miércoles, 26 de mayo de 2010

En otras palabras: Ramón (Cinemadreamer)


Tras las aportaciones de Azid Phreak y Angel "Verbal" Kint a esta sección (muy popular, a juzgar por el incremento de visitas y comentarios que el ladrillo experimenta durante la estancia de las entradas en primera linea de playa) es el turno del enciclopédico Ramón, que en su excelente "Cinemadreamer" desmenuza como pocos, cuantos metros de celuloide pasan por su retina. Atención a su exhaustivo especial sobre la saga "Star Wars" que durante este mes de mayo ha monopolizado su bitácora y atención también al cambio de tercio que se ha marcado en el artículo que da contenido a esta nueva entrega. ¿Quién se sienta a nuestro lado? Que la disfruten. Merece la pena.

INVISIBLES

Estaba el otro día rodeado de gente. Puede que en una reunión. Puede que en la calle esperando a que el semáforo cambiara a verde. No importa. Lo que importa es lo que sentí al estar así. Invisibilidad. Ni yo era nadie para aquellas personas ni ellas lo eran para mí. Caminamos y nos movemos entre una marea de gente sin ser conscientes de lo irrelevante que resulta nuestra existencia para el mundo. Fue en ese momento cuando empecé a darle vueltas al coco, cosa mala según dicen, y a pensar en las personas.


Los seres humanos somos egoístas e hipócritas. Casi siempre nos movemos en beneficio propio. Por mucho que nos engañemos, es así. Si vamos a una entrevista de trabajo en que competimos con un conocido rezamos por que nos den el puesto a nosotros, por mucho que le deseemos suerte al compañero. Cuando nos ofrecemos a acompañar a una chica a casa y accede, siempre deseamos que una vez allí nos invite a entrar en su piso. Cuando colaboramos con alguna ONG o similar pensando ayudar a los pobres desfavorecidos, en realidad lo hacemos por sentirnos mejor con nosotros mismos.


Lo peor del tema es que no nos detenemos a pensar en que nada de lo que hacemos en nuestro beneficio será recordado. ¿Quién recordará dentro de 70 años que alguien logró sacar la nota más alta de cuantas se han sacado en un examen, da igual la materia o el grado, salvo el individuo que lo ha conseguido y sus allegados? Seguramente nadie, a no ser que ese hombre consiga algo más allá de un puesto de trabajo bien remunerado, que consiga algo beneficioso para todos, ya sea un descubrimiento científico, una cura contra el cáncer o una obra artística de gran relevancia. Tal vez habría que ir un poco menos lejos, que consiguiera realizar una acción que signifique algo para una pequeña minoría sin imaginar, si quiera, que lo ha logrado.


En nuestra Historia tenemos ejemplo de comportamiento, personas que ofrecieron más de lo que recibieron mediante actos que ayudaron a otra gente a salir adelante, sin llegar a conocer lo que habían conseguido y el grado de importancia que tenían para dichas personas. En los libros de Historia podemos encontrarnos con unos cuantos, pero a mi me interesan los que no aparecen en ellos y circulan junto a nosotros a todas horas, pasando desapercibidos. Puede ser un bombero, un escritor, un taxista, un científico, un camarero, un abogado, un artista o un profesor. No importa. Lo que importa es que gracias a un acto de esas personas otros muchos pueden afrontar la vida con otra actitud. No saldrán nunca en libros, ni serán recordados dentro de medio Siglo. Son invisibles.


domingo, 16 de mayo de 2010

Por el mismo rasero


En uno de los debates televisivos que enfrentaron a Felipe González y José María Aznar, a principios de los noventa, el hombre de las abdominales de oro insistía en cada réplica en pedir a su contrincante unas difusas disculpas por un asunto cuyo contenido político no termino de ubicar, pero cuyo peso específico recuerdo como nimio y escaso. El rey de los Bonsais, por su parte, al ignorarlo por completo y no dignificar la petición con una respuesta, huía por los cerros de Úbeda y el debate concluyó, al igual que tantos otros desde entonces, sin que a los votantes, nada nos quedará claro de lo que realmente importaba, empeñados como estaban en lanzar y esquivar una y otra vez la misma pelota.

