martes, 16 de febrero de 2010

Salve, Regina


A mi amiga siempre le dio dentera ser noticia de portada. Su único afán en los años que le han sido concedidos (pocos, muy pocos, insuficientes desde cualquier punto de vista) ha sido siempre permanecer en segundo plano, alejada por completo del foco de la atención. Muchas de sus decisiones que tomó tuvieron su fundamento en esta necesidad de anonimato a la que le conducía su humildad y generosidad infinita. Incluso en estos últimos días, cuando el maldito cáncer la envolvía ya por completo, urdía todo tipo de estratagemas para que su enfermedad no fuera motivo de preocupación para nosotros, enfrentándose para ello, con descarnada valentía a los infernales dolores que la traspasaban y dejándonos a quienes la queríamos con la boca abierta ante semejante muestra de fuerza y valentía.

Y por no traicionar su deseo de anonimato, incluso frente a vosotros, a la inmensa mayoría de los cuales ni siquiera llegó a conocer, no dejaré constancia alguna de su nombre. Pero eso no implica que pueda dejar su marcha sin el reconocimiento que ella se merece. Seguro que no estaría de acuerdo en el tema musical que he escogido para rendirle homenaje ahora que ya no está entre nosotros. Pero siempre que pienso en la muerte y en la dignidad con la que uno debe vestirse para la ocasión, me viene a la mente la maravillosa escena con la que el compositor francés, Francis Poulenc, culmino su espléndida ópera, "Diálogos de Carmelitas" . Tal vez la temática religiosa cuadre muy forzadamente con mi amiga a quien las instituciones eclesiásticas siempre le importaron poco o nada, pero si de coraje y dignidad hablamos, es imposible no vincular la idea con mi amiga que en estos asuntos siempre sentó cátedra. Un millón de besos, guapetona.

SALVE REGINA (DIALOGUES DES CARMÉLITES)


lunes, 8 de febrero de 2010

Garras de perro


Suelo desconfiar de los libros en cuyas portadas o contraportadas se amontonan los comentarios elogiosos sobre su contenido. Tanto si la obra está a la altura de las alabanzas como si no. Si el libro es merecedor de lo que del mismo se dice, la expectativa creada siempre conseguirá disminuir el efecto beneficioso que hubiera producido el libro de haberse visto privado de sus medallas. Si por el contrario, el contenido queda por debajo de los halagos impresos, el autor del panegírico, generalmente, un autor de éxito o una revista prestigiosa, perderá muchos puntos por habernos hecho perder tiempo y dinero.

Por todo ello, acogí con recelo la voluminosa novela del norteamericano Don Winslow, "El poder del perro", cuya contraportada parecía la pechera condecorada de un general de éxito. Adulación, coba y bombo sin medida. ¿Es exagerada, como suele ser habitual, por otra parte, tanta expectación? En esta ocasión y sin que sirva de precedente, no. Abróchense los cinturones por que "El poder del perro" produce, como la droga que corre a borbotones por sus páginas, una adicción irrefrenable que roba tiempo al sueño, a la familia y, si me apuran, al trabajo con el que uno se gana el pan.

En sus setecientas fascinantes y arrebatadas páginas, "El poder del perro" comprime los treinta años de enfrentamiento entre el agente de la DEA norteamericana (Drug Enforcement Administration), Arthur Keller y la poderosa Familia Barrera, que controla a través de la "Federación" los carteles mejicanos de la droga que tienen en Estados Unidos su mercado más fiel y lucrativo. Por el fuego cruzado entre ambos contendientes se mueven prostitutas de buen corazón que se enamoran de hombres equivocados, sicópatas irlandeses con sus católicas almas en permanente trifulca espiritual, mafiosos con predileción por los melocotones, sacerdotes sin fe que llegan a cardenales, políticos que financian genocidios o policías que llaman "esposa" al arma con el que hieren, matan o acribillan.

