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martes, 18 de diciembre de 2018

El oro de Atahualpa

Buenas noches a todos menos a los que abominan de esa maravillosa tradición bloguera de las listas que permite a quien la practica  dar a conocer los libros, películas, discos o marcas de pasta de dientes que han marcado sus meses precedentes. A esos, a los que no ven que estos inventarios de joyas heterogéneas dejan pequeño al rescate de Atahualpa y que consideran un divertimento menor e impropio este suculento deporte de compartir placeres sin fluidos con terceros, a esos, como decía, a esos, ni agua.

Esta noche vengo hablarles brevemente de cinco de los muchos libros leídos (que no necesariamente escritos, aunque alguno hay) en este año 2018 que se me escurre entre los dedos. Si bien la lista es una cuenta atrás hasta llegar a la medalla de oro, también les digo que salvo esa primera posición, que es indiscutible, cualquiera de los otros cuatro podrían ocupar la posición de su vecino en un interminable e innecesario juego de la silla para el que, la verdad, ya no tengo edad. Empezamos.

"Subsuelo", de Marcelo Luján: La obra, publicada ya hace más de tres años, es, sin la menor sombra de duda el mejor thriller con el que me he topado en los últimos años. El escritor argentino se marca un vórtice incómodo, obsesivo, truculento y más áspero que chupar una lima de ebanista. Leo lo escrito hasta ahora y me replanteo lo de definirlo como thriller. La verdad es que es no hacerle justicia a una obra donde la verdadera historia está, como bien anuncia el titulo en lo que no se ve aun estando siempre presente, en las consecuencias más que en los hechos. Una obra verdaderamente brillante. Y también les aseguro que nunca volverán a mirar a las ordenadas y afanosas hormigas de la misma manera. "Fue la adolescencia (...), ese manojo de años en los que casi cualquier cosa, siempre, es posible".

"La mirada de los peces", de Sergio del Molino: Tengo debilidad por este hombre. Eso no puedo evitarlo. Desde "La hora violeta" de la que ya hablé aquí hace tiempo, acudo a sus publicaciones sin apenas saber el tema de su nueva obra. Y nunca decepciona. Estas memorias de juventud que no son sino una excusa para reflexionar sobre la importancia de ser coherente y sobre el ajuste temporal al que uno debe someter al pasado y a quienes lo habitan, son un nuevo acierto del que, a día de hoy, creo que es el escritor más en forma del panorama narrativo patrio. "Se ofende quien no está seguro de lo que cree, quien hace esfuerzos por convencerse. El creyente de verdad es alguien inmune a la opinión ajena."

"La maravillosa vida breve de Oscar Wao", de Junot Diaz: ¿Quien puede resistirse a una obra que da inicio con una cita del número 49 de "Los Cuatro Fantásticos" cortesía del tristemente fallecido Stan lee? Yo, sinceramente no. Luego me he enterado de que las tribulaciones de Óscar y su familia está consideradas de forma casi colegiada, uno de los mejores libros del siglo XXI, un ejercicio de estilo magistral (media docena de narradores que entrecruzan sus historias sin chocarse ni una sola vez) , un lenguaje literalmente propio, mezcla imposible de español, inglés y dominicano, referencias a lo mas florido del frikismo universal (Marvel, DC, El Señor de los Anillos, etc) los personajes femeninos mejor perfilados (a Belicia Cabral cuesta olvidarla) con los que he topado en mucho tiempo, una clase magistral de historia dominicana y que contiene un personaje central, Oscar Wao, la versión caribeña de Ignatius reilly, como bien he leído en algún lado que es, desde ya mismo, una nueva presencia indiscutida en mi panteón de grandes personajes de la literatura universal. "Nunca son los cambios que queremos los que cambian todo"
 
Y dijo Stan Lee, "¿Qué le importan las vidas breves, anónimas... a Galactus?

"El mar", de John Banville: Mis referencias sobre Mister Banville derivan de Javier Marías por el que, como saben, siento devoción. En una entrevista le leí diciendo que era actualmente el mejor escritor vivo en lengua inglesa y poca mecha más necesité para lanzarme a la búsqueda de material. Y el resultado de la aventura ha sido sencillamente magistral. "El mar" es una obra maestra. Y punto. Eso sí, desde ahora mismo les desaconsejo vehementemente que acudan a ella si andan con el ánimo un poco bajo, porque la historia que nos muestra aquí el escritor irlandés es amarga (los efectos de la muerte), melancólica (hay que acudir al pasado para poder entender el presente y especialmente el futuro) y, sobre todo, desoladora (únicamente cuando a uno le ponen el espejo delante es posible entender las miradas de los demás). "El pasado late en mi interior como un segundo corazón"

"Tierra de campos", de David Trueba: El incontestable número uno del año. Trueba tiene una extraña fijación con los viajes físicos como vehículo para explorar las raíces de sus personajes y su última obra no es una excepción. Lo que ocurre es que en este caso alcanza cotas de calidad que casi provocan mal de altura. Les presento a Daniel Mosca, un cantante y compositor que aprovecha el traslado del féretro de su padre a su pueblo natal para contarnos sus vivencias, sus amores y sus (muchas veces absurdas) decisiones y las (sin)razones que las alumbran. Como ya he comentado en alguna ocasión, apunto en una libreta frases o ideas que se me aparecen en los textos que leo y en el caso de "Tierra de sombras" tengo páginas y páginas con imágenes llamativas, pensamientos o descripciones de la que no se pueden dejar pasar entresacadas de sus páginas. Algunas me divierten, otras me llevan por caminos poco transitados y hay algunos que me dejan el corazón como una cama sin hacer. Todas ellas junto a las innumerables hermanas que viven en las paginas de "Tierra de campos" conforman una obra de las que perduran. "Me gusta imaginar a mis hijos cuando sean mayores. Ojalá no les desaparezca nunca del todo la cara de niños. Son tristes las personas a las que no se les puede adivinar la cara del niño que fueron y más tristes aún son esos niños que ya tienen la cara del adulto que serán".

jueves, 29 de noviembre de 2018

El penúltimo paso

Buenas noches a todos menos a los cándidos. A esos, a los que aún se asombran y codean incrédulos a quien tengan al lado cada vez que aparece una nueva grabación o informe comprometedor de los que hierven hasta la superficie a través de los medios de comunicación, aquellos que son calentados directamente desde lo más insondable del estado, las empresas o las familias, a esos, como decía, a esos, ni agua.

Esta noche vengo a hablarles brevemente de "Corrupción policial", la última novela de Don Winslow, un escritor norteamericano que se encuentra a varios miles de kilómetros de esos ingenuos a los que antes hacía referencia y que desde hace varios años parece embarcado en una cruzada para arrancar las vendas de sus ojos a los más miopes para que puedan contemplar lo que ocurre a su alrededor a través de la palabra.

Winslow es un viejo conocido del ladrillo. Allá por 2010 entró en mi biblioteca a través de esa tromba devastadora que es "El poder del perro" (pueden leer los merecidos elogios que la dirigí entonces pinchando aquí) y desde entonces han pasado por mis manos varias obras más que sólo puedo calificar de excelentes y muy recomendables. En todas ellas, un grupo (llámese FBI, NYPD, o DEA) intenta acabar con otro (llámese traficantes de drogas, pandilleros juveniles, mafiosos retirados o soldados de fortuna) y viceversa. Son guerras sucias y sangrientas que tapizan el tablero de juego con tripas y casquillos vacios y en las que el camino a tomar no depende tanto de las leyes que nos rodean, la ética o la moral, como del (mucho, ingente, desmesurado, monumental) dinero y los favores que uno debe o de los que es acreedor. No les reviento sorpresa alguna si les digo que "Corrupción policial" lleva esta reflexión a su más alejado extremo.

Damas y caballeros, les presento a Denny Malone, el rey de Manhattan Norte, el policía más condecorado de la ciudad que nunca duerme, el piloto de la Unidad Especial que mantiene el orden en las zonas más conflictivas y peligrosas de la Gran Manzana. Pero Winslow nos lo muestra en las primeras páginas, en poder de los federales, esposado y esperando turno para ser interrogado por innumerables casos de corrupción así como por algún que otro asesinato. ¿Qué nos hemos perdido? ¿Qué razón hay para que el yerno ideal se haya convertido en el tipo al que el Coronel Jessep querría tener cerca cuando se echa una cabezadita? Malone se va a encargar de decírnoslo en un largo rebobinado a través del cual, Winslow aprovecha para meternos por la puerta de atrás de todas las instituciones sociales que se nos ocurran y ponernos en bandeja la putrefacción que se oculta bajo la piel lustrosa de una ciudad de papel couché donde los alcaldes ceden a los empresarios, éstos a los traficantes y aquéllos a los policías que, a su vez deben claudicar de sus principios para contentar a los jueces, éstos a los abogados y aquéllos a los pandilleros en un vórtice infinito de innumerables combinaciones al que da pavor asomarse.

Yo creo que un buen aplauso, me merezco, ¿no creen?

"¿Cómo se cruzan las lineas?", pregunta Malone en un momento dado. La respuesta aterra: "Paso a paso". La tesis que maneja el libro es por tanto, que la corrupción rara vez explota. Funciona de forma más parecida a la de una infección, un virus que poco a poco se apodera de todo y de todos. Nadie está a salvo. Se empieza por mirar hacia otro lado y se acaba haciendo fortuna sobre sacos de heroína y cuerpos acribillados. Entrar en esa espiral es, por consiguiente, tremendamente fácil. Por el contrario, salir de ese laberinto, dar el último paso que permita salir del círculo es una meta casi inalcanzable. Hacerlo sin marca alguna parece una misión que rechazaría el mismísimo Ethan Hunt.