Recuerdo preguntarme durante los largos y asperos minutos que duró aquel combate porqué González no daba un golpe de efecto y le decía al aspirante al título algo así como, "veo que sigue insistiendo con este asunto. En mi opinión es algo irrelevante y creo firmemente que así lo piensa la mayoría de los espectadores. De modo que en su beneficio y con la finalidad de poder avanzar en el debate y poder así hablar de las cosas que realmente le interesan a los ciudadanos, le entrego esas disculpas que tanto parece necesitar y le insto a que podamos empezar, en serio, a tratar los temas por los que los ciudadanos pueden valorar si es usted un buen aspirante o, por el contrario, como hasta el momento han pensado, yo tengo el crédito suficiente para poder seguir siendo su presidente". Apocalipsis. Éxito inmediato. Estoy convencido que Aznar hubiera podido empezar mucho antes a hacer sus mil abdominales diarias y nos hubiéramos ahorrado también algunas cosas.

Los políticos no han alcanzado el bronce en la lista de temas que más nos preocupan por sus corruptelas y sus oscuros pactos de despacho. Tampoco por no disimular en absoluto que es mucho más importante alcanzar o, en su caso, mantenerse en el poder que intentar salvar la situación del país. No, todo eso influye, obviamente; colabora activamente en cimentar una imagen de farsa que parece imposible de eliminar. Pero lo que realmente nos preocupa, lo que logra que nuestros dirigentes (actuales y potenciales) anden a remolque del paro y de los problemas económicos es el convencimiento casi absoluto de que son gente mediocre, sin reflejos, encorsetados en los papeles que tienen asumidos o les han obligado a sumir sin, por las mismas razones, ser capaces de dar ni ejemplo ni sorpresas.

Todo ocurre según el guión, en un devenir perezoso y previsible que resta entidad a los que se dice y colma de sentido a lo que queda en el tintero. Cada vez que el presidente o el jefe de la oposición abre la boca, uno puede predecir casi palabra por palabra, lo que va a oír. Eso puede contentar a los convencidos, del mismo modo que uno compra el disco de su banda favorita a pesar de saber con exactitud las notas que va a encontrarse.

Pero se supone que los políticos no deben dirigirse a su "público", que su objeto no es simplemente, contentar a sus partidarios y encender los ánimos de sus contrincantes. Es por eso que añoro el elemento sorpresa en nuestros políticos, la frescura en los planteamientos, la capacidad de salirse del guión, de rectificar. Sería muy saludable que asumieran sus errores de cálculo y sus errores de bulto, que no tuvieran reparo en reconocer los méritos ajenos y fueran constructivos con las críticas. Sin duda, ayudaría mucho a superar la crisis que padecemos. Pero sobre todo, ayudaría mucho que los que piden un esfuerzo adicional, una última gota de sudor, arrimaran también el hombro e hicieran un esfuerzo real por entenderse, por negociar, por presentar un frente común ante esta realidad sin aprovechar cualquier resquicio para sacar el pasado en procesión ni vaciar los saleros sobre las heridas. Nos lo deben, pero sobre todo, nos lo merecemos.

domingo, 9 de mayo de 2010

Trescientos y poco


Desde que triunfara en todo el mundo con su excelente interpretación en "300", el actor escocés Gerard Butler viene confundiendo cantidad con calidad. En menos de tres años, su filmografía ha incorporado nueve cintas (cierto es que, en su mayoría, enormemente populares y rentables) de las cuales la mayoría son deplorables comedias románticas ("Ex-posados", "La cruda realidad") o penosos intentos de convertirse en el nuevo héroe de acción del siglo XXI ("Gamer").

Es cierto que, en ocasiones da en el clavo ("Rocknrolla") pero lo más habitual es encontrarlo luciéndose en pelotas y paseando su rostro de pícaro con sentimientos en tostones fabricados a su mayor gloria, económica. Su última película, la risible "Un ciudadano ejemplar" es todo un ejemplo de como un buen actor puede convertirse en una penosa estrellita de cine con los días contados.

