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miércoles, 21 de septiembre de 2016

Desde el desvan: Cinco razones para leer a Fernando Aramburu

Cuando leo las obras de los grandes autores, me siento, que diría Rocío Jurado, "como una ola". Como una ola que al aparcar en mi playa, arrasa hasta los cimientos el valor de mis propios textos. El peso monumental de las palabras de los escritores con mayúsculas perfora mis techos literarios y arroja al más inmenso desierto lo poco o mucho de satisfacción que me hayan podido producir los pobrecitos. Tabula rasa. Sin embargo, imagino que a causa de la resaca, rebuscando entre los cascotes de mi derruido concepto literario y, sin duda, iluminado por los tesoros que la ola no ha podido llevarse, se produce un efecto, digamos, centrífugo y  la mezcla de lo leído con lo poco salvado del desastre reactiva los motores y vuelve a poner en marcha mi autoestima que no por dirigirse a un seguro desastre deja de dar pedales.

Fernando Aramburu es uno de esos grandes autores a los que me refiero, tal vez el más grande que tenemos hoy en día en nuestro país y su última obra, "Patria", publicada hace un par de semanas es la última ola colosal con la que me he topado.

Hace ya algunos años (cinco para ser exactos) en plena resaca de su "Viaje con Clara por Alemania", dedique al donostiarra de oro una entrada inflamada que hoy, con motivo de la reciente publicación de la mencionada "Patria" recupero en la sección de arqueología enladrillada, "Desde el desván". Todo ello, por supuesto, sin perjuicio de dedicar en el futuro una entrada completa a esta obra maestra una vez concluida su lectura (apenas he devorado doscientas de las casi setecientas que tiene el libro). Como siempre, los más curiosos pueden ver la entrada original aquí, pero a diferencia de otras ocasiones, no les invito a que lean el verdadero contenido de la entrada que siempre está en los comentarios: de la etapa dorada de esta escombrera, es la única que se quedó sin comentarios, la pobre.


CINCO RAZONES PARA LEER A FERNANDO ARAMBURU (28 DE MAYO DE 2011)


1.- Es un todoterreno temático: Afincado en Alemania desde hace más de 25 años, el donostiarra Fernando Aramburu es uno de los grandes tesoros de nuestra literatura. Además de un estilo personal y fluido, heredero en muchos aspectos del mejor Eduardo Mendoza, el autor vasco domina la práctica totalidad de las asignaturas literarias: poesía, teatro, relato corto, novela, libros para niños. Parece imposible que la misma persona que describe con maestría la asfixiante atmósfera que se respira en los pueblos de Euskadi que viven bajo el terror etarra, sea capaz con similar habilidad de convertir un libro de viajes en un relato de humor desquiciado y memorable. Su sentido del ritmo y de las proporciones hace que cada libro de Aramburu respire de un modo distinto y que uno no sepa si tras pasar la página, llorará, reirá a carcajadas o, sin más, quedará sin palabras ante el despliegue lingüístico de su autor.

2- Diseña personajes en tres dimensiones:
Del mismo modo que existen personas a las que basta observar su rostro para albergar recelo, creo firmemente que existen seres humanos a los que su escaparate facial no les traiciona, y que transmiten en alta definición una honradez y una pureza de espíritu que dista mucho de resultar hueca o inexacta sino fiel reflejo de lo que alberga su interior. Fernando Aramburu es una de esas personas y lo que transmite tiene calado en su obra. Sus personajes se pueden "tocar", respiran, son físicos, reales, parecen elevarse de la letra impresa y acompañar al lector durante su paseo por las páginas. El modo en el que se expresan, sus reacciones la manera de interconectarse; todo fluye con naturalidad y el que asiste a semejante espectáculo solo puede enmudecer asombrado y seguir leyendo.