Muchos de estos personajes no sobreviven a los "cuernos de chivo" que escupen las ametralladoras y ni ellos ni los que logran salir más o menos ilesos de la guerra entre Arthur Keller y los Barrera son fáciles de olvidar. De ello, no solo debemos dar las gracias a la maestría de Winslow a la hora de diseñar personajes sugestivos sino también a la cuidada tela de araña argumental diseñada por el norteamericano que logra convertir el destino de sus criaturas en una incógnita sin despejar que aparece y desaparece mediante vínculos y rupturas perfectamente estudiadas que arrastran al lector sin posibilidad de escape hasta que una bala, la redención, el perdón, el amor o una sierra mecánica resuelven la ecuación.

Además de una excelsa novela de personajes, "El poder del perro" es un torrente imparable de acción y tensión que se ajusta al estilo aspero y violento de Winslow como una bala en el cargador de una treintayocho. Buena prueba de ello son momentos sublimes como el tiroteo en la discoteca "La sirena", el atentado en el aeropuerto, el interrogatorio de Ernie Hidalgo o esa obra magna que es el aterrizaje del primer avión que la familia Barrera envía cargado de drogas a suelo norteamericano. Dado que no es posible morderse las uñas por la ansiedad, las páginas del libro sufren las consecuencias.

Otro detalle para tener en cuenta es el modo en el que la guerra de Keller y los Barrera aparece encajada en la historia real de los dos países implicados. El uso de personajes y hechos históricos, como piezas vinculadas de modo más o menos directo en la despiadada partida entre Keller y la "Federación" introduce un elemento de realismo que difuma por completo los límites entre este mundo y el de ficción, lo que convierte gran parte de la obra de Winslow en lo que podría ser un expediente secreto de cualquier cuerpo de inteligencia de los implicados en la "guerra contra la droga" que se desarrolla a uno y otro lado de la frontera. Como el escritor Rodrigo Fresan cita en la nota previa a la obra, "si el diez por ciento de "El poder del perro" fuera verdad, sería horripilante. Que el noventa por ciento pueda ser cierto, resulta casi insoportable".

Sueño con ver algún día a Arthur Keller con los rasgos de Edward Norton y me muerdo las uñas de impaciencia imaginando a Benicio del Toro en la piel del implacable Raúl Barrera y a Adrian Brody como su hermano Adan. No me cuesta esfuerzo alguno ver en el rostro del torturado Sean Callan a Viggo Mortensen vaciando su cargador en plena operación "niebla roja" para luego reunirse con la belleza hipnótica de una Nora Hayden con los rasgos de Naomi Watts. Espero que este sueño se haga realidad en algún momento. Mientras tanto, señoras y señores, no duden en dejarse una veintena de euros en esta novela memorable. Seguro que me lo agradecen.

domingo, 7 de febrero de 2010

A cualquier hora del día


Compruebo estupefacto en los últimos días que los habitantes de mi ciudad andan con la agresividad por bandera y haciendo gala de una mala leche que entran ganas de eliminar el ganado vacuno en general por ver si ahí está el germen de tanto cabreo.

Y no me refiero a jóvenes pertenecientes a violentos grupos callejeros ni malhumorados ancianos que soportan su tramo final agrediendo a los que aún empiezan el camino. Ellos, también, por supuesto. Pero eso no sería digno de mención ya que viene de serie. No, no. Me refiero en general.

En los últimos días he podido comprobar como una señora de mediana edad y porte distinguido le chillaba con venenosa agresividad a un joven ciego que, por error, había golpeado el tacón de su zapato con el bastón, que estaba harta de gente como el mencionado joven, que se aprovechaba de estar ciego para hacer lo que le daba la gana. No me quedé a escupirla en la cara, pero, por lo que escuché mientras me alejaba, el ciego tenía la dicha de no ser mudo y presumo que la estúpida volvió calentita a casa. O, mejor dicho, llegó al trabajo con el carburador a tope, ya que, a todo esto, eran las siete y cuarenta de la mañana de un martes.

