miércoles, 23 de noviembre de 2016

Schubertior

Por suerte o por desgracia, en Madrid, el ruido te rodea. En ocasiones son las sirenas, el barullo infernal del trafico desquiciado. Tambien hay convesaciones ruidosas, exabruptos, niños llorando o riendo, padres en alerta roja, martillos pilones o camiones descargando y cargando a cualquier hora del día o de la noche. En ocasiones también hay musica. Espantosa la mayor parte de las veces. Sorprendente, hermosa y desconocida en algunas contadas ocasiones, como la que salía de una ventana hace unos días y que gracias a San Shazam pude saber que era una de las seis piezas que componen los Moments Musicaux o Momentos Musicales del compositor austriaco Franz Schubert.

En un Post-it a una cara podría escribir todo lo que conozco de la obra de ese artista: el archiconocido quinteto de "La trucha", el Ave María y poco más. Imagino que si me pongo el "grandes éxitos" de turno de Spotify alguna melodía más reconoceré. De su vida conozco algo más (no mucho, en cualquier caso) por la defensa colosal de su vida y obra que hace James Rhodes en su libro "Instrumental" (por cierto, una obra redonda que no deberian perderse si aman la vida y la música). Bajito, acomplejado, siempre a disposición de la caridad de sus amigos para sobrevivir, con un talento y una creatividad asombrosa (cientos de canciones, ocho sinfonías, dos decenas de sonatas para piano, etc) para una vida que apenas superó los treinta años y que estuvo dirigida por el desprecio, la falta de reconocimiento y una naturaleza enfermiza y quebradiza que terminó arrasada por la sífilis. Como ven, un magro botín de conocimientos cuando se habla de una obra tan descomunal y, al parecer, tan hermosa y brillante como la que creó este hombre. Mea culpa. 

Los seis Momentos Musicales que han puesto en primera fila de mis intereses al amigo Franz son composiciones ya tardías (se publicaron poco antes de su muerte), de una libertad formal absoluta y completamente diferentes entre ellas. Son obras para piano que van desde los apenas dos minutos del tercero de ellos a los casi ocho del último. Los hay con ritmo moderado, diabólicamente acelerados y algunos que convierten los adagios tradicionales en speed metal. Son obras con melodías amplias que no parecen repetir motivos y que sin embargo lo hacen bajo unos ropajes que uno tarda en digerir pero que cuando lo hacen asombran por su inocente complejidad. 

Me tienen loco desde hace una semana, la bella Señora Winot y las herederas pueden dar fe de ellos, especialmente el segundo de ellos, el que me asaltó a plena luz del día y me dejó en cueros musicales en una calle de Madrid aparentemente segura, el sitio menos proclive a ser el escenario de una epifanía melódica que uno pueda imaginar, el que aquí les dejo en la interpretación inmejorable del maestro Alfred Brendell. Dedíquenle los poco más de cinco minutos que dura (el día dura 24 horas, seguro que se lo pueden permitir), no se me duerman (aunque el autor ya se encargará a media pieza de que vuelvan de las tierras de Morfeo si se ha dado el caso) y descubrirán algo muy superior a la media. Disfrútenla.


martes, 15 de noviembre de 2016

Clonando lombrices

Decía Celtas Cortos en una de sus canciones más conocidas que ya no queda casi nadie de los de antes y que los que hay, han cambiado. Si esto es indiscutible en la vida real, en la blogosfera, donde la esperanza de vida de las bitácoras presenta datos profundamente medievales esta máxima adquiere proporciones casi celestiales. Afortunadamente, hay excepciones.

El gran Mister Lombreeze, que desde hace más de ocho años, ilumina a sus fieles, desde "De gusanos y lombrices" es el perfecto ejemplo de que en ocasiones, queda alguien de los de antes que no solo no ha cambiado sino que además. como el buen vino, se sublima. De la obra del amigo Lombreeze me gusta todo: cine, política, música, historia, unas gotas de laicismo, mortíferos combates contra la estupidez, alguna que otra teta y sobre todo, una cruzada perpetua por interesar, por compartir y por pasarlo bien en compañía de otros sin el clasismo intelectual tan propio de esta época. 

