
Anoche, tras el enésimo intento de encontrar algún interés o sentido a la sexta (y decepcionante) temporada de "Lost" y aprovechando que la bella señora Winot hacía tiempo que estaba en los brazos de Morfeo (el único al que le permito ese tipo de comportamiento), servidor se dispuso a practicar uno de sus deportes favoritos que no es otro que ver películas de miedo en la oscuridad del salón parapetado tras una protectora muralla de cojines. ¿La elegida?, "Rec 2", que tras la saludable experiencia que supuso la primera entrega, guardaba su turno desde hacía unas semanas. ¿El resultado? Sin duda, no era mi noche y, siguiendo la estela de la velada, me aburrí como un becerro.
Las secuelas suelen producir ese efecto "adormidera" generado por el indisimulado deseo de sus responsables en forrarse la patilla y que es indirectamente proporcional al talento aplicado al proyecto, el cual, por lo general, se basa en un alargamiento de la idea original sin tener en cuenta que hasta John Holmes tenía sus limitaciones. Mas de lo mismo pero más alto suele ser un resumen bastante acertado de las películas adornadas con números romanos. Pero, a veces, se produce el milagro y la secuela en cuestión aporta las suficientes novedades no solo para estar a la altura de su predecesora o predecesoras sino, en ocasiones, para superarla ampliamente y configurar su propia personalidad. Las siete siguientes, por ejemplo, una para cada día de la semana, pueden ser buenos ejemplos de tan honrosas excepciones.
EL PADRINO II, DE FRANCIS FORD COPPOLA (1974): Aún partiendo de la base de que la trilogía de Coppola es, en mi opinión un cuerpo compacto que sólo adquiere su verdadero sentido si se contempla en su conjunto, es evidente que, en su segunda entrega, de un atrevimiento formal para la época ciertamente asombroso, las vicisitudes de la familia Corleone adquieren un tinte de perfección que ha sido igualado pocas veces. A ello no es ajeno un reparto impecable (Al Pacino nunca ha estado mejor), un guión que perfecciona el mecanismo de los relojes suizos (la conversación final entre Michael y su hermano Fredo hiela la sangre) y un Francis Ford Coppola en incomparable estado de forma. Con el permiso de mi adorada "La huella", tal vez sea la película por definición.
LAS DOS TORRES, DE PETER JACKSON (2002): A pesar de padecer la tortura de los arbolitos parlantes y de no contar con el gran Sean Bean, la segunda parte de la megalómana trilogía de Peter Jackson sobre "El Señor de los Anillos" corrige y perfecciona a su predesora, introduce al gran Gollum (increible Andy Serkis) y en su (largo) tramo final, deja al espectador completamente clavado a la butaca con la espectacular batalla en el Abismo de Helm que, a día de hoy, sigue siendo el mayor prodigio de efectos especiales que servidor ha contemplado en una pantalla de cine. Con permiso de las que la flanquean y sin desmerecerlas los más mínimo, es sin duda, la mejor de la serie.
SUPERMAN II, DE RICHARD LESTER (1980): El hombre de acero siempre me ha caido gordo y su identidad civil no le va a la zaga. No termino de conectar con un personaje tan bueno, tan invulnerable y, por todo ello, tan previsible. Tal vez por eso, esta atípica secuela, en la que tirios y troyanos patean su kryptoniano trasero al héroe de Metrópolis, con el gran Terence Stamp como villano de la función y en la que uno tiene el placer de contemplar a Clark Kent dorándose el carrillo con su personalidad superhumana en un desgüace de coches sea en mi opinión, muy superior a su predecesora y merecedora, por tanto, de una alta calificación a pesar del sopor que me produce el personaje.
GREMLINS II, DE JOE DANTE (1990): O nadie daba un duro por esta secuela o el poder de Joe Dante por aquel entonces en la Industria era muy superior al que se le suponía. La segunda entrega de los parientes lunáticos de Gizmo constituye un espectáculo surrealista que guarda casi nula relación con la clásica y muy eficaz estructura de su predecesora. Apariciones de Hulk Hogan y Christopher Lee, guiños confesos a Batman y Rambo entre otros personajes de ficción, un edificio inteligente que hubiera hecho las delicias de Terry Gillian , criaturas que atraviesan la pantalla para hablar con el espectador y un aire de irreverencia general la mar de refrescante son los elementos más representativos de esta joya a recuperar.
EL MITO DE BOURNE, DE PAUL GREENGRASS (2004): Me revienta el montaje adrenálitico con el que algunos directores intentan ocultar que son incapaces de filmar secuencias de acción. El introspectivo Marc Foster, que destrozó el año pasado la prometedora "Quantum of solace" es un claro ejemplo de lo que digo. Este tipo de cosas solo se las perdono a Tony Scott y a Paul Greengrass. Cualquiera de los dos podría haberse encargado de esta segunda entrega del agente amnésico que ideara Robert Ludlum, pero le tocó a Pablo Hierbaverde que convirtió los solemnes mimbres de la película inagural en una batidora deslumbrante llena de peleas, tiroteos y persecuciones en la que los planos duran apenas dos segundos y la irritación que eso provoca desaparece con la misma rapidez gracias a una historia con ritmo, interés y emoción desbocada.
EL CABALLERO OSCURO, DE CHRISTOPHER NOLAN (2008): Confieso que me aburrí soberanamente con "Batman Beguins". La impericia del director de "Memento" para mantener el ritmo que una película de estas caracterísiticas necesita lastra una cinta fallida, amorcillada y, sencillamente, aburrida. Ignoro el brebaje que consumió Nolan antes de iniciar el rodaje de esta segunda entrega, pero todo aquello que fallaba en su primer acercamiento al torturado defensor de Gotham encaja como un guante en esta lograda cinta que, a medio camino entre la aventura total y el retrato sicológico, se ha colocado de manera casi indiscutida en un hito del género que va a ser difícil superar. Por la misma razón, el próximo villano cinematográfico va a tener el duro trabajo para hacer olvidar a Heath Ledger como encarnación del mal en estado puro.
ALIENS, DE JAMES CAMERON (1986): Si en la primera entrega un único Alien se encargaba de una tripulación (casi) completa, en esta primorosa secuela, miles de aquellas criaturas se las ven y se las desean para acabar con una Teniente Ripley a la que los años en hibernación parecen haberle sentado maravillosamente, convirtiéndola en la hermana pequeña de Rambo. Con un ritmo frenético al que no es ajena la extraordinaria banda sonora de James Horner, "Aliens" es todo aquello que Ridley Scott evitó en la primera entrega de la saga. En cierto modo, traiciona su espíritu, saturando la pantalla de criaturas y sustituyendo la atmosfera opresiva del original por una montaña rusa, pero eso, al asombrado espectador, poco le importa.