Unas horas después y en una calle por la que un camión grande podría pasar sin apuros, el dueño de un ciclomotor mentaba a la madre de un sexagenario encorvado que había parado su coche en la calle para subir, sin éxito por el momento, un enorme espejo a la vaca del vehículo. En lugar de ayudar al hombre en su tarea, lo que hubiera supuesto unos segundos, o, sencillamente, pasar por el (holgado) espacio existente entre el coche y la acera, el conductor de la motocicleta, llamó "chulo de mierda" (?) al aprendiz de Sisifo, amenazó con llamar a la policía (??) y de no ser por un familiar que debía acechar en el portal (¿sobrino?, ¿hijo?¿nieto?) y frente al que el agresivo motociclista reculó, todavía le hubiera reventado el espejo en la cabeza. ¿Hora? Las cuatro de la tarde y sereno (al menos por lo que a mí respecta).

Incluso, servidor tuvo la oportunidad de comprobar la creciente agresividad del personal tras comprobar como, el conductor de un vehículo que tuvo que esperar apenas un minuto a que la bella señora Winot y la heredera subieran al coche, no contento con blasfemar en arameo durante los sesenta segundos, como pude comprobar por el retrovisor, paró su vehículo una vez el nuestro estba ya en movimiento y acercándose a la puerta de nuestro edificio, la propinó una monumental patada que hizo estremecerse hasta a los goznes. ¿Tres de la mañana de un sábado? Más bien, mañana de domingo.

Sé que no vivimos una buen época. Que nuestro lamentable gobierno lleva el país a la deriva, que el paro fagocita el buen humor de centenares de personas todos los días y que Penélope Cruz puede volver a llevarse un Oscar. Y también sé que, en esencia, nuestros vecinos no son homicidas en potencia, que son buena gente y, por lo general, son amigos de la sana covivencia y la concordia vecinal. Pero, visto lo visto, hay veces que uno añora que, como le pasa a John Cusack en su última película, los mayas estén en lo cierto y un cataclismo haga renacer lo mejor que cada uno guarda en su interior y así comprobar que podemos seguir unos siglos más. ¿La hora del evento? La que sea, pero pronto, por favor.

miércoles, 27 de enero de 2010

Olas


A pesar de que los estoicos ya hablaron de ello, debemos agradecer al filósofo alemán Friedrich Nietzsche el acuñamiento del llamado "eterno retorno", entendido como un concepto temporal en el que los acontecimientos se desarrollan según reglas de causalidad de manera que el fin de un hecho cualquiera marca inexorablemente el principio de otro que, a su vez genera un tercero en una sucesión cuyo fin vendrá marcado por el reinicio del ciclo. A la vista de lo narrado en su última película, la muy interesante "Triangle", el británico Christopher Smith, que ya destacó hace un par de años con la descacharrante "Severance" debe ser un asiduo lector del autor de "Así habló Zaratrustra".

Una tranquila travesía marítima se convierte en una trampa mortal para los tripulantes de un pequeño velero como consecuencia del desencadenamiento de una furiosa tormenta que casi logra hacer zozobrar la embarcación. Cuando todo parece perdido para los supervivientes, un enorme transatlántico aparece en el horizonte como inesperado salvavidas, si bien, una vez a bordo, los naúfragos comprueban que el buque está vacío o, al menos, sus tripulantes no se dejan ver. La agobiante sensación de estar siendo observados, se vuelve aun más angustiosa cuando Jess, una de las supervivientes (Melissa George) comienza a tener la aterradora sensación de que todos han estado ya antes ahí.