Si es la primera vez que oyen el nombre de este caballero, no lo duden, corran a por "El poder del perro". Si, por el contrario, pertenecen ustedes al cada vez más amplio grupo de admiradores de su obra y aún no se han lanzado de cabeza a por "Corupción Policial", no pierdan ni un minuto más, háganse con un ejemplar y empiecen a pasar páginas. Es cierto que tarda un poco en arrancar y la falta de un personaje al que uno pueda mirar sin sentir por el un considerable desprecio bajan la nota del sobresaliente al notable alto, pero los que amamos la buena literatura policíaca en general y a Don Winslow en particular no vamos a salir desencantados. Eso se lo puedo asegurar. También les digo que los que ya lo conocen no van a encontrar nada nuevo en el libro, pero, ese déjá vu en el caso de nuestro amigo americano supone una dosis asegurada de personajes en permanente claroscuro, diálogos de hierro y escenas de acción monumentalmente estructuradas. Me veo capaz de soportarlo las veces que haga falta.

miércoles, 10 de octubre de 2018

El cirujano testarudo

Buenas noches a todos menos a los que hacen de la previsibilidad su bandera. A esos, a los que se les ve venir de lejos, a los que nos llevan a poner los ojos en blanco o a cruzarnos de acera para evitar su cháchara sobada y correosa, a esos, como decía, a esos, ni agua.

Esta noche vengo a hablarles brevemente del escritor (franco) norteamericano Jonathan Littell y, más concretamente de su  novela "Las Benévolas", cuya lectura es una de las cosas más interesantes que pueden hacer ustedes con su tiempo.

A sus 39 primaveras, en 2006, Littell revolucionó el panorama narrativo europeo con esta novela cuyo mérito fundamental no es simplemente ser excelente sino, sobre todo, minar sus casi mil páginas con todo tipo de excentricidades cuyo objetivo claro y evidente es acabar con el lector. Sí, damas y caballeros, aunque parezca mentira, Littell cosechó los elogios más encendidos, la admiración de medio universo literario y todos los premios por juntar letras que nuestros vecinos gabachos pueden entregar, con una novela que maltrata con brutalidad a todo aquel que pretenda adentrarse en sus páginas.

En todos mis años lectores, nunca me había encontrado con una novela que tuviera tan poco interés en interesar, si me permiten el chusco juego de palabras, ni a un escritor a quien le importara menos la prensa (no concede apenas entrevistas y las pocas que he visto harían las delicias de Faemino y Cansado), la aristocracia literaria (no se ha dignado recoger premio alguno de los muchos concedidos. Y hablamos del Goncourt, entre otros) y su propia carrera (en los últimos doce años ha publicado entre poco y casi nada. Parece demasiado ocupado disfrutando de la vida en Barcelona con su mujer y sus hijas). Si conocen un caso medianamente parecido al de este muchacho, no duden en avisar.

"Las benevolas" nos presenta a Max Aue, un joven alemán, cultivado, sibarita, con tendencias homofílicas e incestuosas que acaba afiliándose a las SS durante la campaña rusa de la Segunda Guerra Mundial. A través de sus ojos, contemplamos todos los horrores de la guerra hasta la caída de Berlin mientras Aue interactúa con Himmler o Mengele, participa en el planteamiento de la Solución Final al tema judío o se encierra con el mismo Führer en su bunker en el ocaso de la guerra. Si a Forest Gump le arrancaran el alma, le inyectaran un cinismo de alta calidad (en un momento dado, Aue dice que no se arrepiente de nada, que hizo el trabajo que tenía que hacer y que es cierto que hacia al final es muy posible que se excediera, pero que no fue el único que perdió la cabeza. Casi nada) y lo mandaran a ejecutar presos en los barrancos de la zona tendríamos un clon muy aproximado de Aue, que ya les digo que es un personaje repugnante, pero irresistible. La temática, como ven es tremendamente sugestiva, pero no es de las que levantan a uno el ánimo en un día melancólico. Y ya les aviso que Littell no escatima en detalles escabrosos, eso sí, documentados con una prolijidad de entomólogo "cum laude".

Littell desbordando simpatía en un coloquio

Si el fondo ya obliga a tomar aliento cada pocas páginas, imagínense la tarea si además la forma está diseñada para invitar al lector a hacer cualquier cosa menos seguir leyendo. Y no me refiero solo a sus muchas páginas (casi mil) sino a la estructura misma de los textos. En "Las Benevolas", no hay apenas puntos y apartes, los capítulos son extensísimos (el quinto abarca casi 300 páginas) y, por expresa petición, al parecer, del autor, el tamaño de la letra es excepcionalmente pequeña (con caracteres ordinarios el libro habría alcanzado sin problemas las 1.500 páginas). No contento con esto, Littell utiliza en todo momento la jerigonza militar nazi, de modo que sus párrafos están llenos de Oberführers, Haupfeldwebels, Rottwachtmeisters, Sturmbannführers, Anwärters y demás fauna que complica enormemente la lectura. En un aislado momento de compasión hacia el que pasa las páginas, el autor incluye unas tablas y unos apéndices para orientarnos un poco en la tormenta, pero no sé si es mejor el remedio que  la enfermedad. Por último, cuando el lector piensa que el punto sin retorno ha sido superado y que la obra de Littell ya no nos lo puede complicar más, entra en escena el penúltimo y claustrofóbico capítulo llamado paradójicamente "Aire" que nos sumerge en una pesadilla oniricoeroticomasoquistadadaista de más de cincuenta abigarradas páginas que es como hacerse un par de pruebas Ironman un día de resaca. Si uno sobrevive a esto, el resto, a pesar de ser también intenso, es pan comido.

Releyendo la entrada me doy cuenta de que igual se les están quitando las ganas de entrar en "Las benévolas". Nada más lejos de mi intención. La obra de Littell es muy recomendable, de lo mejor que ha pasado por mis manos en los últimos años. Compone con mucho arte un retrato documentado, verosímil y objetivo de lo que pasó en esos años terribles. La trama avanza con ritmo y Littell narra con detalle y precisión hechos fundamentales del conflicto (atención a la parte referida a la masacre de Babi Yar o al cerco de Stalingrado. Imposible dejar de pasar las páginas) y ocupa su tiempo en desmontar de forma sencilla las difíciles relaciones entre las muchas secciones, subsecciones y departamentos que componía el organigrama nazi. Digamos que leer "Las benévolas" es como ver una de aquellas películas de terror de nuestra infancia: nos tapábamos los ojos con las manos para achicar el miedo. Pero no había forma de evitar mirar a través de los resquicios para no perder detalle.

Dice David Trueba, siempre brillante en sus razonamientos, que el arte de no hacer lo que se espera de uno, exige la precisión del cirujano y la testarudez del loco. Uno se puede seccionar una falange o acabar en el fondo de una manicomio orientando su existencia con este faro. Yo estoy muy lejos de funcionar así, pero no puedo negar que siento una simpatía especial y un poco envidiosa por quien se atreve a ponerse el traje de zapador en un llano como en el que nos ha tocado vivir. El preciso y testarudo Jonathan Littell es sin duda un claro ejemplo de este tipo de gente en claro peligro de extinción.

miércoles, 14 de marzo de 2018

El hombre que bajó de la colina

Buenas noches a todos menos a los que confunden cantidad con calidad. A esos,a los que ignoran o hacen el vacío a los sabios consejos de nuestro refranero y no asumen que lo bueno si breve, es dos veces bueno o que la esencia más pura va siempre en frasco pequeño, a esos, como decía, a esos ni agua.

Esta noche vengo a hablarles brevemente del escritor norteamericano, Joe Hill o, más concretamente, de "Fuego", su último libro publicado en España y que una de las decepciones más grandes de lo que llevamos de año.

No es la primera vez que hablo aquí de Joe Hill. Hace ya algunos años (casi siete, para ser exactos. Pueden comprobarlo pinchando en el enlace) le dediqué una paradójicamente extensa jaculatoria, alabando, de primeras, el detalle de no comenzar su carrera ostentando papá, que diría Silvio Rodriguez. Sin duda, ser hijo del célebre Stephen King es un par de esplendidos tacones a los que subirse para sacar la cabeza en el mundillo, pero el amigo Joe prefirió no sacar el tema a relucir hasta que sus libros empezaron a encabezar las listas de ventas y a recibir excelentes criticas. Punto para él. También dedique varias lineas a celebrar sus muy destacados dotes como escritor, focalizando especialmente en su habilidad para crear atmósferas terroríficas, el manejo de la tensión argumental, espléndidamente dosificada y su arte para confeccionar un armazón narrativo contundente y, sobre todo, contenido. 

Todo estas virtudes, tan fácilmente localizables en sus obras precedentes (comics, novelas, cuentos, prospectos médicos, etc) se ha venido abajo con "Fuego", un suplicio inacabable. afectado, plano y aburrido que es indigno de un escritor con su bagaje. Como lo oyen, amigos, como lo oyen.

