miércoles, 20 de enero de 2010

Noir


Con el sugerente y atractivo subtítulo de "Noir", Marvel ha iniciado recientemente la edición de varias series limitadas (de cuatro capítulos, por lo general) en las que los lectores asistimos a una curiosa y anacrónica aproximación a sus personajes y cabeceras más populares.

Haciendo bueno aquello de que el crimen, para que en realidad sea crimen debe tener el sabor propio de los años treinta, la editorial norteamericana ha trasladado a aquella conflictiva época, personajes de la franquicia con el tirón de Lobezno o Spiderman, situando su origen en aquellos años de corrupción y violencia, desarrollando sus aventuras sobre referencias clásicas del cine negro. Panini Comics, la compañía encargada de la comercialización en España de las obras de Marvel ha dado el banderazo de salida con la serie dedicada a mi admirado y amistoso vecino Spiderman. Y el resultado es muy recomendable.

Sobre una historia escrita por David Hine y Fabrice Sapolski, "Spiderman Noir" rinde homenaje a películas como "La ley del silencio", "Código del hampa" u otras más recientes como "L.A. Confidential", situando el nacimiento del trepamuros en plena depresión norteamericana. Hay, por otro lado y como atrevida contradicción, guiños a la modernidad del personaje como las referencias a la memorable etapa del guionista J.M. Straczinsky en la serie regular del cabeza de red, recientemente concluida o los homenajes que Hines y Sapolski ofrecen al clásico cinematográfico de Todd Browning, "Freaks". Todo ello convierte "Spiderman noir" en un producto innovador, moderno y atrevido.... ¡¡en medio de la Gran Depresión norteamericana de los años treinta!!

En este mismo sentido, resulta sumamente original e ingeniosa la forma en la que personajes tan famosos de la franquicia como Norman Osborn, Kraven, J.J. Jameson o Felicia Hardy son transformados en arquetipos clásicos de novela negra sin que la jugada chirrie en ningún momento. Así, la ambigua Gata Negra de los comics tradicionales es aquí la dueña de un prostíbulo de lujo con buen corazón, mientras que Norman Osborn encaja como un guante en su papel de capo mafioso rodeado de sicarios con los rostros de enemigos clásicos del trepamuros como Kraven o un escalofriante Adrian Toomes que es, sin duda, el mayor acierto de la obra. De la nueva orientación dada por los autores a la plomiza tía May y al propio Peter Parker, prefiero no hablar para no arruinar la sorpresa.

La parte gráfica corre a cargo de Carmine di Giandominico que lleva a cabo un trabajo impecable, dotando al conjunto de una atmósfera oscura, densa y expresionista que alcanza momentos sencillamente redondos como la muerte de Ben Parker o el tramo final en las cloacas. Respecto a su diseño de nuestro amistoso vecino, a medio camino entre Spirit y Veneno, sólo decir que es todo un acierto: resulta inquietante, creíble (un tipo deslizándose por los tejados con un pijama azulgrana resultaría bastante fuera de lugar) y, a pesar de estar tan alejado de la imagen tradicional del personaje creado por Stan Lee y Steve Dikto, es sumamente fácil identificarlo como el cabeza de red que todos conocemos. El pistolón que le han colocado como detalle final otorga al conjunto ese toque retro tan interesante que rodea toda la obra.

Para los próximos meses, Panini anuncia la publicación de las series dedicadas a Lobezno, Daredevil y X-Men. Por lo que he podido leer en la red, el nivel se mantiene e, incluso, en el caso de la serie dedicada al Profesor Xavier y sus alumnos, se alcanzan cotas realmente memorables. Permanezcan atentos a su librería y háganse con esta excelente forma de invertir quince euros. Seguro que nadie se arrepiente.

miércoles, 13 de enero de 2010

La púa y la cuerda


Cuando apenas sobrepasaba la quincena, servidor solía pasar las tardes de los sábados en una popular discoteca del centro de la capital que disponía de un "horario especial" para menores de edad. Durante la franja que iba desde las cinco de la tarde a las nueve de la noche, la sala ponía a disposición de su espinilloso público todas sus instalaciones y servicios salvo la distribución de bebidas alcohólicas, de modo que que el tiempo se gastaba en hacer el cabra en la pista de baile, flirtear con las chicas, ensayar pose ante las seleccionadas y suplicar al camarero que pusiera en tu refresco algunas gotas del contenido de las botellas que se apiñaban en las estanterías superiores a la espera de hígados más trabajados.

