sábado, 19 de junio de 2010

Siete razones para no perderse "Nurse Jackie"


1.- No es "otra serie de médicos": A pesar de que el grueso de la serie acontece en la sala de urgencias del All Saints Memorial Hospital, de New York y de que sus personajes pasan gran parte de su tiempo en bata y moviendo enfermos de un lado para otro, poco importan los diagnósticos, las enfermedades y las medicinas que las solucionan. En "Nurse Jackie", lo realmente importante sucede en los pasillos, en la capilla del centro o en las escalones de entrada, justo cuando los personajes dejan de actuar como médicos o enfermeros.

2.- El personaje central no deja indiferente: A pesar de sus dificultades para respetar el escalafón, la enfermera que da título a la serie, Jackie Peyton, goza de un merecido prestigio en el centro como compañera ejemplar, incansable trabajadora y líder carismático. Pero no es menos cierto que también es una adicta a las pastillas que intercambia sexo por suministros con el encargado de los fármacos en el hospital, oculta que está casada y con dos hijas a todos aquellos que la rodean, gasta el dinero del fondo para los estudios de aquellas en comprar barbitúricos, y no duda en conspirar para sacar del hospital a quienes detectan ese lado rodeado de sombras de su personalidad.

3.- Carece de corrección política alguna: Es obvio que el código moral de Jackie Peyton es, por lo menos, discutible. Pero es de agradecer que los responsables de la serie huyan de pedagogías baratas y juicios éticos. En "Nurse Jackie" no se juzga a los personajes ni se predispone al espectador. Es difícil no aplaudir cuando Jackie arroja por el retrete la oreja cercenada de un narcotraficante herido en un tiroteo o cuando destroza con una llave el coche de un ricachón que envía a su chofer a recuperar la flecha con la que ha atravesado a un joven mientras practicaba el tiro con arco sin permiso alguno. Pero también es fácil recelar cuando la vemos engañar a su marido o esnifar pastillas machacadas, oculta en el cuarto de baño, mientras sus hijas desayunan a pocos metros.

4.- Edie Falco ya no es la esposa de Tony Soprano: Jackie Peyton vive en un mundo de mentiras que se superponen e intercalan al menor contratiempo. Eso unido a su adicción a los tranquilizantes y a la tensión intrínseca que lleva aparejado el trabajo en el hospital, convierten su día a día en una bomba de relojería con el contador estropeado: todo, en cualquier momento, puede hacerse pedazos. Y ese aura de cable de alta tensión que rodea al personaje es mérito de la extraordinaria Edie Falco, que con su asombrosa interpretación logra la difícil tarea de borrar de la mente del espectador el recuerdo de Carmela Soprano a quien dio vida durante muchos años en esa enorme asignatura pendiente que es para un servidor, "Los Soprano".

5.- Hace de lo sorprendente la norma general: Quienes busquen lo predecible en "Nurse Jackie", perderán el tiempo. Parafraseando a Chenoa, cuando el espectador va, los guionistas ya vienen de allí. Desde que dan inicio sus (extraordinarios, como se puede comprobar aquí) títulos de crédito hasta que concluye el episodio (unos veintipocos minutos después), los espectadores quedamos a merced del viento. Las tramas que sustentan el argumento parecen deslizarse sin destino, morosas, como arrastrando los pies. Sólo una vez concluido el episodio, una vez que se "posa" en la memoria , uno se da cuenta de que, en realidad, la historia no hace sino avanzar, sin que sea fácil decidir si estamos ante una comedia muy dramática o la tragedia más divertida de la televisión. Lo que es muy de agradecer, por otra parte.

6.- Tiene la mejor red de secundarios de la televisión: A pesar de que Jackie es, obviamente, el punto de apoyo sobre el que se sostiene todo el producto, éste no sería lo que es si no fuera por la galería de personajes que se deslizan por la trama. Tenemos a Thor, alejado por completo del tópico enfermero homosexual, con su aspecto de rudo leñador del Canada y tenemos al Doctor Cooper, una estrella de la medicina con síndrome de Tourette "mamario" (mejor no explicarlo). No podemos olvidar a Eddie, el suministrador de pastillas que intercambia fluidos con la protagonista ni, por supuesto, a la cándida e insegura Zoey, admiradora a muerte de la taxativa Jackie. Por supuesto, "Nurse Jackie" no tendría el puesto estelar que mantiene en mi universo de no pasear por sus imágenes a Anna Deavere Smith, que con su interpretación de la estricta y arrebatadora Gloria Akalitus concede brillo y esplendor a cada plano en el que aparece.