¿Por qué me viene a la mente José Luís Moreno al ver esta foto?
Ochocientas páginas, ni más ni menos, utiliza el amigo Hill para plagiar/homenajear "Apocalipsis", una de las obras cumbres de su padre. Si en ésta, es una epidemia de gripe la que asola el planeta y deja a los supervivientes a merced de si mismos, en "Fuego", es una misteriosa espora (la escama de dragón) la que no deja títere con cabeza y carboniza casi sin remisión a quien la alberga, creando un obvio conflicto entre infectados y candidatos a infectarse. El planteamiento no deja de ser interesante y daría incluso para entrar en terreno éticos y morales. El problema es que durante las primeras doscientas páginas, básicamente, no pasa nada. Cuando el (irritante) personaje principal (la muy embarazada Harper Greyson, cansinamente obsesionada con Mary Poppins) conoce a un grupo de devotos infectados, la obra parece levantar el vuelo, pero es un espejismo y de nuevo, el tedio te coge de las solapas y no te suelta hasta las últimas ciento y pico páginas en las que, ahí sí, Hill deja abierta la puerta a la esperanza con un tramo final francamente logrado. En resumen, que al libro le sobran más de cuatrocientas páginas que, no sé que pensarán ustedes, pero a mi se me antojan muchas. 

Es una pena que el hombre que me fascinó con obras tan contraidas como "El traje del muerto" o "Cuernos" haya entrado en esa fase de innecesario consumo de celulosa en la que su padre hace años que está instalado cuando aún le queda tanto por decir. Me duele espantosamente que el creador de personajes tan difíciles de calificar como Ig Perrish o Victoria McQueen se haya sacado de la chistera, tuercebotas del calibre del propio bombero que da título al libro o ese villano de pacotilla que es el Hombre Marlboro (palabrita. Un tipo con ese nombre se pasea por la obra). Y, por último, me escuece el alma por la decepción que me supone entrever al padre detrás del hijo. Después de unas pocas novelas excelentes, a Joe Hill se le saltan las costuras y a través de ellas vemos al King más pardo, el de las novelas en cadena, el de las frases hechas, el repantigado en la ley del mínimo esfuerzo. La escama de dragón ha carbonizado al hijo y de sus cenizas surgirá el padre en una suerte de eterno retorno, una monarquía oscura de linaje heredado y que podría no tener fin si los hijos de Joe Hill aprenden a teclear pronto. Que Charlie Manx nos proteja.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Cinco razones para leer a Eduardo Mendoza




















1.- Es el flamante Premio Cervantes de 2016: Y aunque se lo merece desde hace años, lo es desde hace apenas unas horas. Habrá opiniones para todos los gustos, pero creo que existe un consenso bastante unánime en que el septuagenario escritor barcelonés es unos de los mejores novelistas que actualmente existe en lengua castellana. Entendiendo novelista, como ha escrito hace poco Sergio del Molino, como "alguien capaz de aunar talento y oficio, de componer obras de arte sin descuidar la artesanía y de escribir para una variedad enorme de lectores, con estilo, elegancia, amplitud de registros y humor". Y eso que hace unos años realizó unas delirantes declaraciones en las que anunciaba la muerte de la novela como género literario que sólo puedo explicar desde el abuso del alcohol o por la razón quinta para leer a este hombre y a la cual les remito.
 
2.- Ha escrito "La verdad sobre el Caso Savolta": Siempre será mi referente a la hora de hablar de la vanguardia y la exprimentación en lo que a literatura se refiere. Recuerdo que el año que yo estudiaba Selectividad, incluían esta maravillosa obra como el punto de arranque de la novela moderna en nuestro país. Con una estructura desmantelada intencionadamente y una catarata de estilos que van desde el puramente narrativo al recorte de prensa pasando por la prescripción médica, el monólogo interior y el lenguaje frío y meticuloso de los textos judiciales. Y hablamos de la que fue su primera novela. Es lógico que gente como Feliz de Azua escribiera que "con la apasionante historia de los antecedentes y consecuencias de la extraña muerte del empresario (el Savolta del título) apareció (Mendoza) en el firmamento literario como el cometa Halley: no venía de ningún lugar conocido, nadie sabía a dónde se dirigía, y sin embargo marcaba una dirección. Orientaba. Una verdadera obra maestra"

3.- Sería capaz de hacer reír al mismísimo Buster Keaton: Solo hay dos autores que puedan provocarme la carcajada incontrolada sin que la presencia de terceros sea un eficaz cortafuegos. Uno es Gerald Durrell (la fiesta final de "Mi familia y otros animales" es el mejor estimulante vital de celulosa que puede uno llevarse al cuerpo) y el otro es Eduardo Mendoza. El humor está en toda su obra. En las más serias y formales, como "La ciudad de los prodigios" o "La verdad sobre el caso Savolta" aparece en forma de fogonazos que tardamos en percibir y que están esparcidos por los momentos más tensos, dejando al lector totalmente fuera de juego por lo inesperado de su aparición. En las abiertamente cómicas, como "Sin noticias de Gurb" o "El misterio de la cripta embrujada" , la imaginación del escritor barcelonés es un pozo sin fondo en el que el lenguaje, los personajes y las situaciones se confabulan para provocar que quienes te rodean en el autobús te señalen con el dedo o cuchicheen a tu alrededor, en el fondo, muertos de la envidia por empezar el día con semejante estado de ánimo. 

4.- Es el creador del mejor detective de la literatura española: Tras cinco novelas ("El misterio de la cripta embrujada", "El laberinto de las aceitunas", "La aventura del tocador de señoras" "El misterio de la bolsa y la vida" y "El caso de la modelo extraviada")  aún desconocemos la identidad de ese detective sobrevenido, con tendencia a la verborrea y a la desnudez que a pesar de sus intentos de pasar desapercibido en la Ciudad Condal se ve envuelto en los casos más estrafalarios mientras deja al descubierto todas las vergüenzas de la sociedad con unas dosis de cinismo cáustico que no dan respiro La galería de secundarios que pululan por las cinco novelas (muchos aparecen y desaparecen en las distintas entregas) es deslumbrante, pero me quedo, sin dudarlo con Cándida, la hermana del héroe, cuya descripción en "El misterio de la cripta embrujada" es, sin duda alguna, una de las cumbres de la literatura del último medio siglo.

5.- Tiene más de setenta años: Y si eso, en la vida de cualquiera es barra libre para opinar sobre todo sin medir las palabras, lo es aún más para una persona como Don Eduardo que siempre se ha caracterizado por decir lo que se le pasa por la cabeza sin darle mayor importancia. Ya he comentado antes sus declaraciones hace unos años poniendo la lápida en el género literario con el que se gana la vida, y a principios de este año cargó, furibundo, contra los talleres de escritura. También dijo que su primera novela, "Soldados de Cataluña" era  un novelón estúpido y confuso, escrito sin pies ni cabeza y la lió parda en 2010 llamando analfabeto al Papa Benedicto XVI. También ha transmitido en muchas ocasiones su posicionamiento claro contra la independencia de Cataluña y contra los libros que se publican actualmente. La verdad, no le veo haciendo el payaso como Bob Dylan o Fernando Trueba, pero ardo en deseos de escuchar el discurso de aceptación del premio. Seguro que hay guinda.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Desde el desvan: Cinco razones para leer a Fernando Aramburu

Cuando leo las obras de los grandes autores, me siento, que diría Rocío Jurado, "como una ola". Como una ola que al aparcar en mi playa, arrasa hasta los cimientos el valor de mis propios textos. El peso monumental de las palabras de los escritores con mayúsculas perfora mis techos literarios y arroja al más inmenso desierto lo poco o mucho de satisfacción que me hayan podido producir los pobrecitos. Tabula rasa. Sin embargo, imagino que a causa de la resaca, rebuscando entre los cascotes de mi derruido concepto literario y, sin duda, iluminado por los tesoros que la ola no ha podido llevarse, se produce un efecto, digamos, centrífugo y  la mezcla de lo leído con lo poco salvado del desastre reactiva los motores y vuelve a poner en marcha mi autoestima que no por dirigirse a un seguro desastre deja de dar pedales.

Fernando Aramburu es uno de esos grandes autores a los que me refiero, tal vez el más grande que tenemos hoy en día en nuestro país y su última obra, "Patria", publicada hace un par de semanas es la última ola colosal con la que me he topado.

Hace ya algunos años (cinco para ser exactos) en plena resaca de su "Viaje con Clara por Alemania", dedique al donostiarra de oro una entrada inflamada que hoy, con motivo de la reciente publicación de la mencionada "Patria" recupero en la sección de arqueología enladrillada, "Desde el desván". Todo ello, por supuesto, sin perjuicio de dedicar en el futuro una entrada completa a esta obra maestra una vez concluida su lectura (apenas he devorado doscientas de las casi setecientas que tiene el libro). Como siempre, los más curiosos pueden ver la entrada original aquí, pero a diferencia de otras ocasiones, no les invito a que lean el verdadero contenido de la entrada que siempre está en los comentarios: de la etapa dorada de esta escombrera, es la única que se quedó sin comentarios, la pobre.


CINCO RAZONES PARA LEER A FERNANDO ARAMBURU (28 DE MAYO DE 2011)


1.- Es un todoterreno temático: Afincado en Alemania desde hace más de 25 años, el donostiarra Fernando Aramburu es uno de los grandes tesoros de nuestra literatura. Además de un estilo personal y fluido, heredero en muchos aspectos del mejor Eduardo Mendoza, el autor vasco domina la práctica totalidad de las asignaturas literarias: poesía, teatro, relato corto, novela, libros para niños. Parece imposible que la misma persona que describe con maestría la asfixiante atmósfera que se respira en los pueblos de Euskadi que viven bajo el terror etarra, sea capaz con similar habilidad de convertir un libro de viajes en un relato de humor desquiciado y memorable. Su sentido del ritmo y de las proporciones hace que cada libro de Aramburu respire de un modo distinto y que uno no sepa si tras pasar la página, llorará, reirá a carcajadas o, sin más, quedará sin palabras ante el despliegue lingüístico de su autor.

