lunes, 15 de abril de 2013

Anton llama a su puerta

Tímido, con un gran complejo de inferioridad y privado por completo de genio y talento, además de ser un beato de primera categoría. Así, de primeras no parece, sin duda, el retrato del yerno ideal y, sinceramente, tendría mis reservas si las herederas me plantaran un novio con tal curriculum. Sin embargo, damas y caballeros, las apariencias engañan y tras tan deplorable tarjeta de visita, se esconde un sinfonista memorable, un artista de inigualable sensibilidad y uno de los músicos más grande de todos los tiempos. Con todos ustedes, el compositor austriaco Anton Bruckner (1824- 1896).

Upsss, no, ésta es Agnes. Anton es el de arriba.
Que fue tímido nadie lo pone en duda. Sin duda llevar más de cinco generaciones labrando los campos del señor feudal de turno debe marcar los genes de una familia, por mucho que el padre del muchacho (primogénito de once hermanos, ahí es nada) iniciara el cambio de tendencia hacia la enseñanza. Menos claro queda el tema del complejo de inferioridad. Cierto es que dedicó los dos tercios de su vida a acumular títulos y diplomas en cuantas disciplinas se le pusieron a tiro y esa tendencia a parapetarse tras reconocimientos suele ser síntoma de una personalidad necesitada de admiración. Pero, creo que todo aquel que fabrica algo para el público, por definición, se tiene en un concepto lo suficientemente alto como para suponer que algo salido de los surcos de su cerebro puede interesar a alguien ajeno a uno mismo, por lo que, desde mi punto de vista, Bruckner tenía muy clara su valía como músico. Cierto es que Don Anton fue un poco "facilón" y permitió casi a cualquiera que metiera mano a sus partituras para lograr algún que otro "Me gusta" adicional, pero no creo que su lícito afán de llegar al público sin perder su esencia merezca tacharlo de inseguro o pusilánime.

Que carecía de talento y de genio también es algo que aún se dice por ahí. Que si era un simple copión, que si se limitó a traspasar el concepto musical de Wagner a la sinfonía (no es cierto, pero de haberlo sido no me parece fácil empresa para un tipo sin talento), que si su obra sinfónica no es sino una sola muy larga (que se repite más que las sardinas en aceite, vamos). Paparruchas, amigos. Como dijo Wagner, Bruckner es el único compositor que aporta algo a las sinfonías desde la revolución que supuso el paso de Beethoven por el mundo. De hecho, las colosales dimensiones de las obras brucknerianas- y no solo por el ejército de instrumentistas que precisan y su enorme longitud- llevan la forma sinfónica al límite de sus posibilidades. Más allá hay otras cosas, pero ya no son sinfonías.

Abadía de San Florían, donde Don Anton reposa.
Por último, que fue un beato, sinceramente lo ignoro. Devoto lo fue. Y mucho. No en vano, de una manera y de otra, su vida esta íntimamente ligada a la religión en general y a la mística divina en particular. Sin ir más lejos, el compositor descansa bajo el órgano de la Abadía de San Florian, donde tantas veces toco (era un virtuoso deslumbrante que, curiosamente, no dejo nada compuesto para su instrumento predilecto) y a la que estuvo vinculado toda su vida desde que ingresara como niño cantor con apenas trece años. Por otra parte, su obra incluye mucha música sacra (misas, varios motetes y, mi favorito, un Te Deum que quita el aliento) y no dudó un minuto en dedicar, así, sin más, su última sinfonía "al buen Dios". Esa devoción, esa mística exaltación religiosa que dirigió su vida se detecta en cada nota, en cada estructura melódica de sus partituras y no me extraña que algunos digan que escuchar a Bruckner es como pasear sin prisa por una enorme catedral, admirando los detalles y los juegos que las luces de las vidrieras practican sobre ellos. Sí, Bruckner fue un devoto. Y sus admiradores sólo podemos agradecérselo, ya que de no haber sido así, probablemente sus majestuosas estructuras musicales, no hubieran brillado del mismo modo.