3.- Es el autor del mejor libro del año pasado: Me atrevería a decir, incluso, que es uno de los enclaves indispensables a visitar si uno desea conocer las obras literarias más redondas de lo que llevamos de siglo, pero más vale no crear demasiadas expectativas y arriesgarse al desencanto sobrevenido. "Viaje con Clara por Alemania" es un libro de viajes en el que se explora la geografía matrimonial con el mismo detalle con el que se describe a los alemanes, a sus costumbres y a sus ciudades más emblemáticas. Además de su habitual dominio del lenguaje y la narrativa, Aramburu se revela como un maestro del humor más estrambótico, provocando una sonrisa continuada durante la lectura de sus muchas e insuficientes páginas cuando no un torrente de carcajadas. Desde que lo terminé es uno de mis regalos recurrentes y pocas de mis amistades no cuentan con un ejemplar en sus estanterías. Espero que, como poco, les haya generado tanto placer como a un servidor.

4.- Sus novelas se adaptan a la pantalla...... ¡¡y funcionan!!: No es nada habitual, en la relación entre la literatura y el cine español, pero Aramburu goza de una muy interesante versión para la gran pantalla de una de sus novelas más brillantes."Bajo las estrellas", dirigida hace unos años por Félix Viscarre, adapta muy dignamente "El trompetista de Utopía", su tercera novela. Aunque suavizando sensiblemente los aspectos más crudos de su modelo escrito, la película recoge con éxito el guante de dar carne y hueso al indescriptible protagonista de la obra, Benito Lacunza (excelente Alberto San Juan) y obtiene alta puntuación a la hora de recrear esa atmósfera a medio camino entre la tragedia y la comedia en la que Benito y su hermano se mueven tras la llegada de aquél desde su fracasada carrera musical en Madrid para hacerse cargo de la herencia del padre de ambos. Excelente novela y no menos excelente película.

5.-Lucha con las mejores armas contra el terrorismo y el nacionalismo más radical: Con el libro de cuentos "Los peces de la amargura", Aramburu aplica un foco de inusitada potencia sobre las grises y los marcadamente oscuros esquinazos de lo que significa vivir en el País Vasco y hervir junto a pistoleros y partidarios de pistoleros en el caldo del día a día. A través de una decena de relatos de los que resulta imposible quedarse sólo con uno, Aramburu ofrece una visión terrible y amarga de lo que supone en Euskadi no coincidir ni en forma ni en fondo con quienes asesinan, ni con aquellos que señalan a los que aprietan el gatillo. Como es de imaginar, Aramburu recibe pocas invitaciones para participar en los foros abertzales, pero, como también es de imaginar, esto le importa bastante poco. Han pasado ya cinco años desde la publicación de "Los peces de la amargura", pero poco ha cambiado en el pensamiento de su autor: hace un par de semanas, sin ir más lejos, preguntado acerca de su opinión sobre la situación política en el País Vasco y su aparente calma tras la legalización de Bildu, Aramburu ha seguido demostrando que se afeita la lengua a diario al responder que "nunca he visto un caimán vegetariano. Son animales que comen carne y hoy en día han decidido comer vainas y acelgas democráticas".

miércoles, 7 de enero de 2015

Desde el desvan: La pregunta del millón

A principios de 2010, publiqué en el ladrillo una entrada en la que comentaba mis impresiones acerca del ataque sufrido por el dibujante danés Kurt Westergaard que pergeñó las celebérrimas caricaturas sobre Mahoma en 2005 y al que intentaron convertir en carne picada en su propia casa cuando el tema solo hervía ya en las ollas purulentas de los más fanáticos.

Y aquí estamos, casi cinco años exactos después tomándonos el aperitivo con un nuevo ataque a la libertad de expresión, cortesía de una horda de zoquetes asesinos que no permiten la más leve mancha en sus sagrados ropajes pero a los que les tiembla poco el pulso a la hora detonar explosivos, degollar personas maniatadas o ametrallar periodistas.

Me da por el mismísimo orto tener la oportunidad de volver a publicar aquella entrada pero es, desgraciadamente, una funda perfecta para el ataúd que han construido hoy esta panda de fanáticos asesinos a los que si Mahoma tuviera la oportunidad no dudaría en escupirles en sus miserables caras. Como siempre, les dejo aquí el enlace a la entrada original: lo mejor, también como es habitual, está en los comentarios que generó.