2- Diseña personajes en tres dimensiones:
Del mismo modo que existen personas a las que basta observar su rostro para albergar recelo, creo firmemente que existen seres humanos a los que su escaparate facial no les traiciona, y que transmiten en alta definición una honradez y una pureza de espíritu que dista mucho de resultar hueca o inexacta sino fiel reflejo de lo que alberga su interior. Fernando Aramburu es una de esas personas y lo que transmite tiene calado en su obra. Sus personajes se pueden "tocar", respiran, son físicos, reales, parecen elevarse de la letra impresa y acompañar al lector durante su paseo por las páginas. El modo en el que se expresan, sus reacciones la manera de interconectarse; todo fluye con naturalidad y el que asiste a semejante espectáculo solo puede enmudecer asombrado y seguir leyendo.


3.- Es el autor del mejor libro del año pasado: Me atrevería a decir, incluso, que es uno de los enclaves indispensables a visitar si uno desea conocer las obras literarias más redondas de lo que llevamos de siglo, pero más vale no crear demasiadas expectativas y arriesgarse al desencanto sobrevenido. "Viaje con Clara por Alemania" es un libro de viajes en el que se explora la geografía matrimonial con el mismo detalle con el que se describe a los alemanes, a sus costumbres y a sus ciudades más emblemáticas. Además de su habitual dominio del lenguaje y la narrativa, Aramburu se revela como un maestro del humor más estrambótico, provocando una sonrisa continuada durante la lectura de sus muchas e insuficientes páginas cuando no un torrente de carcajadas. Desde que lo terminé es uno de mis regalos recurrentes y pocas de mis amistades no cuentan con un ejemplar en sus estanterías. Espero que, como poco, les haya generado tanto placer como a un servidor.

4.- Sus novelas se adaptan a la pantalla...... ¡¡y funcionan!!: No es nada habitual, en la relación entre la literatura y el cine español, pero Aramburu goza de una muy interesante versión para la gran pantalla de una de sus novelas más brillantes."Bajo las estrellas", dirigida hace unos años por Félix Viscarre, adapta muy dignamente "El trompetista de Utopía", su tercera novela. Aunque suavizando sensiblemente los aspectos más crudos de su modelo escrito, la película recoge con éxito el guante de dar carne y hueso al indescriptible protagonista de la obra, Benito Lacunza (excelente Alberto San Juan) y obtiene alta puntuación a la hora de recrear esa atmósfera a medio camino entre la tragedia y la comedia en la que Benito y su hermano se mueven tras la llegada de aquél desde su fracasada carrera musical en Madrid para hacerse cargo de la herencia del padre de ambos. Excelente novela y no menos excelente película.

5.-Lucha con las mejores armas contra el terrorismo y el nacionalismo más radical: Con el libro de cuentos "Los peces de la amargura", Aramburu aplica un foco de inusitada potencia sobre las grises y los marcadamente oscuros esquinazos de lo que significa vivir en el País Vasco y hervir junto a pistoleros y partidarios de pistoleros en el caldo del día a día. A través de una decena de relatos de los que resulta imposible quedarse sólo con uno, Aramburu ofrece una visión terrible y amarga de lo que supone en Euskadi no coincidir ni en forma ni en fondo con quienes asesinan, ni con aquellos que señalan a los que aprietan el gatillo. Como es de imaginar, Aramburu recibe pocas invitaciones para participar en los foros abertzales, pero, como también es de imaginar, esto le importa bastante poco. Han pasado ya cinco años desde la publicación de "Los peces de la amargura", pero poco ha cambiado en el pensamiento de su autor: hace un par de semanas, sin ir más lejos, preguntado acerca de su opinión sobre la situación política en el País Vasco y su aparente calma tras la legalización de Bildu, Aramburu ha seguido demostrando que se afeita la lengua a diario al responder que "nunca he visto un caimán vegetariano. Son animales que comen carne y hoy en día han decidido comer vainas y acelgas democráticas".

miércoles, 24 de febrero de 2016

El hombre que pasaba las páginas

Tantos años enarbolando la bandera de la francofobia más visceral y en apenas doce meses, miro las estanterías apelmazadas de libros de mi casa y podría pasar perfetamente por uno de esos amanerados y ampulosos seres que viven detrás de los Pirineos. Y como dirían Les Luthiers (otro franchutismo, no, si ya te digo yo que...) la cosa sigue siguiendo y tras Emmanuel Carrère, Ettiene Davodeau y Michelle Houllebecque, toma posiciones un nuevo gabacho en mi "pole" de escritores favoritos. ¿Su nombre? Pierre Lemaitre y el motivo de su incorporación a mi selecta colección de libros la que fue su segunda novela, "Vestido de novia" que es de la que les voy a hablar hoy en esta su escombrera favorita.

Y no es tarea fácil la que pretendo emprender hoy porque "Vestido de novia" es de esos libros de los que cuanto menos se sepa, más se disfrutan. Una sinopsis detallada podría llevar al curioso a desecharla con un lapidario "más de los mismo" y una ausencia total de información convierte el interés que pueda generar la obra en un tuit mediocre al que sepultan sus desenfrenados hermanos. Me limitaré a decirles que en sus páginas van a tener la suerte (o la desgracia) de conocer a Sophie, una joven parisina que parece sacada de las páginas del guión de "Memento" a cuyo alrededor la vida (la suya y las de los demás) se desmorona cada vez que sus ojos se cierran. No sé si es poco o mucho, pero no pienso decirles más del argumento. Y no les recomiendo que indaguen mucho por la Red, hay mucho incontinente verbal en la blogosfera y pueden salir trasquilados de la experiencia.

La novela se estructura en dos partes bien diferenciadas separadas a su vez en otras dos mitades cada una. La primera de ellas sirve a Lemaitre para presentar a Sophie y es, en pocas palabras, magistral. Hay imágenes poderosas, una atmósfera claustrofóbica, ritmo, un personaje que se gana al lector desde el primer momento y las suficientes sombras como para seguir buscando el interruptor de la luz. La segunda es un cambio de ritmo que ni John Bonham en plenitud de facultades hubiera podido igualar. No digo nada más. El lector se queda en medio de una isla desierta, sin asideros, contemplando como el infierno se desata sobre la pobre Sophie y con más de 150 páginas por delante que no hay modo de anticipar. Solo cuando nos vamos acercando al final de esta parte contemplamos ojipláticos la trampa sublime del amigo Lemaitre.

La tercera y cuarta parte, mucho más convencional, pero igualmente absorbente se acelera, quiebra y requiebra y conduce hasta un final en el que todo encaja (título de la obra incluido) pero que desgraciadamente, no puedo calificar de redondo por esa manía que le ha entrado últimamente a todo el mundo de rizar el rizo rizado con la rizadora de rizos en las últimas secuencias o, como es el caso, en las últimas páginas con el único y, en ocasiones como esta, estéril intento de sorprender aunque sea de forma gratuita hasta el telón. Un borrón que deja un regustillo amargo pero que no le quita un ápice de grandeza a la titánica labor que lleva a cabo mi nuevo mejor amigo afrancesado.

Con su habitual habilidad para comprimir conceptos y salir airosos, los anglosajones han creado un término que le va como anillo al dedo a "Vestido de novia": page turner. Y esa, ni más ni menos, es la definición perfecta para este thriller angustioso y apasionante que hoy les recomiendo,  un volteador de páginas, un correpáginas, un placer literario, un libro de esos tan queridos por los aficionados en los que lo que te tortura no es saber el número de páginas que te faltan, sino que sean tan pocas.

martes, 5 de enero de 2016

Un mundo para ser leído

Si por algo pasará a la historia el año pasado en lo que a libros se refiere será por la consolidación en su pedestal de Emmanuel Carrère, a cuya obra (sólo me falta "El Reino" que aguarda turno)  he dedicado no pocas horas del finado ejercicio 2015 y que se atrinchera en el puesto número uno en mi lista de escritores favoritos.Pero no solo de autores dolientes y geniales vive el hombre de la chistera. En este recién clausurado año han pasado por mis ojos un buen número de comics (si me animo haré la lista en unos días. Si no, que quede claro que a la vista de lo leído este año, el puesto de Carrère en lo que a comics se refiere lo tiene en nuda propiedad en irlandés Garth Ennis, que con "The Boys", "Battlefields" y "Equipo Rojo" deja claro que lo de "Predicador" no fue casualidad) y un respetable puñado de libros de todo pelaje (ventajas de usar el transporte público, que alguna debía de tener) de entre los que les destaco, en riguroso orden de caída, los diez siguientes.

Espero que alguno les interese. Si alguno lo logra, acuda a su librería más cercana y cómprelo, por favor, deje el e-book para los hipsters y pélese los dedos pasando páginas de papel, aunque sea reciclado y no olvide que el mejor e-book es el que no se compra.


- Las leyes de la frontera, de Javier Cercas: También ha caído "El impostor", del mismo autor, pero me decanto por esta apabullante muestra de genio de este hombre cuya habilidad para crear personajes "que respiran" no tiene parangón ni dentro ni fuera de nuestras fronteras. Tere, El Gafitas y el Zarco conforman uno de los triángulos amoroso- amistoso- criminal más perfectos de nuestra literatura.

- Una breve historia de casi todo, de Bill Bryson: Más de 600 páginas que despiertan el amor a la ciencia hasta en la mente más cerrada para el tema como puede ser la de un servidor. Desde la formación del universo hasta los orígenes del hombre contado con todo el humor, la prolijidad y el gusto por el detalle del mejor divulgador científico que hay sobre la faz de la tierra. Un libro para tener siempre a mano si uno ve factible ser riguroso sin aburrir a las ovejas. 