Haganme caso y permitan que la música de este compositor genial entre poco a poco en sus vidas. Les garantizo que, si le dejan, sus vidas- musicales- no volverán a ser las mismas. Si quieren pueden empezar por aquí y ya me irán contando.

lunes, 1 de abril de 2013

Lo que el viento no pudo llevarse

En la última entrega de "La melodía escurridiza 2.0", dedicada a "Lo que el viento se llevó" comenté que la elección de esa partitura no había sido fruto de la casualidad y que, independientemente de lo adecuado de su colocación al final del concurso, con todo ya decidido, la música tenía algo de simbólico para el ladrillo. Anuncié que lo explicaría en unos días, pero hay que ser muy comprensivo para considerar un trimestre entero como "unos días". Es, por tanto, indiscutible que la anunciada explicación se ha tomado más tiempo del inicialmente debido, pero debo reconocer que este retraso ha sido muy positivo: cuando escribí aquella entrada, el ladrillo tenía los días contados y una fecha de caducidad muy concreta. Ahora, tres meses después, la entrada de despedida redactada entonces y de nombre "Sexta y última" va desapareciendo mientras escribo ésta.

Los que le damos a esto de las bitácoras virtuales sabemos que, como en casi todo, hay altibajos. Momentos en los que comprobar si una entrada tiene o no comentarios es lo primero que uno mira cuando se despierta por la mañana y momentos en los que el blog languidece y permanece con parálisis facial durante semanas. En ocasiones, los temas parecen emboscarte a diario para que los trates en la bitácora quitando incluso horas al sueño y otras veces uno parece un personaje de "Barton Fink". Todo esto ocurre. Y no sólo no es grave sino que incluso, me atrevería a decir que es saludable, porque el entusiasmo continuado deviene en hastío con más rapidez que la que es posible imaginar y no hay nada mejor que subir una cuesta para luego disfrutar de bajarla. Pueden faltar las entradas, pero nunca las ganas de hacerlas.

A finales del año pasado, el ladrillo era un muerto viviente. Creo que eso era un hecho evidente para cualquiera que lo siguiera, bien de forma habitual, bien como lector ocasional. No me apetecía escribir, pero tenía que hacerlo para cumplir con "La melodía escurridiza" que, como todos los buenos personajes hacen con los actores que los interpretan, encasilló al ladrillo en el concurso y con su estructura apenas dejó espacio para publicar algo que no fuera directa o indirectamente vinculado a ella. Y ese aire mecánico, de imposición vició todo lo que escribí en esos días. Lo peor que le puede pasar a un blog y éste no ha sido una excepción, es que se construya por obligación o, peor aun, por inercia, que las entradas aparezcan porque toca o porque no hay más remedio. Para eso, es mejor dejarlo y gastar el tiempo en otras cosas. Y eso es lo que decidí en los últimos días del año pasado.

La idea era aprovechar la entrega de premios del concurso para convocaros a la fiesta de despedida, pero entre unas cosas y otras no aproveché la ocasión y "Sexta y última" quedó como borrador mientras los temas sobre los que hablar, despejado el camino de pentagramas y enigmas, empezaron a asomarse a mi ventana y, servidor, libre de las obligaciones del concurso, comenzó a encontrar el camino en el teclado para cumplir con aquellos principios generales que se establecieron hace casi seis años en la entrada que abrió esta bitácora y que no son otros que los de escribir sobre lo que uno quiera, cuando quiera y como quiera, libremente, decidiendo en todo momento lo que es prioritario y lo que no.