7.- Tiene el mejor fin de temporada de los últimos años: No hay noticias de una tercera entrega de "Nurse Jackie" y, en cierto modo y a pesar de que, en mi opinión, es uno de los productos televisivos más logrados de los últimos años, creo que la fórmula ha dado todo lo que tenía que dar. Por eso, ese desconcertante "blow me" final, tan inesperado, tan seco, pero, al mismo tiempo, tan coherente con el personaje, merece, desde ya mismo pasar a los anales de la televisión. Tras los discutibles finales de "Lost" y "24", es un placer contemplar una conclusión tan a tono, la guinda perfecta para un pastel agridulce, intenso y muy recomendable.

miércoles, 9 de junio de 2010

Punto y final: Javier Marías


Durante un largo periodo de tiempo, Javier Marías fue mucho más que mi escritor favorito. Entré en su mundo de laberintos verbales y perífrasis ampulosas a través de esa maravilla que es "Mañana en la batalla piensa en mi". En muy poco tiempo, "El hombre sentimental", "Todas las almas" y "Corazón tan blanco" fueron pasto de mi voracidad lectora y de ahí a los recopilatorios de artículos periodísticos y los relatos cortos medió un paso. Compraba algunos periódicos regionales sólo para leer sus columnas dominicales (Internet y yo, en aquel momento aún manteníamos las distancias) y sentía una molesta punzada de rabia cuando alguien lo ninguneaba, criticaba o, sencillamente, manifestaba su oposición al artista o a su obra.

Lo conocí personalmente hace muchos años, en plena efervescencia de mi devoción, una mañana que firmaba sus obras en la Feria del Libro de Madrid. Recuerdo que hacía un calor sofocante y me sudaban copiosamente las manos sin que tuviera nada claro si semejante capacidad transpiradora era fruto de la temperatura o del intenso nerviosismo que me dominaba por completo. Mi admiración era tan grande que me aterraba no estar "a la altura" y responder cualquier insensatez a la perla con la que sin duda, me obsequiaría cuando me llegara el turno y le entregara la obra en la que depositar la joya. El diálogo sin duda, no estuvo a la altura de las expectativas:

- Tarquin: Buenos días, Javier.
- Javier: Buenos días. ¿A que nombre pongo la dedicatoria?

- Tarquin: Pues, Fulano, por favor.
- Javier: Anda, coño, como el que juega en el Madrid.
- Tarquin: ..........................

- Javier: Gracias, que tengas un buen día...... Hola, ¿A que nombre pongo la dedicatoria?

- Tarquin: ........................


Como un amante despechado, le fustigué con el látigo de mi indiferencia y, haciendo gala de un infantilismo comprensible sólo desde la estupidez adolescente, me negué a leer nada escrito por él durante varios meses. Arrinconé sus libros, dejé de comprar el Diario de Villalilas del Campo los domingos y palmoteaba como una foca con una sardina cuando alguien le ponía a caldo tibio. Lamentable, Lo sé, pero hay que ponerse en mi lugar: nunca es fácil comprobar que aquel a quien admiras y a quien contemplas en ángulo recto resulta ser humano contra todo pronóstico.

Salí pronto de aquel limbo, afortunadamente. Justo a tiempo de entrar de lleno en la trilogía de "Tu rostro mañana", que es su obra maestra y tal vez, la obra en castellano más importante de lo que llevamos de siglo. Y cuando dejé de profesarle esa admiración incondicional, creo que disfruté aún más de este escritor excepcional, controvertido y genial con el que, casualidades de la vida, ahora me cruzo con cierta frecuencia en la calle al vivir no muy lejos de mi casa. Poco me importa que siempre ande ceñudo y apresurado, que sus artículos periodísticos tiendan a repetirse temáticamente y que el plumero político que cada día se le ve más, no le deje limpiar a veces el polvo de sus ideas. Poco me importa, digo, si sigue deleitándonos con genialidades como las que transcribo parcialmente (el texto completo está aquí) en esta entrada, que se publicó en el suplemento dominical de El País el pasado día 23 de mayo y que merece sin duda aparecer en esta sección del ladrillo.