- Postales desde la tumba, de Emir Suljavic: Preparen cuerpo y mente para una experiencia literaria tan brutal como desasosegante. La masacre de Sbrenica contada desde dentro, sin esquinamientos ni maniqueos prejuicios. Atención al penúltimo capitulo "La caída", que no lo van a olvidar. Hechos puros y duros que conforman un libro maravilloso de muy lenta digestión y que acecha en la mente muchos meses después de leído.

- Bajo el signo de Marte, de Fritz Zorn: Reflexiones de un enfermo de cáncer criado en una familia alemana sin carencia material alguna y que nada en un absoluto vacío de sentimientos. Un canto a la vida y  a luchar por lo que uno desea aunque se sepa perdedor desde el primer momento. La radiografía furiosa de una sociedad de consumo que se viste con las telas de la vanidad para no ver lo que le rodea. La gran frase del año pone colofón a esta obra tan brillante como demoledora: "Me declaro en estado de guerra total". 

- Flashman y el gran juego, de George McDonald Fraser: Los más veteranos ya conocen mi predilección por el gran Harry Flashman, a quien ya dedique hace años una entrada en el ladrillo ("El ogro verde del ejercito británico"). Este año ha sido el turno del noveno volumen de sus aventuras, ambientado en el motín de los cipayos de 1857. Como siempre, aventuras, fornicio, bajezas morales y magistrales de historia de la mano del malandrín más encantador de la literatura inglesa. No se lo pierdan.

- Sumisión, de Michelle Houllebecq: Nueva entrega del franchute más desquiciado del firmamento literario. En esta ocasión es el Islam el que cae bajo el microscopio de partículas elementales del amigo Houllebecq en un ejercicio de política ficción magistral en el que aquí y allá aparecen las habituales- y geniales- reflexiones sociológicas del autor. Ha causado bastante controversia su final extrañamente poético pero quien vea aquí un canto a favor del Islam creo que debería graduarse la vista. 

- El olvido que seremos, de Hector Abad Faciolince: Palabras mayores, amigos. El retrato que el escritor colombiano realiza de su padre, Abad Gómez que fue asesinado en 1987 por sus continuos desafíos a las autoridades (políticas, militares y universitarias) y por su implacable labor social (gracias a su labor, el agua corriente llegó a Medellín) es desgarrador. Literalmente, te cambia la vida, te plantea dudas acerca de tu forma de actuar y te demuestra que en esta vida lo difícil es permanecer, porque pasar, pasamos todos.

- Así empieza lo malo, de Javier Marías: Le han caído las críticas más severas de su carrera pero debo reconocer que no ha sido mi caso. Me interesa la historia de ese director tuerto y su esposa, me atrapa el triángulo que forman junto al narrador y me asombra el giro final marca de la casa. Las mismas filias y fobias que siempre, el gusto por las perífrasis inabarcables que recorre la obra del autor y la sombre inmensa de "Tu rostro mañana" que todo lo cubre y que hace imposible usar correctamente la vara de medir.

- La suerte de Jim, de Kingsley Amis: El padre de Martin Amis era, al parecer, escritor y, antes de morir en 1995 había dejado un legado literario más que respetable en el que se incluía esta divertida sátira universitaria con regustillo amargo que invita más a la sonrisa cómplice que a la carcajada y que gana con el tiempo, como las grandes obras.

- Hombres buenos, de Arturo Pérez Reverte: Los libros de este hombre no me entran. Prefiero la inmediatez de sus artículos a las buenas ideas mal desarrolladas de sus novelas. Sin embargo, en esta ocasión, tengo que quitarme el sombrero e incluir entre los mejor del año este relato aventurero con La Enciclopedia ilustrada como Mcguffin y que entremezcla pasado y presente con incuestionable buen gusto y base histórica. Carne de celuloide, se lo digo yo.

lunes, 12 de enero de 2015

Kafka es francés

Uno de los muchos descubrimientos literarios del recién fulminado 2014 fue el francés Emmanuel Carrère. Tras la lectura de "El adversario" y "De vidas ajenas", obras de cuya grandeza les hablé hace poco en el ladrillo (concretamente aquí), este nuevo ejercicio lector da el banderazo de salida con la que fue una de sus primeras novela y que lleva por título, "El bigote", la historia de un ejecutivo que tras años de lucir un frondoso bigote, decide afeitárselo solo para comprobar que nadie, su esposa, incluida, parece darse cuenta de tan destacable cambio.

¿Gracioso, verdad? Indudablemente, nos encontramos ante una novela de humor, una gansada absurda cuyo objeto es dilucidar las razones que explican tan descabellado punto de arranque, ¿no es cierto? Pues si piensan así, les aviso que van tan descaminados como el que suscribe, porque con "El bigote", Carrère se marca una novela que hubiera firmado Kafka sin dudar ni por un instante que pudiera desentonar en lo que a atmósfera se refiere junto a "El proceso" o "La metamorfósis". Y ya saben que las novelas del escritor checo no se caracterizan, precisamente, por ser un surtidor de carcajadas.

Con "El bigote" Carrère apuntala dos ideas que ya tenía formadas con las dos obras anteriores que han pasado por mis manos: a saber, que es uno de los mejores narradores que hay hoy en día en la literatura universal y que pocos hay tan capaces de escarbar en la mente del ser humano para sacar a la luz lo que anida a mayor profundidad.

La manera en la que la novela evoluciona desde su chistosa premisa inicial hasta su escalofriante conclusión es una clase magistral de técnicas narrativa que oscila entre ambos extremos, oscureciendo la broma que actúa como espoleta hasta convertirla en un lienzo de humor negrísimo (atención al momento en el que el protagonista se hace pasar por ciego para que un transeúnte le confirme si tiene o no el bigote en su sitio. Hilarante y terrible a la vez),  para sobrepasarlo holgadamente en el tramo final y convertir la peripecia del protagonista en un pesadilla de tintes apocalípticos. Y todo ello, con un ritmo y una cadencia maestra, inconcebible e implacable en su densidad que se adapta con elegancia y suntuosidad a la imparable trayectoria de los acontecimientos.

Al igual que ocurriera en sus otras dos obras, en "El bigote", tan importante como lo que pasa son las razones que explican y justifican los hechos. En todo momento asistimos a los resortes y mecanismos mentales que ponen en marcha la trama y su desarrollo y es complicado, resulta difícil negar la obvia lógica que motiva al protagonista a tomar las decisiones que toma y a no compartir su creciente angustia ante una situación que parece indicar una inverosímil conspiración mundial contra su persona.

No es "El bigote" una obra fácil de asimilar (sí de leer. Una gozada. Sus apenas ciento setenta páginas se devoran en un par de sentadas). Sus posos permanecen en la memoria mucho después de guardarlo en la librería junto a sus hermanos y ya les adelanto que son unos restos amargos, de los que uno aparta agitando la cabeza y cerrando los ojos, obligando a la mente a olvidar que de un hilo tan sutil y suave puede surgir un ovillo tan denso y oscuro como aquellos que le gustaba destejer a acierto escritor checo que, sin la menor duda, ocupa un puesto de honor en la biblioteca de Emmanuel Carrère.

miércoles, 28 de mayo de 2014

Punto y final: Emmanuel Carrère

Los cimientos de mi larga y documentada aversión por todo lo francés se han visto seriamente dañados en los últimos dos meses. Primero fue la lectura de "Los ignorantes", una novela gráfica del gabacho Étienne Davodeau y que,a pesar, de mi repulsión por todo lo que tenga que ver con el comic francés (siempre he odiado a Asterix y de mi rechazo por el tuercebotas de Blueberry podrían escribirse ensayos) debo reconocer que resultó ser una de las historias de amistad y respeto más intensas que este mundo del comic ha dado en décadas. Si a uno, además, le interesa el mundo del vino, su compra se antoja indispensable.

Pero, ignorantes aparte, la puntilla definitiva, el proyectil que con más precisión se ha incrustado en la linea de flotación de mi francofobia, la prueba final de que hay vida (inteligente) al otro lado de los Pirineos ha sido el descubrimiento del escritor, periodista y realizador francés, Emmanuel Carrère. La lectura de sus novelas "De vidas ajenas" y "El adversario" supone una de las experiencias literarias más satisfactorias a la que un mortal puede, a día de hoy, someterse. La segunda de estas novelas la compré cuando apenas llevaba treinta páginas de la primera. Y si no tengo ya en mi poder "Limónov" o "Una novela rusa" es por hincar de una vez el diente a "Capital", de mi padre literario John Lanchester que lleva meses esperando turno.

Me gustan los autores que actúan como narradores de sus novelas (no sé si será así en toda su obra. En los dos que ya he leído, Carrère mismo es quien habla) y me gusta que al hacerlo, sean duros consigo mismos, que no se apliquen cremitas hidratantes y se muestren tal cual son (posiblemente esta crueldad contra uno mismo sea una pose en si misma, pero poco importa: me gusta y, además, funciona). En sus obras, Carrère, se muestra envidioso, frustrado, agotado por su propia intensidad. No duda en reconocer su cobardía y admite sin vendas el alivio que siente cuando son otros y no él o los suyos quienes sufren. Sin duda, esta humildad y esta certeza de naturaleza imperfecta, rasgo tan poco francés por principio, es uno de los principales anzuelos con los que el amigo Carrére me ha cazado. El otro, sin duda, mucho más relevante, es que el novelista francés escribe como pocos hacen hoy en día. 