Si comparamos este año con cualquiera de los anteriores, la cosecha esta siendo paupérrima- nueve entradas en tres meses- pero difícilmente podría encontrar textos más coherentes- que no mejores-  con la idea que alumbró el ladrillo que los escritos este año. Solo he castigado el teclado cuando me lo ha pedido en cuerpo y, tal vez, por eso, cada vez me apetece hacerlo más. Sinceramente, si el ladrillo no se ha derrumbado en este 2013, creo que ya va a ser difícil que lo haga en el futuro. Vivirá sus momentos buenos y sus momentos malos, pero vivirá. De eso y de que esta sexta temporada no será la última no me cabe la menor duda.

viernes, 22 de marzo de 2013

El hombre que vendió el mundo... y lo recuperó

Soy un incondicional admirador de David Bowie desde que tengo uso de razón. Hace poco, en una encuesta organizada en la recomendable bitácora musical "La mansión en la colina" para elegir su mejor obra, me sorprendí incapaz de tomar una decisión, porque no hay uno solo de sus discos que no contenga, al meno dos o tres temas memorables cuando no son en su totalidad, piedras angulares del rock.

Por lo tanto, el mero hecho de que el artista británico estrene nueva obra tras diez años de silencio ya constituye ocasión por sí misma para hablar del muchacho en el ladrillo. Si a eso le sumamos que "The Next day", el álbum que acaba de publicar en todo el mundo hace unos días es una rotunda y magistral prueba del filón inagotable de talento que atesora este hombre, es imposible no aprovechar la oportunidad de dedicarle unas lineas recomendándoles encarecidamente que se acerquen a descubrir la nueva obra del artífice de "Diamond dogs". 
Y lo primero que hay que hacer para acercarse a "The next day" es hacer visera con la mano y no detenerse a contemplar la portada del disco, que será todo lo simbólica que ustedes quieran, el homenaje más hermoso que se le ocurra al flamante "Heroes" que Bowie publicara en 1977 y mil cosas más, pero que es sosa, ortopédica y muy poco atractiva para el consumidor no entregado. Juzguen ustedes si exagero..


"The next day" (2013)

"Heroes" (1977)


En fin, no deja de tener su gracia y cierto es que algunos de los temas del nuevo álbum entroncan con lo que hizo el hombre en 1977, pero, a mi, personalmente, me parece un horror. En cualquier caso, este tema no ha sido obstáculo para que, veinte años después, el amigo Ziggy Stardust haya colocado su obra en el primer puesto de la lista de ventas británica en apenas siete días. Y en lo que detractores y admiradores de la portada sí que coincidimos es en que, como la belleza, lo que hace grande a "The next day" es lo que habita en su interior.

De la mano de su productor favorito, Tony Visconti- que también se aplica con entusiasmo y acierto con las seis cuerdas en el álbum- Bowie ha sacado a la luz, con permiso de "Black Tie, white noise", su mejor obra desde el lejano "Scary Monsters" de 1980. Con el tarro de las esencias compositivas abierto de par en par, el artista británico se ha dejado de experimentos y se ha dedicado a componer lo que siempre ha sido su especialidad: el rock puro y duro- plagado de buenas guitarras y bases rítmicas poderosas- con el toque de extravagancia y vanguardia que siempre ha dominado y que le lleva a introducir en sus temas arreglos de cuerda, sintetizadores, cajas de ritmos, juegos vocales o torturados saxofones.

Es difícil destacar una canción, la calidad es altísima y hay casi para todo tipo de admiradores de Bowie. Personalmente me quedo con la irresistible "Valentine's day", la machacona "The next day"- que podría encajar como un guante en cualquiera de las grandes obras maestras del Duque Blanco- la bellísima "Where are we now" (ojo al crescendo final) o ese trallazo guitarrero que es "(You will) set the world on fire", sin por ello desprestigiar temas tan redondos como la oscura "Dirty boys" o ese single perfecto que es "The stars (are out tonight)". Les recomiendo que se hagan con la edición de luxe del álbum, porque "The next day" es tan bueno que hasta los temas de regalo, normalmente indigestos, merecen la pena. Ahí está la soberbia "I'll take you there" para demostrarlo.