Smith, que también ha escrito el guión de "Triangle" toma elementos de "El resplandor", "Memento" y "Ghost ship" entre otros, para diseñar una pesadilla que no parece abrir caminos nuevos en el trillado tema del buque fantasma hasta que a los veinte minutos de proyección la película parece terminar de la manera más previsible posible. El espectador tarda solo unos segundos en comprobar que, en realidad, la historia acaba de empezar ¿O tal vez estamos asistiendo a un recuerdo, a un enorme "déjà vu" de los protagonistas? ¿Puede ser que, tal y como sospecha Jess, todos han recorrido ya antes los lúgubres e inquietantes pasillos del barco? ¿Tal vez ni siquiera están allí ahora y yacen muertos en el fondo del mar? Sólo en los últimos minutos todo encajará terroríficamente en un final desasosegante y crudo como pocos.

Esa continuada sensación de inestabilidad, como si nosotros mismos anduviésemos meciéndonos inseguros con los protagonistas en la cubierta del barco, es el gran acierto de Smith como guionista y, al mismo tiempo, su gran defecto: no es posible andar siempre tambaleándose sin caer al suelo alguna vez. Me van a permitir que servidor no entre más en el tema para no despanzurrar las sorpresas ocultas en el libreto. Como realizador, el británico se mantiene a la altura de su palabra y logra crear una atmósfera onírica y retorcida que sumerge al espectador en un juego de espejos y guiños, inquietante y barroco. Con un ojo puesto en Kubrick y otro en Peckinpah, sin por ello huir del efectismo que tanto reclama el público en los últimos años, Smith convierte el avejentado transatlántico donde se desarrolla la trama de "Triangle" es un paraje inhóspito lleno de pasillos que parecen girar sobre si mismos y retorcerse hasta acabar en el punto de partida y cuya asfixiante atmósfera no parece liberarse ni siquiera cuando las peripecias de los protagonistas se producen en el exterior del buque.

Del reparto, poco hay que decir ya que los personajes son apenas sombras trazadas con cuatro lineas básicas. Cumplen sin duda con su sencillo papel de comparsas de la bellísima Melissa George, reina absoluta de la función, pero apenas están esbozados y se limitan a deambular por los pasillos del buque y a esperar el desarrollo de los acontecimientos. Tal vez por esa falta de oponentes de peso, la interpretación de la actriz australiana resulta sumamente convincente y es fácil empatizar con su angustiosa y retorcida pesadilla en ultramar. Por si la bella señora Winot está a la escucha no diré que, además, es todo un placer visual contemplar a la australiana en pantalla.

Tras acabar los títulos de crédito, el espectador permanece ante la pantalla con una extraña sensación de desconcierto en la que del mismo modo que si navegáramos en el tenebroso barco de la película es enormemente complicado determinar si "Triangle" es una escandalosa tomadura de pelo o, por el contrario, estamos ante uno de los artefactos más perturbadores e inteligentes que ha dado el cine de terror de los últimos años. Allá cada uno. Yo, personalmente, lo tengo claro.

miércoles, 20 de enero de 2010

Noir


Con el sugerente y atractivo subtítulo de "Noir", Marvel ha iniciado recientemente la edición de varias series limitadas (de cuatro capítulos, por lo general) en las que los lectores asistimos a una curiosa y anacrónica aproximación a sus personajes y cabeceras más populares.

Haciendo bueno aquello de que el crimen, para que en realidad sea crimen debe tener el sabor propio de los años treinta, la editorial norteamericana ha trasladado a aquella conflictiva época, personajes de la franquicia con el tirón de Lobezno o Spiderman, situando su origen en aquellos años de corrupción y violencia, desarrollando sus aventuras sobre referencias clásicas del cine negro. Panini Comics, la compañía encargada de la comercialización en España de las obras de Marvel ha dado el banderazo de salida con la serie dedicada a mi admirado y amistoso vecino Spiderman. Y el resultado es muy recomendable.

Sobre una historia escrita por David Hine y Fabrice Sapolski, "Spiderman Noir" rinde homenaje a películas como "La ley del silencio", "Código del hampa" u otras más recientes como "L.A. Confidential", situando el nacimiento del trepamuros en plena depresión norteamericana. Hay, por otro lado y como atrevida contradicción, guiños a la modernidad del personaje como las referencias a la memorable etapa del guionista J.M. Straczinsky en la serie regular del cabeza de red, recientemente concluida o los homenajes que Hines y Sapolski ofrecen al clásico cinematográfico de Todd Browning, "Freaks". Todo ello convierte "Spiderman noir" en un producto innovador, moderno y atrevido.... ¡¡en medio de la Gran Depresión norteamericana de los años treinta!!