La pregunta del millon (04/01/2010)

Kurt Westergaard estuvo a punto de morir hace menos de dos días. Un joven somalí, armado con un hacha de considerables proporciones logró colarse en el interior de su domicilio e intentó asesinarlo al grito de "sangre y venganza". Afortunadamente, Westergaard logró refugiarse en la cámara acorazada instalada en su baño y, tras contactar con la policía (que logró finalmente reducir a disparos al agresor), salvar su vida.

Es muy posible que el nombre de Kurt Westergaard no diga nada a mucha gente. Pero si decimos que es el dibujante que en 2005 revolucionó a miles de musulmanes por unas caricaturas de Mahoma realizadas por él para el diario danés "Jyllands Posten", es más fácil ubicarlo. Cuatro años después cuando casi nadie se acuerda de aquel lamentable hecho en el que la libertad de expresión retrocedió varias décadas para alegría de los islamistas más radicales, Westergaard aún permanece en el punto de mira y de no ser por las medidas de seguridad que el gobierno danés le facilitó, el dibujante, cuyo único delito fue hacer uso de una libertad que ha costado siglos conseguir, sería carne fileteada en el pasillo de su propia casa.

No sería la primera vez, también es cierto. El polémico periodista y cineasta Theo Van Gogh, que dirigiera en 2004 el cortometraje "Sumisión", sobre el papel de la mujer en el Islam, fue asesinado en pleno centro de Amsterdam hace tres años por un integrista que tras derribarlo de su bicicleta con varios disparos de su pistola, lo acuchillo en repetidas ocasiones, lo degolló hasta el hueso y no contento con eso, le clavo un cuchillo en el corazón dejando sobre el cadáver una carta de varios folios llena de amenazas y apocalípticos augurios para "los no creyentes".

Uno puede escribir un libro en el que se diga que, en realidad, Jesucristo y sus Apóstoles son el precedente más antiguo de los Village People o dirigir una película en la que aparezca la Virgen María practicando el onanismo y, a lo más que se arriesga, sin ser poco, es que le censuren la obra. Sin embargo, cuando del Islam se trata, una mancha en la delicada sábana de sensibilidad que rodea a los más extremistas puede suponer tu decapitación o que la embajada de tu país, a miles de kilómetros, salte por los aires. Y no solo hoy, o cuatro años después, como es el caso de Westergaard. Un acto de este tipo condena al "culpable" a permanecer en perpetua guardia y vivir hasta el fin de sus días con un cuchillo colgando sobre tu cabeza. Salman Rushdie puede dar buena cuenta de ello.

¿Es admisible que la sensibilidad de un grupo religioso sea la vara a través de la cual todo Occidente mida su derecho a expresarse libremente? ¿Puede un sector extremo de una fe o una opinión política determinar qué es o qué no es merecedor de la muerte y actuar en consecuencia? ¿Puede alguien en su sano juicio pensar que, en realidad, Rushdie, Van Gogh o Westergaard, tienen lo que se merecen por haberse metido con la gente equivocada? ¿Vamos a pensar, de verdad, que al final los rodillazos en la nariz son agresiones nasales a la rodilla? Creo que la respuesta a esto es la misma que recibió Theo Van Gogh de su asesino cuando, mientras la vida se le escurría por su cuello cercenado, le preguntó si no era posible sencillamente que discutieran sin más sus diferencias.

miércoles, 13 de febrero de 2013

Desde el desvan: Un siglo de flojos

Aprovechando que, como todos los años por estas fechas, en Madrid tenemos la desgracia de padecer esa bufanada que es la Feria del Arte Contemporáneo ARCO, subimos con cuidado las gastadas escaleras que llevan al desván del ladrillo y con mucho cuidado, para no romperla- que ya tiene más de cinco añitos- recupero una de mis entradas favoritas de cuantas han pasado por la escombrera. Dio además mucho juego y un jugoso debate entre ilustres desaparecidos como Aquilino Natillas, Princesa Bacana, Otis Driftwood o Profesor Moriarty,

Como suele ser habitual en esta socorrida sección, he corregido algunos detalles de estilo y reducido ligeramente su longitud, pero si alguien quiere leer la original o- lo que es más recomendable- leer los comentarios que suscitó, solo tiene que pulsar aquí. Que la disfruten.