Leo en Internet que Bowie ya tiene una edad y se ha descartado que haya gira de presentación de "The next day" con lo que, salvo milagro, nos quedaremos sin saber como suenan estos temas en directo. Es una pena, porque incluso con un pie en el asilo estoy convencido de que el Duque Blanco podría merendarse de una sentada al noventa por ciento de la chiquillería que hoy transita por los escenarios mundiales (tuve la suerte de verle en su mítico concierto de Madrid de 1990 durante el Sound and Vision Tour y más de veinte años después sigue siendo el concierto de mi vida). Puedo perdonárselo. Puedo perdonarle que nos prive de semejante espectáculo, porque a David Bowie yo le perdono todo. Pero, vistos los tesoros que esconde este disco magistral, más le vale que "The next day" no sea su último disco o tendré que ir a pedirle cuentas. Y ya saben ustedes cómo me las gasto.


lunes, 11 de marzo de 2013

Un tiempo para cada cosa


Soy monárquico por nacimiento y por pereza. Por nacimiento porque, a pesar de venir al mundo con Franco en la poltrona, su muerte me pilló con una edad en la que lo único importante eran las chuches, las croquetas y los dibujos animados de Tom y Jerry. Por consiguiente, toda mi vida no contemplativa ha transcurrido bajo el reinado de Juan Carlos I y ostentando éste la Jefatura del Estado. También lo soy por pereza ya que, si bien, carece de sustento que en pleno siglo XXI sobreviva una institución tan añeja y anclada en el pasado como la monarquía, no es menos cierto, que cambiar la forma política a estas alturas de la película se me antoja una empresa tan agotadora y laboriosa como ineficaz y ornamental. Como ya comenté aquí hace unos años (por cierto, intensísimo y muy interesante debate el que se produjo entonces. Les recomiendo que lo echen un ojo), poco va a cambiar la vida de los españoles si lo que ostenta el cargo de Jefe del Estado es un Rey o un Presidente de la República. Puestos a hacer modificaciones troncales se me ocurren otras muchas, infinitamente más urgentes y de efectos inmediatos.

Todo ello no impide que, a la vista de los acontecimientos que rodean a la Familia Real y a muchos de quienes les circundan, uno se plantee muy seriamente si no sería el momento, tras tantos años en el cargo, de que el Rey recule sobre sus pasos y desaparezca de la escena para dar paso a su hijo y evitar que sus viajes estrambóticos, sus aficiones, sus inesperados desplomes y sus sollozantes disculpas terminen de hundir la Institución. Aunque, creo que con eso solo no valdría, sin duda, podría ayudar a arrancar el tranvía.

Con Urdangarín en la cárcel, las Infantas apartadas de la vida pública- divorciadas preferiblemente, recluidas, donde se las vea poco-  y Don Juan Carlos y Doña Sofía cumpliendo con su papel de comparsas cuando la ocasión lo requiera, la Corona podría recuperar el brillo que tantas y tan sonadas meteduras de pata le ha venido sisando en los últimos meses. En este momento, en el que solo falta que el chofer del Rey y el que le enfría los botijos se hayan llevado crudos los billetes de quinientos, los Príncipes de Asturias parecen vivir en una realidad paralela y, a pesar de intentarlo, no he logrado encontrar contra ellos cacerolada o diatriba con fundamento que los coloque a la misma altura que sus vapuleados compañeros de foto familiar. Con la abdicación de Don Juan Carlos, además de ahorrarnos el triste espectáculo de verlo tambalearse sobre sus muletas con el rostro abotargado y la vergüenza supurando por cada poro de su piel, la Institución podría salir del laberinto en el que se encuentra y desvincularse del lodazal en el que se mueve de un tiempo a esta parte.