La guinda de aquellas tardes adolescentes la ponía el encargado de la música que, minutos antes de terminar la sesión y sin fallar a su cita ni una sola vez, hacía atronar por los altavoces los descomunales punteos de Mark Knopfler en el final de "Sultans of Swing" incluido en el album "Alchemy" de su banda Dire Straits. Las luces bajas y los acompasados aplausos del público que se escuchan en el disco eran el preludio para una verdadera estampida de guitarristas en ciernes que, tan pronto empezaban a descolgarse las primeras notas del "solo" final, nos retorciamos por la pista imitando a nuestro ídolo con esa postura típica a medio camino entre la masturbación zurda y el diestro rascado genital que no puede faltar cuando de emular a un guitarrista se trata.

¿Quién no ha fantaseado con desvariar sobre las cuerdas de una guitarra Gibson o de una Fender ante un público entregado a tus dedos y a tu agilidad con la púa? Para cualquiera que ame la música en general y el rock en particular, esa imagen es un sueño hecho realidad. Yo, sin duda, que lo único que puedo hacer con una guitarra es emular lo que Paul Simonson hacía con su bajo en la portada del "London calling" he tenido esa visión en mi imaginación innumerables veces. Los que comento continuación no solo lo imaginaron sino que, además, y para nuestro eterno disfrute, convirtieron su sueño en realidad. Ni mucho menos están todos los que son, por lo que, obviamente, se admiten sugerencias.


JIMI HENDRIX: Capáz de convertir una ranchera en un bloque de puro rock, el trípode zurdo es la maquina más perfecta de tocar la guitarra que ha pasado por este mundo. Sus temas propios son clásicos imperecederos de la música y sus incendiarias versiones de temas ajenos, como el adrenalítico "Johnny B. Goode", estaban a la altura y, en muchas ocasiones, superaban a los originales. No logró llegar a los treinta años y eso es algo que siempre lamentaremos los amantes de la música.

JEFF BECK: Mi primer contacto con el larguirucho ex-guitarrista de los Yardbirds fue a través de la grabación de un concierto conocido como "The secret policeman's concert", en el que junto a artistas como Sting o Phil Collins, el guitarrista inglés más inclasificable de la historia (su música es ¿jazz? ¿blues? Tal vez, ¿heavy metal?) se comía crudo a "partenaires" del calibre de Eric Clapton. Dotado de una técnica asombrosa, Beck es como el Guadiana: aparece y desaparece de la escena musical cuando y como le parece oportuno y colabora con quién le apetece sin importarle un pimiento la industria. Un clásico.

PHIL MANZANERA: En los discos de Roxy Music, la banda que lideraba junto a Bryan Ferry, la calidad del artista londinense quedaba algo tapada por el cuidado envoltorio instrumental con el que Ferry insistía en cubrir sus canciones, pero en directo, la cosa era muy distinta y Manzanera aprovechaba los largos desarrollo instrumentales de temas como "If there is something" o "My only love" para sacar su lado más pirotécnico y deslumbrante. Es cierto que su movilidad sobre el escenario rivalizaba con la de los árboles en el prado, pero cuando sacaba su púa a pasear, Manzanera no tenía rival en el segmento pop-rock en el que Roxy Music se movía como pez en el agua.