Y una de mis secciones favoritas es "Estrellando cine", sabiduría cinéfila gusana resumida en cuatro lineas con sus correspondientes estrellitas. Uno puede decidir que película ir a ver este fin de semana únicamente con repasar estas delicatessen mañas que tan buenas obras me ha descubierto en los últimos años. De modo que, en parte homenaje y en parte fusilamiento puro y duro, inicio hoy en la escombrera una suerte de remake de tan insigne bitácora con la que espero poder descubrirles algunas buenas películas, muchas decentes y, desgraciadamente, no pocos tordos (Hay cinco estrellas máximo de modo que hagan sus cuentas). Espero estar a la altura, pero, en cualquier caso, el original, ya saben donde encontrarlo.

Blood Father: Muy estimable vuelta de Mel Gibson al cine comercial. Familias desestructuradas, hijas díscolas con malas compañías, padres rudos pero amorosos, villanos de manual y veinte minutos finales francamente brillantes. El prólogo perfecto para la nueva película del amigo Mel, "Hacksaw Ridge" cuyo muy prometedor trailer pueden ver aquí. (***)

Elle: Una decepción inesperada. A mi, del perturbado y perturbador Paul Verhoeven me gustan hasta los andares. Isabelle Huppert es una actriz de reverencia y su primera hora es sencillamente redonda. Como fotografía de una sociedad miserable y enmascarada, la película funciona como un reloj. Como thriller, aburre a las cabras (**).

Huppert en la mejor escena del año.
 Doctor Strange: En Marvel siguen en racha y la película de Scott Derrickson deja el listón muy alto para la próxima entrega. Una historia interesante hasta para los que el tema superheróico le queda lejos, efectos visuales de primera categoría y por encima de todo, dos bestias pardas como Benedict Cumberbatch y Mads Mikkelsen bordando sus papeles. Recuerden, no se vayan de la sala hasta el final. Hay DOS (sí, dos) escenas durante los créditos que no se pueden perder. Quedan avisados. (****).

Jason Bourne: Pues yo fui de los que disfrutaron con Jeremy Renner tomando el relevo de la saga, de modo que la vuelta de Matt Damon me resbaló bastante. De hecho, creo que la película hubiera sido igual de buena con Renner. En realidad, cualquiera de la saga, porque aquí, el que corta el bacalao es Paul Greengrass. Qué tío. Tiene todo lo que odio en un director de cine y, sin embargo, su montaje esquizofrénico, su cámara al hombro y sus primerísimos planos, que a nadie perdono, aquí, me entusiasman. La mejor de la saga y la persecución en Las Vegas, junto a la secuencia en Londres de la tercera entrega, de lo mejor que ha dado el cine de acción en los últimos quince años (****).

Cafe Society: Las películas de Woody Alllen son como las conversaciones con nuestros amigos más añejos: no aportan nada nuevo, pero se disfrutan. Nuevamente Hollywood, nuevamente un actor joven imitando a Woody Allen cuando se ponía delante de la cámara, nuevamente diálogos brillantes y, nuevamente, una dirección que da en las espinillas de los más vanguardistas con elegancia, sabiduría y experiencia más que demostrada. Una pena que la pavisosa de Kristen Stewart arruine la función con su inexistente talento, porque iba para tres estrellas (**)

Don't breath: Los 85 minutos más angustiosos de lo que llevamos de año. Madre, lo que uno puede hacer en tan poco tiempo con talento y sin bañar en sangre al espectador. Un robo que se complica, una víctima que no se deja esquilmar, un perro con malas pulgas y un necesario silencio que pone los pelos de punta. De no ser por la "sorpresa", que es de un mal gusto que espanta, se llevaba cuatro estrellitas (***).

No me chilles que no te veo. Mejor aún, no respires.
 El infiltrado: Bryan Cranston ya es una razón para acercarse a esta cinta con el temible "basada en hechos reales" incrustado en el frontal. Pero desgraciadamente es la única. Ambientada en los años 80 narra una compleja operación montada por la DEA para encarcelar a la plana mayor del narcotráfico hispano. Prometedor y lleno de buenas intenciones, pero aburrido como un discurso de investidura (*).