Y en nada afectaría una salida a tiempo al enorme y valiosísimo legado que el monarca ha dejado en la historia de nuestro país. Fueran cuales fuesen sus motivaciones iniciales para aceptar la Corona y las razones que le llevaran a tomar algunas de decisiones en los principios de su reinado, lo cierto es que en estos casi cuarenta años ostentando el cargo, el Monarca ha llevado a cabo una titánica tarea- simbólica, efectivamente, carente de tuétano sin duda. Pero necesaria, también sin duda, imprescindible, me atrevería a decir- para que el nombre de nuestro país resuene con fuerza en el extranjero- ahora también lo hace, pero la canción es otra muy distinta, desgraciadamente. De izquierdas o de derechas, nacionalistas y no nacionalistas, incluso si me apuran, demócratas y no demócratas: todos han reconocido al Rey su valor como elemento cohesionador de extremos, el perejil de todas las salsas. Por muy grande que sea la decadencia que rodea hoy al Jefe del Estado, la historia no puede sino hacer justicia con él y reconocer lo diferente que podría ser hoy nuestro país, de no haber estado el Rey a la altura de las circunstancia.

Me reconcome coincidir con el criterio de alguien tan flácido como Pere Navarro, el líder- con perdón- de los socialistas catalanes que hace unos días realizó unas manifestaciones pidiendo poco más o menos lo mismo. Sin embargo y como soy un hombre positivo, prefiero no pensar en inquietantes coincidencias y quedarme con el detalle de que si, incluso, para alguien con tan paupérrimo peso intelectual y político como el del amigo Navarro, la renuncia del Rey es irrebatible, va a ser que, efectivamente, Majestad, ha llegado el momento de hacer las maletas.

jueves, 28 de febrero de 2013

Duérmelos suavemente

Primeramente, quisiera pedir disculpas por si el tono de esta entrada resulta disperso, poco centrado. Como adormilado o carente de energía. Es bastante tarde y, a estas horas, el cerebro ya no le funciona a uno como debiera. Sin embargo, dada la amistad que me une con ustedes es mi deber, prevenirles contra "Mátalos suavemente", la última película del norteamericano Andrew Dominik que hace ya unos años ganó puntos entre el público a través de ese manifiesto contra la elipsis que fue "El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford".....

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.... Upss, perdón. Ha sido ponerme a recordar el argumento de la película (y acabo de terminarla hace diez minutos) y me he quedado como un cesto. Vamos a ver si me centro. 

El guión, obra del propio Andrew Dominik, adapta las 230 páginas de la novela homónima de un tal George V. Higgins. Ni la he leído y, visto lo visto, me temo que tampoco la leeré. Sinceramente, me parecen muchas hojas para contar algo tan simple como que dos rateros de cuarta atracan una timba ilegal y los mafiosos a los que han sustraído el dinerito, molestos, sin duda, contratan a un sicario con cara de Brad Pitt para que los encuentre y los mate. Noventa minutos justitos. Y le sobran casi cien. 


Como la trama no da para más y Dominik es uno de esos directores modernos e intensos que además de dirigir, escriben, fotografían, componen, montan y calientan las hamburguesas del equipo, pues el periplo del marido de Angelina Jolie recortada en mano, se llena de escenas larguísimas, innecesarias, aburridísimas y  sobresaturadas de soberbia, rodadas por el muchacho con el convencimiento inequívoco de estar regalando a la humanidad LA PELÍCULA, así en grande, para que todo el mundo lo vea. 

Y si, al menos, los personajes no hablaran, podríamos disfrutar de la estupenda fotografía de Greig Fraser, de algún acierto aislado (el robo que todo lo inicia o la conversación entre Pitt y uno de los rateros en el bar) así como del buen hacer de algunos de los actores como el propio Pitt, Ben Mendelsohn (impecable) o el gran Ray Liotta, que, a pesar de recibir más palos que Candela Peña la noche de los Goya, y de pasar más tiempo en el suelo que de pie, sigue demostrando que es carisma en estado puro. Una pena que, de un tiempo a esta parte, él y su dieta parezcan empeñado en que protagonice la adaptación al cine de Mister Potato. 