Y mira que empieza bien este enfrentamiento entre Nick Rise, un ambicioso fiscal (Jamie Foxx) y Clyde Sheldon, un buen padre de familia (el amigo Butler) a quien el asesino de su mujer y de su hija se le escapa por una grieta del sistema judicial norteamericano. Varios años después, la policía encuentra el cadáver del criminal y, junto a el, a Sheldon, quien se entrega sin oponer resistencia y es inmediatamente encarcelado. Desde ese momento, todos los que permitieron que el asesino escapara de la silla eléctrica empiezan a sufrir las consecuencias de sus actos, en una espiral de muertes que nadie parece poder detener pero que, sin género de duda, surge de la mente del encarcelado y furioso "ciudadano ejemplar". El planteamiento no es, como puede comprobarse muy novedoso, pero es innegable el atractivo de este tipo de historias.

El desarrollo es habilidoso y capta fácilmente la atención; los actores funcionan (Foxx no se lanza a gesticular como un epiléptico tal y como suele, mientras que Butler da en el clavo con un personaje más oscuro e inquietante que los que acostumbra a ofrecer al respetable) las sorpresas se acumulan (la primera conversación en la cárcel entre Sheldon y Rise, Sheldon y su compañero de celda degustando una opípara comida) y los amantes de los golpes de efectos gratuitos (el modo en el que el asesino fugitivo se convierte en cadáver está verdaderamente logrado) tienen también su dosis. Pero tras este primer cuarto brillante y un segundo algo más flojo pero que mantiene un buen nivel, el espectador descubre varias cosas que lo hacen pasar del interés al estupor, de ahí a la incredulidad y de ésta a la carcajada.

Para empezar, el personaje de Butler resulta ser una mezcla entre Bourne, Edmundo Dantes, Mc Gyver y Hannibal Lecter un día de resaca, mientras que el fiscal Rise demuestra que, en realidad, es la rencarnación de Poirot, aquejado, eso sí, de narcolepsia argumental. Las trampas se acumulan, los actores inician un concurso de muecas y los guionistas empiezan a rizar rizos previamente rizados ante el cachondeo generalizado del respetable que no puede imaginarse al productor sin avisar a seguridad cuando los responsables del proyecto le planteaban las insensateces que acontecen en pantalla. El último cuarto y la coda final son un desvarío de tan enormes proporciones que Julio Verne lo hubiera rechazado por inverosímil. Menos mal que el siempre eficaz y apañado F.Gary Gray ("El negociador", "The italian job") anda tras las cámaras y hace presentable este fenomenal embrollo porque si no, este guiso sería imposible de digerir.

Visto lo visto, alguien debería informar a Gerard Butler de que Frank Miller nunca escribió la segunda parte de "300" y que tras el bombazo que ha supuesto "Sherlock Holmes", Guy Ritchie va a tardar unos añitos en recuperar la trilogía iniciada en "Rocknrolla". Tal vez así, deje de hacer tiempo y se centre en construir una carrera y en elegir proyectos que no consuman de esta manera su ya reducido prestigio interpretativo. Seguro que el director de su banco no se lo agradecerá, pero el resto, probablemente, sí lo haremos.

sábado, 1 de mayo de 2010

El parto de la abuela


Por si no tenía bastante con las películas, las series, los libros y la música, los videojuegos acaban de entrar en el ladrillo como un elefante en una cacharrería.

No voy a decir ahora que siempre he estado al margen de este tema y que mientras mis compañeros de generación despanzurraban alienigenas en el "Quake" yo estudiaba las partituras de Haydn en busca de una nota mal colocada. No, no, servidor se ha pasado sus buenas horas frente a la pantalla del ordenador tropezando una y mil veces con el último nivel del "Doom II" intentando inútilmente acabar el juego y se ha acostado en ocasiones con los nervios de punta tras dedicar horas destinadas inicialmente al sueño a pasear por "Silent Hill". Sí, los videojuegos ya formaban parte de mií hace tiempo. Lo que ocurre es que cualquier parecido entre los programas a los que yo dedicaba mis horas hace un par de décadas y los que se hacen hoy en día han resultado ser pura coincidencia.

Gracias a la Playstation 3 que la bella señora Winot decidió regalarme a principios de año, he podido tener acceso a espectáculos visuales de la categoría de "Assasin's Creed" o el inconmensurable "Uncharted II", que me lleva por la calle de la amargura desde hace un mes con su divertida, apasionante y terriblemente adictiva trama heredera de las aventuras del Doctor Jones. Para alguien que detuvo su trayectoria en el sector con "Max Payne", contemplar ahora en la pantalla de un televisor los apabullantes esqueletos gráficos de juegos como los mencionados anteriormente le hace imaginar lo que debió de pensar Moisés cuando le fue presentada la Tierra Prometida.