SLASH: Sí, ha colaborado con Marta Sánchez y durante los últimos años, su aportación a la historia de la música es equiparable a la de Melody. Pero, desde mediados de los ochenta hasta principios de los noventa, el guitarrista de Guns and Roses fue, tal vez, el más grande. Técnica, energía y una imagen impactante se unieron para dar a luz a todo un icono del rock de los noventa de cuya imaginación surgieron temas clásicos del rock como "Paradise City", "Welcome to the jungle" o "You could be mine". Al menos, ha tenido la dignidad de no participar en la patética reaparición de la banda que el desquiciado Axl Rose se sacó de la manga el año pasado.

CARLOS SANTANA: Siempre se ha dicho que la forma de tocar la guitarra de Prince es una clara influencia de Hendrix. Pero en realidad, basta con ver una actuación del mejicano Carlos Santana para ver que, en realidad, el enano de Minneapolis ha escuchado mucho "Oye como va" o "Samba pa'ti". Por si no fuera suficiente con tocar como los ángeles, Santana además ha sido un pionero incontestable en la fusión de estilos y sus composiciones saben a azúcar, bourbon y Cherry Coke. Prolífico como pocos, lleva más de cuatro años sin sacar nuevo trabajo y sus admiradores empezamos a inquietarnos. ¿Se le habran acabado sus estrellas invitadas?

REEVES GABRELS: Mi pequeña debilidad y probablemente el miembro más discutible de este selecto grupo de virtuosos. Cuando el genial David Bowie decidió a principios de los noventa fundar su efímera banda de hard rock , Tin Machine, todo el proyecto pivotó sobre este sobrio y encorbatado duendecillo que sacaba chispas de su guitarra en lugar de notas. Su modo de tocar agresivo y distorsionado, a un paso del ruido, contrastaba con su hieratica presencia que, en ocasiones, devoraba a todo un animal escénico como Bowie. Si alguien no conoce el magistral album de debut de la banda, de homónimo nombre, que corra a por él; tiene ahí una buena oportunidad de conocer a uno de los artistas más sorprendentes e inclasificables de los noventa.

lunes, 4 de enero de 2010

La pregunta del millón


Kurt Westergaard estuvo a punto de morir hace menos de dos días. Un joven somalí, armado con un hacha de considerables proporciones logró colarse en el interior de su domicilio e intentó asesinarlo al grito de "sangre y venganza". Afortunadamente, Westergaard logró refugiarse en la cámara acorazada instalada en su baño y, tras contactar con la policía (que logró finalmente reducir a disparos al agresor), salvar su vida.

Es muy posible que el nombre de Kurt Westergaard no diga nada a mucha gente. Pero si decimos que es el dibujante que en 2005 revolucionó a miles de musulmanes por unas caricaturas de Mahoma realizadas por él para el diario danés "Jyllands Posten", es más fácil ubicarlo. Cuatro años después cuando casi nadie se acuerda de aquel lamentable hecho en el que la libertad de expresión retrocedió varias décadas para alegría de los islamistas más radicales, Westergaard aún permanece en el punto de mira y de no ser por las medidas de seguridad que el gobierno danés le facilitó, el dibujante, cuyo único delito fue hacer uso de una libertad que ha costado siglos conseguir, sería carne fileteada en el pasillo de su propia casa.

No sería la primera vez, también es cierto. El polémico periodista y cineasta Theo Van Gogh, que dirigiera en 2004 el cortometraje "Sumisión", sobre el papel de la mujer en el Islam, fue asesinado en pleno centro de Amsterdam hace tres años por un integrista que tras derribarlo de su bicicleta con varios disparos de su pistola, lo acuchillo en repetidas ocasiones, lo degolló hasta el hueso y no contento con eso, le clavo un cuchillo en el corazón dejando sobre el cadáver una carta de varios folios llena de amenazas y apocalípticos augurios para "los no creyentes".

