
Siempre le odié. Las chicas que me gustaban, mi madre, incluso mi abuela, que apenas podía moverse, sacaba fuerzas de flaqueza y me apartaba a manotazos para que no le tapara la televisión cuando salía en la pantalla. Yo, con sinceridad, no le veía la gracia. Me parecía un grandullón, descompensado, pelín albarcazas y con menos entendederas que un pez de yeso, pero, había que rendirse a la adversidad y aceptar lo que era un hecho consumado: Ted Danson era un tipo con encanto.
Y, a pesar de que esta animadversión no se ha diluido con el tiempo, debo reconocer, aunque me duela, que, después de verle en "Un toque de infidelidad", la encantadora comedia romántica que rodó junto a Isabella Rosellini a finales de los ochenta bajo la batuta de Joel Schumacher, las entiendo y, si me fuera ese rollo, yo también apartaría a mandobles a quien me tapara la visión mientras está en pantalla. Y es que es imposible tener mejor carácter, ser más galante y seducir con más acierto que como lo hace el eterno Sam Malone de "Cheers" en esta película.
A grandes rasgos, todo tiene su inicio en una concurrida boda, en la que coinciden Larry y Tish Kozinski (Ted Danson y una volcánica Sean Young) con el matrimonio formado por Tom y María Hardy (una encantadora Isabella Rosellini y el televisivo William Petersen, muchos años antes de aburrir al personal en "CSI"). En un despiste, Tish y Tom desaparecen de la fiesta para retornar bastante tiempo después con la palabra infidelidad escrita en la cara. Aunque Larry y María son perfectamente conscientes de lo que ha ocurrido, deciden no optar por el reproche y pactan encender las llamas de los celos de sus infieles parejas para castigarlos, simulando una relación que, inicialmente nace del dolor que genera la pérdida de confianza en sus respectivas parejas, aunque, tanto va el cántaro a la fuente que, finalmente, caen enamorados perdidamente el uno del otro, mientras se suceden bodas, bautizos y otros acontecimientos familiares que insisten en complicar las cosas.
Nueva versión de la película francesa "Primo, prima", con "Un toque de infidelidad", el irregular Joel Schumacher borda una de las comedias románticas más frescas, ágiles y redondas de los últimos tiempos. El esplendido guión, minado de sorpresas no siempre divertidas, que firman a dos manos Stephen Metcalf y Jean Charles Tachella es tratado con delicadeza y elegancia por un Schumacher que, afortunadamente controla su tendencia al plano imposible y a la pirotecnia visual para mover la cámara con un clasicismo encomiable y ciertamente, inesperado.
La galería de personajes principales es de primera fila y, en pocas ocasiones es posible encontrar tanta química entre los actores (ver la secuencia en la estación de tren entre Larry y María o la conversación entre Tom y Tish en el centro comercial donde trabaja ésta última) como en esta película. Los secundarios no quedan a la zaga y algunos de los mejores momentos son cortesía de actores como Lloyd Bridges o la encantadora Norma Leandro que destilan complicidad y carisma en los minutos que permanecen en pantalla.
La guinda de este pastel ligero y delicioso la pone el compositor Angelo Badalamenti, habitual del cine de David Lynch y que entrega una banda sonora lírica y desgarradora que se nutre del vals, el jazz o el swing y que es, sencillamente insuperable y disco de cabecera de un servidor desde hace más de quince años.
El mundo es hostil y desagradecido, preñado de injusticias y de horrores y es labor del cine, como manifestación artística, mostrar y denunciar el deplorable estado en el que se encuentra esta sociedad en la que vivimos. Pero también es una fábrica de sueños poblada por gente con encanto que encuentra el amor y la felicidad en una realidad alternativa y luminosa y, para ello, no viene mal que de vez en cuando aparezcan películas como ésta que sin pretender engañar a nadie, nos permitan abrir una ventana para que entre el aire fresco y podamos dormirnos con una sonrisa.





