado. Sin embargo lo magro de mis conocimientos, no me impide admirar la apabullante belleza de la música de Ravel o Wagner. Tampoco esta carestía es obstáculo para admirar la literatura de Paul Auster o Javier Marías, ni la majestuosa perfección de la trilogía de "El Padrino" o el atractivo discurso visual de "Delicatessen". Por eso mismo, no creo que sea mi reconocida falta de conocimientos lo que me lleva a permanecer completamente al margen de las propuestas de José María Sánchez Verdú, Antoni Tápies, León Ferrari o Enrique Salamanca.

Personas cuyo criterio admiro fielmente y titulares de mentes abiertas y desarrolladas, defienden las manifestaciones artísticas contemporáneas, argumentando que, en el siglo XX y aún más en el XXI, hay cosas que el arte ya no puede decir. Al menos, no puede decirlas tal cual han venido siendo dichas en los últimos años. Dos guerras mundiales, la sobredosis informativa de las últimas décadas y un claro paso de lo social a lo individual han generado que el hombre haya perdido el enlace con sus circunstancias. Yace solo, desarraigado, en una forma de páramo existencial sin orden que únicamente provoca frustración, ansiedad, rabia o ira. Por esa razón, el artista descomprime y rompe las normas, desordenándolas a su antojo, rompiendo así en mil pedazos la linea temporal lógica y el cronológico devenir de los acontecimientos. El artista moderno, primero escucha la frase, luego capta el movimiento de los labios y posteriormente la mirada que hasta hoy precedía a todo. La desfragmentación vendría ser, así, el hilo conductor que vertebra el arte contemporáneo. Por mi parte, considero que embarullar lo existente no es muy distinto a desmantelar un rompecabezas. Y eso puede hacerlo un niño de pocos meses. La esencia del arte es la imposibilidad que siente el que observa de imitar su grandeza. Ni en un millón de años podría componer "Tristan e Isolda" o esculpir "El pensador". Sin embargo, dudo que tuviera dificultad en escribir la partitura de la segunda parte de "El viaje a Simorgh" o pintar al compañero de exposición de cualquier obra de Mark Rothko.

Hasta que el pozo de las ideas se secó, hace ya muchos años, el arte se movió hacia delante de manera paulatina. Se aprecia una lenta pero inexorable evolución entre la música de Richard Strauss y la de Beethoven y entre la de éste y la de Mozart o Haydn en una relación causa efecto que se pierde en el tiempo pero que deja bien asentadas las bases de cada paso para poder dar el siguiente. Sin embargo, con la entrada en el siglo XX, todo se transforma. La certeza de que hemos alcanzado el final del pozo, provoca un arrebato suicida que nos lleva a enmarañar la herencia recibida en un potaje indigerible que no lleva a ninguna parte y que, por supuesto, no representa evolución alguna.

Lo peor de todo es que, a fin de cuentas, el siglo XX no ha sido más espantoso que los anteriores. La queja y el fastidio es uno de los pilares fundamentales del hombre. Decía Borges que a su abuelo le tocaron vivir, como a todos los hombres, tiempos difíciles. Siempre estamos peor que nunca. Lo que nos pasa es siempre mucho peor que lo que otros han sufrido. Sin embargo, la realidad es que ese horror y esa angustia vital que ha pulverizado el arte como lo conocíamos hasta entonces, no es tal, ni su intensidad es tan poderosa que tengamos justificadas razones para hacer volar por los aires siglos de historia y de evolución. Si nosotros hemos padecido dos guerras mundiales, otros han vivido conflictos de cien años de duración. Si en el siglo XX vivimos el fascismo, el feudalismo campó a sus anchas hace menos años que los deseados. Si aquellos no tuvieron que rascar un tenedor sobre el plato para transmitir angustia al oyente y pudieron transmitir otro tipo de sentimientos distintos al miedo y a la nausea y los artistas contemporáneos no han sido capaces, al final resulta que el siglo XX ha sido un siglo de flojos y blandos que no pudiendo soportar lo que les ha tocado vivir y en vez de mirar hacia atrás buscando las bases que permitan, si eso es posible, volver a iniciar el camino, han optado por desvalijar la casa del abuelo y llevarse lo que puedan para protegerse de la que está cayendo.