Su presencia en una película suele ser garantía de calidad. Sin entrar en mucha profundidad, obras como "Cadena Perpetua", "Sin perdón" o "Million Dollar Baby" así lo acreditan. Pero no es menos cierto que cuando Morgan Freeman se pasea por una pantalla, las posibilidades de sufrir un discurso plomizo y aburrido sobre la reproducción asexual del escarabajo pelotero aumentan de manera exponencial.
Da igual que su papel sea el de un curtido policía de turbio pasado, un presidiario que busca la reinserción o el jefe de una hermandad de asesinos huidos de Matrix. En algún momento y sin mediar preaviso, Morgan desplegará una chapa de plomo sobre el infortunado protagonista y para su deseperación y la de los sufridos espectadores iniciará una cháchara incesante y monocorde, generalmente con obvia moraleja, que dejará a su víctima con el esfínter dilatado hasta nuevo aviso.
Además, al tratarse de un "secundario de lujo" y "un actor de carácter" perpetra sus crímenes verbales con un aire de superioridad bastante cargante y, normalmente, en pie frente a su presa, con el semblante pétreo y un aire de resabiadillo muy estomagante, mientras observa el auditorio con un aire de "déjame que te cuente, limeño" que echa de espaldas.
Es una pena, porque, en general, participa en proyectos altamente interesantes, pero su incontinencia verbal me lleva a huir acobardado de aquellas películas en las que este hombre asoma la nariz. Tan pronto como se dé anuncio a su papel de miembro de una asociación de sordomudos volveré a intentarlo, pero mientras tanto, Morgan, ahí te quedas con tus comidas de oreja y tu voz en off. Parafraseando a Joaquín Sabina, estas orejas no sufren más por ti.