No es que los juegos de hace unos años no fueran adictivos. No, ese siempre ha sido el eslabón más fuerte de esta cadena. Lo que ocurre es que ahora, el concepto está más cerca que nunca del lenguaje cinematográfico y si a una trama interesante y con gancho le añades una calidad visual de esa categoría, es todo un reto pulsar la tecla adecuada para el bienestar familiar cuando en la pantalla aparece la crítica pregunta que inquiere si es, de verdad, tu deseo abandonar el juego. Tan poderoso es su efecto "agujero negro" que, tras una sesión de tres horas a los mandos de la consola, derivada del sopor de la heredera, no he tenido más remedio que imponerme un toque de queda frente a la pantalla. De ahí a envolver el mando en un cilicio hay un paso.

De modo que aquí estoy, como un malabarista callejero, intentando manejar simultaneamente las nunca suficientes atenciones que merecen la heredera y la bella Señora Winot, mis nuevas obligaciones laborales, mi retorno a la lectura intensiva (ventajas de poder viajar en transporte público hasta tu puesto de trabajo), el disfrute de la última temporada de "24" (Jack, tendrás tu homenaje. No lo dudes) y mi viaje por el universo musical de Patti Smith con las electrizantes aventuras de Nathan Drake que surgen de las tripas de mi consola sin que me resulte fácil separarme de la pantalla de mi televisor. Eramos pocos......

miércoles, 21 de abril de 2010

En otras palabras: Ángel "Verbal" Kint


Por razones que no vienen al caso, he mantenido y mantengo estrechas relaciones con Barcelona. He paseado a menudo por sus calles y he comido en sus restaurantes. Me he bañado en su playa , comprado en sus comercios y he tenido la oportunidad de visitar algunos recomendables locales donde tomarse una copa con los amigos y pasar un buen rato. Tan cómodo me siento en la Ciudad Condal que si, desgraciadamente, el Clan Winot tuviera que abandonar la capital del reino, su barco pondría, sin duda, rumbo a la ciudad que alberga la Sagrada Familia.

Y, a pesar de lo que pueden dar a entender los medios de comunicación, en estos años, no he sufrido rechazo por ser de Madrid ni por hablar en castellano. Tampoco me han dado con la puerta en las narices al comprobar que no entiendo una palabra de catalán ni han querido darme las llaves de la ciudad por ser enfermizamente adicto al fuet y otros manjares de la gastronomía catalana. Obviamente me he topado con cretinos diplomados, maleducados compulsivos y tuercebotas de pelaje diverso, pero ni en mayor ni en menor medida que la de los que han podido cruzarse en mi camino en Valencia, Bilbao o Salamanca.

No soy el único que parece inmune a esa fiebre antiespañola que, a juzgar por lo que se oye en algunas emisoras de radio y se lee en algunos periódicos, hierve en odio a los habitantes de la ciudad que vio nacer, entre otros a Eduardo Mendoza o al hoy fallecido Juan Antonio Samaranch. El gran Angel "Verbal" Kint, enciclópedico conocedor de la vida y milagros de Superman, lector voraz y erudito cinematográfico parece tener la misma opinión sobre el tema. Ángel, que capitanea con incontestable maestría "El mundo de Ángel" por los mares del cine y la literatura desde hace ya varios años ha elegido tan espinoso asunto para participar en esta sección del ladrillo y dudo que a alguién deje indiferente el enfoque escogido por su autor. Que lo disfruten y no olviden visitarle los que no tengan aún la suerte de conocer sus textos. Me lo van a agradecer.


En Cataluña también hablamos castellano


Estaba hace un año yo por Sevilla, conociendo familia política, cuando alguien me pregunta por mi trabajo y al finalizar mi explicación me dice "¿oye y allí en Cataluña os dejan hablar español? La pregunta me desconcierta un poco, primero porque no me la esperaba y segundo por la naturaleza de la misma.