 
Pero no, "Mátalos suavemente" no es muda. Muy al contrario, Dominik, no sé si por voluntad propia o porque ya estaba en la novela, acompaña sus soporíferas aunque, en puntuales ocasiones, bellas imágenes, con unos diálogos de vergüenza ajena, ampulosos, alambicados y, ante todo, aburridos, sobre el mundo en el que vivimos, la violencia que nos rodea, lo mal que le sienta a la gente el paso del tiempo, los políticos, las drogas y los....

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... Otra vez me he venido abajo. Les pido disculpas. He recordado las estupideces intrascendentes que suelta James Gandolfini en la película para justificar porque ya casi no mata y ha vuelto a darme el tabardillo. Acabo, que veo que al final dejo este tema sin resolver.

Háganme caso, no malgasten ni un minuto con este tostón presuntuoso: hagan el amor, calceta, huevos fritos. Jueguen al Apalabrados o al Monopoly. Lo que sea, con tal de no tirar a la basura, noventa minutos de sus irrepetibles vidas en esta mamarrachada soporífera. Ni siquiera se acerquen a ella si lo que buscan es echarse un sueñecito. Para eso es mejor que canten aquello de "Soft kitty, warm kitty" que tanto calma a Sheldon Cooper. Aunque no tan eficaz, sin duda es mucho más entretenida.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Jazz me vale: Miles Davis

En el mundo del rock y del pop y, si me apuran, en el de la música clásica, es difícil encontrar coincidencias a la hora de recomendar un disco de iniciación, un primer paso firme para adentrarse en el bosque. Me atrevería a decir que hay tantos primeros escalones como escaleras.

Curiosamente, en el mundo del jazz, no se da esa divergencia y, salvo contadísimas excepciones, todos los entendidos reman en la misma dirección a la hora de recomendar "A kind of blue", de Miles Davis como el punto alfa del que partir para adentrase en el género. Teniendo en cuenta que, por supuesto, la tan recomendada obra se encuentra incluida en mis Sagradas Escrituras (para los menos habituales, les recomiendo pasarse por aquí, para saber de qué estoy hablando), no les voy a descubrir un secreto si les confieso que esta ha sido mi primera asignatura en el doctorado jazzistico que he empezado a cursar este ejercicio.

Mi equipaje es magro a estas alturas del viaje, magrísimo, de hecho, hay un solo bocadillo en mi mochila. Sin embargo, creo que a pesar de mi inexperiencia o, tal vez, precisamente gracias a ella, no seré yo el que rompa la cadena y desde ya mismo, les puedo confirmar que es un disco perfecto para empezar en este mundo. De hecho, estoy, tras más de una docena de escuchas, en condiciones de decir que, "A kind of blue" tal vez sea uno de los mejores discos de todos los tiempos.

 

En diez horas, repartidas en dos sesiones (2 de marzo y 22 de abril de 1959) Bill Evans, John Coltrane, Julian Adderly, James Cobb, Win Kelly, Paul Chambers y, por supuesto, el propio Miles Davis, revolucionaron la historia de la música en general y del jazz en particular. En este sentido, me pierdo en los tecnicismos y no entiendo que quieren decir los entendidos cuando destacan que "el álbum estuvo basado en formas modales, que permitían amplias posibilidades de tránsito por escalas a partir de alguna nota predeterminada en lugar de la secuencia lineal de acordes que desarrollaba el jazz hasta entonces".Por lo que a mi respecta, sólo puedo decir que cada uno de los cinco temas que componen el álbum son memorables y que su escucha- reconozco que en inmejorables condiciones, sin herederas en casa, en penumbra, con los pies sobre la mesa y una copa de vino e ininterrumpidamente- ha supuesto para mi una epifanía en toda regla.