"Lo que pasó pasó, y no hay quien lo rectifique ni lo repare ni enmiende. Lo que otros hicieron no lo hemos hecho nosotros, y no somos quiénes para excusarnos por los actos no cometidos. Creer lo contrario es de una soberbia infinita, y sin embargo hoy lo parece creer el mundo entero. No hay manera de resarcir a los damnificados, que yacen en sus tumbas y de nada se enteran. El tiempo –es inconcebible que se finja ahora ignorarlo– “ni vuelve ni tropieza”, por decirlo con Quevedo. Otra cosa es que se sepa lo que ocurrió, algo en verdad necesario. Para eso están los libros de Historia, y también las leyendas, las novelas y las películas, todo ello contribuye a que los crímenes no caigan en el olvido. Pero esto no parece bastar a los narcisistas contemporáneos, cuya última pretensión es que, además, se procese a los muertos, a quienes ya no pueden responder ni avergonzarse ni padecer castigo. Como si no hubiera suficientes casos que juzgar, con los responsables vivos y a menudo impunes, se pretende con cada vez más frecuencia que se abran causas contra cadáveres"


miércoles, 2 de junio de 2010

Escalibada de murciélago


Batman y yo nunca hemos sintonizado mucho, si bien, para ser del todo sincero, la falta de fluidez afecta, en general, a la relación que mantengo con DC Comics; ni el mencionado señor de la noche, ni Superman, ni Flash ni ningún otro de los emblemas de la Distinguida Competencia logran captar mi interés de la manera en que sí lo logran Spiderman, Daredevil, Lobezno y demás miembros del catálogo Marvel.

Gracias a "Batman:año uno" y "La broma asesina", excelentes recomendaciones de los siempre certeros Otis Driftwood y Azid Phreak, y, sobre todo, como consecuencia de la memorable experiencia que supuso la segunda aportación al personaje que nos brindó Cristopher Nolan en "El caballero oscuro" (probablemente la mejor película de superhéroes de la historia y una de las cintas supremas de lo que llevamos de siglo), las tortuosas aventuras del señor de la noche dejaron de ser una aburrida imposición (algo tendrá este hombre cuando a tantos interesa, me decía) y empezaron a convertirse en un intenso placer. Hasta que "Batman Barcelona: el caballero del Dragon" se incorporó al baile.

Es cierto que, a pesar de la monumental campaña publicitaria y de la presencia de nombres de la categoría de Jim Lee o Mark Waid en el proyecto, poco debe uno esperar de una obra fabricada para un acontecimiento muy concreto (El Salón del Comic del año 2009) y cuyo evidente (y muy respetable) objeto es sacar tajada de dicha circunstancia, mezclando en la batidora a un personaje de fama internacional (Batman) y a la ciudad anfitriona del certamen (Barcelona).

Sin embargo, y a pesar de tan paupérrimas expectativas, las peripecias de Bruce Wayne por la Ciudad Condal perforan a la baja los peores augurios y convierten "Batman Barcelona" en una experiencia casi dolorosa, un tordo colosal, propio de un "cagonet" en el apogeo de su arte cuyos únicos puntos positivos son su precio (apenas seis euros, que son seis euros más de lo que vale, por otra parte), su longitud (cuarenta páginas, con media docena de viñetas a cara completa) y que, al menos, la visión de la Ciudad Condal, no abunda en los tópicos y no presenta sus calles sembradas de bailarines de sardanas comiendo fuet, ni "castellets" en cada esquina.