Peter y el Dragón: Logradísimo remake de "Peter y el dragón Elliot", una entrañable película setentera que el tejano David Lowery adapta a los tiempos modernos con mucha brillantez. Cine familiar serio, bien interpretado, emotivo, emocionante y con un despliegue de efectos especiales que no emborrona la necesaria, pero nada azucarada moraleja. De lo mejor del año (****)

¿Que aún no ha ido a ver mi película? Atónito me dejas.
No soy un asesino en serie: Cuatro duros (quizás menos) para contarnos la historia de un chaval que además de trabajar en una funeraria, tiene pasión (y tendencia a convertirse en uno) por los asesinos en serie. Cuando empiezan a amontonarse cadáveres, la gente, claro, empieza a mirarlo raro. Encomiable ciencia ficción de serie B con unas gotas de horror lovercraftiano que además de para pasar un buen rato nos sirve para recuperar a Christopher Lloyd que, por cierto, está de Oscar (***)

El duelo: Buena prueba de que el que mucho abarca, poco aprieta. Western interesante, estudio de personajes de primero de infantil, presunta trascendencia de la que da mucha risa y un toque sobrenatural que sin ser de lo peor, no pega ni con cola. Si, como a un servidor, les gusta ver a Woody Harrelson en una pantalla de cine, pues adelante. Si no, se la pueden ahorrar (*).

martes, 4 de octubre de 2016

El corazón y la estatura

Aunque me gusta presumir de la variedad temática del ladrillo, no es menos cierto que si uno se pone a pasear por sus casi diez años de historia, es fácil localizar una inquietante tendencia a recomendar y alabar películas, libros o comics dedicados a temas retorcidos cuando no profundamente truculentos. Creo que una de las cumbres del cine es "Los puentes de Madison" y no tengo problemas en reconocer que lloro como una niña tonta cuando llego al tramo final "La tregua" o escucho el Adagio de Barber, pero negar que la sangre y el lado oscuro de las cosas ejercen una poderosa influencia en mis gustos culturales sería absurdo y, además mentira. 

Y como el absurdo me erosiona la paciencia y no me gusta mentir, a pesar de dedicarme a lo que me dedico, hoy les voy a recomendar la lectura de "Big man plans", otra historia gruesa y escabrosa, de esas que tanto me gustan y que ya desde la portada, la cual pueden contemplar a su izquierda, hacen arquear la ceja a la bella y estupefacta Señora Winot.

¿Que de qué va "Big Man Plans"? Pues, básicamente, de venganza y de justicia, entendiendo esta última en el más estricto sentido del ojo por ojo y, sobre todo (lo entenderán cuando lean el comic) del diente por diente. Ni Eric Powell ni su colega Tim Wiesch, por tanto, han descubierto la fórmula de la gaseosa. Pero hay un detalle que diferencia este cuento atroz y vacío de esperanza como pocos del resto de sus numerosos compañeros de cuarto. Aquí el fumigador de cólera no es un ex-marine trastornado ni un honrado padre de familia agujereado por el dolor. Aquí quien se erige en juez, jurado y martilleante ejecutor, es un enano (del que ni siquiera llegamos a saber el nombre) con una infancia y una juventud de novela de Dostoyevski y que en Vietnam sirvió a su país masacrando Charlies en sus propios túneles (ventajas de medir menos de metro y poco). Una carta, cuyo contenido solo se conoce en las últimas páginas, es el detonante de una furia asesina que concluye en un tramo final apto solo para estómagos de cemento.

Rodillas, dedos, narices... Todo vale.