Uno puede escribir un libro en el que se diga que, en realidad, Jesucristo y sus Apóstoles son el precedente más antiguo de los Village People o dirigir una película en la que aparezca la Virgen María practicando el onanismo y, a lo más que se arriesga, sin ser poco, es que le censuren la obra. Sin embargo, cuando del Islam se trata, una mancha en la delicada sábana de sensibilidad que rodea a los más extremistas puede suponer tu decapitación o que la embajada de tu país, a miles de kilómetros, salte por los aires. Y no solo hoy, o cuatro años después, como es el caso de Westergaard. Un acto de este tipo condena al "culpable" a permanecer en perpetua guardia y vivir hasta el fin de sus días con un cuchillo colgando sobre tu cabeza. Salman Rushdie puede dar buena cuenta de ello.

¿Es admisible que la sensibilidad de un grupo religioso sea la vara a través de la cual todo Occidente mida su derecho a expresarse libremente? ¿Puede un sector extremo de una fe o una opinión política determinar qué es o qué no es merecedor de la muerte y actuar en consecuencia? ¿Puede alguien en su sano juicio pensar que, en realidad, Rushdie, Van Gogh o Westergaard, tienen lo que se merecen por haberse metido con la gente equivocada? ¿Vamos a pensar, de verdad, que al final los rodillazos en la nariz son agresiones nasales a la rodilla? Creo que la respuesta a esto es la misma que recibió Theo Van Gogh de su asesino cuando, mientras la vida se le escurría por su cuello cercenado, le preguntó si no era posible sencillamente que discutieran sin más sus diferencias.

martes, 22 de diciembre de 2009

Aventura navideña


En general y salvo contadas ocasiones, no suelo dar cobertura en el ladrillo a momentos o situaciones que acontecen en mi vida. Tiendo más a comentar opiniones, impresiones y preferencias que hechos mondos y lirondos. Sin embargo, un curioso acontecimiento que me ocurrió hace unos días encaja tan ajustadamente con ideas y comentarios vinculados a dos de las últimas entradas publicadas, que no me resisto a compartirla.

Hace unos días, la bella señora Winot, la heredera y servidor decidimos huir de las apreturas y estrecheces que vive el centro de Madrid. El autobús que cogimos, en linea con el estado natural de la ciudad (y al que hace unos días me referí en "Aquí no hay quien viva (en diciembre") rebosaba de fugitivos como nosotros que se alejaban horrorizados de las pistolas de pompas de jabón y los gorros de ciervo decapitado que tan de moda están este año. Si a eso le sumamos un carrito infantil, bufandas, gorros y abrigos voluminosos, es obvio decir que "comodidad" no era el término que más cuadraba con nuestro estado.

Milagrosamente logramos llegar a nuestra parada y, apenas puesto el pie en la acera me di cuenta de que el teléfono móvil que llevaba había desaparecido. La señora Winot demostrando que no solo ve las aventuras de Jack Bauer en "24" sino que, además, las comprende, se lanzó hacia el conductor y al grito de "cierre las puertas, que lleva un ladrón en el autobús", dejó apresado al anónimo delincuente, llamó a la policía y marcó mi numero para detectar la ubicación del mismo y del sustrayente. El respingo dado por una pasajera, nos puso sobre la pista de una sudamericana cuarentona a la que hicimos bajar del autobús para proceder a su registro. Antes de bajar, mi teléfono ya había sido transferido a otro conpinche que se escabulló disimuladamente mientras abríamos las puertas.

De no ser por un señor que nos avisó de este hecho, el mochuelo hubiera volado a su olivo y de mi teléfono nunca más se hubiera sabido. Pero hubo suerte y pude pararlo en un semáforo. Por alguna razón al tipo lo pillé con el pie cambiado y fue anunciarle la visita de la policía y aparecer mi móvil en su mano como por arte de magia. "Toma y déjame", me dijo. Quizás lo suyo hubiera sido hacerle caso y dejarlo marchar. Yo había recuperado lo mío y tenía todo el día para disfrutarlo con mis chicas sin meterme en ningún lío. Pero aquel tipo me había robado y no era descabellado pensar que no fuera su primera vez ni, por supuesto la última. Hoy era mi teléfono, pero, ¿mañana?

