domingo, 3 de agosto de 2008

Damas y caballeros......Patricia Winot

Con unos inconcebibles cuatro kilos y medio y luciendo más de medio metro de altura apareció finalmente hace una semana la esperada Patricia Winot Flanching, única heredera del emporio blogosférico Winot & Flanching, Sociedad Ilimitada, belleza de alto calibre y, desde el momento en el que hizo acto de presencia, sol alrededor del que todo gira.

Su llegada ha sido, como diría nuestro presidente, un proceso largo, duro y difícil. Anunció su llegada con casi veinte horas de adelanto y en ese plazo, nos dio tiempo a ir y volver del hospital un par de veces, padecer a una comadrona que haría retroceder aterrorizado al mismo Hannibal Lecter y una espera de varias horas en la que la adorable Señora de Winot fue asaeteada por terribles contracciones (no hay nada peor que ver sufrir a la persona que amas y no poder hacer nada para evitarlo) y por las manos innobles y carentes de tacto de la comadrona Krueger.

Finalmente, apenas pasadas las nueve de la noche, una enfermera me trajo un paquetito rosa, lleno de pelo que chupaba con ansiedad cuanto quedaba a su alcance y que luchaba con sobrecogedora energía por abrir los ojos y echar un vistazo a lo que, hasta ese momento, era oscuridad, calor y bienestar y que, en un parpadeo, había cambiado por siempre jamás. Decir que ese momento se grabó a fuego en mi mente puede parecer una obviedad, pero no por ello deja de ser cierto.

Desde entonces hasta ahora, Patricia se ha encargado de demostrarnos que en el tema de la paternidad, todos partimos de cero y de poco valen cuantas experiencias previas tengamos. Al igual que ella ha llegado a un mundo que no comprende, tampoco nosotros pasamos a vivir en el mismo universo en el que nos desarrollábamos. La vida se voltea y el engranaje que la hace girar demuestra que sus posibilidades son infinitas y que lo habitual puede convierte en extraordinario de un día para otro.

Patricia es voraz. Y exigente. Reclama lo que necesita y, por ahora, además de alimento, cariño y ciudados, lo que más precisa es tiempo, dedicación. Minutos, horas, días. Cualquier segundo es bueno para descubrir algo nuevo que la tranquilice, que la sacie o que la haga feliz y no duda en pedirlo con fuerza y con constancia, de día y de noche. Pero es buena pagadora y cumple gentilmente con su parte del trato. Si vosotros pudierais ver las gestos, los mohines o las miradas con las que ella paga por este sacrificio, estoy seguro de que también aceptaríais gustosos el acuerdo.

viernes, 18 de julio de 2008

Cantando y bailando


Cuando esta mañana el dueño del bar donde acostumbro a tomar café me ha saludado entonando una canción con inusitada habilidad me he quedado francamente sorprendido. Pero, cuando los clientes que, a tan temprana hora, dormitaban sobre la barra, se han levantado de golpe y se han marcado una ajustada coreografía que incluía mortales y piruetas no podía dejar de pensar si estaba soñando. Lo mejor es que yo les he contestado a todos cantando con no poco estilo y aplomo. Raro, ¿no?

Y, sin embargo, esta situación que de haber ocurrido en realidad, me habría llevado a preguntar a los parroquianos matinales si quedaba lejos el sitio donde habían adquirido los cigarritos de la risa que les llevaban a actuar así, se convierte en algo cómodamente instalado en la cotidaniedad cuando de cine musical se trata. El poder de las películas no solo logra que creamos en los fantasmas, o que nos veamos capaces de conseguir que la chica de nuestros sueños abandone al guapo ejecutivo de noble corazón. También logra que esa utópica pero ilusionante imagen de gente que canta y baila a nuestro alrededor en el día a día, resulte no sólo creible sino atractiva y deseable.

En la actualidad, el género está en franca decadencia. Apenas surgen musicales mínimamente aceptales y el cine, hoy, a tono con la realidad grisacea que nos ha tocado en suerte, prefiere historias más centradas en el lado sórdido de la vida y deja de lado a esa gente imposible que ama, llora y se divierte bajo las notas de una orquesta invisible que tejen para ellos la banda sonora de sus días. Afortunadamente siempre nos quedará la oportunidad de imaginar lo que sería algo así a través de músicales tan intemporales e irrepetibles como los que siguen.