UN SIGLO DE FLOJOS (01/12/2007)

Mi relación con el arte contemporáneo es conflictiva, cuando no beligerante. A pesar de mis abundantes esfuerzos, nuestros encuentros tornan en desencuentros sin apenas habernos empezado a conocer. Danza, ópera, escultura, pintura, música. Sea cual sea la disciplina, donde muchos ven fuego, yo apenas capto el olor del humo. A veces, milagrosamente y casi por casualidad, surge un atisbo, un esbozo de algo que, quizás, tal vez, podría llegar a convertirse en algo que, transcurrido el plazo de tiempo necesario podría admitir como mínimamente artístico. El problema es que esa sensación no es muy distinta a la que provoca, en ocasiones, que una mancha en el suelo o el dibujo de un baldosín, nos recuerde a algo o nos parezca interesante o, incluso, bello. Esa sensación carece de permanencia, no dispone de pilares y se diluye en mi memoria tan pronto como desaparece de la vista. Además, no por eso, deja de ser un borrón en el suelo o una casualidad en la pared de un servicio.

Carezco de la adecuada formación artísitica, eso es cierto. No sé una palabra de escultura ni de pintura. Aunque he leído mucho, tampoco creo que sea suficiente para catalogarme de lector empedernido y a pesar de los centenares de películas y obras de teatro que he visto en mi vida, no paso de ser un humilde aficionado. Sin embargo lo magro de mis conocimientos, no me impide admirar la apabullante belleza de la música de Ravel o Wagner ni es obstáculo para admirar la literatura de Paul Auster o la de Javier Marías, ni la majestuosa perfección de la trilogía de "El Padrino" o el atractivo discurso visual de "Delicatessen". 

Personas cuyo criterio admiro fielmente y titulares de mentes abiertas y desarrolladas, defienden las manifestaciones artísticas contemporáneas, argumentando que, en el siglo XX y aún más en el XXI, hay cosas que el arte ya no puede decir. Al menos, no puede decirlas tal cual han venido siendo dichas en los últimos años. Dos guerras mundiales, la sobredosis informativa de las últimas décadas y un claro paso de lo social a lo individual han generado que el hombre haya perdido el enlace con sus circunstancias. Yace solo, desarraigado, en una forma de páramo existencial sin orden que únicamente provoca frustración, ansiedad, rabia o ira. Por esa razón, el artista descomprime y rompe las normas, desordenándolas a su antojo, rompiendo así en mil pedazos la linea temporal lógica y el cronológico devenir de los acontecimientos. El artista moderno, primero escucha la frase, luego capta el movimiento de los labios y posteriormente la mirada que hasta hoy precedía a todo. La desfragmentación vendría ser, así, el hilo conductor que vertebra el arte contemporáneo. Por mi parte, considero que embarullar lo existente no es muy distinto a desmantelar un rompecabezas. Y eso puede hacerlo un niño de pocos meses.
Desde mi punto de vista, la esencia del arte es la imposibilidad que siente el que observa de imitar su grandeza. Ni en un millón de años podría componer "Tristan e Isolda" o esculpir "El pensador". Sin embargo, dudo que tuviera dificultad en escribir la partitura de la segunda parte de "El viaje a Simorgh" o pintar al compañero de exposición de cualquier obra de Mark Rothko.

Hasta que el pozo de las ideas se secó, hace ya muchos años, el arte se movió hacia delante de manera paulatina. Se aprecia una lenta pero inexorable evolución entre la música de Richard Strauss y la de Beethoven y entre la de éste y la de Mozart o Haydn en una relación causa efecto que se pierde en el tiempo pero que deja bien asentadas las bases de cada paso para poder dar el siguiente. Sin embargo, con la entrada en el siglo XX, todo se transforma. La certeza de que hemos alcanzado el final del pozo, provoca un arrebato suicida que nos lleva a enmarañar la herencia recibida en un potaje indigerible que no lleva a ninguna parte y que, por supuesto, no representa evolución alguna.