Que nadie se acerque a este comic en un mal día. Posiblemente, en este formato, "Big man plans" es la historia más correosa, deprimente y salvaje con la que me he topado. En el guión de Eric Powells y Tim Wiesch no hay ventanas por las que sacar la cabeza para escapar de la brutalidad y la violencia que desde la primera página ataca al lector. No hay humor de ningún tipo, ni luz, ni espacio abierto, ningún sendero que conduzca a la esperanza. Uno tiene la sensación de estar en unos de esos túneles por los que la "versión diminuta de la muerte" (así llaman los Charlies a nuestro peculiar héroe durante la guerra) campó desatado en la selvas vietnamitas, pasando páginas como si reptara entre el polvo y la oscuridad camino de una inevitable y espantosa muerte. El magistral dibujo del propio Powell complementa a la perfección esta atmósfera irrespirable que les comento con un realismo de una truculencia insoportable en ocasiones (atención a la escena en el hospital. Difícil de olvidar). Incluso en las fases en las que nuestro hombre no está repartiendo martillazos, generalmente recordando y dando pistas al lector de la fuente de su ira, los tonos ocres y los trazos agresivos y disonantes de Powell, no conceden tregua.

Cada uno tiene sus gustos, sus parcelas, sus zonas de comodidad. Pero, a veces, hay que hacer un esfuerzo y sacar la patita fuera del círculo, forzarse a mirar al otro lado de la calle, más allá de la farola. Como les decía al principio, no hay géneros incompatibles, ni compartimentos estancos cuando hay calidad en la propuesta. Y "Big man plans" es un buen ejemplo de ello. Muy bueno, de hecho. Por mucho que parezca escrito en una noche de pesadilla con la sangre que borbotea de una cabeza machacada a martillazos.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Desde el desvan: Cinco razones para leer a Fernando Aramburu

Cuando leo las obras de los grandes autores, me siento, que diría Rocío Jurado, "como una ola". Como una ola que al aparcar en mi playa, arrasa hasta los cimientos el valor de mis propios textos. El peso monumental de las palabras de los escritores con mayúsculas perfora mis techos literarios y arroja al más inmenso desierto lo poco o mucho de satisfacción que me hayan podido producir los pobrecitos. Tabula rasa. Sin embargo, imagino que a causa de la resaca, rebuscando entre los cascotes de mi derruido concepto literario y, sin duda, iluminado por los tesoros que la ola no ha podido llevarse, se produce un efecto, digamos, centrífugo y  la mezcla de lo leído con lo poco salvado del desastre reactiva los motores y vuelve a poner en marcha mi autoestima que no por dirigirse a un seguro desastre deja de dar pedales.

Fernando Aramburu es uno de esos grandes autores a los que me refiero, tal vez el más grande que tenemos hoy en día en nuestro país y su última obra, "Patria", publicada hace un par de semanas es la última ola colosal con la que me he topado.

Hace ya algunos años (cinco para ser exactos) en plena resaca de su "Viaje con Clara por Alemania", dedique al donostiarra de oro una entrada inflamada que hoy, con motivo de la reciente publicación de la mencionada "Patria" recupero en la sección de arqueología enladrillada, "Desde el desván". Todo ello, por supuesto, sin perjuicio de dedicar en el futuro una entrada completa a esta obra maestra una vez concluida su lectura (apenas he devorado doscientas de las casi setecientas que tiene el libro). Como siempre, los más curiosos pueden ver la entrada original aquí, pero a diferencia de otras ocasiones, no les invito a que lean el verdadero contenido de la entrada que siempre está en los comentarios: de la etapa dorada de esta escombrera, es la única que se quedó sin comentarios, la pobre.


CINCO RAZONES PARA LEER A FERNANDO ARAMBURU (28 DE MAYO DE 2011)


1.- Es un todoterreno temático: Afincado en Alemania desde hace más de 25 años, el donostiarra Fernando Aramburu es uno de los grandes tesoros de nuestra literatura. Además de un estilo personal y fluido, heredero en muchos aspectos del mejor Eduardo Mendoza, el autor vasco domina la práctica totalidad de las asignaturas literarias: poesía, teatro, relato corto, novela, libros para niños. Parece imposible que la misma persona que describe con maestría la asfixiante atmósfera que se respira en los pueblos de Euskadi que viven bajo el terror etarra, sea capaz con similar habilidad de convertir un libro de viajes en un relato de humor desquiciado y memorable. Su sentido del ritmo y de las proporciones hace que cada libro de Aramburu respire de un modo distinto y que uno no sepa si tras pasar la página, llorará, reirá a carcajadas o, sin más, quedará sin palabras ante el despliegue lingüístico de su autor.