Y es que aunque algunos quieran ver lo contrario, ni todos los catalanes somos independentistas (ni siquiera nacionalistas), ni tacaños, ni odiamos a los madrileños...pero sin embargo esa es la imagen que se ha instaurado entre muchísimas personas que han sucumbido a la doctrina rancia y españolista del Partido Popular y todos sus secuaces y por el otro a la torpeza de los políticos catalanes, siempre dispuestos a poner la mano para pedir o a la ambigüedad de su definición como parte del Estado Español.
Desde su estancia en el Gobierno y especialmente en la segunda legislatura, aquella en la que no necesitaron a CIU para gobernar con mayoría, el Partido Popular y sus cabezas pensantes decidieron que algo habría que hacer con los nacionalistas catalanes y vascos.

El tema del País Vasco lo voy a dejar aparte primero por su complejidad y segundo por mi desconocimiento del contexto. Al grito de "España se rompe", como si en la península tuvieramos una falla de San Andrés, culpabilizaron a los nacionalismos de dicha ruptura y empezaron su habitual política del miedo, una táctica efectiva y que acaba calando en un porcentaje de la población muy elevado, que normalmente se identifica con el estrato cultural más bajo, aunque realmente no es cierto, pues acaba calando en muchos más estratos sociales.
El Partido Popular inició una campaña anclada en el españolismo más rancio, basado en ver "quién la tiene más grande" (la bandera) y en el "catalanufos de mierda", "pujol enano habla castellano"...estrategia que siguen utilizando desde la oposición con los argumentos del Estatut, que quizás no se hayan leido siquiera ya que muchos parece que se quedaron en el primer capítulo en el que se definía Catalunya como país, o estado, o entidad, etc. Todo ello convenientemente transmitido por sus voceros habituales, por sus medios afines, por la voz de su amo, por medios que olvidaron la objetividad y se convirtieron en panfletos sin sentido de la ética perdiodística, olvidándose de informar. Algo que por otro lado todos los gobiernos sempre han tenido, incluyendo el actual.

A pesar de mis pocas simpatías hacia el PP, no puedo ponerme la venda en los ojos y no ver más allá, porque desde Cataluña se tiene mucha parte de culpa y los políticos catalanes con su torpeza han conseguido generar esa imagen estereotipada de la que hablaba al principio de este post (independentistas, tacaños...) propia de chistes de los morancos. Como diría el poeta y cantante "nos sobran los motivos". Podríamos empezar a lo grande, hablando de un corto de miras que se fue a la frontera a negociar con una banda terrorista para que no se cometieran atentados en Cataluña, algo que hizo que al saberse no se generara mucha simpatía hacia nosotros.


Si apartamos al político catalán independentista, que podríamos facilmente identificar con ERC y al más españolista (PP), nos queda un político bastante ambiguo y que generalmente ha sido CIU, fuerza política actualemente algo debilitada, pero que siempre ha tenido por su número de escaños cierta capacidad de influencia en el gobierno español, cuando éste no ha gobernado en mayoría. Esta agrupación política siempre ha interpretado el papel de catalanista en cataluña y colaborador del Estado en España poniendo la mano para sacar rentas y jugando a la nada sutil amenaza de no apoyar votaciones sin obtener beneficio a cambio con lo que el tópico "la pela es la pela", que ya tendríamos que ir cambiando por "El centim es el centim" se ha hecho patente repetidas veces. Pero por otro lado nunca han olvidado su condición nacionalista y el coqueteo con el indepentismo ha sido otra de las constantes.


Aquí también tenemos medios voceros, voces de su amo que juegan a contentar a todas las partes, disfrutando de ello. Se les da voz a todos, pero siempre intentando que la que más se oiga sea el del discurso separatista, casi siempre marcado por un tono victimista, con referencias ridículas a "cavernas españolistas" a estados opresores, dándole voz siempre a personas con representación social y siempre de medios relevantes más allá de la política como la cultura o el deporte que se han convertido a sí mismos en esperpentos. Podríamos citar a Joel Joan, Joan Laporta o Carod Rovira, como personas convertidas en caricaturas y que se han convertido en blancos fáciles y que sin quererlo ridiculizan las ideas que representan y que por ende, repercute en todos los catalanes, seamos o no nacionalistas. Y no hablaré ya de la gran preocupación por la prohibición de los toros que tienen hoy en día los políticos catalanes, tema mucho más importante que el paro en Cataluña, la educación o la sanidad...