Lo peor de todo es que, a fin de cuentas, el siglo XX no ha sido más espantoso que los anteriores. La queja y el fastidio es uno de los pilares fundamentales del hombre. Decía Borges que a su abuelo le tocaron vivir, como a todos los hombres, tiempos difíciles. Siempre estamos peor que nunca. Lo que nos pasa es siempre mucho peor que lo que otros han sufrido. Sin embargo, la realidad es que ese horror y esa angustia vital que ha pulverizado el arte como lo conocíamos hasta entonces, no es tal, ni su intensidad es tan poderosa que tengamos justificadas razones para hacer volar por los aires siglos de historia y de evolución. Si nosotros hemos padecido dos guerras mundiales, otros han vivido conflictos de cien años de duración. Si en el siglo XX vivimos el fascismo, el feudalismo campó a sus anchas hace menos años que los deseados. Si aquellos no tuvieron que rascar un tenedor sobre el plato para transmitir angustia al oyente y pudieron transmitir otro tipo de sentimientos distintos al miedo y a la nausea y los artistas contemporáneos no han sido capaces, al final resulta que el siglo XX- y los venideros, me temo-  ha sido un siglo de flojos y blandos que no pudiendo soportar lo que les ha tocado vivir y en vez de mirar hacia atrás buscando las bases que permitan, si eso es posible, volver a iniciar el camino, han optado por desvalijar la casa del abuelo y llevarse lo que puedan para protegerse de la que está cayendo.

miércoles, 6 de abril de 2011

Desde el desvan: Merecidamente


Cualquiera que me conozca en persona o que lea mis textos habitualmente sabe que lo que siento por mi mujer es mucho más que amor; aunque me robara la frase Cameron Crowe para el guión de "Jerry Maguire", eso no le resta crédito al hecho de que la bella señora Winot "me completa".

Junto a ella no existen las carencias y sólo cuando está ella cerca las piezas de mis muchos rompecabezas encajan completamente. Me gusta pensar que todo estuvo calculado, que, a pesar de habernos rozado en muchas ocasiones, sólo empezamos a construir la fortaleza que hoy tenemos cuando ambos cubrimos las etapas que nos correspondían. Que fue el destino y no la casualidad la que nos hizo encontrarnos para nunca volver a navegar por separado.

Por eso le dediqué hace ya algunos años la entrada "Merecidamente" que, como es fácil imaginar es una de mis favoritas. Hoy, cuando la pequeña Alejandra cumple seis días y Patricia enfila hacia las tres primaveras, creo que está perfectamente justificada su reaparición en el ladrillo con unas mínimas correcciones de estilo que no cambian un milímetro de lo que entonces quise decir: que te quiero, que nunca podré agradecerte lo suficiente que me hayas dado estas dos preciosas niñas que me reconcilian con la vida y que no tengas la menor duda de que llegué para quedarme a tu lado hasta el final de los tiempos.


Merecidamente (10/07/2007)

La conocí hace ya cinco años y medio, en una fiesta de Nochevieja. Yo siempre le digo que me enamoré nada más verla y ella se pone flamenca y dice que no fue recíproco, que le costó entrar en el juego un poco más. Pero sé que miente. La conozco bien.

Vivimos un noviazgo corto, pero intenso y lo culminamos en poco más de ocho meses uniéndonos a través del rito hipotecario, el vínculo más resistente que ha creado el hombre. Este fuerte lazo, sin embargo, nos pareció poca cosa para el tesoro que teníamos entre manos y una noche de febrero en plena y solitaria Plaza de Oriente, en Madrid y frente al Palacio Real, sin un alma en cien metros a la redonda y bajo un frío inmisericorde le hice la pregunta que, desde siempre, estremece por igual a quien la hace y a quien la recibe. Entre el descontrolado castañeteo de dientes, creí escuchar un sí.