En este mismo sentido, resulta sumamente original e ingeniosa la forma en la que personajes tan famosos de la franquicia como Norman Osborn, Kraven, J.J. Jameson o Felicia Hardy son transformados en arquetipos clásicos de novela negra sin que la jugada chirrie en ningún momento. Así, la ambigua Gata Negra de los comics tradicionales es aquí la dueña de un prostíbulo de lujo con buen corazón, mientras que Norman Osborn encaja como un guante en su papel de capo mafioso rodeado de sicarios con los rostros de enemigos clásicos del trepamuros como Kraven o un escalofriante Adrian Toomes que es, sin duda, el mayor acierto de la obra. De la nueva orientación dada por los autores a la plomiza tía May y al propio Peter Parker, prefiero no hablar para no arruinar la sorpresa.

La parte gráfica corre a cargo de Carmine di Giandominico que lleva a cabo un trabajo impecable, dotando al conjunto de una atmósfera oscura, densa y expresionista que alcanza momentos sencillamente redondos como la muerte de Ben Parker o el tramo final en las cloacas. Respecto a su diseño de nuestro amistoso vecino, a medio camino entre Spirit y Veneno, sólo decir que es todo un acierto: resulta inquietante, creíble (un tipo deslizándose por los tejados con un pijama azulgrana resultaría bastante fuera de lugar) y, a pesar de estar tan alejado de la imagen tradicional del personaje creado por Stan Lee y Steve Dikto, es sumamente fácil identificarlo como el cabeza de red que todos conocemos. El pistolón que le han colocado como detalle final otorga al conjunto ese toque retro tan interesante que rodea toda la obra.

Para los próximos meses, Panini anuncia la publicación de las series dedicadas a Lobezno, Daredevil y X-Men. Por lo que he podido leer en la red, el nivel se mantiene e, incluso, en el caso de la serie dedicada al Profesor Xavier y sus alumnos, se alcanzan cotas realmente memorables. Permanezcan atentos a su librería y háganse con esta excelente forma de invertir quince euros. Seguro que nadie se arrepiente.

miércoles, 13 de enero de 2010

La púa y la cuerda


Cuando apenas sobrepasaba la quincena, servidor solía pasar las tardes de los sábados en una popular discoteca del centro de la capital que disponía de un "horario especial" para menores de edad. Durante la franja que iba desde las cinco de la tarde a las nueve de la noche, la sala ponía a disposición de su espinilloso público todas sus instalaciones y servicios salvo la distribución de bebidas alcohólicas, de modo que que el tiempo se gastaba en hacer el cabra en la pista de baile, flirtear con las chicas, ensayar pose ante las seleccionadas y suplicar al camarero que pusiera en tu refresco algunas gotas del contenido de las botellas que se apiñaban en las estanterías superiores a la espera de hígados más trabajados.

La guinda de aquellas tardes adolescentes la ponía el encargado de la música que, minutos antes de terminar la sesión y sin fallar a su cita ni una sola vez, hacía atronar por los altavoces los descomunales punteos de Mark Knopfler en el final de "Sultans of Swing" incluido en el album "Alchemy" de su banda Dire Straits. Las luces bajas y los acompasados aplausos del público que se escuchan en el disco eran el preludio para una verdadera estampida de guitarristas en ciernes que, tan pronto empezaban a descolgarse las primeras notas del "solo" final, nos retorciamos por la pista imitando a nuestro ídolo con esa postura típica a medio camino entre la masturbación zurda y el diestro rascado genital que no puede faltar cuando de emular a un guitarrista se trata.