Resumiendo: en Cataluña nos encontramos en la tesitura de tener un fuerte aparato político-mediático que presiona con una teoría conspiratoria y basada en la estrategia del miedo y por otra a un grave problema interno del mismo carácter que el anterior pero basado en el victimismo histórico.
Para acabar decir que soy consciente que afortunadamente hay un amplio sector de la población española que no se creen aquello que les intentan inculcar y que no tienen la imagen estereotipada y tópica del catalán porque son tan inteligentes que no se dejan influenciar por teorías rancias y caducas.

P.D. al andaluz que me preguntó si en Cataluña nos dejaban hablar español le contesté "siempre que quiero".

jueves, 15 de abril de 2010

Filosofía para gatos


Sobre el escritor japonés Haruki Murakami se ha dicho casi de todo. Genial, pretencioso, vacuo, brillante, poético, apasionante, mágico, pedante, aburrido, pomposo, profundo, oscuro. Me provoca cierta pereza acercarme a este tipo de autores que polarizan tanto las opiniones. Con la enorme cantidad de libros por leer que, casi con toda seguridad sé que van a encantarme, adentrarme en territorio inexplorado no deja de ser un ejercicio algo masoquista. Eso explica que desde que mi querida Mar (¡qué ojo tienes con los libros, maja!) me regalara su obra "Kafka en la orilla" hasta que decidiera empezarlo hace unas semanas haya transcurrido más de un año. Concluida la lectura de sus casi seiscientas páginas puedo decir que estoy de acuerdo con lo que dicen de Murakami. Con todo.

No es tarea facil explicar el argumento de "Kafla en la orilla". Por un lado, tenemos a Kafka Tamura, un adolescente marcado por el abandono de su madre y por una tétrica profecía que huye del hogar paterno para encontrar su lugar en el mundo. Ese lugar, al menos inicialmente, resulta ser una biblioteca privada en la ciudad de Takamatsu . Por otra parte, Murakami nos presenta al desconcertante Señor Nakata, un anciano con enormes carencias intelectuales provocadas por un extraño incidente durante su adolescencia pero que tiene la habilidad de comunicarse con los gatos. Razones que no vienen al caso impulsan al estrafalario caballero a iniciar la búsqueda de la misteriosa "piedra de la entrada", para lo que contará con la ayuda de Hosimo, un joven camionero que abandona todo para acompañar al anciano en su aventura. Ambas historias corren paralelas, sin apenas tocarse pero, al mismo tiempo, sin que sea posible separar una de otra.

En algún sitio se ha escrito con acierto que "Kafka en la orilla" es una obra que introduce a Don Quijote y su fiel escudero en el mundo de "El guardián entre el centeno". Así, mientras en la solemne y metafórica historia del fugitivo Kafka Tamura, atrapado en una adolescencia que se le queda pequeña, se atisban rasgos del desarraigado personaje que creara Salinger hace décadas, no es difícil distinguir efluvios de las desquiciadas campañas que imaginara Cervantes para el caballero de la triste figura y su escudero en la divertida y mucho más ligera trama que afecta al anciano Nakata y su fiel Oshino.

La obra es una veleta sometida al ánimo del escritor japones que tan pronto introduce elementos de ciencia ficción (el "accidente"que sufre Nakata en su infancia) como desgrana meditaciones filosóficas sobre Bergson o Hegel. Las oscuras metáforas llenas de poesía , como las que afectan al personaje de la Señora Saeki y su relación con Kafka, conviven sin demasiadas dificultades con momentos que podrían encuadrarse sin problema en una novela de Lovercraft (el encuentro entre Nakata y el "coleccionista" de gatos). A todo ello se le unen además, múltiples referencias musicales (la importancia del llamado "trío del Archiduque", de Beethoven es capital en el libro), cinematográficas y otros elementos inclasificables que convierten "Kafka en la orilla" en una verdadera odisea que pone a prueba al lector en todo momento, haciéndolo dudar de si lo mejor es mandar el libro a paseo o disfrutar de la escritura innegablemente atractiva de Murakami.