Me cuesta atribuir a otro elemento que no sea el vil metal, la presencia en este engendro de un guionista tan interesante como Mark Waid (algunas de las mejores historias del controvertido "Brand new day" en el que mi trepamuros favorito vive desde hace un par de años provienen de su pluma) en esta historia lamentable en la que un lagarto sobrealimentado, de nombre Killer Croc (¿?) se prenda de Gaudí y monta un cirio en Las Ramblas. Batman no parece coincidir en gustos arquitectónicos y se planta en El Prat para discutir el asunto como si estuvieran en "La Noria", es decir, a palos. Me encantaría poder extenderme algo más en resumir el argumento, pero lamentablemente, la historia no da para más y, por si fuera poco, abunda en situaciones ciertamente bochornosas, llevándose la palma el momento "Ivanhoe" del amigo Batman, senyera en mano, recorriendo Barcelona en busca del villano de la función y que literalmente quita el sentido (del ridículo). De la risible moraleja final, prefiero no hablar que me entra el tabardillo.

En cuanto al aspecto gráfico, los lápices corren a cargo del barcelonés Diego Olmos que poco puede hacer con el material que le han facilitado y que, además debe luchar contra el gran Jim Lee, cuya apañada portada proyecta una sombra de tan enormes proporciones sobre el simpático pero poco emocional trabajo de Olmos que uno no puede dejar de sentir por él cierto desconsuelo compasivo. Además, sus composiciones son forzadas, innecesarias y se aprecia una falta de aliento en el dibujo, una carencia emocional tan marcada que es casi imposible pasar las páginas del tomo sin descargar un bostezo. Los momentos teóricamente espectaculares, a pagina completa, con un amplio pero estéril despliegue de medios y, sin duda, realizados con la mejor intención, son una buena prueba de esa falta de intensidad tan perjudicial a la que hago referencia.

"Arkham Asylum" aguarda su turno en mi mesita de noche. Las penosas imágenes de "Batman Barcelona" aún palpitan en mi maltrecha memoria y me sudan las manos cada vez que me acerco al enorme tomo (Edición "de luxe", especial para incautos como servidor y que, además de la historia original, el guión manuscrito, y los bocetos seminales de la obra, seguramente, también incluye hasta el posavasos en el que Grant Morrison apoyaba el café cuando escribía los diálogos) a quien se le ha encomendado la difícil misión de restablecer el prestigio que Bruce Wayne y su encapuchado lado oscuro habían llegado a tener en el hogar de los Winot. La gesta se antoja difícil pero como dijo cierto arácnido hace ya muchas décadas, todo gran poder conlleva una gran responsabilidad.

miércoles, 26 de mayo de 2010

En otras palabras: Ramón (Cinemadreamer)


Tras las aportaciones de Azid Phreak y Angel "Verbal" Kint a esta sección (muy popular, a juzgar por el incremento de visitas y comentarios que el ladrillo experimenta durante la estancia de las entradas en primera linea de playa) es el turno del enciclopédico Ramón, que en su excelente "Cinemadreamer" desmenuza como pocos, cuantos metros de celuloide pasan por su retina. Atención a su exhaustivo especial sobre la saga "Star Wars" que durante este mes de mayo ha monopolizado su bitácora y atención también al cambio de tercio que se ha marcado en el artículo que da contenido a esta nueva entrega. ¿Quién se sienta a nuestro lado? Que la disfruten. Merece la pena.

INVISIBLES

Estaba el otro día rodeado de gente. Puede que en una reunión. Puede que en la calle esperando a que el semáforo cambiara a verde. No importa. Lo que importa es lo que sentí al estar así. Invisibilidad. Ni yo era nadie para aquellas personas ni ellas lo eran para mí. Caminamos y nos movemos entre una marea de gente sin ser conscientes de lo irrelevante que resulta nuestra existencia para el mundo. Fue en ese momento cuando empecé a darle vueltas al coco, cosa mala según dicen, y a pensar en las personas.


Los seres humanos somos egoístas e hipócritas. Casi siempre nos movemos en beneficio propio. Por mucho que nos engañemos, es así. Si vamos a una entrevista de trabajo en que competimos con un conocido rezamos por que nos den el puesto a nosotros, por mucho que le deseemos suerte al compañero. Cuando nos ofrecemos a acompañar a una chica a casa y accede, siempre deseamos que una vez allí nos invite a entrar en su piso. Cuando colaboramos con alguna ONG o similar pensando ayudar a los pobres desfavorecidos, en realidad lo hacemos por sentirnos mejor con nosotros mismos.