Heredero de Truman Capote, el estilo de Carrére es una mezcla irresistible de periodismo, retrato sicológico, novela de investigación médica, reportaje judicial y radiografía del alma. Sus libros "crecen" con cada página y, a pesar de que las historias no parecen dar para mucho sobre el papel, su habilidad para que ese pequeño triángulo junto al plato se convierta en una hermosa servilleta de hilo logra que la vinculación que se crea entre los personajes y el lector sea viva, que crezcamos con ellos y que sus vidas ya no sean ajenas sino propias, terribles (lo cierto es que ninguna de las dos obras dan para muchas risas) pero imposibles de abandonar.
 
Es, además, el hombre que ha escrito la más hermosa declaración de amor que he leído en mucho tiempo, un prodigio de sensibilidad, realismo y contención que les invito a leer a continuación. Si, como imagino, les atrapa, no pierdan un minuto, acudan a su librería más cercana y háganse con estas dos joyas literarias de las que les he hablado hoy: Nourriture des dieux (si el traductor de Google no me ha jugado una mala pasada).


"La encuentro hermosa, sexy, tierna, me maravillan la quietud de nuestro amor y la intensidad de esta quietud. A su lado sé dónde estoy. Se me hace insoportable la idea de perderla, pero por primera vez en mi vida pienso que lo que pudiera arrebatármela o arrebatarme a ella sería un accidente, una enfermedad, algo que nos viniera desde el exterior y no la insatisfacción, la fatiga, el deseo de novedad. Es imprudente decir esto pero la verdad, no lo creo. Sé muy bien, por supuesto, que sí logramos durar, habrá crisis, instantes de desaliento, tormentas, que el deseo se agotará y buscará en otra parte, pero creo que aguantaremos, que uno de los dos cerrará los ojos del otro. Nada, en todo caso, me parece más deseable."

"De vidas ajenas", de Emmanuel Carrère (2009) 

miércoles, 19 de marzo de 2014

Ética y estética

¿Hay límites en el arte? ¿Con la excusa de transmitir un mensaje, tiene derecho el artista a romper barreras morales? ¿No es perverso pensar como Wittgenstein que ética y estética es la misma cosa? Quien crea, ¿dispone de bula para perforar con su obra las convenciones sociales? ¿Está el arte por encima del artista o debe éste cercarlo, encajarlo en los moldes que ya existen y están comunmente admitidos? A éstas y a otras muchas preguntas da extraordinaria respuesta Miguel Angel Hernández- Mahn en la blogosfera y, por siempre jamas en esta escombrera "el marido de Athena"-  en su primera y muy recomendable novela "Intento de escapada", que, ahí lo dejo, fue Mención especial del jurado en el Premio Herralde de Novela de hace un par de años.

Para su fascinante disertación sobre el arte, sus logros y sus miserias, Mahn - uso el acrónimo por languidez. No me lo tengan en cuenta- se vale de Marcos, un estudiante de Bellas Artes, tan henchido de conocimientos como necesitado de experiencias. Al otro lado del cuadrilátero, Jacobo Montes, el artista polémico y transgresor del que todo el mundo habla. Entre ambos, Helena, profesora de Marcos que comparte un pasado poco claro con el artista y que pone a ambos en contacto para que aquél colabore activamente con el artista en su último y extremo proyecto de nombre "Intento de escapada". Durante el desarrollo del mismo, Marcos va a ir descubriendo las respuestas a preguntas como las que mencionaba al principio. Y lo obtenido no siempre va a ser lo que él esperaba.

Desde el inquietante prólogo hasta la última frase (incluso más allá, luego hablo más de esto) Mahn demuestra una maestría narrativa encomiable, un manejo del lenguaje que me hace llorar de pura envidia y una habilidad fuera de toda duda para mantener vivo el interés del lector. Y todo ello, acreditando que el autor no es profesor de historia del arte en la Universidad de Murcia, por casualidad. Éste que podría, perfectamente, haber sido un obstáculo insalvable para mí, lo supera Mahn "cum laude". Me explico.
 
Los habituales ya saben que en temas de arte, mi ignorancia conceptual es insondable. Soy mi propia medida de "lo artístico" y lo que determina ese calificativo no es sino mi propia incapacidad para reproducir lo creado. Con eso, creo que lo digo todo acerca de la validez de mi criterio a la hora de definir lo que es y lo que no es el arte. Por esa razón, me cuesta encontrarme con Marcos y seguirle en su periplo conceptual. Desde un primer momento, siento tal aversión por las obras de Montes que, me resulta un rompecabezas irresoluble entender la fascinación que genera en el protagonista. Me obturan el diafragma los "intensos", los que piensan que matar de hambre a un perro puede estar justificado si así se denuncia la falta de empatía de la sociedad actual. Y, por esta razón, yo tampoco empatizo con los personajes. Me caen gordos los tres, qué le voy a hacer.

Y, sin embargo, Marcos, Helena y Jacobo están tan delicadamente diseñados incluso en su aristas más sucias y puntiagudas, que no pude por menos que pasar las páginas con la esperanza de atisbar algún cambio en su evolución, un detalle que los redima o contemplar como se despeñan. ¿Ocurre esto en "Intento de escapada"? ¿Hay esperanza para Marcos? ¿Y para Helena y Jacobo? Pues podía ser que sí, aunque también podría ser todo lo contrario. No hay más que encontrar el magistral "easter egg" que oculta el autor más allá del final de la novela y que, les ruego no se pierdan, para entender lo que quiero decir. De lo mejor que he leido.

Hay belleza en lo terrible y quien diga lo contrario miente o no se conoce. La oscuridad es falta de luz y su incidencia o no en lo que ilumina o mantiene en tinieblas no afecta al objeto, lo que, en realidad es obra y producto de una mente despierta e iluminada por el talento. De ahí a que todo esté permitido media un largo camino pero debo reconocer que algunas convicciones extremas sobre este tema se me han desmontado tras penetrar en esa sala del Pompidou donde Miguel Angel Hernández ha colocado su obra. ¿Se atreven a levantar la tapa? Yo tenía claro que no, pero ahora no lo descarto. Anímense y prueben ustedes de primera mano.Merece la pena. Mucho.

miércoles, 15 de enero de 2014

Punto y final: Sergio del Molino

Posiblemente por haberlos habitado desde muy pequeño, tengo facilidad para entrar y salir sin mucha dificultad de los universos paralelos que crean los libros. Mientras tengo el visado en regla, vivo las historias que allí se desarrollan como si fueran la mía propia, enraizándome profundamente con lo contado, llorando con los que lloran y riendo con los que ríen, impermeable al exterior. Pero cuando las circunstancias me obligan a salir de estos otros mundos, cuando cierro el libro hasta otro momento o lo depósito en el lugar que le corresponde en la libreria una vez concluidos (me resisto al maldito e-book. Qué le vamos a hacer) no me supone un esfuerzo excesivo desanudar las maromas y enfilar hacia mi mundo, donde un nuevo universo por explorar espera su turno.

Con "La hora violeta", de Sergio del Molino, no ha sido posible, sin embargo, la transición y desde que penetré por primera vez en su mundo terrible, lo llevó siempre conmigo, adherido a mi piel, inmune a todo. Sus palabras se han posado en mí y han anidado. No puedo sacarlo de mi cabeza. En esta ocasión, el ancla se ha hundido hasta lo más profundo y no hay manera de escorar el barco hacia otro destino. No puedo, sencillamente. No quiero, en realidad.

Y no es, como podría uno imaginar por su temática (la muerte innecesaria y cruel de un hijo cuando apenas ha tenido tiempo de serlo a manos de una leucemia cabrona y asesina) lo que me ha hecho sentir lo que siento. Por mi condición de padre, podría ser una razón, pero no es la primera novela que llega a mi tratando semejante abismo. "Mortal y rosa", de Francisco Umbral o "Paula", de Isabel Allende, no dejaron en mí esta huella tan poderosa. Salí indemne de ellas y en nada cambió mi percepción de las cosas. No hubo dificultad en levar anclas. ¿Porqué ahora no puedo? ¿Qué razón hay para que aquéllas pasaran por mi vida y "La hora violeta" la haya traspasado de lado a lado?

Personalmente creo que la razón es una ausencia. Otra, que se suma a la de Pablo y que no es otra que la del propio autor. En "La hora violeta", el escritor y su dolor no comparten plano. Se atisba al padre. Y a la madre. Y a los familiares. Y al personal médico. Pero en el escenario solo se aprecia claramente el tormento que supone la ignorancia, la falta de un punto de referencia- "mas allá, monstruos"-, la demencial montaña rusa en la que se convierten los días y, por encima de todo la espantosa falta de utilidad que lastra el animo de quien ve como la partida se juega sin poder mover las fichas.

Sin duda habrá habido elaboración en la obra, correcciones, cambios ligeros aquí y allá. El propio autor lo comenta en algún momento y, por supuesto, no lo pongo en duda. Pero es fácil imaginarlo machacando furioso las teclas del ordenador en la devastada soledad de un hotel tras un resultado adverso o una espantosa ecocardiografía. Tan fácil como imaginarlo con el corazón comprimido por la emoción tras distinguir algo de luz esperanzadora tras la puerta, el atisbo de una posibilidad. Aquí no hay efectos especiales, ni cromas. El autor desaparece, se difumina en el espanto que todo lo llena y solo es posible seguir escribiendo para retener a quien apenas tuvo tiempo de ser.

"La hora violeta" es un libro extraordinario. De lo mejor que he leído en  toda mi vida. Pero les recomiendo que, de no tenerlo claro, de no haber calibrado con esmero si son o no capaces de afrontar un tema como el que en él se desarrolla y, sobre todo el modo descarnado y visceral en el que Sergio del Molino cuenta lo que vivió su hijo, mejor no lo empiecen. Se van a encontrar con lo siguiente y les garantizo que ya no podrán dejar de leer.