CANTANDO BAJO LA LLUVIA (STANLEY DONNER Y GENE KELLY, 1952): No sólo es le mejor musical de todos los tiempos, sino una obra cumbre del cine. Fresca, divertida, ácida, romántica. Números como "Make'em laugh", el baile onírico con la bellísima Cid Charise o el incomparable "Singin' in the rain" que fue rodado en una sola toma y con el amigo Gene sudando a cuarenta grados de fiebre son hitos inigualados del cine y fuente de energía positiva desde hace más de medio siglo. A pesar del tiempo transcurrido y de lo mucho que han cambiado las cosas, el tiempo no ha hecho mella en este monumento lleno de humor (la primera aparición de Gene Kelly contando sus orígenes), buenas interpretaciones (mención especial a la inmensa Jean Hagen) y unos números musicales como pocas veces se han visto en una pantalla. Por favor, que a nadie se le ocurra perpetrar un "remake".

WEST SIDE STORY (ROBERT WISE Y JEROME ROBBINS, 1962): Ni más ni menos que diez oscars se llevó esta revisión del mito de Romeo y Julieta trasladada al conflictivo West Side de New York. Por obra y arte del cine, Capuletos y Montescos se convierten en Jets y Sharks, bandas callejeras enfrentadas por el control del barrio, mientras que María y Tony sustituyen a los eternos amantes creados por Shakesperare hace más de cuatrocientos años. El famoso "America", "I feel pretty", "Tonight" o el estremecedor "Somewhere", del que años después, Tom Waits hiciera una versión no menos magistral, han sonado en mi tocadiscos primero (de hecho, fue el primer LP que compró el que suscribe en toda su vida) y en mi Ipod después sin interrupción destacable desde hace años. Una obra maestra.

CABARET (BOB FOSSE, 1972): Entre ese iniciático "Willkomen, bienvenu, wellcome..... im cabaret, au cabaret, to cabaret" con el que el genial y justo ganador del oscar, Joel Grey nos introduce en la película, hasta ese desolador crisol de rostros deformados con el que concluye esta genialidad del nortemaericano Bob Fosse asisitmos a algunos de los números musicales más grandes de la historia. Magnífico coreógrafo, melómano empedernido y espléndido director, Fosse crea maravillas como "Cabaret", el celebre "Money,money", o esa maravilla que es "Maybe this time". A pesar del odio irrefenable que siento por el elefantuno Michael York y lo mal que me cae Liza Minelli en general y en esta película en particular, sus poco más de dos horas, solo puede definirse como magistrales. Sin embargo, el gran Bob Fosse no se quedó contento con pasar a la historia por esta obra y, siete años después, ofreció a quien quiso verla, otra obra maestra de nombre.......

ALL THAT JAZZ (BOB FOSSE, 1979): En esta ocasión, el afan experimental y la tétrica temática de la película, una especie de "Cronica de una muerte anunciada" pasada por la batidora musical de Fosse, impidieron el pleno en crítica y público, pero que nadie se engañe, "All that jazz" es una obra maestra del cine. El recientemente fallecido Roy Scheider, se embarcó en esta paseo por la muerte tras vérselas por segunda vez con un escualo con malas pulgas y, quizás de esa experiencia y por la apabullante y narcotizada mirada de Fosse surgió un musical majestuoso, impresionante y espectacular que mezcla Vivaldi con melodías modernas sin sonrojo alguno. "Bye, bye love", el explosivo y perturbador número final de más de diez minutos de duración es un espectáculo verdaderamente incomparable al que un servidor nunca se aburre de asisitir.