¿Quién no ha fantaseado con desvariar sobre las cuerdas de una guitarra Gibson o de una Fender ante un público entregado a tus dedos y a tu agilidad con la púa? Para cualquiera que ame la música en general y el rock en particular, esa imagen es un sueño hecho realidad. Yo, sin duda, que lo único que puedo hacer con una guitarra es emular lo que Paul Simonson hacía con su bajo en la portada del "London calling" he tenido esa visión en mi imaginación innumerables veces. Los que comento continuación no solo lo imaginaron sino que, además, y para nuestro eterno disfrute, convirtieron su sueño en realidad. Ni mucho menos están todos los que son, por lo que, obviamente, se admiten sugerencias.


JIMI HENDRIX: Capáz de convertir una ranchera en un bloque de puro rock, el trípode zurdo es la maquina más perfecta de tocar la guitarra que ha pasado por este mundo. Sus temas propios son clásicos imperecederos de la música y sus incendiarias versiones de temas ajenos, como el adrenalítico "Johnny B. Goode", estaban a la altura y, en muchas ocasiones, superaban a los originales. No logró llegar a los treinta años y eso es algo que siempre lamentaremos los amantes de la música.

JEFF BECK: Mi primer contacto con el larguirucho ex-guitarrista de los Yardbirds fue a través de la grabación de un concierto conocido como "The secret policeman's concert", en el que junto a artistas como Sting o Phil Collins, el guitarrista inglés más inclasificable de la historia (su música es ¿jazz? ¿blues? Tal vez, ¿heavy metal?) se comía crudo a "partenaires" del calibre de Eric Clapton. Dotado de una técnica asombrosa, Beck es como el Guadiana: aparece y desaparece de la escena musical cuando y como le parece oportuno y colabora con quién le apetece sin importarle un pimiento la industria. Un clásico.

PHIL MANZANERA: En los discos de Roxy Music, la banda que lideraba junto a Bryan Ferry, la calidad del artista londinense quedaba algo tapada por el cuidado envoltorio instrumental con el que Ferry insistía en cubrir sus canciones, pero en directo, la cosa era muy distinta y Manzanera aprovechaba los largos desarrollo instrumentales de temas como "If there is something" o "My only love" para sacar su lado más pirotécnico y deslumbrante. Es cierto que su movilidad sobre el escenario rivalizaba con la de los árboles en el prado, pero cuando sacaba su púa a pasear, Manzanera no tenía rival en el segmento pop-rock en el que Roxy Music se movía como pez en el agua.

SLASH: Sí, ha colaborado con Marta Sánchez y durante los últimos años, su aportación a la historia de la música es equiparable a la de Melody. Pero, desde mediados de los ochenta hasta principios de los noventa, el guitarrista de Guns and Roses fue, tal vez, el más grande. Técnica, energía y una imagen impactante se unieron para dar a luz a todo un icono del rock de los noventa de cuya imaginación surgieron temas clásicos del rock como "Paradise City", "Welcome to the jungle" o "You could be mine". Al menos, ha tenido la dignidad de no participar en la patética reaparición de la banda que el desquiciado Axl Rose se sacó de la manga el año pasado.

CARLOS SANTANA: Siempre se ha dicho que la forma de tocar la guitarra de Prince es una clara influencia de Hendrix. Pero en realidad, basta con ver una actuación del mejicano Carlos Santana para ver que, en realidad, el enano de Minneapolis ha escuchado mucho "Oye como va" o "Samba pa'ti". Por si no fuera suficiente con tocar como los ángeles, Santana además ha sido un pionero incontestable en la fusión de estilos y sus composiciones saben a azúcar, bourbon y Cherry Coke. Prolífico como pocos, lleva más de cuatro años sin sacar nuevo trabajo y sus admiradores empezamos a inquietarnos. ¿Se le habran acabado sus estrellas invitadas?