2- Diseña personajes en tres dimensiones:
Del mismo modo que existen personas a las que basta observar su rostro para albergar recelo, creo firmemente que existen seres humanos a los que su escaparate facial no les traiciona, y que transmiten en alta definición una honradez y una pureza de espíritu que dista mucho de resultar hueca o inexacta sino fiel reflejo de lo que alberga su interior. Fernando Aramburu es una de esas personas y lo que transmite tiene calado en su obra. Sus personajes se pueden "tocar", respiran, son físicos, reales, parecen elevarse de la letra impresa y acompañar al lector durante su paseo por las páginas. El modo en el que se expresan, sus reacciones la manera de interconectarse; todo fluye con naturalidad y el que asiste a semejante espectáculo solo puede enmudecer asombrado y seguir leyendo.


3.- Es el autor del mejor libro del año pasado: Me atrevería a decir, incluso, que es uno de los enclaves indispensables a visitar si uno desea conocer las obras literarias más redondas de lo que llevamos de siglo, pero más vale no crear demasiadas expectativas y arriesgarse al desencanto sobrevenido. "Viaje con Clara por Alemania" es un libro de viajes en el que se explora la geografía matrimonial con el mismo detalle con el que se describe a los alemanes, a sus costumbres y a sus ciudades más emblemáticas. Además de su habitual dominio del lenguaje y la narrativa, Aramburu se revela como un maestro del humor más estrambótico, provocando una sonrisa continuada durante la lectura de sus muchas e insuficientes páginas cuando no un torrente de carcajadas. Desde que lo terminé es uno de mis regalos recurrentes y pocas de mis amistades no cuentan con un ejemplar en sus estanterías. Espero que, como poco, les haya generado tanto placer como a un servidor.

4.- Sus novelas se adaptan a la pantalla...... ¡¡y funcionan!!: No es nada habitual, en la relación entre la literatura y el cine español, pero Aramburu goza de una muy interesante versión para la gran pantalla de una de sus novelas más brillantes."Bajo las estrellas", dirigida hace unos años por Félix Viscarre, adapta muy dignamente "El trompetista de Utopía", su tercera novela. Aunque suavizando sensiblemente los aspectos más crudos de su modelo escrito, la película recoge con éxito el guante de dar carne y hueso al indescriptible protagonista de la obra, Benito Lacunza (excelente Alberto San Juan) y obtiene alta puntuación a la hora de recrear esa atmósfera a medio camino entre la tragedia y la comedia en la que Benito y su hermano se mueven tras la llegada de aquél desde su fracasada carrera musical en Madrid para hacerse cargo de la herencia del padre de ambos. Excelente novela y no menos excelente película.

5.-Lucha con las mejores armas contra el terrorismo y el nacionalismo más radical: Con el libro de cuentos "Los peces de la amargura", Aramburu aplica un foco de inusitada potencia sobre las grises y los marcadamente oscuros esquinazos de lo que significa vivir en el País Vasco y hervir junto a pistoleros y partidarios de pistoleros en el caldo del día a día. A través de una decena de relatos de los que resulta imposible quedarse sólo con uno, Aramburu ofrece una visión terrible y amarga de lo que supone en Euskadi no coincidir ni en forma ni en fondo con quienes asesinan, ni con aquellos que señalan a los que aprietan el gatillo. Como es de imaginar, Aramburu recibe pocas invitaciones para participar en los foros abertzales, pero, como también es de imaginar, esto le importa bastante poco. Han pasado ya cinco años desde la publicación de "Los peces de la amargura", pero poco ha cambiado en el pensamiento de su autor: hace un par de semanas, sin ir más lejos, preguntado acerca de su opinión sobre la situación política en el País Vasco y su aparente calma tras la legalización de Bildu, Aramburu ha seguido demostrando que se afeita la lengua a diario al responder que "nunca he visto un caimán vegetariano. Son animales que comen carne y hoy en día han decidido comer vainas y acelgas democráticas".