MOULIN ROUGE (BAZZ LUHRMANN, 2001): En el año en el que el paranoico Stanley Kubrick situó su aburrida odisea espacial, vio la luz el último gran musical que ha dado la industria del cine. Reconozco que no entré a la primera en el anfetamínico mundo del director australiano. Pero tras un segundo intento, dejando a un lado todo lo visto hasta entonces y permitiendo fluir las imágenes sin el filtro de la tradición, no pude sino rendirme ante el despliegue de talento del que Luhrmann hace gala para contar esta, eso sí, tópica historia de amores imposibles que la pirotecnia visual del australiano convierte en un espectaculo deslumbrante. El carisma abrasador de una bellísima Nicole Kidman y el sorprendente Ewan Mc Gregor, muy alejado de sus patochadas habituales se cruzan con vertiginosos números musicales y arreglos imposibles que adaptan a los nuevos tiempos grandes clásicos del pop y el rock de los ochenta y noventa como "Roxanne","Your song" o "The show must go on". Con películas así, uno se reconcilia con la vida. Lástima que no salgan más

viernes, 11 de julio de 2008

Cada miércoles


Cada uno tiene sus pequeños vicios ocultos, sus secretos inconfesables. Pequeñas perversiones que desentonan por completo con nuestra forma de pensar y que, con no poco pudor, nos cuesta reconocer. Imaginemos a un Ferrán Adriá que, en plena entrevista, sobre el sorbete de nitrógeno sublimado soltara sin mediar preaviso que, cuando el hambre aprieta, cierra sus fauces sobre una hamburguesa gigante del Mc Donalds. Indudablemente está en su derecho, pero no dejaría de resultar chocante y llamativo.

Sin duda no tan llamativo y chocante, pero igualmente, secreto e inconfesable es el vicio que me está llevando desde hace semanas a acostarme todos los martes a altas horas de la madrugada para no perder un minuto de la edición 2008 de......... ¡¡¡¡¡¡ Operación Triunfo!!!!

Sí, amigos. El adalid de la lucha contra la telebasura, el melómano que se recrea en los mejores temas del rock'n'roll y que sería capaz de retar a duelo con florete a quien se ponga por delante por una buena entrada para el Teatro Real, cada madrugada de martes se desloma en su cama con los ojos como ventosas e inconfundible expresión de pecador reciente, anhelando la gala de la semana que viene como maná caído del cielo.

Podría entrar a analizar el sustrato sociológico y el mecanismo sicopedagógico que nos incita a mi muy embarazada mujer y a un servidor a saltar de alegría cuando nuestro favorito salva el pellejo o cuando el inenarrable Risto Mejide escupe veneno en sus comentarios a aquellos que más detestamos. Sin embargo, no lo voy a hacer ya que, además de muy pesado, sería falaz e inadecuado. "Operación Triunfo 2008" hay que vivirla con el estómago. Nada racional puede explicarlo.

Por eso mismo, queremos que la tremenda Virginia gane el concurso y, para ello, estamos dispuestos a dejarnos un par de euros en mandar mensajes o llamar a carísimos teléfonos especiales para que eso se produzca. Y por supuesto, cuando sea editado su disco, ambos haremos cola para llevarnos a casa su voz extraña y encantadora.

Por la misma y visceral razón, odiábamos al llorica de Iván y a la pedorra de Esther, siempre escocida y pegada a esa versión de Bisbal con enfermedad degenerativa que era su padre. Las expulsiones del impresentable de Jorge "el terror de las nenas" y de la muy varonil Sandra han motivado las últimas aperturas de botellas de cava en mi casa.

Las trifulcas entre los miembros del jurado aunque claramente preparadas al milímetro nos resultan creíbles y no vemos el momento de que Risto y Noemí dejen fluir la tensión sexual que les une y tras desangrarse a palabras se fundan en un beso apasionado que haga brillar la calva de Javier Llano y cierre la bocaza de la aburridísima Coco Comí y su incesante cháchara.

Además, está el gran Jesús Vázquez, todoterreno televisivo que convierte los errores en aciertos y el gran histrión que es Ángel Llacer que, afortunadamente, ha mandado fuera de las pantallas al palizas de Kike Santander que sumergía en el sopor con sus interminables parrafadas a concursantes y espectadores por igual en anteriores ediciones.