"Este libro es un diccionario de una sola entrada, la búsqueda de una palabra que no existe en mi idioma: la que nombra a los padres que han visto morir a sus hijos. Los hijos que se quedan sin padres son huérfanos y los cónyuges que cierran los ojos del cadáver de su pareja son viudos. Pero los padres que firmamos los papeles de los funerales de nuestros hijos no tenemos nombre ni estado civil. Somos padres por siempre. Padres de un fantasma que no crece, que no se hace mayor, al que nunca vamos a recoger al colegio, que no conocerá jamás a una chica, que no irá a la universidad y no se marchará de casa. Un hijo que nunca nos dará un disgusto y a quien nunca tendremos que abroncar. Un hijo que jamás leerá los libros que le dedicamos."

Sergio del Molino, "La hora violeta" (2013)

miércoles, 28 de septiembre de 2011

El príncipe oscuro


Joe Hill es uno de los tres hijos del célebre escritor norteamericano, Stephen King. Y, al igual que su famoso progenitor, se gana muy bien la vida escribiendo novelas inquietantes y terroríficas donde anidan monstruos, fantasmas y demás fauna oscura.

Y con el párrafo anterior, servidor se ha cepillado de una tacada toda la campaña publicitaria que los editores del primer libro de Hill, "20th Century Ghosts", idearon para lanzar la obra. Y es que cuando este más que recomendable libro de cuentos terroríficos se puso a la venta, nada se dijo acerca de los precedentes familiares de su autor. Sólo cuando el libro fue objeto de elogiosas reseñas y no sin antes coronar lo más alto de las listas de ventas, la editorial anunció que el autor de tantas novelas maravillosas como "El resplandor", "La mitad oscura" o "Carrie" había traído al mundo un nuevo talento para tejer pesadillas en celulosa. Obviamente hubo que sacar nuevas ediciones de la obra.

La maniobra fue sin duda arriesgada: no aprovechar el empujón que supondría lanzar las obras de Joe Hill como "las novelas del hijo de Stephen King" llevó con toda seguridad a más de un directivo de la compañía a duplicar su medicación. Sin embargo, es de agradecer que no fuera así ya que el lector pudo juzgar la prosa del hijo sin aplastarla bajo el descomunal legado de su padre, con el que, por el momento, la obra de Hill no es comparable ni por cantidad ( cuando he llegado a los cuarenta libros del autor de "Apocalipsis" me he cansado de contar) ni por calidad ( Stephen King tiene, al menos, cinco o seis novelas que pueden considerarse clásicos del género, con "It" a la cabeza) ni por temática (Hill recurre con asiduidad a los espíritus y demás habitantes del otro lado, mientras que en las obras de su padre podemos encontrar desde extraterrestres a hombres lobo, pasando por admiradoras desequilibradas y perros con malas pulgas).

Con esto, no quiero decir ni mucho menos que la obra de Joe Hill no merezca atención o sea poco recomendable (la propia existencia de esta entrada así lo certifica): "Fantasmas" (nombre con el que se ha bautizado en España la ya mencionada "20th Century Ghosts") incluye algunos cuentos muy recomendables como "El desayuno de la viuda" o "Hijos de Abraham", algunos excelentes como "La capa" y dos de ellos, "El teléfono negro" y "Reclusión voluntaria", que podrían haber sido firmados por papá sin menoscabar su prestigio.


El difícil salto a la novela también fue saldado de manera notable por Hill con "El traje del muerto" 0 "Heart shaped box" en su "nirvaniano" título original. Las vicisitudes de un músico de rock con gusto por lo macabro a quien atormenta un espíritu con malas pulgas se convierten en manos del escritor norteamericano en una pesadilla angustiosa con dosificados golpes de efecto y una muy destacable habilidad para crear imágenes perturbadoras, especialmente cuando de describir al testarudo fantasma se trata. Es cierto que la historia tarda en arrancar y que en su tramo final los acontecimientos se precipitan a tal velocidad que todos los personajes parecen tener prisa por volver a casa a tiempo para la cena pero es innegable que la historia atrapa y los personajes resultan cercanos y están meticulosamente diseñados. Por lo que he leído, todo lo bueno de "El traje del muerto" se mantiene y la mayor parte de sus errores se corrigen en "Cuernos", su siguiente novela, que aguarda turno de lectura y de la que he oído maravillas. Seguiremos informando.

Pero donde, sin duda Hill ha resultado todo un descubirmiento para un servidor ha sido en su faceta de guionista de comics, en la que ha dado forma a "Locke & key", una pesadilla con aromas de Lovercraft que, a pesar de estar aún inconclusa (en España se han publicado únicamente los doce primeros números. En USA ya andan por la vigésimosexta) resulta un espectáculo deslumbrante en que brilla tanto el guión de Joe Hill, lleno de casas encantadas, asesinos en serie, llaves misteriosas y posesiones infernales como el extraordinario dibujo del chileno Gabriel Rodríguez cuya habilidad para crear atmósferas opresivas sin gastar el tubo negro de pintura convierte cada número de la serie en una delicatessen.


No me digan que no tienen dónde elegir: relato corto, relato largo, comic.... No hay excusa para no adentrarse en el mundo tenebroso de Joe Hill y tomar uno de los senderos que ascienden hasta su morada. Da igual cual sea el elegido: todos conducen al mismo palacio, un palacio en el que ante la futura e inevitable desaparición del Rey, un príncipe oscuro comienza a forjar las armas que necesitará para volver a imponer la autoridad que instauró el padre entre sus fervientes devotos. Por el momento, el relevo parece asegurado.

sábado, 28 de mayo de 2011

Cinco razones para leer a Fernando Aramburu


1.- Es un todoterreno temático: Afincado en Alemania desde hace más de 25 años, el donostiarra Fernando Aramburu es uno de los grandes tesoros de nuestra literatura. Además de un estilo personal y fluido, heredero en muchos aspectos del mejor Eduardo Mendoza, el autor vasco domina la práctica totalidad de las asignaturas literarias: poesía, teatro, relato corto, novela, libros para niños. Parece imposible que la misma persona que describe con maestría la asfixiante atmósfera que se respira en los pueblos de Euskadi que viven bajo el terror etarra, sea capaz con similar habilidad de convertir un libro de viajes en un relato de humor desquiciado y memorable. Su sentido del ritmo y de las proporciones hace que cada libro de Aramburu respire de un modo distinto y que uno no sepa si tras pasar la página, llorará, reirá a carcajadas o, sin más, quedará sin palabras ante el despliegue lingüístico de su autor.

2- Diseña personajes en tres dimensiones:
Del mismo modo que existen personas a las que basta observar su rostro para albergar recelo, creo firmemente que existen seres humanos a los que su escaparate facial no les traiciona, y que transmiten en alta definición una honradez y una pureza de espíritu que dista mucho de resultar hueca o inexacta sino fiel reflejo de lo que alberga su interior. Fernando Aramburu es una de esas personas y lo que transmite tiene calado en su obra. Sus personajes se pueden "tocar", respiran, son físicos, reales, parecen elevarse de la letra impresa y acompañar al lector durante su paseo por las páginas. El modo en el que se expresan, sus reacciones la manera de interconectarse; todo fluye con naturalidad y el que asiste a semejante espectáculo solo puede enmudecer asombrado y seguir leyendo.

3.- Es el autor del mejor libro del año pasado: Me atrevería a decir, incluso, que es uno de los enclaves indispensables a visitar si uno desea conocer las obras literarias más redondas de lo que llevamos de siglo, pero más vale no crear demasiadas expectativas y arriesgarse al desencanto sobrevenido. "Viaje con Clara por Alemania" es un libro de viajes en el que se explora la geografía matrimonial con el mismo detalle con el que se describe a los alemanes, a sus costumbres y a sus ciudades más emblemáticas. Además de su habitual dominio del lenguaje y la narrativa, Aramburu se revela como un maestro del humor más estrambótico, provocando una sonrisa continuada durante la lectura de sus muchas e insuficientes páginas cuando no un torrente de carcajadas. Desde que lo terminé es uno de mis regalos recurrentes y pocas de mis amistades no cuentan con un ejemplar en sus estanterías. Espero que, como poco, les haya generado tanto placer como a un servidor.

4.- Sus novelas se adaptan a la pantalla...... ¡¡y funcionan!!: No es nada habitual, en la relación entre la literatura y el cine español, pero Aramburu goza de una muy interesante versión para la gran pantalla de una de sus novelas más brillantes."Bajo las estrellas", dirigida hace unos años por Félix Viscarre, adapta muy dignamente "El trompetista de Utopía", su tercera novela. Aunque suavizando sensiblemente los aspectos más crudos de su modelo escrito, la película recoge con éxito el guante de dar carne y hueso al indescriptible protagonista de la obra, Benito Lacunza (excelente Alberto San Juan) y obtiene alta puntuación a la hora de recrear esa atmósfera a medio camino entre la tragedia y la comedia en la que Benito y su hermano se mueven tras la llegada de aquél desde su fracasada carrera musical en Madrid para hacerse cargo de la herencia del padre de ambos. Excelente novela y no menos excelente película.

