
El pasado sábado tuve la inmensa suerte de poder asistir al estreno en Madrid de la ópera de Puccini, "Madama Butterfly", en la que se narra la sobrecogedora historia de desamor entre Cio- Cio- San, una joven e ingenua geisha y el bala perdida de Pinkerton, un "yankee vagabundo" que recorre el mundo rompiendo corazones en cada puerto por el que pasa a la espera de encontrar "una buena esposa americana". Si bien ya son varias las representaciones operísticas que un servidor lleva en la mochila, debo confesar que es el primer estreno al que asisto y sentía una especial inquietud ante lo que podía pasar, ya que los más habituados a estos acontecimientos mantienen que no hay representación como la del día del estreno. Para bien y para mal. O es la mejor de todas o la falta de rodaje y los nervios provocan un naufragio sin isla desierta a mano. Si a eso le sumas que esta obra es una de las piedras angulares de mi repertorio operístico particular, casi una partitura sagrada, es fácil entender el porqué de mi inquietud.
La marejada fue disminuyendo nada más entrar en el recinto y comprobar que, la tan alabada puesta en escena de Mario Gas era, efectivamente, impresionante. El escenario representa un plató cinematográfico de los años treinta con docenas de carpinteros, iluminadores, operadores de cámara, técnicos de sonido y fauna variada recorriéndolo de arriba abajo para pulir los detalles antes de que el director ordene "acción" y, de manera simultanea al comienzo de la ópera, dé inicio el rodaje de.......¡¡Madama Butterfly!! Y es que, efectivamente, las cámaras que recorren el escenario ruedan durante la representación y lo transmiten a las pantallas donde normalmente se emite lo que ocurre en el escenario, pero en un entrañable blanco y negro y con efectos de fundido a negro y movimientos laterales de cámara auténticamente cinematográficos. Esta curiosa apuesta permite también acceder a multitud de primeros planos de los cantantes, gracias a los cuales es posible apreciar como nunca el aspecto interpretativo de sus actuaciones.
Si la puesta en escena es brillante, en el plano musical, la presentación del tenor Plácido Domingo como director de orquesta en el Teatro Real ha resultado espléndida. En general, el paso del escenario al foso no suele ser un camino de rosas y son muchos los cantantes que han dado en hueso y han sido machacados por público y crítica en sus escarceos con la batuta. En este caso y a la espera de lo que digan las cabezas pensantes del mundo musical, a mí, me parece que nuestro internacional Plácido da una verdadera lección y transmite una inmensa fuerza en todas las escenas (especialmente en las más intensas, donde aflora su tendencia al histrionismo). Los actores responden con decisión y la orquesta suena conjuntada y poderosa. Sinceramente, una grata sorpresa.
Dejo para el final a los actores porque, sobre todo de uno de ellos hay mucho que decir. Todos están soberbios en el apartado interpretativo. Y cuando tienes una cámara en la cara que transmite a una pantalla el menor de tus gestos mientras castigas tu garganta, eso es aún más meritorio. En el apartado vocal, la mayor parte del reparto está más que correcto, excepción hecha de Carl Tanner que interpretó al rufián de Pinkerton y que anduvo escaso de fuerzas y poco generoso en sus presuntos momentos de lucimiento, lo que le hizo acreedor de un humillante y bochornoso abucheo en su turno de saludos. ¿Cuándo aprenderán estos repugnantes alborotadores de guante blanco que se camuflan en la masa para vomitar sus frustraciones que hay otros modos de manifestar tu desacuerdo con la actuación de un artista y que no implican su humillación a golpe de rebuzno? . Ya lo dijo Beethoven, "nunca rompas el silencio si no es para mejorarlo". Si no te ha gustado, no aplaudas. Y punto.
Párrafo aparte merece el verdadero milagro de esta representación, la soprano chilena Cristina Gallardo Domâs, que debutó hace diecisiete años con el papel de Cio-Cio-San y que, a día de hoy, es, literalmente, Cio-Cio-San. Nunca había visto semejante exhibición interpretativa y vocal en un escenario. No sólo su voz es espléndida, medida, poderosa, exhibicionista cuando procede sino que su interpretación de la ingenua adolescente es, sencillamente, memorable. Cuando Cristina Gallardo interpreta la conocida "Un bel di bedremo" consigue que la recibas como si, efectivamente, fuera la primera vez que la escuchas. El emotivo y difícil dueto de amor del primer acto lo salva con una intensidad tal, que el pobre Pinkerton, más parece escucharla que cantar con ella. El uso de los primeros planos en las pantallas del teatro, además permiten acceder al inacabable repertorio de gestos y miradas de la chilena que en algunos momentos puramente expresivos, sin canto por su parte (el interludio del segundo al tercer acto, el momento del repudio familiar justo antes del mencionado duo de amor) resultan sobrecogedores en las expertas manos de esta artista arrebatadora.
Desgraciadamente, Cristina Gallardo ha anunciado que ésta es la última vez que interpretará el personaje que le ha dado fama internacional. Una pena, la verdad, pero un estímulo más para no perderse este espectáculo irrepetible.