Cada miércoles cuando suena, siempre demasiado pronto la alarma que me indica que da inicio un nuevo día, me odio por malgastar el día anterior mis horas de sueño ante el televisor para ver a un grupo de seres a los nada me une y que nada bueno me proporcionarán en el futuro. Cada miércoles me digo que es la última vez, que el martes que viene, olvido mi cita con Virginia y los que intentan inútilmente arrebatarle el título de ganadora y, en su lugar, me enfrasco en la lectura de un buen libro, veo una película de calidad o escucho nuevamente la "Tosca" de María Callas. Y así, cada miércoles.

sábado, 5 de julio de 2008

Carta a Miguel

Estimado Miguel:

Lo que tengo que decirte es breve y probablemente anecdótico. No quiero importunarte en estos momentos. Seguramente, estarás reposando tras la intensa semana que llevas arrastrando tras tu acto de rebeldía en el Congreso. Desde tu debate con Gallardón, fotografía en mano y tu rechazo al escaño que tus votantes te asignaron en las elecciones municipales de hace unos meses, nunca habías estado tan en boca de todos. En fin, que me voy por peteneras y, al final, me voy a quedar sin decir lo que quiero decir.

Me encantan las corbatas. Por razones de trabajo, las uso desde que tenía veinticinco años y puedo decir que dispongo de una muy respetable colección de ellas. Nunca he sido un vanguardista en mi forma de vestir. Pero si en algo me he permitido alguna salida de tono (ligera, la verdad, nada grave) ha sido en las corbatas. Me gustan de colores vivos, con filigranas, con topos, lisas y con dibujo, de lana, de seda, estrechas, gruesas. Además, dentro de mi escasa habilidad con las manos, puedo presumir de saber hacer todo tipo de nudos (Windsor, cruzado, doble). En resumen, y por no hacer muy largo el tema, que seguro que andas liado, debo reconocer que me gustan las corbatas.

Nunca he entendido, por tanto, su mala fama. En realidad, una corbata no es mas que un trozo de tela que, incomprensiblemente, una vez, alguien se anudo alrededor del cuello (algún suicida frustrado, tal vez) y creo escuela. Sin embargo, por llevar una, te pueden acusar de imperialista, capitalista, alienado, facha y, desde tu actuación del miércoles, enemigo del medio ambiente y no descarto que terminen acusándonos de ser siervos de George Bush o detonantes del deshielo del Ártico. Los sindicalistas evitan el contacto con ellas y cuando los políticos pretenden acercarse al ciudadano las abandonan a su suerte y reniegan de su presencia. Francamente, me parece mucha tela y disculpa el chiste fácil.

Si lo que se pretende es controlar el uso compulsivo del aire acondicionado en el país en general y en el Congreso en particular, me parecen mucho más útiles otros medios que condenen a las sufridas y vistosas corbatas al ostracismo. A bote pronto se me ocurre, por ejemplo, la instalación de baldes de agua en el suelo de los escaños para refrescar los pies, la obligatoriedad de las bermudas, la sustitución de las camisas de manga largas por amplias y coloridas guayaberas venezolanas, la instauración del abanico toledano como medio oficial de ventilación respetuosa con el medio ambiente o los zapatos de rejilla con plantilla transpirable. Otra cosa es que lo que se pretenda sea desviar la atención del público desde lo principal (bochornosa comparecencia de tu presidente, tibios apoyos mediáticos y datos económicos que provocan la congelación de las sonrisas) hasta lo anecdótico y pueril, corbata mediante.

Por eso, Miguel, y para no crear confusión acerca de tus intenciones (porque hay gente para todo, qué te voy a contar) te emplazo a que busques otro modo de luchar por un titular socorrido o, en su caso, por el medio ambiente. Eso sí, deja siempre la corbata en el bolsillo de la chaqueta. Nunca se sabe si algún día la necesitarás para hacerte un torniquete en el brazo que te seccione el sablazo de la luz, la gasolina o la hipoteca. Si no la llevas y pierdes la extremidad, no podrás ponérte corbata posteriormente. Aunque el tiempo acompañe.

Un cálido saludo,

T.W.

sábado, 28 de junio de 2008

Vida y música

Hace algún tiempo, emitieron un reportaje por televisión que analizaba la importancia de la música en las películas. Secuencias de arrebatadora fuerza y dramatismo quedaban en brisa mañanera cuando eran nuevamente emitidas sin la presencia de la música. A mi vida le pasa algo parecido.