Lo peor del tema es que no nos detenemos a pensar en que nada de lo que hacemos en nuestro beneficio será recordado. ¿Quién recordará dentro de 70 años que alguien logró sacar la nota más alta de cuantas se han sacado en un examen, da igual la materia o el grado, salvo el individuo que lo ha conseguido y sus allegados? Seguramente nadie, a no ser que ese hombre consiga algo más allá de un puesto de trabajo bien remunerado, que consiga algo beneficioso para todos, ya sea un descubrimiento científico, una cura contra el cáncer o una obra artística de gran relevancia. Tal vez habría que ir un poco menos lejos, que consiguiera realizar una acción que signifique algo para una pequeña minoría sin imaginar, si quiera, que lo ha logrado.


En nuestra Historia tenemos ejemplo de comportamiento, personas que ofrecieron más de lo que recibieron mediante actos que ayudaron a otra gente a salir adelante, sin llegar a conocer lo que habían conseguido y el grado de importancia que tenían para dichas personas. En los libros de Historia podemos encontrarnos con unos cuantos, pero a mi me interesan los que no aparecen en ellos y circulan junto a nosotros a todas horas, pasando desapercibidos. Puede ser un bombero, un escritor, un taxista, un científico, un camarero, un abogado, un artista o un profesor. No importa. Lo que importa es que gracias a un acto de esas personas otros muchos pueden afrontar la vida con otra actitud. No saldrán nunca en libros, ni serán recordados dentro de medio Siglo. Son invisibles.


domingo, 16 de mayo de 2010

Por el mismo rasero


En uno de los debates televisivos que enfrentaron a Felipe González y José María Aznar, a principios de los noventa, el hombre de las abdominales de oro insistía en cada réplica en pedir a su contrincante unas difusas disculpas por un asunto cuyo contenido político no termino de ubicar, pero cuyo peso específico recuerdo como nimio y escaso. El rey de los Bonsais, por su parte, al ignorarlo por completo y no dignificar la petición con una respuesta, huía por los cerros de Úbeda y el debate concluyó, al igual que tantos otros desde entonces, sin que a los votantes, nada nos quedará claro de lo que realmente importaba, empeñados como estaban en lanzar y esquivar una y otra vez la misma pelota.

Recuerdo preguntarme durante los largos y asperos minutos que duró aquel combate porqué González no daba un golpe de efecto y le decía al aspirante al título algo así como, "veo que sigue insistiendo con este asunto. En mi opinión es algo irrelevante y creo firmemente que así lo piensa la mayoría de los espectadores. De modo que en su beneficio y con la finalidad de poder avanzar en el debate y poder así hablar de las cosas que realmente le interesan a los ciudadanos, le entrego esas disculpas que tanto parece necesitar y le insto a que podamos empezar, en serio, a tratar los temas por los que los ciudadanos pueden valorar si es usted un buen aspirante o, por el contrario, como hasta el momento han pensado, yo tengo el crédito suficiente para poder seguir siendo su presidente". Apocalipsis. Éxito inmediato. Estoy convencido que Aznar hubiera podido empezar mucho antes a hacer sus mil abdominales diarias y nos hubiéramos ahorrado también algunas cosas.

Los políticos no han alcanzado el bronce en la lista de temas que más nos preocupan por sus corruptelas y sus oscuros pactos de despacho. Tampoco por no disimular en absoluto que es mucho más importante alcanzar o, en su caso, mantenerse en el poder que intentar salvar la situación del país. No, todo eso influye, obviamente; colabora activamente en cimentar una imagen de farsa que parece imposible de eliminar. Pero lo que realmente nos preocupa, lo que logra que nuestros dirigentes (actuales y potenciales) anden a remolque del paro y de los problemas económicos es el convencimiento casi absoluto de que son gente mediocre, sin reflejos, encorsetados en los papeles que tienen asumidos o les han obligado a sumir sin, por las mismas razones, ser capaces de dar ni ejemplo ni sorpresas.