Como consecuencia de aquella respuesta , decidimos formalizar ese sí de tiritona y nos casamos en la que, sigue siendo la jornada más inolvidable de toda mi vida. No consigo entender a los que abominan del día de su boda, tachándolo de incómodo o espantosamente largo e interminable. Yo lo repetiría cada día. Me gustaría volver a sentir lo que sentí mientras me vestía para la ocasión. La llegada a la iglesia, los saludos, la franca alegría de todas las personas que compartieron con nosotros este día. Los nervios amables mientras esperaba su aparición, los cuchicheos que anunciaban su llegada, la repentina constatación de que la corbata quedaba más ajustada ahora que hacía un minuto, la impresión inenarrable que me produjo verla entrar en la iglesia, preciosa y radiante como nunca. No hay nada prescindible o que merezca ser borrado de ese día. Maldita sea la memoria que no me da para recordar todo lo que ocurrió en esas horas.

A veces me echa en cara con ese tono inalcanzable para los hombres (pero que las mujeres dominan a la perfección) y que se sitúa en precario equilibrio entre la broma y el aviso que, últimamente le dedico mucho tiempo a trajinar por este blog y que eso me quita tiempo para ella. Como lleva razón, hoy, que se cumplen tres años de aquel día inolvidable, me ha parecido el mejor momento para restablecer el equilibrio en su beneficio a través de esta entrada que, merecidamente le corresponde a esta increíble mujer a la que quiero y con la que volvería a compartir mi vida. Tantas como me tocaran en suerte.

sábado, 12 de febrero de 2011

Desde el desvan: Imaginemos


Abrimos la sección de la que os he venido hablando estos días con "Imaginemos", una entrada publicada en septiembre de 2007 y que, desde entonces, permanece inamovible como el "Avatar" de esta escombrera. Ninguna otro artículo ha generado más debate ni más visitas que esta reflexión sobre los límites éticos que deben regir nuestra sociedad, quien los impone y si apoyándose en la libertad uno puede sobrevolar cualquier latitud sin poner en duda su derecho a hacerlo.

Aquel breve artículo, escrito tras la lectura de un reportaje sobre las actividades lúdicas que hacían furor en la frontera entre Méjico y Estados Unidos, generó una jugosa trifulca en la que el mítico Clan Natillas hizo acto de presencia por primera vez en el ladrillo y donde un buen número de habituales se enzarzaron en una sana batalla verbal de la que, como pasa en los buenos enfrentamientos, nadie salio herido y todos nos llevamos algo nuevo a casa.

Como sigo pensando lo mismo que entonces, apenas he hecho un par de correcciones de estilo al texto original. Espero que os guste a los que no estabais por entonces paseando por estas páginas y a los que estaban, que este ejercicio de nostalgia os traiga buenos recuerdos.


Imaginemos (16/09/2007)

En su huida del tedio que la rodea, nuestra sociedad está empezando a quedarse sin escondites. Leer, trabajar, viajar, escuchar música, hacer el amor, tomar copas, todo eso se nos queda corto. Cada vez con mayor asiduidad, surgen fórmulas alternativas de ocio que nos desvinculan de la saturada y fastidiosa senda del "día a día". La mayoría de las veces se tratan de actividades más o menos inofensivas para terceros que se limitan a estirar al máximo el flujo de adrenalina que dispara lo desconocido o arriesgado. Sin embargo, hay ocasiones, en las que sencillamente, se cruza la linea.

Recientemente he leído que, en la zona fronteriza de Méjico con Estados Unidos está popularizándose una actividad que responde al nombre de "caminata nocturna". Dicho programa consiste en convertirse por una noche y a cambio de unos 500 pesos (15 euros al cambio) en un "inmigrante".