La música siempre ha estado presente en mis días. Imposibilitado de nacimiento para el manejo de cualquier instrumento musical ajeno al triángulo o la zambomba, el encantamiento al que me sometió la música desde mi infancia me llevó a desarrollar una voracidad auditiva ciertamente insaciable. Desde pequeño escuchaba todo tipo de estilos: los cantautores de mi madre, las coplas de mi padre y las decenas de discos que mi tío traía de Alemania y que hacíamos sonar en un jurásico tocadiscos que aun respira en algún remoto lugar de mi casa paterna.

Para mí, "Have I told you lately that I love you", de Van Morrison siempre irá íntimamente unida a mis primeras citas con quien hoy es mi mujer, "Lust for life" me hara recordar eternamente la universidad y el preludio del primer acto de la wagneriana ópera "Lohengrin" es, por siempre jamás, el día de mi boda. Si tuviera que editar un disco que incluyera la banda sonora de mi vida, tendría por delante una ardua tarea, pero, sin duda, algunas de estas canciones estarían incluidas.

ALL ALONG THE WATCHTOWER (BOB DYLAN): Hasta Bryan Ferry (gran artista, pero con un estilo a años luz del requerido por este bombazo guitarrero) se ha lanzado a versionar este clásico de Bob Dylan y ha salido victorioso. ¿Mi versión favorita? Sin duda, la incendiaria lectura del inigualable Jimi Hendrix. Un prodigio.

GIMME SHELTER (THE ROLLING STONES): Facilmente podría llevar diez años sin escucharla y Martin Scorsese la sacó de mi limbo mental al introducirla con su habitual buen gusto musical en los primeros planos de "Infiltrados". Ideal para levantarse por las mañanas con las pilas en carga total.

LONDON CALLING (THE CLASH): Fue mi primer contacto con esta tremebunda banda y, aunque luego descubrí sus primeros discos y encontré temas aún mejores, siempre tendrá un sitio especial en mi discoteca vital. La portada del disco del mismo nombre, con Paul Simonon machacando su bajo contra el suelo es todo un emblema en la historia del rock.

WISH YOU WERE HERE (PINK FLOYD): Alguien busca en la radio una emisora a su gusto. Tras varios segundo, el sonido se aclara y alguien toca unos acordes con su guitarra. Al anónimo oyente parece gustarle y al poco rato le escuchamos puntear sobre las notas que emite la radio. Las dos melodías se acoplan, la peculiar voz de Roger Waters comienza a sonar y..... el resto es historia.

HOTEL CALIFORNIA (THE EAGLES): Los seis minutos y pico mejor aprovechados de la historia del rock. Inquietante, oscura y con un solo de guitarra que rompe esquemas. Stephen King y Stanley Kubrick le deben mucho a este tema. Durante una época, llegué a grabar la parte del solo en una cinta (¡¡una cinta, qué tiempos!!) hasta que llené los sesenta minutos. Obsesivo que es uno.

LATELY (STEVIE WONDER): Con apenas trece años, huérfano y ciego desde el nacimiento, el señor Wonder ya grababa temas para la mítica Motown. Desde entonces y hasta ahora, su carrera es deslumbrante. Pop, soul, reagge, rock and roll. Todo ha pasado por sus manos y en todo ha destacado. A mi me ganó con sus baladas y concretamente, con ésta de 1981, pero nadie debería perderse algunos trallazos que han sido revisados, entre otros, por gente tan, en principo alejada de su estilo como Red Hot Chilli Peppers o Stevie Ray Vaughan, entre otros.

DIAMOND DOGS (DAVID BOWIE): El camaleón del rock desatado por completo. Desde la alucinógena portada del disco del mismo nombre, con Bowie convertido en una especie de híbrido entre perro y humano, vemos claramente que lo que se nos viene encima es único e irrepetible. Todas las canciones son de primera calidad, pero "Diamond dogs"es caso aparte. Con este tema guitarrero y obsesivo se abrió para un servidor el inigualable mundo del gran Duque Blanco. Ninguna prisa por salir de él.