5.-Lucha con las mejores armas contra el terrorismo y el nacionalismo más radical: Con el libro de cuentos "Los peces de la amargura", Aramburu aplica un foco de inusitada potencia sobre las grises y los marcadamente oscuros esquinazos de lo que significa vivir en el País Vasco y hervir junto a pistoleros y partidarios de pistoleros en el caldo del día a día. A través de una decena de relatos de los que resulta imposible quedarse sólo con uno, Aramburu ofrece una visión terrible y amarga de lo que supone en Euskadi no coincidir ni en forma ni en fondo con quienes asesinan, ni con aquellos que señalan a los que aprietan el gatillo. Como es de imaginar, Aramburu recibe pocas invitaciones para participar en los foros abertzales, pero, como también es de imaginar, esto le importa bastante poco. Han pasado ya cinco años desde la publicación de "Los peces de la amargura", pero poco ha cambiado en el pensamiento de su autor: hace un par de semanas, sin ir más lejos, preguntado acerca de su opinión sobre la situación política en el País Vasco y su aparente calma tras la legalización de Bildu, Aramburu ha seguido demostrando que se afeita la lengua a diario al responder que "nunca he visto un caimán vegetariano. Son animales que comen carne y hoy en día han decidido comer vainas y acelgas democráticas".

domingo, 7 de noviembre de 2010

La madre del monstruo


Dice Rojas Marcos que existe una tendencia muy marcada a imaginar que los asesinos o los violadores son ajenos a quienes nos horrorizamos con sus crímenes, una especie diversa a la formamos los que cerramos los ojos ante el resultado de sus acciones. Es, por supuesto, un muro defensivo que levantamos para evitar asumir el hecho de que aquellos a los que llamamos monstruos comparten con nosotros hasta el último átomo de humanidad y que no surgen del infierno por generación espontánea.

Y es que lo comprendamos o no, quienes torturan o asesinan llegan a este mundo por el mismo canal que cualquiera de nosotros y, en consecuencia existe siempre una madre o un padre que, en muchas ocasiones (sin duda, en otras no) deben vivir con el remordimiento o la culpa insoportable de haber criado un monstruo. ¿Dónde me equivoqué? ¿Hubo opción de cambiar las cosas? ¿Pude detener lo que creía intuir y no lo hice? Eva, la protagonista de "Tenemos que hablar de Kevin", una excelente novela de la norteamericana Lionel Shriver a la que acabo de dar carpetazo, intenta dar respuesta a todas estas incógnitas.

La forma elegida por la escritora norteamericana para contestar a estas preguntas es epistolar, estructurando el relato en forma de largas cartas que Eva Khatchadourian escribe a su marido, Franklin, y en las que analiza todo cuanto precedió, sucedió y generó "aquel jueves" en el que el hijo de ambos, Kevin, acudió a su instituto y cosió a flechazos con su ballesta a una docena de sus compañeros de clase.

Su forzada maternidad, generada más por el deseo de no estar sola que por el de perpetuarse, los primeros indicios de que algo anda mal en Kevin (su ceñudo silencio, las rabietas incontrolables) los accidentes que empiezan a generarse a su alrededor, sus desafíos apenas encubiertos, el modo en el que manipula a cuantos permanecen en su radio de acción. Eva se culpa por aquello, por haber visto claramente la maldad que anidaba en el interior de su hijo y no haber sido capaz de detenerlo, pero también culpa a su marido por haber estado ciego y, por supuesto, nunca haber querido hablar con ella sobre lo que Kevin generaba a su alrededor. Ahora, cuando todo se desmorona a su alrededor es cuando tiene que afrontar que su hijo es, sencillamente, un monstruo. Culpa, dolor, desconsuelo, desesperanza.

No es esta, sin duda, una novela fácil de leer. Shriver no se anda por las ramas y en las cartas de Eva, aparecen en impúdica desnudez todos los males de nuestra sociedad y todo lo que permite la disolución de la familia (la falta de comunicación, la cultura televisiva, la avaricia) . "Tenemos que hablar de Kevin" es cruda, violenta y amarga (la imagen tradicional de la maternidad es pulverizada por la escritora norteamericana que no duda en poner en boca de la doliente Eva algunas frases verdaderamente demoledoras sobre lo que supone ser madre) e, incluso, esporádicamente, en sus más de 600 y absorbentes páginas hay lugar para un humor negrísimo, como petróleo concentrado, ácido, oscuro y corrosivo.

Resulta tal vez excesivo y maniqueo el retrato de Kevin como pura maldad desde su más tierna infancia y resulta poco sostenible la estupidez ilimitada con la que Franklin hace caso omiso a todos los avisos de Eva acerca del carácter diabólico de su hijo, pero esos detalles, aunque empañan un tanto el resultado final no lograr evitar que "Tenemos que hablar de Kevin" sea una obra apasionante y absorbente que no se despega de tus dedos y que pide gritos una adaptación cinematográfica con la que David Cronenberg haría maravillas.

jueves, 15 de abril de 2010

Filosofía para gatos


Sobre el escritor japonés Haruki Murakami se ha dicho casi de todo. Genial, pretencioso, vacuo, brillante, poético, apasionante, mágico, pedante, aburrido, pomposo, profundo, oscuro. Me provoca cierta pereza acercarme a este tipo de autores que polarizan tanto las opiniones. Con la enorme cantidad de libros por leer que, casi con toda seguridad sé que van a encantarme, adentrarme en territorio inexplorado no deja de ser un ejercicio algo masoquista. Eso explica que desde que mi querida Mar (¡qué ojo tienes con los libros, maja!) me regalara su obra "Kafka en la orilla" hasta que decidiera empezarlo hace unas semanas haya transcurrido más de un año. Concluida la lectura de sus casi seiscientas páginas puedo decir que estoy de acuerdo con lo que dicen de Murakami. Con todo.

No es tarea facil explicar el argumento de "Kafla en la orilla". Por un lado, tenemos a Kafka Tamura, un adolescente marcado por el abandono de su madre y por una tétrica profecía que huye del hogar paterno para encontrar su lugar en el mundo. Ese lugar, al menos inicialmente, resulta ser una biblioteca privada en la ciudad de Takamatsu . Por otra parte, Murakami nos presenta al desconcertante Señor Nakata, un anciano con enormes carencias intelectuales provocadas por un extraño incidente durante su adolescencia pero que tiene la habilidad de comunicarse con los gatos. Razones que no vienen al caso impulsan al estrafalario caballero a iniciar la búsqueda de la misteriosa "piedra de la entrada", para lo que contará con la ayuda de Hosimo, un joven camionero que abandona todo para acompañar al anciano en su aventura. Ambas historias corren paralelas, sin apenas tocarse pero, al mismo tiempo, sin que sea posible separar una de otra.

En algún sitio se ha escrito con acierto que "Kafka en la orilla" es una obra que introduce a Don Quijote y su fiel escudero en el mundo de "El guardián entre el centeno". Así, mientras en la solemne y metafórica historia del fugitivo Kafka Tamura, atrapado en una adolescencia que se le queda pequeña, se atisban rasgos del desarraigado personaje que creara Salinger hace décadas, no es difícil distinguir efluvios de las desquiciadas campañas que imaginara Cervantes para el caballero de la triste figura y su escudero en la divertida y mucho más ligera trama que afecta al anciano Nakata y su fiel Oshino.

La obra es una veleta sometida al ánimo del escritor japones que tan pronto introduce elementos de ciencia ficción (el "accidente"que sufre Nakata en su infancia) como desgrana meditaciones filosóficas sobre Bergson o Hegel. Las oscuras metáforas llenas de poesía , como las que afectan al personaje de la Señora Saeki y su relación con Kafka, conviven sin demasiadas dificultades con momentos que podrían encuadrarse sin problema en una novela de Lovercraft (el encuentro entre Nakata y el "coleccionista" de gatos). A todo ello se le unen además, múltiples referencias musicales (la importancia del llamado "trío del Archiduque", de Beethoven es capital en el libro), cinematográficas y otros elementos inclasificables que convierten "Kafka en la orilla" en una verdadera odisea que pone a prueba al lector en todo momento, haciéndolo dudar de si lo mejor es mandar el libro a paseo o disfrutar de la escritura innegablemente atractiva de Murakami.

En "Kafka en la orilla", el encantador abuelete que adorna los carteles de todos los restaurantes de la cadena norteamericana de Kentucky Fried Chicken, se convierte en un proxeneta de extrañas bellezas que practican felaciones mientras desentrañan paradojas filosóficas y el popular Johnny Walker que inmortalizan las etiquetas del whisky homónimo es en el mundo ideado de Murakami un escultor obsesionado con el mito de Edipo que, en sus ratos libres decapita y destripa gatos. Por cierto que, rizando el rizo, estos felinos, presentes a lo largo de toda la obra disponen en la mayoría de las ocasiones de la capacidad de conversar entre ellos y con algunos humanos, dando lugar a algunos de los mejores momentos de la novela. Si alguna vez "Kafka en la orilla" disfrutara (o padeciera, nunca se sabe) de una adaptación cinematográfica, el elegido para llevarla a cabo, sin duda debería ser David Lynch, cuyo universo, sin duda, guarda no pocos vínculos con el de Murakami.

Me quedo, pues, como al principio, sin saber qué hacer. Si recomendar su lectura y disfrutar de la fascinación que produce su aire irreal y vagabundo, o, por el contrario, iniciar una cruzada para evitar que esta obra confusa y árida penetre en más hogares. Nakata me parece uno de los mejores personajes literarios de los últimos años, pero me desespera la pastosa elocuencia de Ôshima. En muchos momentos, estaba tentado de arrojar el libro al rincón más alejado de la casa, cansado de asistir a tormentas de sanguijuelas y bosques llenos de soldados imaginarios y, sin embargo, las casi setecientas páginas de "Crónica del pájaro que da cuerda al mundo", otra de las obras de Murakami, guarda puesto de lectura desde hace un par de días. Al menos, al hombre hay que reconocerle que sabe evitar las aguas tibias y no provoca indiferencia, lo que ya es bastante, en mi opinión.