El caso es que le amarré de un brazo , le dije que no iba a irse de rositas y que tendría que dar explicaciones a la policía. Se zafó con un soberano empujón y se dio a la fuga., pero, a pesar de mi mejorable estado físico, encontré fuerzas para lanzarme en su persecución. No hubiera aguantado mucho la carrera y de no ser por un caballero cincuentón que se soltó del brazo de su mujer y se plantó como un coloso en la trayectoria del fugitivo, es muy posible que todo hubiera terminado con un sofoco inútil y un ladrón suelto más. Pero no fue así y haciendo gala de aquello que reclamaba en "Punto y final: Andrew Anthony" hace un par de semanas el anónimo caballero decidió romper esa pasividad de grupo tan dañina para la sociedad y entre uno y otro conseguimos dar caza al ratero y custodiarlo hasta que, unos minutos después apareció la policía.

Es cierto que, una vez detenido, la burocracia jurásico-policial a punto estuvo de hacerme recular y pensar que bien podría haber dejado huir al corredor de fondo y así no haber pasado el resto del día en una comisaría esperando la tramitación del atestado. También es cierto que, ahora se da la paradoja de que si no acudo como testigo en marzo al juicio al que, sin duda, el tipo no se presentará, me pueden introducir rectalmente una multa por un importe que triplica el valor del teléfono. Pero tampoco me cabe duda de que volvería a hacerlo y de que yo también me hubiera plantado en la trayectoria del chorizo sin dudar un instante y hubiera colaborado en su captura para alejarlo, siquiera unas horas de las calles. Eso, compensa todo el esfuerzo.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Premio Amante Literario


La periodista, cocinera y curiosa Megsevilla (Meg en su acepción blogosférica), que regenta un pozo de sabiduría culinaria oculto bajo el discreto nombre de "El fogón de Meg" me ha concedido recientemente el premio "Amante literario". En este enlace está la prueba de que no utilizo esta excusa para llenar espacio ("Premios").

Limitándome a seguir las reglas del premio (y obviando, en consecuencia, todo el juego que da el nombre del premio) debo, en primer lugar, incluir en la entrada el logotipo del galardón. No otra cosa es lo que adorna la cabecera de la presente entrega del ladrillo.

En segundo lugar, hay que dejar constancia del agradecimiento que el premiado muestra ante su seleccionadora, lo que, por supuesto, hago con mi querida Meg no solo por cumplir con las reglas del juego sino, sobre todo, porque la chistera que adorna mi testa no está ahí por casualidad sino porque uno es, por encima de todo, un caballero. Nuevamente, un millón de gracias por acordarte de la escombrera.

La tercera pata de la mesa es, sin duda, la más espinosa y obliga a quien recibe el galardón a definir qué es la lectura. El tema es complicado y puede dar pie a una catarata de tópicos de difícil digestión. Meg ha logrado evitarlo en su entrada, pero yo no estoy seguro de conseguirlo. Ante la duda, prefiero remitirme a un tercero y citar un proverbio hindú que, en mi opinión, no puede ser más claro: "un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado, un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora”

Por último, el prolijo articulado del premio me autoriza a entregar el premio a otras bitácoras a mi elección con el ofrecimiento de que continúen, si así lo consideran oportuno la cadena o "meme" que con esta entrada prolongo un poco más en el tiempo y el espacio. Los seleccionados son los siguientes:

- "Las horas del lobo", del corrosivo y descacharrante Vargtimen. Impagable. una pena que sea del Barcelona hasta el tuétano.

- "Insensatos en MoriaCity", regentado por un inagotable androide de lectura llamado Marguis y cuya biblioteca hace palidecer a la de Alejandría.

- "Ivan Reguera", feudo inexpugnable del homónimo blogero e indispensable lectura diaria. Ideal para recargar las pilas y aferrar el día por el cuello para que no se escape vivo.

- "La cinta de Moebius", tremendo bazar a cargo de Möbius en el que todo (cine, música, literatura...) es posible.