En "Kafka en la orilla", el encantador abuelete que adorna los carteles de todos los restaurantes de la cadena norteamericana de Kentucky Fried Chicken, se convierte en un proxeneta de extrañas bellezas que practican felaciones mientras desentrañan paradojas filosóficas y el popular Johnny Walker que inmortalizan las etiquetas del whisky homónimo es en el mundo ideado de Murakami un escultor obsesionado con el mito de Edipo que, en sus ratos libres decapita y destripa gatos. Por cierto que, rizando el rizo, estos felinos, presentes a lo largo de toda la obra disponen en la mayoría de las ocasiones de la capacidad de conversar entre ellos y con algunos humanos, dando lugar a algunos de los mejores momentos de la novela. Si alguna vez "Kafka en la orilla" disfrutara (o padeciera, nunca se sabe) de una adaptación cinematográfica, el elegido para llevarla a cabo, sin duda debería ser David Lynch, cuyo universo, sin duda, guarda no pocos vínculos con el de Murakami.

Me quedo, pues, como al principio, sin saber qué hacer. Si recomendar su lectura y disfrutar de la fascinación que produce su aire irreal y vagabundo, o, por el contrario, iniciar una cruzada para evitar que esta obra confusa y árida penetre en más hogares. Nakata me parece uno de los mejores personajes literarios de los últimos años, pero me desespera la pastosa elocuencia de Ôshima. En muchos momentos, estaba tentado de arrojar el libro al rincón más alejado de la casa, cansado de asistir a tormentas de sanguijuelas y bosques llenos de soldados imaginarios y, sin embargo, las casi setecientas páginas de "Crónica del pájaro que da cuerda al mundo", otra de las obras de Murakami, guarda puesto de lectura desde hace un par de días. Al menos, al hombre hay que reconocerle que sabe evitar las aguas tibias y no provoca indiferencia, lo que ya es bastante, en mi opinión.

viernes, 2 de abril de 2010

Números romanos


Anoche, tras el enésimo intento de encontrar algún interés o sentido a la sexta (y decepcionante) temporada de "Lost" y aprovechando que la bella señora Winot hacía tiempo que estaba en los brazos de Morfeo (el único al que le permito ese tipo de comportamiento), servidor se dispuso a practicar uno de sus deportes favoritos que no es otro que ver películas de miedo en la oscuridad del salón parapetado tras una protectora muralla de cojines. ¿La elegida?, "Rec 2", que tras la saludable experiencia que supuso la primera entrega, guardaba su turno desde hacía unas semanas. ¿El resultado? Sin duda, no era mi noche y, siguiendo la estela de la velada, me aburrí como un becerro.

Las secuelas suelen producir ese efecto "adormidera" generado por el indisimulado deseo de sus responsables en forrarse la patilla y que es indirectamente proporcional al talento aplicado al proyecto, el cual, por lo general, se basa en un alargamiento de la idea original sin tener en cuenta que hasta John Holmes tenía sus limitaciones. Mas de lo mismo pero más alto suele ser un resumen bastante acertado de las películas adornadas con números romanos. Pero, a veces, se produce el milagro y la secuela en cuestión aporta las suficientes novedades no solo para estar a la altura de su predecesora o predecesoras sino, en ocasiones, para superarla ampliamente y configurar su propia personalidad. Las siete siguientes, por ejemplo, una para cada día de la semana, pueden ser buenos ejemplos de tan honrosas excepciones.

EL PADRINO II, DE FRANCIS FORD COPPOLA (1974): Aún partiendo de la base de que la trilogía de Coppola es, en mi opinión un cuerpo compacto que sólo adquiere su verdadero sentido si se contempla en su conjunto, es evidente que, en su segunda entrega, de un atrevimiento formal para la época ciertamente asombroso, las vicisitudes de la familia Corleone adquieren un tinte de perfección que ha sido igualado pocas veces. A ello no es ajeno un reparto impecable (Al Pacino nunca ha estado mejor), un guión que perfecciona el mecanismo de los relojes suizos (la conversación final entre Michael y su hermano Fredo hiela la sangre) y un Francis Ford Coppola en incomparable estado de forma. Con el permiso de mi adorada "La huella", tal vez sea la película por definición.