jueves, 8 de septiembre de 2016

Diane en la sombra

El objetivo estaba claro: la peliaguda y criticada "Escuadrón Suicida". Herederas colocadas por varias horas, bella Señora Winot sudando la camiseta en El Retiro preparando la Spartan y servidor con dos bolsas rebosantes tras un paseo por FNAC de los que crean adicción y la perspectiva de ver a los chicos de DC en su nuevo intento de ganar terreno en esta desigual batalla que mantienen con Marvel por el cetro de las películas superherócias. No me negarán que el plan era perfecto y apetitoso, un manjar para una mente como la mía, indudablemente. Así que se pueden hacer una idea de mi apocalíptica expresión de incredulidad cuando llegué al cine para descubrir que la cinta de Jared Leto y Will Smith acababa de emigrar y había sido sustituida en la cartelera por "Ben- quefaltahaciascriatura- Hur".

¿Y que iba a hacer? ¿Volver a casa vencido y desarmado? Imposible, las carcajadas de la bella Señora Winot se hubieran oído hasta en casa de José Manuel Soria. No, había que cambiar de planes y, la verdad, las opciones eran pocas. Descartada "Ben- Hur" por imperativo moral, me quedaba, "Mascotas" (ya vista), la última de Carmen Machi (antes me hago vegano) y una desconocida cinta de terror de la que curiosamente, no tenía noticias y que respondía al nombre de "Nunca  apagues la luz". ¿Imaginan donde acabé, verdad? Pues que sepan que fue todo un acierto y que, bien por la falta de expectativas, bien por la de personas en la sala o bien por ambas cosas, no eché de menos ni por un instante a los desquiciados miembros del Escuadrón Suicida.


Ya les aviso que el debut del realizador David Sandberg no es la cuadratura del círculo y que fantasmas vengativos (la amiga Diane, en este caso) que se muestran reacios a que los demás vivan tranquilos los hay a puñados en la historia del cine. Pero ese arranque que te clava a la silla, esa Diane que apenas se intuye en cada sombra, o ese acorde final con contundente giro final, logra que "Nunca apagues la luz" coja altura y destaque sobre sus compañeras de genero. Hay además, conflictos generacionales, un manejo bastante digno de las relaciones fraternales, un romance creíble, múltiples guiños a los comics de DC y un mcguffin coherente que permite entender sin suspender excesivamente la credibilidad porqué pasan las cosas que pasan en la película.


No se puede negar, además, la existencia de una buena dirección de actores, destacando especialmente una María Bello vibrante y esplendorosa en su laberinto y la química innegable entre la australiana Teresa Palmer y el botarate de Alexander Di Persia que, contra todo pronóstico bordan sus personajes (protagonista casi absoluta y consorte con recursos, respectivamente). La labor de Sandberg es muy artesana, con estilo, con ausencia casi absoluta de sangre, sin ángulos innecesarios ni excesiva tendencia a los golpes de efecto (Atentos a la primera aparición de Diane. Me suda la nuca solo de recordarla) y con una malsana pero eficaz habilidad para la construcción de atmósferas desasosegantes. El producto de se le va un poco de las manos en el ultimo cuarto pero ese gancho de derecha que el director sueco logra mandar en los últimos segundos para poner el lazo al pastel hace que esperemos con mucho interés su próxima película.

No marcará sus vidas, pero lo que si les garantizo es que durante un tiempo más o menos largo después de ver "Nunca apagues la luz" (que por cierto, se basa en un cortometraje de apenas tres minutos del propio Sandberg) van a mirar con desconfianza hacia las sombras que les rodean. ¿Quién sabe lo que podría ocultarse dentro? ¿Lo oyen? ¿Escuchan como cruje la madera? ¿Que hacen aún ahí? ¡Huyan, insensatos! Como diría, la pequeña Caroline, caminen hacia la luz o están perdidos.

miércoles, 25 de mayo de 2016

Por ahí no paso

La crisis económica y la virulenta corrupción política ha polarizado el país de forma indiscutible. No hay espacio para el diálogo y el que no está conmigo está contra mí. Cada decisión, cada palabra que uno suelta es diseccionado por "los otros" hasta dejarla en el tuétano con el único afán de ridiculizar al contrario, ganar un titular o poner los andamios necesarios para culminar el debate con un "ya te lo decía yo" que solo sirve para enconar aún más los ánimos hasta la próxima ocasión que, desgraciadamente se presenta casi sin que haya dado tiempo a limpiar los destrozos de la bronca previa. Las cosas están así. Nos gustará más o menos, pero diariamente tenemos ocasión de comprobar que no exagero un ápice. 