IT´S NOT UNUSUAL (TOM JONES): Que levanten el dedo del ratón los que no se hayan desmelenado en una discoteca o en una fiesta al ritmo de este temazo. Los pasajeros de "Vacaciones en el mar", seguro que lo bailaban a menudo. Y en general, es garantía de éxito cuando una fiesta languidece. Siendo una canción tan popular, no conozco versión alguna de la mismo. Es lo que pasa cuando se logra la perfección.

LIKE A HURRICANE (NEIL YOUNG): ¿Qué hubiera sido del grounge sin el gran Neil Young? Nada, posiblemente. Sus guitarrazos inmisericordes, sus atmósferas oscuras y opresivas y la excepcional poesía de sus letras que en esta canción alcanzan cotas deslumbrantes, fueron pilares fundamentales para el posterior nacimiento del movimiento musical más importante de los noventa. He intentado encontrar una canción mala en alguno de los más de cincuenta discos del canadiense. Sigo buscando.

CRYING (ROY ORBISON): Al gran Roy ya le dediqué su propia entrada hace un buen montón de meses y a ella remito al que esté interesado en su atribulada existencia (La aguja en el pajar). Sus buenas canciones se cuentan por docenas, pero ésta me llega de manera especial. La escuché por primera vez en una versión moderna que Big O cantó junto a K.D. Lang en sus últimos años y, sin duda, no es recomendable en días oscuros o tristes. Melancolía sublimada.

ALLISON (THE PIXIES): Un recorrido por la música que ha marcado mis días no estaría completa sin la banda de Boston con el inconmensurable Black Francis a la cabeza. Duraron poco y he oido que han vuelto recientemente, pero, prefiero no arriesgarme a que me defrauden y guardar en el recuerdo sus maravillosos cuatro primeros discos, entre los que destaca esta bomba de relojería que pasa en un suspiro y que marcó su cénit insuperado.

WELCOME TO THE JUNGLE (GUNS'N'ROSES): A pesar de que sus últimas apariciones, con tan solo el megalómano Axl Rose como superviviente de la formación original, han resultado patéticas y lamentables, no hay que olvidar el peso específico que esta banda tuvo durante los últimos años ochenta. A la espera de que el eternamente retrasado "Chinese democracy" salga a la venta a finales de año, me quedo con la fuerza arrasadora con la que irrumpieron en la escena discográfica allá por 1987 con Axl chirriando este mítico "You know where you are? You're in the jungle, baby. You're gonna dieeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee".

martes, 17 de junio de 2008

Fácil, fácil


En el centro de Madrid, e imagino que en el de la mayoría de las grandes ciudades, suele ser habitual padecer el acoso de una nube de sujetos que, cada pocos pasos, sale a tu encuentro a solicitar, cuando no a exigir y generalmente en forma de firma autógrafa, tu apoyo para una asombrosa multiplicidad de causas y campañas que van desde la instauración de la república a la defensa del hábitat natural del mapache azteca.

Normalmente no suelo hacer mucho caso a este tipo de iniciativas. O bien me repele el modo en el que el voluntario de turno intenta minar tu resistencia por la vía del cargo de conciencia o apelando a tu falta de solidaridad o bien es la causa defendida la que, sencillamente, no logra traspasar la coraza que crea la vida cotidiana en una ciudad como la mía. Pero, a Dios pongo por testigo que si hubiera encontrado algún respetable cruzado que pidiera firmas para que al pamplinas de Federico Jiménez Losantos le bajaran un poco los humos a golpe de condena judicial, hubiera firmado con sumo gusto y no poco desparpajo para apoyar tan noble causa.

Suelen desagradarme profundamente las personas que tienen el convencimiento de que las opiniones, cuanto más vulgarmente se expresan, más cerca se encuentra el mensaje de alcanzar a sus destinatarios. Esta actitud no sólo muestra el convencimiento de que existe una profunda necedad congénita en aquellos a quienes va dirigido, sino que, además pretende colocar en una injustificada primacía a quienes utilizan este medio para lanzar sus proclamas. Si a eso le añades que tampoco puedo soportar a quienes insisten en denunciar que en el desfile todos marcamos mal el paso menos ellos, es obvio que pocas cosas nos unen al amigo Federico y a un servidor.