- "De gusanos y lombrices", donde tiene lugar el desarrollo de "El salitre de las botas de Pockollock" la epopeya histórica narrada por el incombustible Mr. Lombreeze.


lunes, 7 de diciembre de 2009

Aquí no hay quien viva (en diciembre)


Vivo muy cerca del centro de Madrid tan cerca que, parafraseando a Groucho Marx, si estuviéramos más próximos, terminaríamos dándonos las espalda. Casi todo lo que me gusta, habita en el centro. Por eso, poder llegar caminando a cualquier cine, museo o restaurante es un lujo tan intenso que pago con gusto el peaje que suponen los atascos, el ruido y el evidente aumento de la densidad de población que existe en sus calles si lo comparamos con todo lo que se aloja fuera de esas lindes.

Vivir en el centro no es obviamente, una experiencia de gusto para todos los paladares. Pero tampoco lo es el pasar tus días en uno de esos barrios que se desarrollan a la sombra del núcleo urbano y que, a pesar de disponer de zonas comunes o estar implantados junto a faraónicos centros comerciales, a día de hoy son escenarios perfectos para el rodaje de los exteriores de "Soy leyenda II". Aunque cuando lo digo, hay personas que me contemplan como si acabara de comunicar mi pasión por la carne humana, prefiero vivir en sesenta metros cuadrados junto a la Puerta del Sol que en un piso de doscientos metros a quince kilómetros de Madrid.

Dicho esto, no obstante, hay veces, la verdad, que a uno le entran ganas de coger la recortada y avanzar por el centro de la ciudad despanzurrando viandantes hasta el pueblo más aislado de la sierra más recóndita de la provincia y aislarse de todo y, sobre todo, de todos. De todos los que aprovechan estas fechas para tomar el centro de la ciudad y convertirla en un lodazal por el que es imposible deambular sin un campo de fuerza protector.

Diciembre es una prueba de fuego para aquellos que, como yo, disfrutan de la razonable superpoblación del centro. Desplazarse por las calles que circundan Sol o Preciados exige un trabajo previo de zapador experimentado que permita evitar las hordas de energúmenos que adornan sus testas con apestosas pelucas afro, cuernos de alce o, la novedad de este año, cabezas de ciervo apeluchadas que incitan a la violencia más extrema. Ensimismados en el fulgor de la iluminación municipal navideña, el rebaño anda disperso y es perfectamente posible terminar con un matasuegras alojado en el fondo de la garganta mientras intentas que el desgraciado que fuma su cigarrito como si anduviera por un valle deshabitado no logre carbonizar a la heredera que, desde su carrito, nos observa con severa censura. No es posible trazar una linea recta. Moverse implica disponer de ubicuidad para no terminar arrasado por avanzadillas de jubilados aletargados, japoneses que bloquean las calles fotografiando todo cuanto queda encuadrado en el objetivo de sus cámaras, y pandas de adolescentes que se comunican en un extraño lenguaje de risotadas, empujones y, esporádicamente, palabras (incluso bisílabas, en ocasiones) que convierten una vuelta a la manzana en un capitulo del "Ulises".

Ayer por la tarde, tomé la equivocada decisión, de pasear mi palmito y el de la heredera por el Mercado de San Miguel, uno de los lugares más concurridos de este concurrido casco urbano. Cuando, oprimido entre bandejas con vino, bolsas de pan y platos de langostinos, me planteaba muy seriamente utilizar el carrito de la heredera como arma arrojadiza, me topé de frente con el actor Fernando Tejero que, a juzgar por su expresión se estaba planteando utilizar con similares intenciones una bolsa que cargaba en la mano derecha. Estuve a punto de soltarle que no andara con esa cara de mala leche, que él ya había vivido en sitios donde no se podía vivir y había sobrevivido, pero, respiré hondo y me mordí los morros. Le pedí paso para la heredera, me lo concedió, le di las gracias y volví a mi casa, mientras pensaba que el bendito siete de enero está a la vuelta de la esquina. Amen.