Por lo que a mi respecta, intento encontrar siempre algo de sentido en lo que dicen los demás por muy alucinógeno que me parezca y sin que importen las hectáreas ideológicos que pueda haber entre un servidor y las personas con las que se relaciona pero hay veces... Hay veces en las que las ruedas de molino se me atascan en la campanilla y me veo obligado a deshacerme del barniz aristotélico y proclamar que no. Que no, que por ahí no paso.

Escucho hoy a una representante de la CUP espetarle con una mueca de desprecio indescriptible al Director General de los Mossos d'Esquadra si se considera capacitado para ejercer su cargo y si le parece de recibo la brutalidad con la que la policía ha actuado contra los Okupas que llevan varios días convirtiendo las noches del Barrio de Gracia de Barcelona en un desfile de destrozos, incendios y disturbios variados. Al parecer, han desalojado a un grupo numeroso de esta tribu de una sucursal bancaria en la que llevaban viviendo desde 2011 y no parecen habérselo tomado muy bien. Demasiado templado y demasiado bien le ha respondido el aludido para lo que sin duda le pedía el cuerpo.

Tiene bemoles que una muchacha que ampara el que la gente se meta en propiedades ajenas, robe los suministros a los vecinos y convierta en estercoleros todo lo que toca, le pida explicaciones a un tipo que dirige a unos hombres y mujeres que se ven obligados a sacar de las calles a una manada que los triplica, al menos, en número y, que sin la menor duda, los pulverizarían a garrotazos al menor tropiezo. No he estado allí y por eso me baso en la información que facilitan los medios de comunicación, pero me cuesta ver a los Mossos incendiando contenedores y motos, qué quieren que les diga. Yo solo he visto a energúmenos asediando periodistas y colocando la cara a un centímetro de los cascos de los agentes mientra le mentan la madre en el mejor de los casos. Las tiendas que han destrozado, no las han destrozados los Mossos sino los afables vecinos que miran por encima del hombro a los que nos dejamos los cuernos para pagar una hipoteca mientras piensan lo imbéciles que somos por ir a trabajar cada mañana cuando uno puede meterse bajo un techo como Corcuera, con una buena patada en la puerta. 

No sé, igual soy un sucio fascista vendido al sistema que pasa su vida engañado por lo medios de comunicación. Pues igual... no te digo que no. Pero yo, al menos, cuando defiendo mis derechos no lo hago con antorchas ni repartiendo leña. Yo, mis derechos los defiendo donde toca, dentro del sistema, dentro de ese sucio y fangoso sistema que permite a estos tipos defender un derecho que no tienen y, que da a quienes los apoyan la oportunidad de presentarlos como victimas, en un rocambolesco giro ético que cuesta digerir. Pues mira, no. Por ahí, amigo mío, no paso.

miércoles, 11 de mayo de 2016

Cinco razones para ver Capitán América: Civil War

1.- Adapta uno de los mejores comics publicados de los últimos años: Y me atrevería a decir que incluso lo mejora. La saga escrita por Mark Millar y dibujada por David McNiven en 2006 ofrece el tan recurrente y orwelliano tema del sacrificio de la libertad en beneficio de la seguridad polarizando el mundo de los superheroes en torno al Capitán América y, al otro lado del cuadrilátero, Iron Man. Todos los habitantes del Universo Marvel deberán escoger bando y enfrentarse con todos aquellos que se encuentren al otro lado de la cinta. Siendo como es un magnífico producto, plagado de momentos memorables, acción a chorros y jugosos diálogos, siempre me ha parecido que el tránsito de la amistad al odio entre los bandos era apresurado, torpe y poco creíble. En la espléndida película de Joe y Anthony Russo, los guionistas, Christopher Markus y Stephen McFileey, pulen esa arista y completan una obra tan redonda como el escudo de Steve Rogers.

