
El mejor momento para un insomne es el que da inicio los sábados y domingos a eso de las cuatro de la tarde y tiene lugar frente a la pantalla del televisor. Las noches en vela de la semana se difuminan hasta desaparecer cuando, concluido el telediario, el parte meteorológico y la docena reglamentaria de anuncios, una cuña publicitaria nos informa de que la película que viene a continuación está patrocinada por, pongamos por caso, Conservas La Fresquita. Desde ese instante, el insomne y, en realidad, cualquiera tiene aseguradas no menos de dos horas de siesta de las de pijama y padrenuestro, cortesía del telefilm de turno.
El poderoso efecto sedante de estos productos no lo produce la ínfima calidad de los actores que participan en las mismas, generalmente, repetidores compulsivos de primero de interpretación o viejas glorias que queman sus últimos barcos en el océano televisivo. Tampoco es culpa de sus efectos especiales generados a través de un Spectrum o la patente impericia de sus realizadores. Todo eso influye, qué duda cabe, pero no es la verdadera razón de que estas películas aburran a las cabras. La culpa de todo la tienen sus soporíferos guiones, tan previsibles y repetitivos que, apenas transcurren dos minutos de proyección y ya sabes, sin margen de error, cómo terminarán.
Tenemos, por ejemplo, el denominado, relato de superación. Normalmente, un antiguo deportista, que, por romperse una rodilla, suele caer en la bebida, dejarse barba, pegar a sus semejantes, tener un humor de mil demonios y vivir en una porqueriza llena de sus antiguos trofeos, encuentra a un antiguo amigo al que aún no ha pegado y que le ofrece entrenar a un grupo de inadaptados sociales. Como en la caravana en la que vive y de la que suele salir en camiseta y rascándose la entrepierna con un frenesí contagioso no caben más botellas de bourbon, acepta el trato no sin decir al menos cien veces que para él el deporte ya no es lo que era, que todo se perdió aquella noche de la lesión y que si la abuela fuma. El percal que se encuentra el hombre, la verdad, es desolador. Allí no falta nadie: el gordo inútil que come hamburgesas como si fueran pistachos, el desmadejado adolescente con unas gafas que serían la envidia de Rompetechos, el gigante con serios problemas de integración social que se mueve con la gracilidad de un elefante con tacones y, por supuesto, la estrella de la función, el macarra guaperas en el que el borrachín del entrenador, se verá reflejado y, desde ese momento, hará centro de sus más tediosas charlas. Empezarán los trabajos de coordinación del equipo, el entrenador se desesperará y saldrá de la pista dando un portazo poco antes de ganar un par de de encuentros y llegará la noche crucial en la que juegan el partido de su vida. El equipo contrario, en el que todos son unos chulos de cuidado, empezarán dándoles una paliza de matrícula de honor. Llegará el intermedio y con él, una plática de las que no se olvidan sobre el honor, la voluntad y el valor como no las soltaba Leónidas en las Termópilas. Sobra decir que, tras el descanso, el equipo de inadaptados gana en el último segundo gracias al guaperas, el entrenador supera sus problemas con el alcohol en particular y la humanidad en general, vende la caravana y si la película es especialmente mala, terminará con un plano fijo del sufrido entrenador, rodeado de sus sudorosos acólitos, con el rostro desencajado y el puño al aire.
En otras ocasiones, nos cuentan la historia de una divorciada con hijos, normalmente una adolescente inquieta y un niño de tres o cuatro años que suele pulular por la pantalla sin que nadie sepa exactamente qué hacer con él. Los tres viven felices y desayunan juntos aunque la adolescente se encuentra en plena fase de picores y busca su espacio. Es cuando entra en escena el nuevo novio de la madre, un tipo con la frase "chungo que te cagas" tatuada en la frente. Como tiene un pasado oscuro y perturbador, cuando piensa que nadie le ve, frunce mucho el ceño y mira en escorzo para que el pobre iluminador pueda crear sombras inquietantes en su rostro. La única que parece notar que el tipo no es de fiar, suele ser la adolescente. Entre que no le gusta un pelo el nuevo novio de su madre y que anda con las hormonas en marcha militar es muy habitual que pierda los nervios de cuando en cuando, generalmente durante las cenas y le suelte al villano de la función algo tan de cajón como que él no es su padre. Normalmente, la niña se levanta de la mesa y corre a su cuarto que, siempre está en el piso de arriba, seguida de cerca por su madre. Mientras, el malvado villano vuelve a fruncir el ceño. Es entonces cuando alguien muere (un vecino, un policía, un antiguo compinche del hombre ceñudo) y la adolescente que, casualmente, pasaba por ese solar a cincuenta kilómetros de la ciudad, presencia el hecho y corre a avisar a su madre que, incomprensiblemente, no hace el menor caso. Tras un par de días en los que hija y novio se hacen perrerías varias, la madre reacciona, entiende que un tipo con ese ceño no puede ser buena gente e intenta escapar mientras el novio recibe más palos que una piñata en una guardería, baja las escaleras de cabeza un par de veces y termina despeñándose por una ventana del desván, al que en un gesto completamente irracional se han subido madre e hija (del pequeño hace mucho que no se sabe nada) en su intento de escapar del malvado ceñudo. En una pirueta de guión poco habitual, es posible que el villano no se empale en la cerca del jardín y lo aprese la policía, lo que suele dar lugar a un plano desde la parte trasera del coche patrulla en la que volvemos a ver al vapuleado novio en su gesto favorito.
Por último, no pueden faltar las historias basadas en hechos reales. Generalmente se trata de hijos o cónyuges devorados por algún tipo de enfermedad desconocida que sufren de mala manera mientras abnegados y trabajadores familiares que no se sabe bien de donde sacan el dinero para tanto médico, pasean a su deteriorado enfermo por todo hospital activo en millas a la redonda. En todos ellos, doctores feos y desagradables, encogen los hombros y en sentido homenaje a Sandro Giacobbe les cantan aquello de "lo siento mucho, la vida es así. No la he inventado yo" mientras les entregan la tarjeta de la funeraria más cercana. Nuestros amigos, desesperados vuelven a casa donde una viejecita jovial que les tiene preparado un buen trozo de pastel de arándanos en la mesa, se esfuerza en consolarlos y les empuja a no desesperar. Cuando todo parece perdido y, casi por casualidad, aparece un joven médico, al que expulsaron por guapo de la Pasarela Cibeles que, sin perder un segundo y demostrando una humanidad que convierte a Michael Landon en un frívolo sin conciencia, el joven doctor empieza a trabajar en el caso de una manera febril, lo que suele traer problemas al buen hombre con su maciza esposa que, reticente al principio, termina por ser el ancla de nuestro heroico médico. De repente, un día aparece en la habitación del hospital donde los buitres ya hacen cola desde hace días y, deslumbrando a propios y extraños con su inmaculada sonrisa, anuncia que ha encontrado la solución, lo que además resulta ser cierto. Lo más habitual es que en ese momento y, seguramente por razones presupuestarias que impidieron alargar el rodaje, la película termine con un cartel que nos haga saber que el enfermo se recuperó por completo, reside actualmente en Utah, es dueño de una ferretería y que su hijo terminó casándose con la hija de los macizos.