Me resulta inconcebible que con cuatro pinceladas anotadas en un papel y un par de indicaciones, el señor Davis y su increíble grupo de músicos fueran capaces de recrear sin perder su naturaleza el alma del flamenco en la racial "Flamenco Sketches" o que pudieran crear un ritmo tan hipnótico como el de "All blues" y aguantarlo durante casi doce minutos sin dejar de enriquecerlo. Parece increíble que la infinita tristeza que se desprende de "So what" sea una melodía tan perfecta que haya dado pie a versiones- algunas podríamos decir que perpetradas, más que interpretadas-  de todo tipo sin perder su magia y, cuesta creer que los polifónicos casi diez minutos de "Freddie Freeloader" se grabaran de un tirón y en una única toma de sonido. ¿Y que puedo decir de "Blue in green"? Pues sencillamente, que es una de los temas más estremecedores de la historia de la música, de una belleza casi dolorosa y que uno no sale indemne de su escucha.

Dicen que una emperifollada dama capitolina, inconsciente de con quien estaba hablando, pregunto a Miles Davis por las razones que le avalaban para acudir a una recepción dada por el presidente Ronald Reagan. "Bueno"- respondió- "he cambiado el rumbo de la música cinco o seis veces. Ahora, dígame: ¿qué ha hecho usted de importancia, aparte de ser blanca?". Sin duda, una de esas veces el gran Miles Davis lo consiguió con "A kind of blue".

miércoles, 13 de febrero de 2013

Desde el desvan: Un siglo de flojos

Aprovechando que, como todos los años por estas fechas, en Madrid tenemos la desgracia de padecer esa bufanada que es la Feria del Arte Contemporáneo ARCO, subimos con cuidado las gastadas escaleras que llevan al desván del ladrillo y con mucho cuidado, para no romperla- que ya tiene más de cinco añitos- recupero una de mis entradas favoritas de cuantas han pasado por la escombrera. Dio además mucho juego y un jugoso debate entre ilustres desaparecidos como Aquilino Natillas, Princesa Bacana, Otis Driftwood o Profesor Moriarty,

Como suele ser habitual en esta socorrida sección, he corregido algunos detalles de estilo y reducido ligeramente su longitud, pero si alguien quiere leer la original o- lo que es más recomendable- leer los comentarios que suscitó, solo tiene que pulsar aquí. Que la disfruten.


UN SIGLO DE FLOJOS (01/12/2007)

Mi relación con el arte contemporáneo es conflictiva, cuando no beligerante. A pesar de mis abundantes esfuerzos, nuestros encuentros tornan en desencuentros sin apenas habernos empezado a conocer. Danza, ópera, escultura, pintura, música. Sea cual sea la disciplina, donde muchos ven fuego, yo apenas capto el olor del humo. A veces, milagrosamente y casi por casualidad, surge un atisbo, un esbozo de algo que, quizás, tal vez, podría llegar a convertirse en algo que, transcurrido el plazo de tiempo necesario podría admitir como mínimamente artístico. El problema es que esa sensación no es muy distinta a la que provoca, en ocasiones, que una mancha en el suelo o el dibujo de un baldosín, nos recuerde a algo o nos parezca interesante o, incluso, bello. Esa sensación carece de permanencia, no dispone de pilares y se diluye en mi memoria tan pronto como desaparece de la vista. Además, no por eso, deja de ser un borrón en el suelo o una casualidad en la pared de un servicio.

Carezco de la adecuada formación artísitica, eso es cierto. No sé una palabra de escultura ni de pintura. Aunque he leído mucho, tampoco creo que sea suficiente para catalogarme de lector empedernido y a pesar de los centenares de películas y obras de teatro que he visto en mi vida, no paso de ser un humilde aficionado. Sin embargo lo magro de mis conocimientos, no me impide admirar la apabullante belleza de la música de Ravel o Wagner ni es obstáculo para admirar la literatura de Paul Auster o la de Javier Marías, ni la majestuosa perfección de la trilogía de "El Padrino" o el atractivo discurso visual de "Delicatessen". 