2.- Es una película de Marvel Studios: Y, a día de hoy esto es el Fondo de Garantía de Depósitos de las películas. Excepción hecha de la infumable adaptación de Los Cuatro Fantásticos, cada obra que sale de esta factoría es de una solidez pasmosa. Cierto es que, la que nos ocupa hoy, "Los Vengadores", "Ant Man" o esa obra maestra que es "Deadpool" destacan especialmente, pero no es menos cierto que el resto de la producción aguanta un análisis riguroso en casi cualquier aspecto cinematográfico. Siempre habrá alguno que diga que estas cintas con "poco creíbles" (lo he oído, palabrita), que no soportan la comparación con el cine de Aki Kaurismaki o Theo Angelopoulos y que tanto efecto especial, pervierte la fuente artística de la que nació el cine (Idem. Un señor muy estirado lo proclamó a la salida de "Ant Man"). El que tenga oídos, que oiga. 

Al de la armadura que nadie lo toque... que diría El Fary

3- No hay que soportar a Ben Affleck maltratando a Bruce Wayne: Una de las claves del éxito de las películas Marvel es la excelsa labor de casting que los responsables de la compañía han llevado a cabo. A día de hoy, no tengo la menor duda de que en otra vida, Robert Downey Jr ha sido Tony Stark y que cuando Joe Simmons creo al Centinela de la Libertad, se asomó al futuro y vio a Chris Evans. La química entre los actores es prodigiosa y el modo en el que se apropian de sus personajes hacen que a uno se le llenen los ojos de lágrimas cuando comparan el estilazo que Chadwick Boseman otorga a la Pantera Negra o la letal sensualidad que exuda la Viuda Negra de Scarlett Johansson con el patético Ben Affleck ridiculizando Batman o el caracartón de Henry Cavill intentando inútilmente no provocar la risa floja.

4.-Contiene la que desde ahora será "la secuencia de acción": A pesar de un montaje francamente malo en la primera algarada en Nigeria, "Capitan América: Civil War" es un festival de acción ininterrumpida rodada con estilo, maestría y un evidente buen gusto. Echo de menos, los virtuosos (y tramposillos) planos secuencia de Joss Whedon, pero a cambio, los hermanos Russo, nos ofrecen la que, a día de hoy, es el non plus ultra en lo que a escenas de acción se refiere. Me cuesta encontrar, desde la batalla del Abismo de Helm en "Las dos torres", una secuencia que aguante el tipo frente a los casi veinte minutos adrenalítiticos, contenidos aquí, en los que los partidarios del Capi y los de Iron Man reparten tortas como si se fueran a acabar con un aeropuerto como telón de fondo. Cada plano, cada pelea, cada solución visual es mejor que la anterior ( y hay muchas). Todos los personajes tienen su momento (ya verán, ya verán. No le quiten ojo a Ant Man) y es fascinante ver como el recelo a enfrentarse va dejando paso a la rabia pura, mientras vuelan las maletas, se destruyen aviones o se tumban torres de control a puñetazo limpio. Un listón dificilmente superable.

5-Aparece el Spiderman definitivo: En los días previos al estreno de "Capitan América: Civil War" se anunció que mi adorado Spiderman tendría su momento de gloria antes de protagonizar su propia película. Siendo como es mi personaje favorito de Marvel y a la vista del extraordinario momento de forma de la compañía, no tenía duda de que el personaje interpretado por un colosal Tom Holland sería un acierto, pero nunca imaginé que sería el Spiderman definitivo, la verdadera encarnación del personaje (en su versión Ultimate, cierto es). Apenas aparece media hora, pero cuando lo hace, revienta la pantalla y oscurece todo a su alrededor. Con permiso de "Doctor Extraño", la película Marvel má
s esperada por el que esto suscribe. Nota final: ¿La contundente MILF de Marisa Tomei como Tía May? ¡¡Excelsior!!