REEVES GABRELS: Mi pequeña debilidad y probablemente el miembro más discutible de este selecto grupo de virtuosos. Cuando el genial David Bowie decidió a principios de los noventa fundar su efímera banda de hard rock , Tin Machine, todo el proyecto pivotó sobre este sobrio y encorbatado duendecillo que sacaba chispas de su guitarra en lugar de notas. Su modo de tocar agresivo y distorsionado, a un paso del ruido, contrastaba con su hieratica presencia que, en ocasiones, devoraba a todo un animal escénico como Bowie. Si alguien no conoce el magistral album de debut de la banda, de homónimo nombre, que corra a por él; tiene ahí una buena oportunidad de conocer a uno de los artistas más sorprendentes e inclasificables de los noventa.

lunes, 4 de enero de 2010

La pregunta del millón


Kurt Westergaard estuvo a punto de morir hace menos de dos días. Un joven somalí, armado con un hacha de considerables proporciones logró colarse en el interior de su domicilio e intentó asesinarlo al grito de "sangre y venganza". Afortunadamente, Westergaard logró refugiarse en la cámara acorazada instalada en su baño y, tras contactar con la policía (que logró finalmente reducir a disparos al agresor), salvar su vida.

Es muy posible que el nombre de Kurt Westergaard no diga nada a mucha gente. Pero si decimos que es el dibujante que en 2005 revolucionó a miles de musulmanes por unas caricaturas de Mahoma realizadas por él para el diario danés "Jyllands Posten", es más fácil ubicarlo. Cuatro años después cuando casi nadie se acuerda de aquel lamentable hecho en el que la libertad de expresión retrocedió varias décadas para alegría de los islamistas más radicales, Westergaard aún permanece en el punto de mira y de no ser por las medidas de seguridad que el gobierno danés le facilitó, el dibujante, cuyo único delito fue hacer uso de una libertad que ha costado siglos conseguir, sería carne fileteada en el pasillo de su propia casa.

No sería la primera vez, también es cierto. El polémico periodista y cineasta Theo Van Gogh, que dirigiera en 2004 el cortometraje "Sumisión", sobre el papel de la mujer en el Islam, fue asesinado en pleno centro de Amsterdam hace tres años por un integrista que tras derribarlo de su bicicleta con varios disparos de su pistola, lo acuchillo en repetidas ocasiones, lo degolló hasta el hueso y no contento con eso, le clavo un cuchillo en el corazón dejando sobre el cadáver una carta de varios folios llena de amenazas y apocalípticos augurios para "los no creyentes".

Uno puede escribir un libro en el que se diga que, en realidad, Jesucristo y sus Apóstoles son el precedente más antiguo de los Village People o dirigir una película en la que aparezca la Virgen María practicando el onanismo y, a lo más que se arriesga, sin ser poco, es que le censuren la obra. Sin embargo, cuando del Islam se trata, una mancha en la delicada sábana de sensibilidad que rodea a los más extremistas puede suponer tu decapitación o que la embajada de tu país, a miles de kilómetros, salte por los aires. Y no solo hoy, o cuatro años después, como es el caso de Westergaard. Un acto de este tipo condena al "culpable" a permanecer en perpetua guardia y vivir hasta el fin de sus días con un cuchillo colgando sobre tu cabeza. Salman Rushdie puede dar buena cuenta de ello.

¿Es admisible que la sensibilidad de un grupo religioso sea la vara a través de la cual todo Occidente mida su derecho a expresarse libremente? ¿Puede un sector extremo de una fe o una opinión política determinar qué es o qué no es merecedor de la muerte y actuar en consecuencia? ¿Puede alguien en su sano juicio pensar que, en realidad, Rushdie, Van Gogh o Westergaard, tienen lo que se merecen por haberse metido con la gente equivocada? ¿Vamos a pensar, de verdad, que al final los rodillazos en la nariz son agresiones nasales a la rodilla? Creo que la respuesta a esto es la misma que recibió Theo Van Gogh de su asesino cuando, mientras la vida se le escurría por su cuello cercenado, le preguntó si no era posible sencillamente que discutieran sin más sus diferencias.