Decía Montesquieu que la libertad es el derecho a hacer lo que las leyes permiten y pocas cosas más ciertas existen en una sociedad que pretenda convivir de manera pacífica. Seas periodista, cura, portero de discoteca o mamporrero, existen una serie de normas que limitan tus derechos y los interconectan con los de quienes te rodean, sean éstos otros periodistas, jueces o, por supuesto, alcaldes. Por tanto, si las leyes establecen que injuriar o calumniar a un ciudadano, acusándolo de encubridor, corrupto, traidor y otras lindezas es constitutivo de delito y su comisión lleva aparejada una pena determinada, no hay libertad ni libertinaje de expresión que ampare semejantes hechos y permita la impunidad de quienes de tal modo acusan sin más prueba que la convicción moral o la iluminación divina.

Si el amigo Losantos considera que para transmitir una determinada opinión es preciso insultar, injuriar y humillar a una persona no seré yo quien se lo vaya a impedir, aunque me parezca el modo más fácil, obvio y simple de hacerlo. Pero tampoco será un servidor el que se mese los cabellos y hable de conspiraciones y variadas traiciones cuando una, o mil, de sus víctimas dialécticas, se salga por la tangente y le meta una querella en condiciones. Conmigo que tampoco cuente para defenderle como eje de la libertad de expresión y prueba viviente de que en mi país existe una mordaza mediática que asfixia a nobles y voluntariosos periodistas porque quienes eso pretendan y a tales efectos me acosen en la calle, bolígrafo en ristre se encontrarán con un sonoro "anda y que le den al capullo de Federico". Porque ser zafio y ordinario en la defensa de una causa es muy fácil y, en realidad, está al alcance de cualquiera.

martes, 10 de junio de 2008

Todo es posible


Acaba de llegar una carta de mi banco en la que me informan de que el tipo de interés de mi hipoteca ha subido al más puro estilo "Toy Story", es decir, "hasta el infinito... y más allá". Yo pensaba que sería por la crisis y por la espantosa gestión de la inflación que han realizado los Bancos Centrales de medio mundo, pero como resulta que, según el gobierno, no hay crisis y que los mencionados Bancos Centrales no hacen más que recomendar actuaciones para paliarla, por mucho que hayan colaborado en gran medida en crearla, la verdad es que ando despistado. De todos modos, no pienso callarme. Lo llevan claro.

Para empezar, voy a bajar a la sucursal y les voy a montar un circo que ríete tú del de Ángel Cristo. Espero que los miembros (y miembras) de la plantilla atiendan mi petición y devuelvan a la corteza terrestre mi tipo de interés. Si no es así, me voy a ver obligado a recurrir al teléfono onanista que ha puesto en marcha el Ministerio de Igualdad con alguno de sus 43 millones de euros de presupuesto para no terminar en la cárcel, como acabará el miembro del Foro de Ermua que golpeó con su idem la bota de un pacífico nacionalista vasco hace unos meses y que ha sido denunciado por el agredido y su malherido calzado. Al pobre (o pobra) que le toque en suerte atender mi llamada, le va a caer una lluvia de tortas auditivas capaz de clausurar el trasvase del Ebro a Barcelona. Y no paro aquí.

Si me veo obligado a salir con un no por respuesta de mi sucursal, me voy a plantar en el portal de mi casa con la selección rusa de fútbol y con semejantes paquetes voy a bloquear la entrada al edificio y no voy a dejar pasar ni a un solo vecino a su casa. A lo mejor, hasta les insulto y, si alguno supera la barrera, lo que tampoco parece tan difícil, le llamo esquirol o antipatriota o me cago en sus muelas. Ya veré. Sí, ya sé que no tienen la culpa, pero a los transportistas va a funcionarles un sistema parecido y les compensarán por la subida del combustible (que al parecer no sube para los demás), de modo que no veo razones para que no me sirva y me bajen el tipo de interés. Ya os contaré, pero seguro que triunfo. En este país todo es posible.