Personas cuyo criterio admiro fielmente y titulares de mentes abiertas y desarrolladas, defienden las manifestaciones artísticas contemporáneas, argumentando que, en el siglo XX y aún más en el XXI, hay cosas que el arte ya no puede decir. Al menos, no puede decirlas tal cual han venido siendo dichas en los últimos años. Dos guerras mundiales, la sobredosis informativa de las últimas décadas y un claro paso de lo social a lo individual han generado que el hombre haya perdido el enlace con sus circunstancias. Yace solo, desarraigado, en una forma de páramo existencial sin orden que únicamente provoca frustración, ansiedad, rabia o ira. Por esa razón, el artista descomprime y rompe las normas, desordenándolas a su antojo, rompiendo así en mil pedazos la linea temporal lógica y el cronológico devenir de los acontecimientos. El artista moderno, primero escucha la frase, luego capta el movimiento de los labios y posteriormente la mirada que hasta hoy precedía a todo. La desfragmentación vendría ser, así, el hilo conductor que vertebra el arte contemporáneo. Por mi parte, considero que embarullar lo existente no es muy distinto a desmantelar un rompecabezas. Y eso puede hacerlo un niño de pocos meses.
Desde mi punto de vista, la esencia del arte es la imposibilidad que siente el que observa de imitar su grandeza. Ni en un millón de años podría componer "Tristan e Isolda" o esculpir "El pensador". Sin embargo, dudo que tuviera dificultad en escribir la partitura de la segunda parte de "El viaje a Simorgh" o pintar al compañero de exposición de cualquier obra de Mark Rothko.

Hasta que el pozo de las ideas se secó, hace ya muchos años, el arte se movió hacia delante de manera paulatina. Se aprecia una lenta pero inexorable evolución entre la música de Richard Strauss y la de Beethoven y entre la de éste y la de Mozart o Haydn en una relación causa efecto que se pierde en el tiempo pero que deja bien asentadas las bases de cada paso para poder dar el siguiente. Sin embargo, con la entrada en el siglo XX, todo se transforma. La certeza de que hemos alcanzado el final del pozo, provoca un arrebato suicida que nos lleva a enmarañar la herencia recibida en un potaje indigerible que no lleva a ninguna parte y que, por supuesto, no representa evolución alguna.

Lo peor de todo es que, a fin de cuentas, el siglo XX no ha sido más espantoso que los anteriores. La queja y el fastidio es uno de los pilares fundamentales del hombre. Decía Borges que a su abuelo le tocaron vivir, como a todos los hombres, tiempos difíciles. Siempre estamos peor que nunca. Lo que nos pasa es siempre mucho peor que lo que otros han sufrido. Sin embargo, la realidad es que ese horror y esa angustia vital que ha pulverizado el arte como lo conocíamos hasta entonces, no es tal, ni su intensidad es tan poderosa que tengamos justificadas razones para hacer volar por los aires siglos de historia y de evolución. Si nosotros hemos padecido dos guerras mundiales, otros han vivido conflictos de cien años de duración. Si en el siglo XX vivimos el fascismo, el feudalismo campó a sus anchas hace menos años que los deseados. Si aquellos no tuvieron que rascar un tenedor sobre el plato para transmitir angustia al oyente y pudieron transmitir otro tipo de sentimientos distintos al miedo y a la nausea y los artistas contemporáneos no han sido capaces, al final resulta que el siglo XX- y los venideros, me temo-  ha sido un siglo de flojos y blandos que no pudiendo soportar lo que les ha tocado vivir y en vez de mirar hacia atrás buscando las bases que permitan, si eso es posible, volver a iniciar el camino, han optado por desvalijar la casa del abuelo y llevarse lo que puedan para protegerse de la que está cayendo.