LAS DOS TORRES, DE PETER JACKSON (2002): A pesar de padecer la tortura de los arbolitos parlantes y de no contar con el gran Sean Bean, la segunda parte de la megalómana trilogía de Peter Jackson sobre "El Señor de los Anillos" corrige y perfecciona a su predesora, introduce al gran Gollum (increible Andy Serkis) y en su (largo) tramo final, deja al espectador completamente clavado a la butaca con la espectacular batalla en el Abismo de Helm que, a día de hoy, sigue siendo el mayor prodigio de efectos especiales que servidor ha contemplado en una pantalla de cine. Con permiso de las que la flanquean y sin desmerecerlas los más mínimo, es sin duda, la mejor de la serie.

SUPERMAN II, DE RICHARD LESTER (1980): El hombre de acero siempre me ha caido gordo y su identidad civil no le va a la zaga. No termino de conectar con un personaje tan bueno, tan invulnerable y, por todo ello, tan previsible. Tal vez por eso, esta atípica secuela, en la que tirios y troyanos patean su kryptoniano trasero al héroe de Metrópolis, con el gran Terence Stamp como villano de la función y en la que uno tiene el placer de contemplar a Clark Kent dorándose el carrillo con su personalidad superhumana en un desgüace de coches sea en mi opinión, muy superior a su predecesora y merecedora, por tanto, de una alta calificación a pesar del sopor que me produce el personaje.

GREMLINS II, DE JOE DANTE (1990): O nadie daba un duro por esta secuela o el poder de Joe Dante por aquel entonces en la Industria era muy superior al que se le suponía. La segunda entrega de los parientes lunáticos de Gizmo constituye un espectáculo surrealista que guarda casi nula relación con la clásica y muy eficaz estructura de su predecesora. Apariciones de Hulk Hogan y Christopher Lee, guiños confesos a Batman y Rambo entre otros personajes de ficción, un edificio inteligente que hubiera hecho las delicias de Terry Gillian , criaturas que atraviesan la pantalla para hablar con el espectador y un aire de irreverencia general la mar de refrescante son los elementos más representativos de esta joya a recuperar.

EL MITO DE BOURNE, DE PAUL GREENGRASS (2004): Me revienta el montaje adrenálitico con el que algunos directores intentan ocultar que son incapaces de filmar secuencias de acción. El introspectivo Marc Foster, que destrozó el año pasado la prometedora "Quantum of solace" es un claro ejemplo de lo que digo. Este tipo de cosas solo se las perdono a Tony Scott y a Paul Greengrass. Cualquiera de los dos podría haberse encargado de esta segunda entrega del agente amnésico que ideara Robert Ludlum, pero le tocó a Pablo Hierbaverde que convirtió los solemnes mimbres de la película inagural en una batidora deslumbrante llena de peleas, tiroteos y persecuciones en la que los planos duran apenas dos segundos y la irritación que eso provoca desaparece con la misma rapidez gracias a una historia con ritmo, interés y emoción desbocada.

EL CABALLERO OSCURO, DE CHRISTOPHER NOLAN (2008): Confieso que me aburrí soberanamente con "Batman Beguins". La impericia del director de "Memento" para mantener el ritmo que una película de estas caracterísiticas necesita lastra una cinta fallida, amorcillada y, sencillamente, aburrida. Ignoro el brebaje que consumió Nolan antes de iniciar el rodaje de esta segunda entrega, pero todo aquello que fallaba en su primer acercamiento al torturado defensor de Gotham encaja como un guante en esta lograda cinta que, a medio camino entre la aventura total y el retrato sicológico, se ha colocado de manera casi indiscutida en un hito del género que va a ser difícil superar. Por la misma razón, el próximo villano cinematográfico va a tener el duro trabajo para hacer olvidar a Heath Ledger como encarnación del mal en estado puro.

ALIENS, DE JAMES CAMERON (1986): Si en la primera entrega un único Alien se encargaba de una tripulación (casi) completa, en esta primorosa secuela, miles de aquellas criaturas se las ven y se las desean para acabar con una Teniente Ripley a la que los años en hibernación parecen haberle sentado maravillosamente, convirtiéndola en la hermana pequeña de Rambo. Con un ritmo frenético al que no es ajena la extraordinaria banda sonora de James Horner, "Aliens" es todo aquello que Ridley Scott evitó en la primera entrega de la saga. En cierto modo, traiciona su espíritu, saturando la pantalla de criaturas y sustituyendo la atmosfera opresiva del original por una montaña rusa, pero eso, al asombrado espectador, poco le importa.