Todo ocurre según el guión, en un devenir perezoso y previsible que resta entidad a los que se dice y colma de sentido a lo que queda en el tintero. Cada vez que el presidente o el jefe de la oposición abre la boca, uno puede predecir casi palabra por palabra, lo que va a oír. Eso puede contentar a los convencidos, del mismo modo que uno compra el disco de su banda favorita a pesar de saber con exactitud las notas que va a encontrarse.

Pero se supone que los políticos no deben dirigirse a su "público", que su objeto no es simplemente, contentar a sus partidarios y encender los ánimos de sus contrincantes. Es por eso que añoro el elemento sorpresa en nuestros políticos, la frescura en los planteamientos, la capacidad de salirse del guión, de rectificar. Sería muy saludable que asumieran sus errores de cálculo y sus errores de bulto, que no tuvieran reparo en reconocer los méritos ajenos y fueran constructivos con las críticas. Sin duda, ayudaría mucho a superar la crisis que padecemos. Pero sobre todo, ayudaría mucho que los que piden un esfuerzo adicional, una última gota de sudor, arrimaran también el hombro e hicieran un esfuerzo real por entenderse, por negociar, por presentar un frente común ante esta realidad sin aprovechar cualquier resquicio para sacar el pasado en procesión ni vaciar los saleros sobre las heridas. Nos lo deben, pero sobre todo, nos lo merecemos.

domingo, 9 de mayo de 2010

Trescientos y poco


Desde que triunfara en todo el mundo con su excelente interpretación en "300", el actor escocés Gerard Butler viene confundiendo cantidad con calidad. En menos de tres años, su filmografía ha incorporado nueve cintas (cierto es que, en su mayoría, enormemente populares y rentables) de las cuales la mayoría son deplorables comedias románticas ("Ex-posados", "La cruda realidad") o penosos intentos de convertirse en el nuevo héroe de acción del siglo XXI ("Gamer").

Es cierto que, en ocasiones da en el clavo ("Rocknrolla") pero lo más habitual es encontrarlo luciéndose en pelotas y paseando su rostro de pícaro con sentimientos en tostones fabricados a su mayor gloria, económica. Su última película, la risible "Un ciudadano ejemplar" es todo un ejemplo de como un buen actor puede convertirse en una penosa estrellita de cine con los días contados.

Y mira que empieza bien este enfrentamiento entre Nick Rise, un ambicioso fiscal (Jamie Foxx) y Clyde Sheldon, un buen padre de familia (el amigo Butler) a quien el asesino de su mujer y de su hija se le escapa por una grieta del sistema judicial norteamericano. Varios años después, la policía encuentra el cadáver del criminal y, junto a el, a Sheldon, quien se entrega sin oponer resistencia y es inmediatamente encarcelado. Desde ese momento, todos los que permitieron que el asesino escapara de la silla eléctrica empiezan a sufrir las consecuencias de sus actos, en una espiral de muertes que nadie parece poder detener pero que, sin género de duda, surge de la mente del encarcelado y furioso "ciudadano ejemplar". El planteamiento no es, como puede comprobarse muy novedoso, pero es innegable el atractivo de este tipo de historias.

El desarrollo es habilidoso y capta fácilmente la atención; los actores funcionan (Foxx no se lanza a gesticular como un epiléptico tal y como suele, mientras que Butler da en el clavo con un personaje más oscuro e inquietante que los que acostumbra a ofrecer al respetable) las sorpresas se acumulan (la primera conversación en la cárcel entre Sheldon y Rise, Sheldon y su compañero de celda degustando una opípara comida) y los amantes de los golpes de efectos gratuitos (el modo en el que el asesino fugitivo se convierte en cadáver está verdaderamente logrado) tienen también su dosis. Pero tras este primer cuarto brillante y un segundo algo más flojo pero que mantiene un buen nivel, el espectador descubre varias cosas que lo hacen pasar del interés al estupor, de ahí a la incredulidad y de ésta a la carcajada.