Durante unas dos horas, los participantes se dedican a evitar las patrullas policiales, a recorrer centenares de metros hundidos en el fango o sumergirse en túneles impracticables para sentir la tensión y el miedo que sufren diariamente los centenares de mejicanos que se juegan la vida para alcanzar otra mejor en un país más próspero que el suyo. Por supuesto, en esta actividad, todo es falso: los policías, las sirenas, las carreras perseguidos por los perros. Si una patrulla te descubre, a pesar de los gritos y de desaparecer dentro del coche, nada impedirá que a las dos horas justas, el capturado espere a sus compañeros en el punto de encuentro con una cerveza en las manos y el coche preparado para volver pronto a casa.

Frivolizar sobre un drama que afecta a cientos de personas que abandonan todos los días familia e hijos a la búsqueda de una oportunidad es, cuanto menos, ofensivo. Imaginemos por un momento que en vez de la frontera mejicana, estuviéramos hablando de la costa de Algeciras. Imaginemos que la caminata, en vez de ser por tierra, fuera por mar. Imaginemos que, a cambio de unos euros, una empresa explotara una actividad diseñada para sentir la emoción de navegar en precario equilibrio sobre una de esas pateras tan chulas que cruzan el estrecho un día sí y otro también. Todos juntos, con la brisa acariciando tu rostro y la espuma de mar salpicando todo a tu alrededor. Podría incluso organizarse la aparición estelar de una lancha de la policía que intentara detener nuestro vehículo. Incluso soltar algún disparo que otro, para crear el ambiente adecuado. Si caes al mar, no hay problema, uno de nuestros buzos, te recogerá y te dejará a salvo en la playa, donde podrás esperar a tus amigos. "Llega donde otros no llegan" podría ser un buen mensaje publicitario.

No sé si será porque me estoy haciendo viejo, pero cada día comprendo menos las cosas que pasan. Me resulta imposible entender que alguien pueda encontrar el menor interés en algo así. Y, sin embargo, docenas de personas se apuntan a estas payasadas, pagan sus 500 pesos y pasan la noche haciendo el moñas por el desierto mientras se dan codazos cómplices los unos a los otros, frotándose las manos sólo de pensar en lo que esta historia va a dar de si cuando la cuenten en la oficina a sus aburridos compañeros. Probablemente, a cien metros de donde esta panda de amapolas se detienen a tomar un Gatorade para recuperar el aliento, unos cuantos compatriotas suyos, desorientados, sedientos y completamente aterrorizados hayan iniciado su senda hacia la muerte, pulverizados por el inclemente sol del desierto. Así se atraganten todos estos caminantes de pacotilla con su bebida y les devoren los coyotes. Por capullos y por aburridos.

miércoles, 26 de enero de 2011

Desde el desván


Como ya comenté hace un par de semanas, con motivo de la entrada número doscientos, durante este año 2011 voy a ir recuperando algunos escritos de los que, por uno u otro motivo estoy particularmente orgulloso.

En algún caso, será por la calidad que, desde un punto de vista completamente personal, atesore el escrito. En otros, el mérito residirá en haber sabido pulsar las teclas adecuadas para generar controversia y un vigoroso caudal de opiniones. Arrincono expresamente los más ligados a la actualidad del momento que, obviamente, quedan desdibujados por el tiempo y pierden toda su esencia cuando se sacan del contexto en el que fueron escritos.

Algunas de las piezas se publicarán tal cual aparecieron originalmente, pero como ocurriría si se tratara de una vieja mecedora, no descarto volver a mostrar algunas otras convenientemente barnizadas, desempolvadas con pulcritud o, quién sabe, convertida en una cesta para fruta. Para bien o para mal, el tiempo al pasar, todo transforma. Incluso las ideas más firmes e indiscutibles.

Tras varios titubeos acerca del nombre con el que identificar estos escritos ("El baúl de los recuerdos" o "Los que fueron" llegaron a la criba final) he decidido, finalmente, que la sección se llamará "Desde el desván". Me parece preciso, muy indicativo del objetivo que persigo (sacar a la luz elementos que, por el paso del tiempo han perdido pie y puede ser interesante rescatar) y, sobre todo, sugestivo y musical. A mí, me gustaría leer una sección con ese nombre. Espero que a vosotros también.