Para empezar, el personaje de Butler resulta ser una mezcla entre Bourne, Edmundo Dantes, Mc Gyver y Hannibal Lecter un día de resaca, mientras que el fiscal Rise demuestra que, en realidad, es la rencarnación de Poirot, aquejado, eso sí, de narcolepsia argumental. Las trampas se acumulan, los actores inician un concurso de muecas y los guionistas empiezan a rizar rizos previamente rizados ante el cachondeo generalizado del respetable que no puede imaginarse al productor sin avisar a seguridad cuando los responsables del proyecto le planteaban las insensateces que acontecen en pantalla. El último cuarto y la coda final son un desvarío de tan enormes proporciones que Julio Verne lo hubiera rechazado por inverosímil. Menos mal que el siempre eficaz y apañado F.Gary Gray ("El negociador", "The italian job") anda tras las cámaras y hace presentable este fenomenal embrollo porque si no, este guiso sería imposible de digerir.

Visto lo visto, alguien debería informar a Gerard Butler de que Frank Miller nunca escribió la segunda parte de "300" y que tras el bombazo que ha supuesto "Sherlock Holmes", Guy Ritchie va a tardar unos añitos en recuperar la trilogía iniciada en "Rocknrolla". Tal vez así, deje de hacer tiempo y se centre en construir una carrera y en elegir proyectos que no consuman de esta manera su ya reducido prestigio interpretativo. Seguro que el director de su banco no se lo agradecerá, pero el resto, probablemente, sí lo haremos.

sábado, 1 de mayo de 2010

El parto de la abuela


Por si no tenía bastante con las películas, las series, los libros y la música, los videojuegos acaban de entrar en el ladrillo como un elefante en una cacharrería.

No voy a decir ahora que siempre he estado al margen de este tema y que mientras mis compañeros de generación despanzurraban alienigenas en el "Quake" yo estudiaba las partituras de Haydn en busca de una nota mal colocada. No, no, servidor se ha pasado sus buenas horas frente a la pantalla del ordenador tropezando una y mil veces con el último nivel del "Doom II" intentando inútilmente acabar el juego y se ha acostado en ocasiones con los nervios de punta tras dedicar horas destinadas inicialmente al sueño a pasear por "Silent Hill". Sí, los videojuegos ya formaban parte de mií hace tiempo. Lo que ocurre es que cualquier parecido entre los programas a los que yo dedicaba mis horas hace un par de décadas y los que se hacen hoy en día han resultado ser pura coincidencia.

Gracias a la Playstation 3 que la bella señora Winot decidió regalarme a principios de año, he podido tener acceso a espectáculos visuales de la categoría de "Assasin's Creed" o el inconmensurable "Uncharted II", que me lleva por la calle de la amargura desde hace un mes con su divertida, apasionante y terriblemente adictiva trama heredera de las aventuras del Doctor Jones. Para alguien que detuvo su trayectoria en el sector con "Max Payne", contemplar ahora en la pantalla de un televisor los apabullantes esqueletos gráficos de juegos como los mencionados anteriormente le hace imaginar lo que debió de pensar Moisés cuando le fue presentada la Tierra Prometida.

No es que los juegos de hace unos años no fueran adictivos. No, ese siempre ha sido el eslabón más fuerte de esta cadena. Lo que ocurre es que ahora, el concepto está más cerca que nunca del lenguaje cinematográfico y si a una trama interesante y con gancho le añades una calidad visual de esa categoría, es todo un reto pulsar la tecla adecuada para el bienestar familiar cuando en la pantalla aparece la crítica pregunta que inquiere si es, de verdad, tu deseo abandonar el juego. Tan poderoso es su efecto "agujero negro" que, tras una sesión de tres horas a los mandos de la consola, derivada del sopor de la heredera, no he tenido más remedio que imponerme un toque de queda frente a la pantalla. De ahí a envolver el mando en un cilicio hay un paso.

De modo que aquí estoy, como un malabarista callejero, intentando manejar simultaneamente las nunca suficientes atenciones que merecen la heredera y la bella Señora Winot, mis nuevas obligaciones laborales, mi retorno a la lectura intensiva (ventajas de poder viajar en transporte público hasta tu puesto de trabajo), el disfrute de la última temporada de "24" (Jack, tendrás tu homenaje. No lo dudes) y mi viaje por el universo musical de Patti Smith con las electrizantes aventuras de Nathan Drake que surgen de las tripas de mi consola sin que me resulte fácil separarme de la pantalla de mi televisor. Eramos pocos......